“O melhor treinador que eu já tive. Com ele, não há treinos para entreter nem corridinhas inúteis à volta do campo. Tudo é feito em função do jogo seguinte e treinamos só a forma de o vencer”.
Vítor Baía, sobre José Mourinho.
Hay en el infierno de Dante un lugar llamado Malebolge, «todo de piedra de color de hierro, como el cerco que alrededor lo ciñe». Sus diez fosas distribuyen los castigos del fraude con una precisión que rara vez alcanza la justicia deportiva. En la décima, conviene aclarar que no hablamos de la Copa de Europa del Real Madrid, penan los falsificadores. Allí, donde la apariencia de virtud se pudre y ningún escudo ni prebenda sirve de salvoconducto, cabría alojar, con licencia satírica, al Fútbol Club Barcelona y a sus dirigentes. Su tormento consistiría en alzar eternamente un trofeo que, al tocarlo, se deshiciera en calderilla al tres per cent. Frente a ellos, una pantalla mostraría al Real Madrid levantando la Copa de Europa; cada invocación de su superioridad moral activaría una nueva entrega. Dispondrían, eso sí, de toda la eternidad para redactar un comunicado en su descargo.
Dejemos, sin embargo, a cada cual con sus actividades. naturales pues sobre el césped, las cuestiones resultan más interesantes que en el departamento de propaganda culé, y el Madrid ganó ayer un partido que obliga a revisar algunas costumbres de la mirada. El 1-2, resuelto por dos goles de Mbappé admite una lectura inmediata: eficacia visitante, tesón local, desenlace tardío. Es la clase de explicación que permite despachar un encuentro sin haberse preguntado demasiado por él. El resultado dice quién ganó aunque comprender cómo se construyó esa victoria exige permanecer un poco más en el campo.
Y es precisamente ahí donde el fútbol de José Mourinho adquiere un interés estético que la oposición rutinaria y falaz entre belleza y eficacia impide comprender. Sus equipos más característicos estudian la fuerza contraria, localizan las relaciones de las que depende y procuran convertir sus seguridades en puntos vulnerables. La forma se elabora frente a alguien. Una salida, una cobertura o una carrera valen por la situación que interpretan y por las posibilidades que abren. El adversario participa, incluso a su pesar, en la construcción de la obra.
Ante el Barcelona, esta disposición encuentra un estímulo particular. Pocos clubes han conseguido asociar con tanto papanatismo una manera de jugar a una idea de legitimidad. La circulación del balón puede llegar a contemplarse como una acreditación del buen gusto; el rival queda entonces obligado a justificar cada minuto que pasa sin poseerlo. A algunos comentaristas les bastaría añadir al reglamento una casilla de antecedentes estéticos, pero el gigante de Concha Espina no repara en gilipolleces y compareció con obligaciones bastante más concretas, como la de impedir que la circulación del Barcelona ( la entidad compraárbitros ) encontrara profundidad, conservando recursos para atacar cuando recuperase.
Apenas puede hacerse otra cosa: en torno a el balón se organiza la acción manifiesta y hacia él converge la atención del espectador. Pero esta obediencia óptica contiene una limitación. Vemos con claridad al futbolista que recibe y con mucha menos precisión al que ha vuelto incómoda esa recepción. Admiramos el pase que atraviesa una línea pero rara vez conservamos memoria de los movimientos que impidieron intentarlo. La cultura del resumen agrava la diferencia: concede una segunda vida a cuanto puede recortarse y deja fuera la trama que daba sentido al gesto.
Un regate conserva su brillo cuando la repetición lo separa del encuentro. Una cobertura pierde casi todo su significado si olvidamos la amenaza que conjuró. La diferencia condiciona nuestros juicios: acabamos identificando la belleza con aquello que puede sobrevivir aislado en una pantalla. Sin embargo, lo específicamente futbolístico aparece cuando la destreza interviene en un conflicto y altera el campo de lo posible. También un malabarista de feria domina el balón. El futbolista debe resolver, además, la incómoda circunstancia de que otro procure impedírselo.
Una defensa coordinada sufre especialmente esa injusticia perceptiva. Su éxito consiste muchas veces en cancelar acontecimientos. Alguien corrige una distancia, otro protege una espalda, un tercero acompaña una incorporación y la ocasión prevista deja de existir. El balón vuelve atrás. Desde la grada puede parecer que no ha ocurrido nada. Para quien ha defendido bien, acaba de ocurrir casi todo.
