Una mujer ha muerto y el hombre que permanece junto a ella siente celos. Escucha en el contestador la voz de otro, recompone las circunstancias de la cena y sospecha que su presencia se debió al fracaso de una llamada anterior. La muerte acaba de cancelar cualquier porvenir, pero él sigue ocupado en averiguar qué lugar tenía en los deseos de la muerta. Quien quiera apreciar la calidad literaria de Javier Marías encontrará en Mañana en la batalla piensa en mí una excelente puerta de entrada a su obra. Este breve fragmento permite reconocer algunas de las virtudes de su escritura y, sobre todo, comprobar hasta qué punto intervienen en lo que la novela nos hace comprender.


No se despidió. La voz era imperativa y aturdidora y condescendiente, se tomaba confianzas o estaba acostumbrada a que se las dieran, le hablaba a una muerta y no lo sabía. Le hablaba en mal tono a una muerta, también con reproche y urgencia, la voz acostumbrada a martirizar. Marta no se enteraría, tampoco él podría contarle nunca lo que le hubiera sucedido esa noche, no era el único a quien le había ocurrido algo absurdo y siniestro, a mí también, y sobre todo a ella. Y de verse nada, en efecto, no sabía hasta qué punto nada, ellos no se verían ya más ni con prisas ni con calma, ni en el hotel ni en el coche ni en ninguna otra parte, y eso me alegró momentánea y extrañamente, sentí un destello de celos retrospectivos o imaginarios, tan breve y discreto como la raya de luz roja del contestador automático, que volvió a moverse ahora, al colgar aquel hombre, para acabar convirtiéndose en un 1 y quedarse quieta en esa figura. ‘Así que era plato de segunda mesa’, pensé, y así lo pensé, con este modismo, con estas palabras. Y sentí también un fogonazo de decepción al pensar, acto seguido: ‘Y entonces era verdad que se le había olvidado que su marido viajaba, no era un pretexto para invitarme en su ausencia, y en ese caso quizá ella tampoco lo buscó ni lo quiso; tal vez nada fue previsto, o todo se fue previendo sobre la marcha tan sólo.’ Habíamos quedado para cenar juntos aquella noche en un restaurante, por la tarde ella me llamó para preguntarme si me importaría que la cena fuera en su casa: estaba tan despistada últimamente por los problemas y el mucho trabajo, dijo, que no se había acordado de que su marido se iba hoy a Londres, contaba con él para que se hubiera quedado cuidando al niño, luego no había encontrado canguro, así que había que cancelar la cita a menos que yo fuera a cenar allí, aquí, donde de hecho cenamos, en el salón aún estaban nuestras copas de vino. La invitación me dio un poco de apuro, propuse dejarlo para otro día, no quería complicarle la vida: ella insistió, no le complicaba nada, en el congelador tenía solomillo irlandés recién comprado, dijo, me preguntó si me gustaba la carne. En mi presunción yo había tomado aquello por el primer indicio de sus intereses galantes. Ahora descubría que antes de todo eso había intentado localizar a aquel individuo de voz eléctrica que hasta las tres de la noche no había escuchado el mensaje de Marta, dejado cuándo, tendría que haber sido después de que Inés, quienquiera que fuese pero presumiblemente la mujer de aquel hombre, hubiera salido para hacer su guardia —qué guardia—, mañana ya no tenía, hoy sí tenía, habría salido no muy temprano, una enfermera, una farmacéutica, una policía, una magistrada. ‘De haber dado Marta con él seguramente me habría vuelto a llamar para anular nuestra cena y mi visita a Conde de la Cimera, y no me habría recibido a mí sino al hombre, podría ser él quien estuviera aquí ahora con más fundamento, no se le habría hecho tan tarde, tal vez mi sitio en la cama había sido también el suyo en otra ocasión, no todas las noches el de Deán sino alguna el suyo y esta noche el mío, no hay por qué lamentarse de la mala suerte, todo es así aunque lo olvidemos y no pensemos en ello para seguir activos y actuar sin saber, decidir sin saber y dar los pasos envenenados; todo es así, caminar por la calle elegida o entrar en un coche al que el conductor nos invita desde su asiento con la puerta abierta, volar en avión o coger el teléfono, salir a cenar o quedarse en el hotel mirando distraídamente por la ventana de guillotina, cumplir años y crecer y seguir cumpliéndolos para ser reclutado, hacer el gesto de dar un beso que desencadena otros besos que nos harán demorarnos y de los que rendiremos cuentas, pedir o aceptar un empleo y ver cómo la tormenta se va condensando sin ponerse a cubierto, tomarse una cerveza y mirar hacia las mujeres en sus taburetes ante la barra, todo es así y todas esas cosas pueden traer navajas y cristales rotos, la enfermedad y el malestar y el miedo, las bayonetas y la depresión y el arrepentimiento, el árbol quebrado y en la garganta una espina; y el caza a la espalda, el traspié del barbero; los tacones partidos y las manos grandes que aprietan las sienes, mis pobres sienes, el cigarrillo encendido y la nuca mojada y vuelta, las faldas arrugadas y el sostén pequeño y el pecho desnudo luego, una mujer arropada que parece dormida ahora y un niño que sueña ignorante bajo su heredado combate aéreo. Mañana en la batalla piensa en mí, cuando fui mortal; y caiga tu lanza.’ Me quedé mirándola de nuevo y pensé, dirigiéndome a ella con mi pensamiento: ‘¿Cuántas otras llamadas habrás hecho hoy que es ayer, al darte cuenta de que tu marido se iba y te dejaba libre? ¿Cuántos hombres habrás preferido, a cuántos habrás llamado para que vinieran a acompañarte y a celebrar tu noche de soltería o de viuda?’ A todos demasiado tarde.

