La infancia es la verdadera patria a la que el deporte, más que casi cualquier otra cosa, nos hace regresar

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«En el recuerdo, todavía lo oigo crujir con toda su madera, a este velódromo, bajo el peso de los espectadores, y todavía veo el colchón de humo pegado al techo»

Paul Fournel, La soledad de Anquetil

El límite goza de una extraña reputación. Solemos hablar de él como si fuera una línea trazada desde siempre, una frontera objetiva que el cuerpo encuentra, tarde o temprano, en el ejercicio de sus posibilidades. En el deporte, esa creencia adopta la forma de una evidencia: el campeón sería quien consigue aproximarse más que nadie a esa barrera definitiva. Sin embargo, basta con que aparezca un atleta excepcional para comprender que aquello que llamábamos límite nunca fue una propiedad de la naturaleza, sino una costumbre de nuestra imaginación.

El ciclismo conoce bien esa experiencia. Cada época ha dado por definitiva una determinada medida del esfuerzo. Durante algunos años se creyó imposible atacar a tantos kilómetros de meta; después pareció inconcebible sostener determinadas potencias durante cuarenta minutos; más tarde se aceptó que las grandes vueltas exigían administrar cuidadosamente las energías y elegir con precisión el día del ataque. Cada una de esas convicciones terminó adquiriendo el prestigio de una ley física. Y todas estas conjeturas, hasta que aparece un corredor que demuestra lo contrario y comprendemos que el límite nunca fue un muro, que era simplemente el nombre que dábamos al lugar donde dejaba de llegar nuestra imaginación.

El verdadero interés filosófico del ciclismo de Pogačar no reside tanto en sus victorias como en aquello que estas obligan a reconsiderar. No está ampliando simplemente el repertorio de lo posible; está alterando, casi sin proponérselo, la gramática misma del esfuerzo.

La excepcionalidad de Pogačar no reside en que gana más carreras que sus rivales, ni en la facilidad con la que enlaza monumentos, clásicas y grandes vueltas. Lo singular es el efecto intelectual que produce su manera de correr porque donde los demás creen agotado el horizonte, él encuentra una nueva línea de fuga.

Quizá por eso su dominio genera una incomodidad tan característica desvelándonos que la verdadera perturbación no nace de su ventaja, sino de la intuición de que durante décadas confundimos los límites del ciclismo con los límites de nuestra imaginación. Cada aceleración del esloveno obliga a releer la historia del ciclismo no porque cambie el pasado, sino porque altera el horizonte desde el que lo comprendemos. De pronto, aquello que durante décadas habíamos considerado el límite de lo posible aparece como el límite de nuestra propia mirada.

En ese sentido, Pogačar pertenece a la rara estirpe de deportistas que avanzan hasta el umbral mismo de una disciplina y permanecen allí el tiempo suficiente para desplazarlo. Después de ellos, los antiguos límites siguen dibujados sobre el mapa, pero ya nadie consigue creer del todo en su actualidad.

Porque el límite posee una naturaleza paradójica. Existe únicamente mientras nadie lo atraviesa. Una vez superado, deja de ser un límite para convertirse en un recuerdo. La historia del deporte no es otra cosa que el archivo de esos recuerdos sucesivos: marcas que parecían definitivas, gestos considerados imposibles y montañas que parecían condenadas a ascenderse de una sola manera. Cada generación confunde, provisionalmente, sus propias posibilidades con las posibilidades del cuerpo humano hasta que llega alguien que demuestra que ambas cosas nunca fueron idénticas.

El límite nunca comparece por sí mismo. Siempre llega acompañado de un lenguaje que lo nombra, de una estadística que lo certifica y de una comunidad que acaba aceptándolo como una verdad. Ningún puerto anuncia dónde termina la resistencia humana. Ningún cronómetro contiene una metafísica del esfuerzo. Son los corredores, los directores, los periodistas y los aficionados quienes, poco a poco, depositan sobre determinadas cifras una confianza semejante a la que otras épocas reservaron para las leyes de la naturaleza.

Así nacen las ortodoxias del deporte, mediante repeticiones. Un ataque a sesenta kilómetros de meta deja de parecer razonable; enlazar la primavera de las clásicas con el Tour empieza a considerarse incompatible; disputar todas las carreras importantes del calendario se interpreta como una extravagancia condenada al fracaso. Poco importa que nadie haya demostrado rigurosamente esas imposibilidades. Basta con que durante algunos años nadie las contradiga para que adquieran la solidez de una evidencia.

El límite es, antes que un hecho fisiológico, un consenso.

Y, como todos los consensos, posee una estabilidad engañosa. Se mantiene mientras nadie introduce una experiencia capaz de desorganizarlo. Después ocurre algo singular: no cambia únicamente aquello que vemos; cambia también la mirada con la que interpretábamos lo visto. Lo que ayer parecía prudencia revela retrospectivamente su condición de costumbre. Lo que llamábamos inteligencia táctica aparece de pronto como una administración resignada de las propias posibilidades. Incluso la palabra «imposible» empieza a sonar excesiva, como esos mapas antiguos que situaban monstruos marinos allí donde simplemente comenzaba el océano.

