«Canudos no es una historia, sino un árbol de historias.»

Mario Vargas Llosa, La guerra del fin del mundo

La guerra del fin del mundo comienza con un hombre alto y tan flaco que «parecía siempre de perfil». La frase basta para que Antônio Conselheiro exista. Vargas Llosa apenas nos ha dicho nada de él y ya podemos verlo atravesando los pueblos del sertón, cubierto de polvo, con la túnica morada pegada al cuerpo, desdeñando la leche y la comida que le ofrecen porque antes quiere llegar a la iglesia, comprobar su abandono y rezar tendido ante el altar. De ese hombre que aparece y desaparece por los caminos irá creciendo una multitud y, con ella, una ciudad; después vendrán los ejércitos, los periódicos, los rumores y la guerra. La novela crece de esa manera, ensanchándose sin perder de vista las vidas que ha ido recogiendo por el camino.

Publicada en 1981, La guerra del fin del mundo fue la primera gran incursión de Vargas Llosa fuera del Perú y seguramente la empresa narrativa más ambiciosa de su obra. Ángel Rama, con quien había mantenido desacuerdos intelectuales y políticos nada menores, reconoció muy pronto su magnitud y vio en ella la recuperación de aquella vieja aspiración de la novela a contener una sociedad entera sin desdeñar los recursos de la narración popular. Algo de eso explica que un libro tan cargado de ideas avance con semejante empuje. Vargas Llosa no detiene la acción para pensar sobre ella. Hace que las ideas circulen entre ejércitos que avanzan, emboscadas, sermones, periódicos, terratenientes, prostitutas, bandidos y visionarios. El pensamiento está metido en el movimiento mismo del relato.

En el origen está Os Sertões, el libro que Euclides da Cunha publicó en 1902 después de haber asistido como corresponsal a la campaña final contra la comunidad reunida alrededor del Conselheiro en el sertón de Bahía. Aquella obra difícil de clasificar, donde conviven la crónica, la historia, la geografía, la indagación social y una literatura de enorme potencia, deslumbró a Vargas Llosa. Viajó por la región, consultó archivos, habló con sus habitantes y pasó años trabajando sobre un episodio que la joven República brasileña había resuelto por las armas y que después resultaba tentador ordenar mediante alguna explicación tranquilizadora. Vargas Llosa hizo lo contrario: volvió a abrir Canudos y devolvió a su historia buena parte de la confusión que los relatos posteriores habían ido quitándole.

Se ha leído a menudo como una gran requisitoria contra el fanatismo. Seymour Menton insistió en esa dirección, y el momento intelectual de Vargas Llosa favorece sin duda la lectura: cuando empezó a escribirla se había consumado ya su ruptura con el socialismo revolucionario y estaba en marcha una evolución política que terminaría acercándolo al liberalismo. Galileo Gall parece concebido para poner a prueba esa cuestión. El escocés recorre el sertón cargado con su anarquismo, su frenología y una confianza intacta en la revolución; cuando llega a Canudos encuentra, curiosamente, aquello que estaba preparado para encontrar. Los yagunzos hablan de Dios y Gall entiende revolución; esperan el fin de los tiempos y él reconoce la revuelta de los explotados. Su caso sería menos interesante si fuese un necio. No lo es. Tiene inteligencia, cultura, coraje y hasta cierta generosidad, pero esas cualidades trabajan dentro de un sistema que ha decidido de antemano qué significa cuanto tiene delante. La inteligencia acaba proporcionándole excelentes razones para equivocarse.

A sus adversarios les sucede algo parecido. Los republicanos necesitan descubrir en Canudos una conspiración monárquica y los seguidores del Conselheiro ven en la República una manifestación del Anticristo. Unos y otros reciben hechos, noticias o rumores y los acomodan a una explicación previa. El fanatismo es, sin duda, uno de los grandes asuntos del libro, aunque no agota lo que ocurre en él. La tragedia de Canudos nace también de una sucesión de interpretaciones que se alimentan unas a otras hasta adquirir la consistencia de los hechos. Entre los hombres y lo sucedido se amontonan sermones, telegramas, periódicos, consignas y profecías. Una sospecha pasa a ser noticia, la noticia provoca una decisión militar y la respuesta del enemigo parece demostrar después que aquella primera sospecha estaba fundada. Nadie necesita inventar por completo la mentira. Basta con que cada cual añada su certeza.

Dentro de este juego, el periodista miope es una invención extraordinaria. El hombre cuyo oficio consiste en mirar no ve bien y, para colmo, pierde las gafas en medio de la guerra. Recorre Canudos entre formas borrosas, dependiendo a menudo de otros para saber qué sucede a unos metros, y acaba siendo precisamente quien más se obstina en averiguar lo ocurrido y conservar su memoria. La ironía sería demasiado obvia si Vargas Llosa lo redujera a una alegoría, pero el personaje tiene suficiente espesor para resistirse a ella. Su miopía introduce, de todos modos, una diferencia decisiva: él conoce las limitaciones de su vista. Gall dispone de la revolución, Moreira César de la República y los yagunzos del Apocalipsis; cada cual posee una explicación lo bastante amplia para instalarse dentro de ella. El periodista tiene que preguntar.

