Muchas cosas nos parecen algo más comprensibles. Y, desde que empiezan a parecernos mucho más comprensibles, es cuando comienzan a sernos misteriosas. Sólo cuando mi vista se habitúa a la oscuridad del pozo, es cuando empiezo a darme cuenta de su gran hondura
Rferdia
En el territorio cada vez más erosionado de la novela contemporánea, la obra de László Krasznahorkai se levanta como una anomalía persistente, una forma de escritura que no busca organizar el mundo, sino exponer su descomposición. Hay en su prosa una negativa radical a la comodidad narrativa, como si cada frase estuviera obligada a atravesar un campo de fuerzas donde el sentido se disputa. Leerlo implica aceptar una cierta intemperie, una lentitud que no es capricho estilístico, sino condición de acceso a una realidad que se resiste a ser simplificada.
Tal vez la imagen más precisa para describir esta experiencia sea la de una navegación sin brújula. No se trata de una metáfora ornamental, sino de una descripción exacta de lo que ocurre al enfrentarse a su escritura. El lector avanza sin coordenadas estables, sin la garantía de una progresión narrativa reconocible, guiado apenas por una conciencia que necesita recitar el alfabeto para recordar el orden de las letras. Este gesto mínimo no indica debilidad, sino una forma de resistencia: cuando los sistemas complejos fallan, solo queda la recurrencia de lo elemental como intento de orientación.
Aquí se revela una de las paradojas centrales de Krasznahorkai. Su prosa, extensa, sinuosa, aparentemente caótica, no elimina la precisión, sino que la desplaza. Si en Géza Ottlik, y en Escuela en la frontera, cada palabra aspiraba a fijar con exactitud una experiencia límite, en Krasznahorkai esa exactitud solo puede alcanzarse mediante la expansión. La frase no se cierra porque el mundo que intenta captar tampoco lo hace. La brújula desaparece no por descuido, sino porque ya no hay norte fiable.
Esta herencia ética y formal se manifiesta en un rigor que no admite concesiones. La literatura se convierte en una práctica exigente, donde el lector no es acompañado, sino puesto a prueba. Obras como Tango Satánico, La melancolía de la resistencia y Guerra y Guerra desarrollan esta lógica hasta sus últimas consecuencias. En ellas, la historia de Europa Central no se presenta como relato, sino como presión constante sobre la conciencia, como una fuerza que deforma tanto el espacio como el tiempo.
Crees que esa gente tiene dinero?», pregunta Petrina, inquieto. «El campesino siempre guarda algo». Continúan varios kilómetros en silencio, deben de estar a medio camino entre el cruce y la fonda de la explotación; muy de vez en cuando centellea alguna estrella sobre sus cabezas, luego vuelve a reinar la más profunda oscuridad; la luna asoma a veces entre las tinieblas e, igual que los dos caminantes agotados allí abajo en la carretera, huye allá arriba, en el celestial campo de batalla, y pisoteando todo obstáculo se dirige a su meta: el alba. <<Siento curiosidad por saber qué dirán esos palurdos cuando nos vean…dice Irimiás. Se llevará una sorpresa». Petrina acelera el paso. «¿Qué te hace creer que siguen allí? pregunta nervioso. A mi juicio, ya se han largado hace tiempo. Tan tontos no son». «¿No son tontos? sonrie Irimiás. Han nacido para ejercer de criados y es lo que serán hasta el final de sus vidas. Sentados en sus cocinas, cagan en los rincones y de vez en cuando miran por la ven-tana por ver qué hace el otro. Los conozco como la palma de mi mano». «No entiendo por qué estás tan seguro, amigo, dice Petrina. A mí me da la sensación de que no queda nadie allí. Casas vacías, tejas robadas, en el mejor de los casos uno o dos ratones raquíticos en el molino…». <<Nada responde Irimiás, seguro de sus intenciones-.