Javier Marías, Mañana en la batalla piensa en mí.

Lo primero que estas páginas conceden al pensamiento es tiempo. Tiempo para formular una sospecha, corregirla, avergonzarse apenas de ella y seguir alimentándola. El narrador comprende algo mientras cuenta y, a medida que lo comprende, modifica la posición desde la que venía contando. Una conjunción puede bastar para delatarlo; en otros momentos necesita prolongar el periodo, porque lo que intenta reconocer se resiste a quedar fijado en su primera formulación. La extensión de la frase responde a esas dificultades. Las pausas distribuyen el avance, las subordinadas mantienen abiertas las relaciones y una palabra repetida vuelve cargada con lo que acaba de descubrirse.

«No se despidió». La frase tiene la sencillez de una anotación. Un hombre ha terminado su mensaje sin despedirse. Cerca del cuerpo de Marta, sin embargo, esa observación corriente recibe una resonancia que su emisor ignora. La voz sigue mandando, reclamando, tomándose confianzas; se dirige a alguien que ya no puede escucharla. Los adjetivos «imperativa y aturdidora y condescendiente» precisan tres aspectos de su presencia. El primero revela la voluntad de imponer; el segundo, el efecto sobre quien oye; el último introduce la superioridad desde la que se habla. La insistencia de las conjunciones hace pesar esas cualidades. Una relación empieza a entreverse en una voz que conserva sus hábitos cuando su destinataria ha desaparecido.

El narrador reconoce en ella una costumbre de martirizar. Conviene reparar en que se trata de una interpretación. Ese hombre que escucha acaba de descubrir a un posible rival y tiene motivos para juzgarlo con dureza. Marías nos permite preguntarnos cómo trataba aquella voz a Marta y cuánto interviene el despecho en la descripción que recibimos. La observación psicológica alcanza a quien observa. Podemos comprender su reacción y desconfiar de su juicio sin que el texto tenga que advertírnoslo.

La precisión del vocabulario se manifiesta especialmente en sus ajustes. «Celos retrospectivos o imaginarios» contiene una vacilación acerca de la legitimidad del sentimiento. El primer adjetivo parece conceder al narrador algún derecho sobre el pasado de Marta; el segundo deja entrever lo dudoso de esa pretensión. La «o» conserva la incertidumbre en lugar de resolverla por cuenta del personaje. También «momentánea y extrañamente» limita la alegría que acaba de confesar. Al reconocer que la desaparición de un encuentro ajeno lo ha alegrado, el narrador reduce la duración de esa alegría y registra su impropiedad. La reserva moral se introduce en la misma frase que expone el sentimiento.

Buena parte de la riqueza verbal de Marías procede de esa atención a las palabras comunes. «Y de verse nada, en efecto, no sabía hasta qué punto nada» abre una distancia enorme entre dos apariciones de un término elemental. Se empieza hablando de una cita que no tendrá lugar y se acaba hablando de la imposibilidad de cualquier cita. Uno de los hombres puede contar todavía con otra ocasión; el otro sabe que se han terminado todas. La repetición hace perceptible esa diferencia de conocimiento. La segunda vez que leemos «nada», la palabra ya contiene la muerte.

El destello de los celos encuentra su comparación en la raya roja del contestador. La imagen nace de un objeto presente y devuelve a él la mirada. Mientras el narrador experimenta una emoción breve, la luz se mueve y acaba convirtiéndose en un número inmóvil. El aparato registra el mensaje con la normalidad de su funcionamiento, aunque la mujer a la que iba destinado haya muerto. Esa exactitud material deja sentir la desproporción entre una vida interrumpida y la continuidad de cuanto la rodea. Queda constancia de la llamada; su destinataria ya no podrá recibirla.

En ese entorno aparece una expresión deliberadamente desairada. «Plato de segunda mesa» traduce la sospecha de haber sido elegido por descarte a un modismo casi ofensivamente doméstico. Marías conserva la fórmula y añade que el narrador pensó exactamente con esas palabras. La precisión resulta despiadada. Alguien que recuerda su propia reacción podría mejorarla al contarla, darle una nobleza afligida, borrar lo que hubo de ridículo. Aquí queda registrada la pequeña humillación que sigue reclamando atención junto a una desgracia incomparable. La exquisitez literaria incluye esa fidelidad a una expresión poco favorecedora, porque el personaje se descubre también en el lenguaje con el que se lamenta.

