No permitas familiaridades a la gente, no les digas que todos somos uno, que todos tenemos los mismos derechos; porque acto seguido pisotearán tu derecho, te arrebatarán el pan y te dejarán morir de hambre. ¡Guarda las distancias, patrón, te lo digo por tu bien!

—Pero ¿tú no crees en nada? —dije con fastidio.

[…]

—¿Qué quieres que haga, patrón? Así es. Habas como, de habas hablo. Zorba soy, cual Zorba hablo

Nikos Kazankakis, Zorba el griego

No quieras encontrar la ortografía en las nalgas de la molinera. Las nalgas de la molinera son la mente del hombre.

Nikos Kazankakis, Zorba el griego

En agosto de 1914, Lieja dejó de ser una ciudad y pasó a tensarse como una línea de resistencia. La capital valona estaba protegida por un cinturón de doce fuertes modernos concebidos a finales del siglo XIX por el ingeniero Henri Brialmont para frenar el avance del ejército alemán en los primeros compases de la Primera Guerra Mundial. Aquellas estructuras, recién levantadas como una promesa de resistencia más que como una garantía de victoria, cerraban el paso a una ofensiva que pretendía atravesar Bélgica con rapidez para alcanzar Francia. No lograron detenerla pero la ralentizaron.

Durante unos días, esa promesa se sostuvo contra toda lógica. La artillería pesada alemana, la célebre “Gran Bertha”, terminó por abrir las grietas que la arquitectura no podía prever. Y, sin embargo, lo decisivo no fue la caída de los fuertes, sino el tiempo que lograron arrancarle al avance enemigo. En esa demora, en ese aplazamiento de lo que parecía inevitable, se cifra una lección que conviene no olvidar: el valor de sostener, de resistir aun cuando el desenlace no se modifique, de concederle al tiempo una densidad que transforme la derrota en forma y la contención en sentido.

Esa misma lógica de contener, demorar, y sostener, se ha desplazado al cuarto Monumento del ciclismo que cada primavera tiene lugar en las Ardenas belgas. No se organiza en torno a muros ni a piezas de artillería, sino en una sucesión de pendientes que fragmentan el recorrido y lo convierten en una serie de decisiones. Las côtes no forman un perímetro visible, pero actúan como tal: obligan a responder en puntos concretos, sin posibilidad de diferir el esfuerzo. Cada ascenso plantea una misma pregunta con distinta intensidad. No hay continuidad cómoda entre uno y otro, sino una cadena de umbrales donde el corredor queda expuesto.

En el gesto de cada contendiente hay un plan, algo de aquel mandato que recibió el general belga Gérard Leman del rey Alberto I. Resistir. No como consigna retórica, sino como práctica concreta. Mantener la línea, la cadencia, la respiración cuando el entorno empieza a descomponerse. En los últimos kilómetros, cuando el pelotón deja de ser una unidad reconocible y se fragmenta en esfuerzos aislados, cada ciclista ocupa su lugar como quien sostiene una posición que sabe vulnerable. El cuerpo delimita entonces un territorio mínimo. La fatiga actúa como una presión constante, sin estallidos visibles, pero con una eficacia implacable.

Como en 1914, lo que se juega en cada pendiente no es únicamente quién prevalece, sino cuánto tiempo puede sostenerse esa negativa a ceder. Y en esa duración, breve y obstinada, se cifra una parte esencial de la épica del ciclismo.

De ahí que el asfalto de las Ardenas no sea sólo una dificultad física. Funciona como un medio que exige definición. Cuando la carretera se inclina, la respiración pierde regularidad y el gesto se simplifica hasta lo esencial. Es en ese tránsito, del desplazamiento al sostenimiento, donde la carrera encuentra su forma más precisa. No sólo se trata de avanzar más rápido, el asunto va de mantener una respuesta cuando el entorno empieza a descomponerse.

La Liège-Bastogne-Liège de este año volvió a situarse ahí. Distancia larga, desnivel sin tregua y una cadena de puntos donde la carrera se fragmenta en esfuerzos individuales. En ese terreno, Tadej Pogačar no necesita imponerse con ruido. Cuatro victorias en Lieja, trece monumentos. Cifras que apenas alcanzan a explicar lo que sucede cuando el superclase esloveno entra en liza.