Es entonces cuando una figura excepcional deja de ser únicamente un campeón para convertirse en un acontecimiento epistemológico. No añade un capítulo más a la historia de su disciplina; obliga a reescribir los capítulos anteriores. Su superioridad no consiste solo en llegar antes a la meta. Consiste en modificar retrospectivamente el significado de todas las metas precedentes.

La fuerza de Pogačar reside en la capacidad de alterar el régimen de credibilidad del pelotón, más que en sus piernas. Allí donde los demás calculan, él experimenta; donde los demás administran, él explora; donde los demás encuentran un borde, él sospecha la existencia de un territorio todavía sin cartografiar. No actúa como quien desafía el límite, sino como quien duda de que ese límite exista en la forma en que todos lo imaginan.

Quizá por eso su ciclismo produce una sensación tan desconcertante al no transmitir la impresión de estar realizando esfuerzos sobrehumanos en un pedaleo tan natural que vuelve sospechosa la propia noción de excepcionalidad. La violencia pertenece a las consecuencias, nunca a los gestos. Como sucede con las grandes innovaciones intelectuales, el acontecimiento parece pequeño en el instante en que ocurre; solo más tarde advertimos que ha desplazado silenciosamente las coordenadas desde las que comprendíamos el mundo. Su ciclismo no amplía simplemente el catálogo de las hazañas posibles; modifica el régimen de inteligibilidad del esfuerzo.

Y el pelotón, sin saberlo todavía, comienza entonces a habitar un territorio distinto..

Sin embargo, quizá todavía no hemos llegado al meollo de la cuestión. Decimos que Pogačar desplaza el límite. La expresión parece exacta, pero resulta insuficiente. Presupone que el límite permanece idéntico y que es el corredor quien consigue empujarlo unos metros más allá. Tal vez ocurra justamente lo contrario y, lo que retrocede no sea el límite sino nuestra percepción del mismo

La diferencia puede parecer sutil, pero modifica por completo el paisaje. Un puerto continúa teniendo la misma longitud, la misma pendiente y el mismo desnivel acumulado. La fisiología humana tampoco experimenta mutaciones de una temporada para otra. Lo que cambia es la red de expectativas que envolvía esos datos. Cambia el espesor de las palabras. Aquello que ayer llamábamos imposible recibe hoy otro nombre; aquello que designábamos como temeridad empieza a confundirse con la iniciativa; incluso la prudencia descubre retrospectivamente que muchas veces no era una virtud, sino una forma refinada de resignación.

Toda época fabrica su propio vocabulario del esfuerzo. Hay expresiones que parecen describir objetivamente la realidad, «guardarse», «dosificar», «esperar el último puerto», «no gastar una bala antes de tiempo», cuando, en realidad, contienen una determinada filosofía del cuerpo. No son simples observaciones tácticas. Son maneras de distribuir lo posible y lo imposible, de decidir de antemano qué movimientos pertenecen al terreno de lo razonable y cuáles deben quedar excluidos.

Pogačar irrumpe precisamente en ese punto. revelando que no eran más que interpretaciones. Cada ataque lejano, cada aceleración inesperada y cada primavera en la que enlaza carreras que parecían incompatibles actúan como una crítica silenciosa del vocabulario heredado. No responde con argumentos, responde con hechos. Y los hechos poseen una extraña capacidad para volver arcaicas las palabras que los precedían.

Por eso resulta tan frecuente escuchar, después de una de sus exhibiciones, que «ha cambiado el ciclismo». La frase es inexacta porque lo que cambia de golpe es nuestra capacidad para nombrarlo. Las montañas continúan en el mismo lugar; las piernas siguen acumulando ácido láctico; el viento mantiene idéntica indiferencia hacia los corredores. Lo que se desploma es la sintaxis con la que organizábamos esos elementos. Como ocurre tras una revolución científica, los mismos fenómenos pasan a pertenecer a un mundo distinto porque ha cambiado la gramática que les otorgaba sentido.

Pogačar obliga a sus rivales a correr de otra manera, a diseñar tácticas diferentes, a pensar de otro manera ,modificando el régimen de inteligibilidad del esfuerzo. Después de él, las preguntas dejan de ser las mismas. Ya no nos preguntamos cuánto puede resistir un corredor. Nos preguntamos cuánto de aquello que llamábamos «límite» pertenecía realmente al cuerpo y cuánto pertenecía a nuestra imaginación.

El significado de Pogačar trasciende la suma de sus victorias. Su irrupción marca uno de esos raros hitos desde los que una disciplina empieza a leerse de otro modo. Cuando el ciclismo descubre que algunos de sus límites pertenecían menos a la realidad que al lenguaje con el que había aprendido a nombrarla, cambia también el sentido de la competición. Desde entonces, quien viene detrás ya no corre sólo contra sus rivales: compite contra una descripción del mundo que acaba de quedarse obsoleta.

Rferdia

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