Apuntes, desvíos, destellos.
A veces como ahora, imagino el leve parpadeo de la luciérnaga,
pequeño titán frente a la noche
Rferdia
Llega el momento de acostarse. Horst está cansado y tiene sueño. Coge su Remington, sube a su cuarto, se pone el pijama y se mete en la cama helada, donde se acurruca y se frota un pie contra el otro para entrar en calor. Ha dejado la escopeta en el suelo, al otro lado de la cama. Su presencia le produce una sensación extraña, hecha a partes iguales de seguridad, fuerza, peligro y miedo. El arma, símbolo de aquello que teme, debería infundirle valor.
Pero basta ya, se dice. Basta de jugar con las palabras, de querer ser tan inteligente. No se escribe con la inteligencia, sino con las entrañas; no con el ingenio, sino con la fuerza. Fuerza, se repite. Fuerza. ¿Acaso la tenía Kafka? ¿La tenían T. S. Eliot o Wallace Stevens, aquellos honrados funcionarios? No, yo no tengo fuerza alguna, piensa, pero tengo miedo, y quizá sea precisamente el miedo lo que une a todos los escritores.
¿Tenía fuerza James Joyce, miope, tímido con las mujeres, lleno de complejos y temores, que pasó media vida huyendo de la guerra y de un país que adoraba y añoraba por encima de todas las cosas? Los escritores no son los grandes leones dorados de la llanura. Son los antílopes. Son el feo ñu que regurgita su bolo de hierbajos mientras vuelve la cabeza a todas partes; el extraño okapi fucsia y anaranjado que mordisquea hojas amargas de acacia y dobla su largo cuello, temeroso de quedar al descubierto en la sombra donde se oculta. Son el conejo aterrorizado, la liebre que eriza sus ridículas orejas en medio de las altas hierbas, entre corimbos y mariposas oscuras.
¿Qué une a Kafka, Hawthorne, Poe, Proust o Carver sino ese terror profundo, casi animal, ante el mero hecho de estar vivos; esa necesidad de participar en una ceremonia continua de exposición y desafío que ninguno de nosotros ha elegido, en un despliegue de trofeos de caza para el que jamás firmamos consentimiento alguno?
No servimos para el servicio. No somos aptos. Y, sin embargo, nos convierten en soldados y nos envían al frente.
No es que no amemos la vida. La amamos, y acaso demasiado, pero amamos otra vida: una que apenas entrevemos y cuya existencia sospechamos mediante un acto de intuición salvaje. A veces se manifiesta durante unos instantes soleados, en un cruce de calles una mañana de domingo, en un recodo de la carretera o al asomarnos a una ventana trasera que inesperadamente se abre sobre una fuente, un arco de sol, un perro hundiéndose entre las petunias. Entonces concebimos una vida hecha de belleza y plenitud: manzanas y arces, un lago de orillas fangosas donde viven cisnes silvestres, el sol hundiéndose en el Potomac, las oficinas de una editorial una mañana de primavera, el olor a papel viejo de las librerías de sábado, niños de mejillas rosadas que duermen en sus camas cuando entra la primera luz de la mañana. Esa es la vida que anhelamos.
Qué extraño acto de valor y de libertad fue el de Thoreau al marcharse a una cabaña en mitad del bosque. Aunque ¿no podría verse también como el sigiloso deslizamiento de un cobarde? ¿No son Walden o Musketaquid, en cierto modo, relatos de una huida, confesiones de un desertor?
A Thoreau lo maravillaban los ríos: caminos que huyen. Qué distintos de la carretera de Whitman, que conduce a todas partes y en la cual uno acaba encontrándose con todo el mundo. Porque aquel deseo de seguir los ríos hasta el mar, ¿no escondía en realidad una pasión por la fuga, un intento de escapar de la vida?
También a Frost lo maravillaban los ríos. Le producían ansiedad y lo asustaban las estrellas. Temía que las estrellas chocaran entre sí; le preocupaba que los ríos se vaciaran y dejaran de correr. Veía por todas partes la pálida muerte y su diseño de criaturas blancas: en una crisálida, en una larva, en una orquídea silvestre. El miedo recorre y anuda los hilos de su obra.
Perdóname, Señor, la pequeña broma que te gasté, y yo te perdonaré la gran broma que tú me gastaste a mí.
Los escritores somos cobardes, Winslow Patrick, no guerreros valerosos. Olvídate de papá Hemingway cazando leones en África. Somos enfermos, agorafóbicos, paranoicos, y precisamente por eso poseemos una imaginación exuberante que acaba por enfermarnos y enloquecernos. La descripción freudiana del paranoico podría ser también la descripción del novelista imaginativo.
Quienes no tienen miedo de la vida se calzan sus botas de cuero, salen de casa y resuelven sus asuntos. Los escritores preferimos las zapatillas de felpa y una taza de té con la que calentarnos los dedos. Por eso necesitamos diez guineas y una habitación propia: porque, por encima de cualquier otra cosa, deseamos escondernos.
Whitman escribía sobre su carretera que conduce a las estrellas mientras permanecía encerrado en una oficina de Connecticut. Era impresor. Thoreau fabricaba lápices. Cuando llegan las guerras nos llaman a filas, y allí estamos: vamos a Francia, a Corea, a Vietnam. Sí, es posible ser valiente como James Salter y, al mismo tiempo, ser un escritor genial, tan genial como yo jamás llegaré a ser. Es posible, pero no es lo corriente; y, desde luego, el valor no constituye el requisito.
El requisito es otro.