El trabajo de Cucurella frente a Lamine Yamal permite situar esa cuestión en el partido. El enfrentamiento tenía el atractivo visible del duelo individual, aunque reducirlo a dos nombres borraría parte de su explicación. La ayuda de Diomande ante las combinaciones de Lamine y Cancelo formaba parte del problema que el Madrid debía resolver. Defender al extremo exigía atender también al compañero que podía liberarlo. La dificultad del regate empezaba antes de que el regate comenzase.
Ahí aparece una belleza menos dispuesta a la exhibición. Una cobertura carece del brillo autónomo de una finta: necesita que comprendamos el peligro que conjura. Su forma vive en una relación. Por eso resulta tan pobre el vocabulario que identifica la creatividad exclusivamente con el avance y reserva para la defensa un repertorio de sospechas. También se inventa al cerrar un camino, al inducir un pase o al distribuir el riesgo entre varios. La imaginación futbolística trabaja sobre las posibilidades del contrario tanto como sobre las propias.
Algunas artes conocen bien esta potencia de la sustracción. La arquitectura organiza el vacío; la música permite que un silencio modifique cuanto lo precede. Un bloque compacto participa de esa economía: construye con distancias que deben rehacerse a cada desplazamiento del adversario. Ceder terreno puede preservar una zona decisiva; esperar puede alterar la paciencia de quien ataca. El valor de esas operaciones depende de su ejecución y de sus efectos, aunque una parte de la crítica prefiera resolverlas todas con una palabra: miedo.
Esta interpretación tiene, sin embargo, una exigencia: debe aceptar los momentos en que el contrario encuentra soluciones. El Barcelona mejoró después del descanso y Raphinha empató en el minuto 61. Más tarde, Lunin sostuvo al Madrid con una intervención decisiva ante el cabezazo de Gerard Martín. Hubo una reacción azulgrana que comprometió la ventaja y obligó al visitante a resistir. Reconocerla evita esa superstición retrospectiva según la cual el vencedor había previsto incluso sus apuros.
No obstante, la reacción del Barcelona no puede concederse sobre el privilegio del olvido. La criminal entrada de Cancelo sobre Diomande pertenece al partido tanto como el empate de Raphinha. Mourinho reclamó una expulsión que el VARça no invitó a revisar. Hubo analistas que consideraron suficiente la amarilla, con dos cojones, pero ganar no obliga al perjudicado a agradecer retrospectivamente lo que tuvo que soportar. El resultado resolvió el partido; no corrigió el arbitraje. Una victoria puede sobreponerse a una decisión injusta, pero no cancela la necesidad de denunciarla ni disipa la desconfianza que alimenta la impunidad. La credibilidad de una competición exige que las infracciones reciban una sanción coherente, con independencia de quién las cometa y de quién termine ganando. Cuando esa coherencia falla, queda abierta una sospecha que ningún marcador puede clausurar: que las reglas no rijan por igual para todos
El mérito del Madrid se engrandece ante la amenaza del atropello arbitral y el trilerismo que lo disfraza de normalidad. Su organización tiene valor porque puede quebrarse; su serenidad, porque debe resistir tanto la presión del adversario como la indignación de ver que las reglas no se aplican por igual.
La organización y la serenidad también se ponen a prueba ante los caprichos del balón, aunque conviene distinguir el azar del juego de las decisiones de quienes deben arbitrarlo. El primer gol de Mbappé llegó mediante un rebote tras un despeje de Gerard Martín. Sería absurdo atribuir a la planificación la trayectoria exacta de la pelota; también lo sería invocar la fortuna para borrar cuanto hizo posible aquella ocasión. El accidente introduce una desviación en una situación que los jugadores han construido: alguien ha llevado el balón hasta allí, alguien ocupa el área y alguien llega a defenderla bajo determinadas condiciones. El rebote carece de intención; la escena sobre la que interviene está llena de ellas.
La contingencia da al fútbol parte de su potencia dramática. El mérito nunca concede propiedad sobre el desenlace. Se puede preparar bien una acción y ejecutarla mal, defender durante muchos minutos con rigor y conceder después una ocasión clarísima. Esa fragilidad impide convertir el encuentro en una demostración escolar. Los cuerpos se cansan, las decisiones llegan tarde y el rival piensa. La forma debe rehacerse mientras está ocurriendo.
Por eso el empate planteaba al Madrid una prueba más reveladora que la ventaja. Conservar una amenaza cuando el partido se vuelve adverso exige algo distinto de acumular jugadores cerca del área. Hace falta que la recuperación encuentre una salida, que quien recibe disponga de un apoyo y que alguien conserve fuerzas y lucidez para correr. La resistencia adquiere espesor ofensivo cuando obliga al contrario a recordar lo que deja a su espalda.
