Apuntes, desvíos, destellos.

A veces como ahora, imagino el leve parpadeo de la luciérnaga,

pequeño titán frente a la noche

Rferdia

La piedra de luna crece entre los pechos de la bella Parvati. Hasta allí he ido para contemplar de nuevo la Ciudad del Alba.

Cruzó un día por el camino frente a mi casa y me sonrió. Tenía unos dientes blancos, todos iguales, como ovejas gemelas. Su sonrisa era como el reflejo de la caña de azúcar sobre las aguas de un río mecidas por el viento.

Después, una tarde, vino a mi alcoba, donde tengo una cabeza de Shiva esculpida en piedra. Shiva permanece con los ojos cerrados, en profundo sueño. Observa aquello que transcurre por el interior de su frente; pareciera escuchar los pasos de alguien que se acerca, estar viendo la copa del Árbol del Paraíso, o poseer ya la visión lejana de la Ciudad del Alba. Por eso sonríe. Hay una sonrisa para el amor, otra para el odio y una que es para los dos. Shiva sonríe con esta última. Su sonrisa es de placer, de dolor y de éxtasis.

Aquí, de pie, también sonriendo, estuvo la bella Parvati. Es alta, morena. Su piel es de Bengala, formada por el limo antiguo de la Atlántida, de las montañas del diluvio. En sus ojos había algo tan puro, tan extraño y distante, tan dulce, que parecía realmente una virgen o una diosa. Parvati es de la más auténtica tierra de la India, del fondo del árido desierto, de las selvas de los nagas, de las montañas de Assam, del mar de Orissa y de las profundas corrientes del Brahmaputra. Se quitó el sari y el olor de su cuerpo desnudo y oscuro era de otro mundo. Un perfume mezclado se desprendía: de azúcar, cañaveral, cielo, río, jazmín y sueño, de suave alcohol, suave tabaco o té, u hoja de betel, o aliche, o sándalo.

Me aproximé muy despacio para besarla en sus labios puros y abiertos. Se entregó al beso como una niña, estremecida. Pero cuando mis manos comenzaron a recorrer sus formas, su suave piel lejana, de otra edad, todo se fue agitando y desde las hondas aguas subieron cañaverales, arrozales, panteras, ciudades sepultadas, arcos, flechas y bosques. Los perfumes me envolvieron y el antiguo diluvio sepultó mi mundo, entre palabras inconcebibles, pronunciadas en tiempos remotos, entre suspiros y quejidos de civilizaciones muertas, mientras yo me esforzaba por alcanzar la piedra de luna, en el monte de sus pechos, en ese altar del sacrificio, para lograr la visión de la Ciudad del Alba. Y, mientras así moría, yo oraba a Shiva, agradeciéndole por el don de esta mujer:

—«¡Gracias, oh, Shiva, por brindarme esta maravillosa criatura, que es la tierra toda, este regalo envuelto en sándalo, en cielo, en la pura esencia de la Madre India! Gracias por esta bienaventuranza…».

Tendidos, muy juntos, nos contemplábamos, al mismo tiempo que nos recorríamos con caricias ya tranquilas, hablándonos sin palabras, pues su lengua me es casi extraña. Sus ojos, poco a poco, volvían a aquietarse, a ser los de una virgen, los de Kanya Kumari, la princesa virgen del cabo Comorín, al extremo sur de la India, donde las aguas de tres antiguos mares se juntan. Kali, la devoradora, desaparecía, entraba en el sueño, allá abajo, en simas espantables.

Has capturado:  prendido contra
mi corazón:   el muro de mi corazón está tu amor
con una mirada: como uno
con una cuenta: como un exiliado de los reyes de la realeza
de tus ojos:   mi corazón
tienes algo mío: una cosa rota
de nuevo la luna: ahora
la regla:     (quién sabe)

anne Carson, decreación


Se levantó. Le pregunté por su nombre. Me dijo que se llamaba Parvati. La cabeza de piedra de Shiva pareció querer moverse, volver un poco hacia el lado de acá de las cosas, cruzar de nuevo el límite de su profundo sueño. Ella también sabía, por supuesto, que Parvati es la esposa de Shiva. Le mostré al dios y le dije:

—«He aquí tu esposo, te está sonriendo terriblemente».