Siempre he pensado que Salter era demasiado masculino, demasiado bravo para ser un escritor verdaderamente grande. Es muy grande, desde luego, pero si hubiera sido más cobarde, más rastrero, habría sido como Kafka. Walser, otro cobarde, hizo de su gran pasión el estar al servicio de otras personas: extraño sadomasoquista, ayudante perpetuo, mayordomo. También está el Bartleby de Melville. O aquel personaje de Hawthorne que pasa veinte años observando a su esposa desde la casa de enfrente.
Historias de cobardes. Historias de cobardía.
¿Escribir es matar? Quizá, pero únicamente porque escribir significa matarse a uno mismo. Escribir es matar porque escribir no es vivir. El alce de la página no respira, no huele, no jadea. La mariposa clavada con un alfiler ha abandonado para siempre el brillo primaveral de las laderas de Wyoming. Nabokov, el entomólogo, lo sabía bien. Nabokov, que pasó toda su vida repitiendo monótonamente que la escritura no es la vida ni representa la realidad.
Escribir es matar porque escribir significa estar ya muerto.
Se escribe desde el Hades, con infinito amor y nostalgia. Sólo los muertos pueden amar verdaderamente la existencia porque sólo ellos saben lo que han perdido. Los escritores somos esos mismos muertos: contemplamos las cosas desde el otro lado del cristal, poseídos por un amargo anhelo. La escritura tiene sabor a flor de ricino.
Somos fantasmas, incapaces de los intercambios más simples. Hemos perdido el vínculo que une a los demás seres vivos con el mundo: al cocodrilo con su río, al agricultor con sus olivos, al creyente con su ángel. El trato inmediato con las cosas nos ha sido negado. Incluso las palabras, que los demás parecen poseer como torrentes impetuosos que se desbordan por sus gargantas, son para nosotros difíciles: obstáculos que nos obligan a detenernos, parches que oscurecen la luz.
No somos los patricios señores del llano. Somos el ratón que corre a esconderse, el pinzón de corazón acelerado, el batracio que se hunde en el limo.
Somos desterrados que luchan durante toda su vida por regresar al lugar del que fueron expulsados. Escribimos salmos para regresar a la Tierra Prometida. Nos sentimos lejos, excluidos de todo. Los demás viven; nosotros no.
Naturalmente, es una falacia. Los demás también sienten alguna vez que no son ellos quienes viven; nadie en este bendito mundo cree vivir cuanto debería, vivir tanto como los otros u obtener exactamente lo que merece. La diferencia consiste en que ellos no convierten esa impresión en el centro de su existencia. Nosotros sí.
Para nosotros, esa sensación que todos los seres humanos conocen alguna vez acaba siéndolo todo. Nos sentimos expulsados del gran banquete de Odín, castigados con indecible crueldad por pecados que todavía no hemos cometido o por pecados cometidos hace tanto tiempo que ya los hemos olvidado, y por cuya causa permanecemos condenados, encerrados de por vida en una prisión hedionda.
Por eso cantamos canciones. Por eso escribimos poesía. Las palabras son lazos arrojados con la esperanza de atrapar el instante que se deshace, de apresar esa sensación que continuamente nos abandona.
No somos reyes. Somos esclavos que saben que su imaginación, su memoria y sus palabras constituyen su única riqueza.
Todos los escritores somos exiliados.
Finalmente, Horst se duerme.
Y sueña.
Sueña con un pájaro de cristal encerrado en una hornacina. Es un pájaro: tiene pico y plumas de cristal y es muy hermoso; pero, al mismo tiempo, es una mujer de mediana edad. Tiene ojos de mujer de mediana edad y párpados suaves atravesados por un pliegue horizontal. Lleva unas gafas rojas de pasta idénticas a las de Susan, la mujer de Ramapough Books que prepara una tesis doctoral sobre los novelistas del romanticismo inglés.
—Horst —dice el pájaro.
—¿Quién eres?
—No le preguntes su nombre a un pájaro —responde con un quebrarse lejano de timbres cristalinos, como si un hombre pequeño y oscuro hubiera comenzado a descender por una escalera que se hunde en medio de un bosque—. Un pájaro es libre. No necesita un nombre.
—Tú lo has dicho.
—Pero tú no eres realmente un pájaro. Eres un pájaro de cristal, estás dentro de un sueño y tienes ojos de mujer.
—Horst —dice el pájaro—. Abandona esta casa y no vuelvas.
—No puedo hacerlo.
—¿Por qué, Horst? ¿Por qué no puedes?
—Esta casa es mi única oportunidad —responde Horst—. Es mi última oportunidad.
Y el pájaro de cristal que no quería revelar su nombre quedó en silencio en lo más profundo del bosque. Permaneció callado durante cien años más, como si hubiera muerto; pero no había muerto: se había hundido en la tristeza.
Ese pájaro era yo.
Ese pájaro eras tú.
¿Lo recuerdas?
No. Todavía no lo recuerdas.
El pájaro te habló una vez, cuando apenas tenías quince años, durante una mañana que has olvidado. Entonces ya sabías cuanto sabes ahora y poseías la misma capacidad de decidir sobre ti mismo y sobre tu destino que posees hoy.
El pájaro te dijo:
—Atrévete a vivir.
Y tú no quisiste escucharlo.
También te dijo que sufrirías algunas heridas, pero que terminarían curándose; que incluso te ayudarían a desprenderte de una parte del miedo. El miedo seguiría acompañándote siempre, pero dejaría de ser tu dueño.
Era yo quien te decía aquellas cosas.
No lo recuerdas porque no deseas recordar.
Andrés Ibáñez, Nunca preguntes su nombre a un pájaro. Galaxia Gutenberg
Rferdia
Let`s be careful out there