La jugada del segundo gol condensó esa inteligencia compartida. Bellingham intervino en su origen; Camavinga se asoció con Güler, prolongó la carrera y terminó sirviendo a Mbappé. El remate fijó el nombre del goleador, pero la acción había repartido antes su autoría. Cada intervención necesitó que otro comprendiera lo que estaba empezando a suceder. La velocidad fue el resultado visible de esa comprensión.
El pase ocupa un lugar singular en esta clase de belleza. Nace de un cuerpo y entrega a otro la posibilidad de continuar. Quien suelta el balón renuncia por un instante al centro de la imagen, aunque puede seguir gobernando la jugada mediante su carrera. Camavinga dio continuidad a su intervención de esa manera: pasar le permitió volver a aparecer. El movimiento adquirió sentido al completarse en los demás. Antes del remate hubo una pequeña comunidad de decisiones.
Llamarla colectiva no supone imaginar una conciencia superior que piense por los once. El equipo vive de coordinaciones más frágiles: hábitos compartidos, lecturas parciales y decisiones tomadas bajo una presión que impide deliberar por completo. El entrenador prepara relaciones; el encuentro las somete a circunstancias que ningún entrenamiento reproduce enteramente. La disciplina ofrece un lenguaje común y los jugadores deben encontrar, sobre la marcha, qué decir con él.
La estadística conservará el doblete de Mbappé y la asistencia de Camavinga. Son datos necesarios, aunque su precisión no agota lo sucedido. El fútbol contiene trabajos cuyo valor se disuelve al atribuir la jugada a un solo nombre: ofrecer una línea, sostener una distancia, obligar a un defensor a elegir. La inteligencia colectiva deja un rastro desigual en las cifras. A veces, quien hizo posible una acción apenas figura en su relato.
Comprender el partido exige también concederle duración. Durante un tramo, una posesión puede parecer dominio; unos minutos después descubrimos cuánto riesgo llevaba dentro. Una retirada puede preparar una respuesta o convertirse en un encierro del que ya no se sabe salir. Hay que distinguir ambas cosas mientras el encuentro modifica las condiciones de nuestro juicio. El espectador que decide de antemano qué aspecto debe tener el buen fútbol se ahorra esa dificultad y pierde buena parte del espectáculo.
Tampoco la victoria absuelve cualquier pobreza. Existen repliegues inertes y ataques verticales que se limitan a devolver la pelota al contrario con mayor rapidez. Invocar a Mourinho no vuelve inteligente cada renuncia, del mismo modo que invocar una tradición ofensiva no convierte cada pase horizontal en una revelación. El juicio estético comienza cuando atendemos a lo que las acciones producen. Una espera capaz de alterar la conducta del rival contiene una iniciativa; una circulación incapaz de inquietarlo puede terminar siendo una forma muy laboriosa de aplazar la decisión.
Ahí estuvo el interés del mal llamado clásico: causa sonrojo emplear clase ante un palco ocupado por facinerosos y criminales que practican el pago encubierto, las plusvalías fake , y las inscripciones fraudulentas de jugadores. La reacción del Barcelona impidió que el Madrid administrara una superioridad tranquila; la capacidad del Madrid para volver a atacar impidió que la mejoría culé se apropiara del desenlace. El encuentro conservó hasta el final dos voluntades capaces de hacerse daño. Su intensidad nació de esa reciprocidad, de la obligación de responder a una dificultad que el otro seguía renovando.
Por eso resulta innecesario convertir la victoria en una sentencia universal sobre los estilos. El Madrid encontró, en este partido, recursos para discutir las ventajas del Barcelona y decidir después una acción de enorme calidad. La conclusión es precisa y, para los administradores de las esencias, bastante incómoda: obliga a juzgar el fútbol que se juega en lugar de premiar anticipadamente el que se proclama.
La belleza competitiva empieza en esa disposición a someter las propias convicciones a la respuesta ajena. Ningún club posee el buen gusto por derecho hereditario. Hay que construirlo frente a once adversarios que tienen sus propias ideas y una comprensible falta de respeto por las nuestras. El Madrid encontró una forma de hacerlo. Quedaron a la vista los goles de Mbappé, la intervención de Lunin y la carrera de Camavinga; alrededor de ellos trabajó una inteligencia menos fácil de recortar.
Aprender a verla exige apartar por un instante los ojos del balón. Entonces aparecen quien ofrece la salida, quien la clausura, quien sostiene al compañero y quien comprende que ha llegado el momento de abandonar la espera. El campo recupera su profundidad y la belleza deja de depender del certificado que cada cual se haya expedido. El Madrid salió del Spoty con una victoria construida entre esas relaciones. A los vendedores de esencias les quedó la tarea habitual de explicar por qué el fútbol había vuelto a prescindir de sus servicios.
Rferdia
Let`s be careful out there