—«No —me dijo—; mi esposo eres tú».

En ese momento yo estaba dispuesto a creerle.

Y se fue. Se fue mi esposa de la Atlántida, mi esposa de la India, mi esposa de este día. Caminaba lentamente, como una reina, como todas las verdaderas mujeres de la tierra de India. No la veré más en esta vida, de seguro, pues ni siquiera sé de cierto de dónde viene, ni quién es. Pasó un día frente a mi casa, por el camino; estuvo una tarde conmigo en mi lecho y yo le entregué otro pedazo de mi vida para así poder alcanzar, sobre su pecho, la piedra de luna y, a su trasluz, contemplar la Ciudad de los Comienzos. Un pequeño reflejo vi, un pálido vislumbre lechoso, como la imagen de la luna que aparece y se pierde nuevamente.

¡Oh, mi bella Parvati!, ¿dónde irás? ¿Te encontraré otra vez en la rueda eterna del reencarnar? El sabor de tus labios está en los míos, la dulzura de tus dedos en mi pecho, tu perfume extraño envuelve mi mundo.

Me dormí a los pies de Shiva. Y soñé que Shiva me decía que en Bengala, allá, en las cumbres de los nagas, él se llamaba An y su esposa, Uma.

—«Todo es cuestión de nombres —me explicaba—. Yo tengo tantos nombres que bien puedo darte a Parvati, conservando a Uma. Bien puedes tú ser Shiva, porque yo seguiré siendo An…».

Luego me hablaba del Brahmaputra:

—«Ese río te enseñará. Sus aguas corren, se gastan, se pierden, nunca son las mismas; pero el río permanece, sus fuentes son eternas, se renuevan en los profundos manantiales de la tierra, en sus más altas cumbres, en sus mismas nieves. Hay un centro de fuerza que no se apura, que nunca se agota. Se halla ahí, en los montes, en el calor del hielo, en sus oasis, en los pechos de Parvati, de Uma, mi divina consorte. Aunque mueras mil veces, si mueres amando de verdad, serás como el Brahmaputra, volverás, retornarás siempre. Déjate deslizar, como las aguas de un río; no anheles, no pretendas detener nada; deja que Parvati se vaya, deja que se pierda tu esposa de este día, ya retornará eternamente desde la Atlántida, ya volverán otros días, otros soles…».

Desperté con mi vista fija sobre el rostro de piedra. Muchas cosas más me decía mientras lo contemplaba: el mar estaba en sus venas, el río. Pero su rostro y su sonrisa eran también los de Parvati en el instante del placer; porque su sonrisa es la del amor y del odio, del éxtasis divino y de la muerte, de la delicia carnal y del amor de Dios. Del amor de sí mismo. También Parvati fue un náufrago en mis brazos, que reía y lloraba, que pedía y maldecía, que me amó y me odió; todo ello en casi nada, en un soplo de tiempo. Ella también tenía esa expresión, esa verdad de piedra. También el mar estaba en sus venas.

Sin dejar de contemplar a Shiva, empecé a murmurar, a responderle:

—«¡Oh, no! Yo no soy río, aún no llevo el mar en mis venas… Necesito un poco más de sueño, un poco más de maya, debo prenderme a sus redes y quemar ahí mis alas… Dámela otra vez, hazla cruzar de nuevo por el sendero, frente a mi casa, tráemela envuelta en sus perfumes de la Atlántida, en sus terrones del diluvio; quiero ahogarme al fondo de sus ojos, perecer en sus colinas, morir en su altar del sacrificio, en las delicias de su piedra de luna, en su oscuro, perfumado trono…».

Inmóvil, Shiva aún no me responde. Su sonrisa funesta es la del silencio. Cae aquí como agua, se desliza en la noche antigua. Temblando, yo sé lo que me dice:

«Te la daré de nuevo, la hallarás, pero nunca más fuera, sino dentro de ti mismo…».

Con dolor, me inclino ante su estatua.

Miguel serrano, Las visitas de la Reina de Saba, EAS editorial

Rferdia

Let`s be careful out there