Ésos siguen instalados allí como siempre, sentados en los mismos sucios taburetes, comiendo patatas con páprika todas las noches, sin comprender lo que ha pasado. Se miran unos a otros con suspicacia, regalan grandes eructos al silencio y… esperan. Esperan pacientes y correosos, y están convencidos de haber sido simplemente estafados. Aguardan agazapados como los gatos en la matanza del cerdo, para ver si les cae algún trozo de carne. Son como antiguamente los criados de un castillo, cuando su señor un buen día se pegaba un tiro en la cabeza se quedaban perplejos y desamparados en torno al cadáver…». «No te hagas el poeta, maestro, porque me da un ataque», intenta acallarlo Petrina, que se lleva las manos al vientre para apaciguar el estómago vacío. Irimiás, sin embargo, no le presta atención y continúa: «Son todos esclavos sin señor, pero incapaces de existir sin orgullo, dignidad, ni valentía. Eso mantiene vivas sus almas, aunque perciban en lo más hondo de sus obtusas entendederas que todo ello no les sale de dentro, porque a ellos sólo les gusta vivir a su sombra…
Lazslo Krazsnahorkai, Tango Satánico
Los escenarios, la granja en ruina, la ciudad atravesada por presencias inquietantes, el archivo que promete una verdad inaccesible, funcionan como territorios sin cartografía. Los personajes, lejos de orientarse en ellos, se pierden. Korin, en Guerra y Guerra, encarna esta deriva con especial intensidad. Su búsqueda de sentido no conduce a una revelación, sino a la constatación de que el mundo carece de un orden que pueda ser descifrado de manera definitiva.
Esta lógica alcanza una forma particularmente compleja en El Baron Wenckheim vuelve a casa , donde el motivo del regreso se revela como una ilusión que se disuelve en el propio movimiento. El retorno del barón no restituye nada; abre, más bien, un espacio de confrontación con un pasado que no puede integrarse. La novela despliega una multiplicidad de voces, tiempos y perspectivas que no convergen, configurando un paisaje donde la orientación resulta imposible.
Desde el punto de vista temático, este regreso frustrado se inscribe en una visión más amplia de la historia de Europa Central, marcada por la repetición, la crisis y la imposibilidad de cierre. La figura del barón, en su intento de reencontrar una identidad perdida, se enfrenta a un mundo donde esa identidad solo persiste como memoria fragmentaria. El pasado no ilumina el presente; lo densifica, lo vuelve opaco.
La estructura misma de la novela refuerza esta experiencia. Las largas oraciones, la continuidad casi sin pausa, generan un efecto de inmersión que desorienta y, al mismo tiempo, obliga a una forma distinta de atención. No hay puntos de apoyo estables. La lectura se convierte en un desplazamiento continuo, en una travesía donde el lector debe aprender a habitar la incertidumbre.
El inventario final de destrucción puede leerse entonces como una cartografía negativa que señala lo perdido. Enumerar los restos equivale a reconocer que el mundo solo puede ser percibido en fragmentos, en huellas que no conducen a una totalidad.
Este enfoque no solo redefine la manera de contar y de escribir, sino que también refleja una visión más profunda acerca de la crisis de la memoria y de la historia. En este sentido, la escritura de Krasznahorkai se convierte en un acto de resistencia contra la nostalgia y la ilusión de certezas, en un oficio que, más que intentar ordenar el caos, lo hace visible en toda su brutalidad y fragmentación, permitiendo que el lector contemple la complejidad infinita del mundo sin ilusiones de resolución definitiva.
Rferdia
Let`s be careful out there
A su hija no, a su hija no le dispararía, decidió cuando bajo la presión de otro ataque de ira se dirigió a la parte trasera de la choza y comenzó a quitar a troche y moche las prendas de ropa amontonadas a modo de camuflaje sobre una fosa secreta, ni siquiera si ella era un mero fantasma, una sombra del pasado que ni tan sólo conseguía recordar, pero si los demás no se largaban, si no se largaba esa tropa de gacetilleros gandules, murmuró, pronto se produciría una estampida, eso podían tenerlo por seguro, por el momento se dedicaría a observar y a esperar, aún les daría un poco de tiempo para retirarse, y acto seguido ocupó su lugar en el lado izquierdo de la ventana, dejando una mano al descubierto para,llegado el momento, poder actuar de inmediato, si bien los de fuera no intuían aún nada de todo ello,los periodistas describían la situación momentánea a sus jefes como de «tablas» y se preparaban para pasar el día, como la tarde anterior, hasta la noche en el lugar—aunque con menos efectivos—, porque de todos modos no ocurría nada, ésa era la opinión generalizada, seguro que no, decían sacudiendo la cabeza, de modo que quienes no se habían hartado todavía se dirigieron a sus coches en busca de alguna manta y quien ya tenía una se envolvió aún más en ella debido al frío cada vez más intenso a medida que caía la tarde, porque, tal como lo formuló uno de los periodistas, eso duraría hasta altas horas de la noche, pero lo más probable, comentó otro al que tenía a su lado mientras le ofrecía un cigarrillo, era que el asunto tenía las horas contadas, terminaría al cabo de poco y ellos podrían volver a sus casas…
Lázsló Krazsnahorkai, El barón Wenckeim vuelve a casa