«Con la soledad ocurre lo siguiente: cuanto más la disfrutas, más te acercas a tu alma, más eres tú.»

Rferdia, La sinrazón del testimonio

La frase tiene algo de promesa y algo de amenaza. Sugiere que, apartados durante unas horas de los demás, podríamos llegar por fin a una región menos adulterada de nosotros mismos, como si bastara con cerrar una puerta para que compareciese ese yo supuestamente verdadero que la vida social mantiene ocupado en sus innumerables pequeñas imposturas. No estoy seguro. Cuando el ruido desaparece, lo que se oye no siempre es una voz propia. A menudo llegan todas aquellas que uno había aprendido a confundir con ella.

La compañía de los otros organiza una parte considerable de nuestra vida sin necesidad de anunciarlo. Contestamos, agradamos, nos defendemos, procuramos hacernos entender; incluso el hastío necesita a alguien delante para adquirir una forma reconocible. Buena parte del día encuentra así una ocupación y, con ella, una coartada. Basta que los demás se retiren para que el decorado pierda algunos de sus apoyos y quede a la vista algo bastante menos noble que una interioridad profunda: tiempo, simplemente, tiempo sin instrucciones.

Uno descubre entonces cosas poco halagüeñas. Algunas convicciones necesitaban adversario para conservar su temperatura; ciertos agravios envejecen con sorprendente rapidez cuando nadie los escucha; deseos que parecían urgentes se vuelven más modestos en cuanto desaparece el público. La soledad tiene esa mala educación: retira espectadores sin avisar y deja algunas pasiones hablando solas.

Su relación con la libertad es bastante más turbia de lo que suele afirmarse. Estar solo permite leer durante horas, abandonar una lectura sin dar explicaciones, caminar sin destino o perder deliberadamente una tarde. También obliga a hacerse cargo de ese tiempo sin poder atribuir su desperdicio a nadie. No es poca cosa.

Con los años, si uno persevera, aparece una clase de placer poco espectacular. Tiene poco que ver con la autosuficiencia, palabra sospechosa donde las haya, y menos todavía con ese orgullo del solitario que acaba necesitando a los demás para hacerles saber que no los necesita. Consiste más bien en una disminución de la urgencia. Se deja de reclamar presencia ajena a cada momento como prueba de que la propia vida continúa ocurriendo.

La compañía, a partir de ahí, cambia. No porque quien vive bien a solas entienda mejor a la humanidad —eso sería demasiado conveniente—, sino porque termina exigiendo menos de cada encuentro. Una conversación deja de tener que salvar la tarde; una amistad no está obligada a impedir el vacío; el amor, si hay suerte, pierde algo de aquella tarea imposible de ocupar todas las habitaciones.

La soledad dispone también de habitaciones poco recomendables. Puede estrechar el mundo hasta conseguir que una preocupación de tamaño corriente termine ocupándolo entero. Amplifica ruidos mínimos, favorece las repeticiones, concede a determinadas ideas una autoridad que nunca merecieron. Ningún retiro garantiza sabiduría. El ermitaño puede ser un imbécil con mucho tiempo libre y la introspección, prolongada sin tino, acaba pareciéndose bastante a una vigilancia policial ejercida sobre uno mismo.

Existe, además, una industria sentimental empeñada en presentar el silencio como medicina. El silencio cura, la naturaleza cura, estar solo cura. No sé de dónde procede tanta confianza. Una habitación cerrada no posee virtudes terapéuticas. En ella puede pensarse mejor o peor, leer a Montaigne o pasar tres horas alimentando una humillación ocurrida en 1997. No hace falta pedirle más.

Lo que aparece cuando uno deja de esperar una curación tampoco es ese individuo desnudo de influencias que tantas fantasías de autenticidad necesitan imaginar. Entramos solos en una habitación acompañados de una multitud. Padres que hace años que no están. Algún profesor olvidado. Libros cuya sintaxis se nos quedó dentro. Una frase pronunciada en una cocina. Una música. Hasta nuestros silencios tienen procedencia. El yo que pretendía encontrarse consigo mismo descubre, si mira lo suficiente, que está hecho en buena medida de huéspedes.

No parece que haya nada que lamentar en ello. La identidad puede parecerse menos a una fortaleza que a un sedimento, capas de procedencias diversas cuya unidad nos apresuramos a inventar porque necesitamos responder cuando alguien pregunta quiénes somos. La vida pública exige bastante coherencia: mantener ciertas opiniones, reconocer las propias preferencias, conservar aproximadamente la persona de ayer. A solas esa administración puede relajarse.

Aparecen contradicciones que no reclaman solución inmediata, aficiones que no sabríamos defender, recuerdos que llevaban años sin utilidad alguna. No todo tiene que convertirse en relato. A veces basta con dejarlo estar.

Quizá por eso la soledad puede llegar a gustar. No porque al final del silencio aguarde una versión definitiva de nosotros mismos, más verdadera que las anteriores, sino porque durante un rato deja de ser indispensable decidir cuál de ellas debe presentarse al mundo. Las máscaras permanecen sobre la mesa. Algunas, además, resultan bastante más cómodas de lo que quisiéramos admitir.

Con el tiempo, estar solo y sentirse solo terminan separándose con bastante nitidez. Lo segundo puede ocurrir durante una cena, en una cama compartida o en medio de una conversación que sigue mucho después de haberse agotado. Lo primero, cuando deja de vivirse como una expulsión, adquiere otra densidad, menos amable y acaso también más útil: la de un lugar en el que nadie viene a completar lo que falta y donde uno acaba descubriendo, no sin cierta incomodidad, que una parte de aquello que creía echar de menos llevaba mucho tiempo siendo sólo costumbre.

Scriabin, etudes opus 8, Lugansky

Rferdia

Let`s be careful out there