La reconstrucción de la cena prolonga el examen. Los tiempos verbales distinguen lo sucedido, lo que el narrador creyó entonces y lo que ahora supone que habría sucedido si Marta hubiera localizado al otro hombre. La gramática organiza una pérdida de privilegio. Aquella invitación que había interpretado como señal de interés pasa a entenderse como el resultado de una alternativa frustrada. «De haber dado Marta con él» permite imaginar a otro ocupando su lugar en la habitación y soportando lo que a él le ha correspondido soportar. Los celos desembocan en una conjetura sobre la mala suerte. El hombre al que se envidia por haber sido preferido pudo haberse visto envuelto en esa misma noche.

Los desplazamientos mínimos son igualmente reveladores. «Allí, aquí» corrige la distancia del recuerdo porque el lugar evocado sigue siendo el lugar desde el que se piensa; las copas de vino permanecen en el salón. «Hoy que es ayer» introduce la fecha nueva sin conseguir que la noche termine para quien continúa dentro de ella. El espacio y el calendario conservan su orden, pero el narrador necesita rectificar las palabras con las que se sitúa en ellos. Marías vuelve perceptible ese esfuerzo de orientación, el desfase entre el transcurso de las horas y la persistencia de lo vivido.

Desde la habitación, el pensamiento se extiende hacia la incertidumbre de cualquier acción. Caminar por una calle, entrar en un coche, coger el teléfono, besar, aceptar un empleo. La serie crece porque cada gesto puede abrir consecuencias que quien lo realiza desconoce. «Todo es así» sostiene esa generalización y adquiere, por su insistencia, algo de una fórmula de consuelo que necesita repetirse para resultar convincente. Lo ocurrido empieza a parecer un caso de la condición común. Actuamos sin conocer lo que nuestras acciones pondrán en marcha, y ese desconocimiento nos permite seguir actuando.

Pero la frase no deja al narrador instalado en la amplitud de su reflexión. La enumeración se carga de amenazas, heridas y padecimientos; después se aproxima al cuerpo, a las prendas, a la nuca, a las sienes, hasta devolvernos a la mujer arropada y al niño que duerme. El recorrido tiene una dirección rigurosa. El pensamiento se aleja de lo sucedido y lo sucedido vuelve a ocuparlo. La habitación reaparece dentro de la meditación que pretendía abarcar el mundo.

Se entiende aquí por qué importa la longitud del periodo. Los puntos y coma articulan sus movimientos sin interrumpirlos; las conjunciones mantienen la presión; las imágenes se relevan hasta que reconocemos de nuevo el lugar del que habíamos partido. Dividirlo en una sucesión de afirmaciones breves conservaría parte de su contenido, pero perderíamos la experiencia de haber seguido al narrador en su tentativa de alejarse y en su regreso involuntario.

También el oído participa en esa construcción. «Actuar sin saber, decidir sin saber» establece una cadencia que «dar los pasos envenenados» prolonga y oscurece. Más adelante, las alternativas se ofrecen mediante la «o», mientras la «y» reúne consecuencias que se acumulan sin conceder elección. El periodo gana gravedad conforme avanza, aunque conserve palabras y gestos ordinarios. La amenaza parece aguardarnos en una llamada, en una puerta abierta, en el tiempo que un beso nos hace perder. Incluso «ventana de guillotina», denominación habitual de un objeto, recibe una resonancia inquietante entre las posibilidades de daño que la frase va convocando.

Dentro de esa amplitud reaparece, además, «mis pobres sienes». La compasión por uno mismo se abre paso entre los padecimientos imaginados. Marías conserva el detalle porque la inteligencia del narrador y su generosidad tienen alcances diferentes. Puede pensar la incertidumbre de cualquier vida y continuar pendiente de su incomodidad, igual que puede acercarse de nuevo a Marta y seguir preguntándose cuántos hombres habría preferido antes que a él. La meditación no lo ha purificado de sus celos. Tampoco la novela exige que se purifique para seguir prestándole atención.

«A todos demasiado tarde» recoge finalmente las llamadas imaginadas y las somete a una tardanza sobre la que ya no cabe discutir. La frase deja sin respuesta la sospecha, pero la devuelve a su verdadera proporción. Cuántos hombres fueron preferidos, cuántas llamadas se hicieron, quién habría debido encontrarse allí: todo queda bajo el efecto de una muerte que el narrador conoce y a la que su pensamiento todavía no consigue acomodarse.

Leer a Marías supone recomendar esta experiencia de lectura. La cadencia, las imágenes, la variación del registro y el dominio de los tiempos verbales intervienen en el conocimiento de una persona que se revela a pesar de sus reservas y también gracias a ellas. El placer de la prosa acompaña al descubrimiento de matices que una formulación más expeditiva habría borrado. En Mañana en la batalla piensa en mí, la frase nos retiene el tiempo necesario para que empecemos a desconfiar de la primera explicación, incluida la nuestra, y para que reconozcamos cuánto de lo que llamamos comprender a los demás sigue ocupado por la necesidad de protegernos.

Rferdia

Let`s be careful out there