El día no siguió el guion. Una caída temprana abrió la carrera y, con ella, una posibilidad. De ese desorden surgió un grupo amplio, incómodo, con Remco Evenepoel y Egan Bernal dentro. No fue una fuga al uso, sino una toma de posición en mitad de la tensión que durante más de ciento cincuenta kilómetros, obligó al pelotón a perseguir sin descanso. La presencia de Evenepoel empujó la situación hacia un terreno incierto, donde el control fino se volvía imposible y cada equipo se veía forzado a gastar antes de tiempo.

La Côte de la Redoute puso orden en el caos. A treinta y cinco de meta, la carrera se concentró en un gesto. Pogačar no anunció nada que no se supiese de antemano y arrancó. Tres minutos y cuarenta y cinco segundos bastaron para cambiar la escena.

Paul Seixas, diecinueve años, se pegó a la rueda. Sin teatralidad: había un plan, adherirse a Tadej Pogačar con la constancia de una rémora. Ese gesto deliberado alteró el momento. Durante unos kilómetros, lo que parecía abocado a una nueva exhibición del Arco Iris se convirtió en una conversación tensa entre dos hombres que no estaban dispuestos a ceder.

Avanzaron juntos hacia Lieja, sin concesiones. Detrás, el grupo con Evenepoel tirando, intentaba cerrar una distancia que ya no dependía sólo de las piernas.

La Côte de la Roche-aux-Faucons terminó de decirlo todo. En ese afloramiento rocoso que se asoma al valle del Ourthe, a la altura de Esneux, a trece kilómetros de Lieja, Tadej Pogačar afinó el ritmo. Un matiz, nada más. Bastó. Seixas empezó a ceder poco a poco, sin derrumbe, como quien paga una deuda acumulada. El esloveno, ya sin necesidad de mirar atrás, siguió solo.

La entrada en la ciudad tuvo algo de pausa. Sin gesto grandilocuente. Pogačar cruzó la meta con serenidad. El brazalete negro en su brazo abría otra capa, un recuerdo para Cristian Muñoz que enfriaba cualquier celebración fácil.

Paul Seixas llegó cuarenta y cinco segundos después, con la expresión de quien ha cruzado una raya que aún no sabe leer, como si hubiera pasado al otro lado sin darse cuenta y el cuerpo, antes que la cabeza, fuese el primero en entenderlo.

Quedará el dato, 44,4 km/h de media, como señal de la intensidad. Y también, más discretamente, una continuidad que resulta decisiva. En Pogačar, esa continuidad ya está asentada. El esloveno cierra el anillo porque sabe dónde y cómo hacerlo.

En Paul Seixas, en cambio, ese proceso apenas empieza. Durante unos kilómetros habitó ese mismo territorio sin saber aún cómo nombrarlo; lo entenderá a su debido tiempo. Conviene no precipitar ese aprendizaje. La tentación de proclamar herederos, de ver en él al nuevo Bernard Hinault, suele adelantar los tiempos y confundirlos. En el ciclismo, como en todo, hay un ritmo que no admite atajos: uno para sembrar y otro para recoger. Forzarlo es arriesgar la forma que está naciendo, como quien abre la crisálida antes de hora y malogra la metamorfosis.

Hay, por otro lado, una forma de leer lo ocurrido en Lieja que no se agota en el resultado. Si se atiende a la intuición budista, la existencia como continuidad en transformación, como una caravana donde nada se pierde del todo, la carrera adquiere otro espesor. Un espesor en el que Tadej Pogačar no se limita a imponerse. Su victoria aparece como la expresión visible de una acumulación previa, de una serie de repeticiones que han ido afinando su relación con el esfuerzo, con el tiempo y con el instante decisivo. El ataque en la Roca de los halcones no surge de la nada: condensa una memoria. En él se reconocen todas las veces en que ha aprendido a leer la carrera, a intervenir en ella sin dudar.

Nada de lo anterior se ha disuelto; todo converge en ese gesto que parece inmediato y, sin embargo, es el resultado de una larga continuidad.

Rferdia

Let`s be careful out there