Notas de ciclismo, filosofía y literatura

Sólo es real la niebla

Octavio Paz

Esto es lo más hermoso en la vida:  profundidad nocturna y luna, las lindes de los bosques, un estanque resplandeciente en silencio, lejos rodeado de la humilde soledad de las praderas, así me quedé  acuclillado largo rato, ocioso, con la cabeza inclinada hacia la derecha; de vez en cuando la chispa de una estrella caía a horas de distancia detrás de Stellichte; de vez en cuando un viento hembra desarticulado me trepaba y revoloteaba entre mis cabellos, como una desvergonzada amante adolescente; incluso siguió persiguiéndome, cuando una vez tuve que ir a los arbustos…

Arno Schmidt, Espejos negros

ROUBEAIX: LA ÚLTIMA FRONTERA

En memoria de Franco Volpi

El avance implacable de la inteligencia artificial (IA) y de las tecnologías digitales ha suscitado un sinfín de debates sobre sus beneficios y riesgos. Sin embargo, bajo la superficie de estas discusiones late una pregunta existencial persistente: si la civilización colapsara, si las redes energéticas y el entramado global se desintegraran, ¿servirían de algo los subproductos de esta deslumbrante era digital? En este horizonte hipotético, conviene desplazar la mirada. Más que en la sofisticación tecnológica, la respuesta parece encontrarse en la discreta resistencia de la llamada «inteligencia ordinaria» y en la utilidad perdurable de tecnologías elementales como la bicicleta, cuya vigencia ofrece una perspectiva sobria, incluso esperanzadora.

En primer lugar, resulta evidente que la sociedad contemporánea está saturada de dispositivos ,teléfonos inteligentes, infraestructuras en la nube, plataformas impulsadas por IA, que definen cómo trabajamos, nos comunicamos e imaginamos el futuro. Ahora bien, estas herramientas presuponen una estructura invisible y constante: energía estable, conectividad de datos y cooperación global. De este modo, si se eliminan dichos cimientos, su funcionalidad se desvanece hasta volverse irrelevante. Un iPhone sin red no es más que una pieza inerte de metal y vidrio, despojada de la inteligencia que lo anima, incapaz de informar, orientar o reconfortar a su usuario.

En la misma línea, la inteligencia artificial depende de vastos recursos computacionales. A diferencia de la inteligencia ordinaria ,esto es, nuestra capacidad profundamente arraigada de adaptación, creatividad y resolución de problemas, la IA deja de funcionar en el instante en que sus circuitos pierden energía. Su desaparición es inmediata; su memoria, fugitiva. Así pues, se perfila una distinción crucial: las tecnologías modernas, por sofisticadas que sean, descansan sobre sistemas complejos e interconectados extraordinariamente frágiles, mientras que las formas ordinarias de inteligencia y las máquinas simples, como la humilde bicicleta, se apoyan en cualidades mucho más difíciles de suprimir.

En este punto, la bicicleta adquiere una relevancia singular, pues opera no solo como herramienta, sino también como símbolo. A diferencia del automóvil, que nos encierra y nos aísla, la bicicleta exige implicación directa. No avanza sin nuestro esfuerzo y requiere de nuestra atención y destreza «para no perder el equilibrio» sobre el sillín: si miras atrás, como Orfeo, estás perdido. Por ello, la relación entre ciclista y máquina es íntima, recíproca y, en cierto modo, existencial, evocando el mito de Aristófanes en el Banquete de Platón, donde la búsqueda de la completitud define la condición humana.

Desde este ángulo, montar en bicicleta no puede entenderse como un acto de consumo pasivo. Al contrario, encarna una afirmación de la voluntad que exige ajuste constante, conciencia de uno mismo y responsabilidad. Cada pedalada es, en efecto, una pequeña decisión, una negociación continua con el cuerpo y con el terreno. En consecuencia, aquí no hay lugar para la delegación ni para algoritmos que asuman el riesgo o la responsabilidad. Pedalear implica participar directamente en el propio destino, convertirse, aunque sea brevemente, en autor y sujeto de una narrativa individual de persistencia.

Además, conviene subrayar que el acto de pedalear reactiva memorias e instintos que la tecnología tiende a adormecer. El equilibrio conquistado en la infancia se transforma así en una plantilla metafórica de los hábitos de resistencia adquiridos. En este sentido, Roubaix, con sus legendarios tramos de adoquines y su firmeza obstinada a toda suavización tecnológica, funciona como un archivo vivo de lo que significa enfrentarse de manera significativa al mundo material. De ahí que, en esa confrontación, el gesto importe más que el resultado ( hablo de ciclismo no profesional como es obvio) porque el esfuerzo en sí preserva una forma de integridad humana que ningún dispositivo puede automatizar ni sustituir.

Por el contrario, a medida que las tecnologías cada vez más sofisticadas reducen la fricción de la vida cotidiana, lo esencial se evapora: la sutileza de los gestos, la experiencia del esfuerzo, la satisfacción derivada de la acción directa. En efecto, los grandes relatos sobre los datos y el progreso digital suelen ocultar la importancia existencial de la habilidad manual, la improvisación y la resistencia física. Por consiguiente, en un paisaje pos-tecnológico, el último superviviente no podrá apoyarse en reservas pasivas de información, sino en un saber vivido: movimiento, equilibrio y adaptación, rasgos humanos que perduran más allá del colapso de las redes.

De este modo, en ese futuro hipotético, la cadena engrasada de una bicicleta no solo resultará más útil que un iPhone, sino también más significativa y de mayor valor. En última instancia, encarnará el principio de que la supervivencia, y, más aún, la existencia auténtica, no reside en la eliminación de la fricción, sino en su dominio creativo. Así, cuanto más virtual se vuelve el mundo, más evidente se hace que será el gesto humano tenaz, y no el algoritmo alojado en la nube, nuestro recurso más fiable.

En definitiva, la reflexión sobre el fin del mundo no conduce tanto a la desesperación ante los límites de la tecnología como a una revalorización de la inteligencia ordinaria y de las máquinas elementales. El legado que perdura es, en rigor, la tenacidad contenida en los gestos humildes y la sabiduría inscrita en los actos sencillos. Cuando todo lo demás se apague, no será la red lo que permanezca, sino la capacidad de moverse, de mantener el equilibrio, de inventar: cada una de ellas, prueba de un humanismo encarnado que resiste, silenciosamente, contra todo pronóstico.

Rferdia

Let`s be careful out there