¿He hecho de verdad todo lo que estaba en mi mano para reunir una cohorte de disidentes, una minoría restauradora, un núcleo de supervivientes de esa sociedad de complicidades que nos está triturando?

Sé que muchos franceses piensan que “ya es demasiado tarde”. Les responderé con las palabras de Foch, que, exasperado ante un país exhausto, dijo: “Las victorias siempre las han obtenido soldados cansados”. Vence quien resiste el último cuarto de hora.

Apelo a la esperanza de una resurrección que sacuda el sistema y ayude a salvar nuestro viejo país, que se resiste a morir.

Hablo de lo que en las Escrituras se llamó el Pequeño Resto: capaz de bajar al ágora para sacudir a los despreocupados y a los apáticos, y salvar así al Gran Resto. Se trata de una élite. La percibo: está ahí, acaba de nacer, no engaña y es infinitamente más exigente que sus mayores. Casi nadie la ve venir.

Philippe de Villiers, Résurrection

Hay una expresión que suele repetirse cuando se habla de colonización: «llevar la civilización». Tiene la ventaja de ordenar la escena de antemano. A un lado quedan quienes se atribuyen la luz; al otro, quienes reciben sus beneficios. Asaltar la tierra y el sol, de Mathieu Belezi, empieza donde esa frase deja de ser tranquilizadora y falsa, porque lo hace con la violencia material que hace posible el reparto de los papeles. Tomar la tierra, expulsar a sus habitantes, convertir sus mezquitas en iglesias o viceversa .Llamar «pacificación» a la empresa. Y, después, conservar la palabra.

Belezi vuelve a la conquista francesa de Argelia durante la primera mitad del siglo XIX, un periodo, que en palabras del autor, apenas había encontrado sitio en la ficción. La novela se inscribe en una serie más amplia sobre la memoria colonial, pero se detiene en sus comienzos cuando la conquista todavía puede presentarse como aventura y el despojo como promesa. Dos voces organizan el relato. La de un soldado francés sin nombre, entregado a las matanzas y la de Séraphine, esposa de un colono, que cuenta la vida de quienes esperaban encontrar allí el paraíso. El título anuncia una ofensiva; el libro muestra también a quienes descubren que ese paraíso exige frío, hambre, trabajo extenuante y enfermedad.

La Argelia de Belezi es un retablo infernal, casi bosquiano: un mundo de aldeas arrasadas, cuerpos expuestos, epidemias y expediciones militares que se proclaman civilizadoras mientras violan y asesinan. La violencia no irrumpe como una excepción que interrumpe el proyecto colonial. Es su procedimiento. Los soldados abren paso a los colonos; los colonos ocupan el lugar que aquellos despejan. Belezi los llama una pareja inseparable. La fórmula aclara la mecánica de la conquista, aunque también plantea una pregunta: ¿qué lugar queda para quienes fueron expulsados de sus casas y de su tierra? El escritor responde que su asunto era el problema francés y que no sintió la necesidad de dar voz a personajes argelinos. La decisión tiene una lógica, pero deja una tensión abierta: la novela examina la memoria de Francia mientras el silencio de los colonizados señala su límite.

La diferencia entre las dos voces evita que la novela se convierta en un alegato de una sola pieza. Los pasajes de Séraphine, sostenidos por invocaciones repetidas a la Virgen, pertenecen a lo más desolador del libro. Su esperanza se consume en una colonia que debía ser «el paraíso en la tierra» y que se revela sometida a un clima implacable, el cólera y las incursiones de quienes defienden su territorio. La mujer empieza a preguntarse si debe permanecer en un lugar trazado a ciegas por burócratas lejanos; su relato carga así con el peso de una decisión que ya no puede deshacerse. El soldado habla desde otro registro: más exaltado, más próximo al exceso. Sus imágenes llegan a recubrir la brutalidad de un lenguaje inflamado, como si la violencia necesitara también una retórica que la hiciera soportable para quien la ejerce.

A veces ese exceso se acerca a la caricatura. El capitán que proclama la misión divina de Francia para pacificar tierras bárbaras y ofrecer a sus habitantes una cultura milenaria parece hablar desde una tribuna, con la desfachatez de quien confunde la fanfarronada con la verdad. Pero la caricatura tiene aquí un filo: deja al descubierto el carácter teatral de la justificación colonial. El capitán no necesita esconder su arrogancia; la pronuncia como doctrina. Y la canción militar que celebra la matanza y el saqueo, auténtica, según Belezi, lleva esa franqueza al coro. El despojo no se encubre bajo una explicación razonable y se impone con el canto.

La forma sostiene esta mezcla de lamento y exceso. La novela alterna las dos voces y repite los títulos de sus capítulos; Belezi atribuye esa arquitectura a Las palmeras salvajes, de Faulkner. Son historias independientes cuyos personajes no se encuentran, pero que, leídas juntas, se explican y se agravan mutuamente. Su escritura, dice el autor, es oral y musical, hecha para entrar en la boca. El ritmo y los estribillos le dan al relato una respiración común, aunque las voces pertenezcan a mundos morales distintos. Belezi relaciona también su desmesura con el realismo mágico latinoamericano: un modo de narrar que no argumenta ni dicta sentencia y que, precisamente por eso, golpea al lector.

Uno de los episodios que cuenta Belezi parece condensar toda la novela. Los habitantes de un pueblo son desalojados para que los colonos duerman al calor de sus casas. Los argelinos pasan la noche a la intemperie; muchos aparecen muertos a la mañana siguiente. El hecho, asegura el escritor, está documentado por el mariscal de Saint-Arnaud. No necesitaba inventar nada. Basta con disponer los hechos y atender a lo que sus palabras oficiales no consiguen ocultar.

Muchos lectores, dice Belezi, le han agradecido haber contado lo que ignoraban. Una novela no puede reparar por sí sola el desconocimiento histórico ni devolver la palabra a quienes quedaron fuera, pero sí puede volver más difícil la coartada, y eso es ya una conquista ética. Después de Asaltar la tierra y el sol, «pacificación» ya no es una palabra inocente. Bajo ella se oyen el desalojo, el frío y una canción que invita a correr hacia el saqueo, y a quienes la escuchamos desde el presente, esa misma canción nos llama a denunciar todas las violencias que siguen devastando poblaciones y a pedir cuentas a todos los criminales genocidas, también y a fortiori, a los que han convertido Palestina en un sortilegio siniestro, donde la muerte, la miseria, el hambre y la devastación, se renuevan sin tregua.

Soy un hombre de otro tiempo cada vez mas extranjero a este. El peor exilio no consiste en que te arranquen de tu patria carnal y espiritual sino en haberlas perdido sin defenderlas.

Rferdia

Let`s be careful out there