La novela podría haberse convertido así en una demostración bastante ordenada de los males producidos por las certezas absolutas. Por fortuna, Vargas Llosa lleva cientos de páginas trabajando contra esa facilidad. A cada explicación le opone nuevas vidas. Los habitantes de Canudos no forman una masa intercambiable de supersticiosos destinada a probar los peligros del irracionalismo: entre ellos encontramos campesinos sin tierra, antiguos bandidos, tullidos, mujeres que han padecido violencia, pobres para quienes el mundo anterior a la llegada del Conselheiro tampoco se distinguía por su justicia ni por su racionalidad. El Conselheiro les ofrece una fe y también un sitio. Al otro lado, la República posee leyes, ejército, telégrafo, periódicos y el vocabulario del progreso, aunque nada de eso impida que termine enviando sus cañones contra Canudos.

La separación entre civilización y barbarie se vuelve entonces bastante menos cómoda. En el sertón se cree en milagros, santos y profecías, pero quienes llegan desde fuera tampoco están libres de supersticiones; simplemente han aprendido a darles otros nombres. Galileo Gall proporciona de nuevo el ejemplo más irónico. El europeo que observa aquel mundo arcaico desde la seguridad de la ciencia y la revolución practica la frenología y cree posible deducir el carácter de un hombre palpándole el cráneo. Vargas Llosa no necesita explicar la contradicción. Le basta con dejarla ahí. Quien ha llegado para descifrar las creencias primitivas de los demás lleva la suya en el equipaje.

Lo mismo ocurre con la dignidad de los personajes, que nunca coincide del todo con la sensatez o el disparate de sus ideas. João Grande, Pajeú, el Beatito o María Quadrado van adquiriendo una presencia que desborda cualquier función doctrinal. Podemos juzgar delirante la escatología de Canudos y advertir a la vez que allí se ha formado una comunidad cuya destrucción nos afecta; podemos reconocer la legitimidad política de la República y asistir con horror a lo que sus tropas hacen en su nombre. La novela se mantiene viva en esa incomodidad porque sus personajes alcanzan verdades parciales, suficientes a veces para comprender una injusticia o un sufrimiento, y las deforman cuando pretenden hacer de ellas una explicación del mundo entero.

De ahí que el periodista acierte al decir que «Canudos no es una historia, sino un árbol de historias». Las comparaciones habituales con Guerra y paz o Los miserables tienen sentido sobre todo en este punto. Importa menos el tamaño que la confianza, tan propia de la gran novela decimonónica, en que la ficción puede alojar un mundo y seguir a sus habitantes hasta los rincones menos visibles. Alguien que parecía destinado a cruzar fugazmente una escena reaparece mucho después y trae consigo una infancia, un miedo, un deseo, una historia que ignorábamos. Las ramas se cruzan, se separan y vuelven a encontrarse. Esa proliferación acaba siendo también la mejor defensa del libro contra la ideología de su autor. Gall se equivoca sobre los yagunzos, aunque percibe una injusticia que otros no quieren ver; los seguidores del Conselheiro viven dentro de una visión apocalíptica y practican formas extraordinarias de solidaridad; los republicanos defienden instituciones modernas mientras avanzan hacia una matanza. Cada nueva historia estropea un poco la explicación anterior.

Después llega la guerra y el árbol empieza a quedarse sin ramas. El cambio es gradual: escasea la comida, los caminos se convierten en posiciones defensivas, las casas sirven de trincheras y aquellos personajes que Vargas Llosa había ido separando uno por uno de la multitud vuelven a confundirse con ella a medida que mueren. El espacio de la novela, tan abierto durante centenares de páginas, se contrae alrededor de Canudos. En ese momento la enorme extensión del libro deja de parecer una simple cuestión de ambición y adquiere un sentido más íntimo. Vargas Llosa necesitaba tiempo para individualizar a quienes la guerra devolvería después al número. La historia puede contar los muertos; la novela, antes de contarlos, ha procurado que algunos tengan cara, pasado y nombre.

Con la destrucción de Canudos aparece un problema que llevaba mucho tiempo preparándose: qué hacer con su recuerdo. El Barón de Cañabrava preferiría que la historia quedase atrás. Ha sido demasiado turbia, demasiado confusa y, sobre todo, inútil para quien espera del pasado una enseñanza clara. El periodista se rebela contra ese deseo y promete: «No permitiré que se olviden». Su frase podría estar en el origen mismo de la novela. Recordar Canudos exige conservar también aquello que impide convertirlo en una fábula edificante. Si reducimos a los yagunzos a fanáticos, a los republicanos a verdugos, a Gall a un doctrinario ridículo o al Conselheiro a un loco, el episodio recupera de inmediato una claridad que nunca tuvo. Las cientos de páginas anteriores han trabajado precisamente para impedir esa comodidad.

Vargas Llosa reserva para el final una última resistencia de los hechos a quedar definitivamente explicados. Tras la artillería, el hambre, los cadáveres y la desaparición de Canudos, una viejecita asegura que al Conselheiro «lo subieron al cielo unos arcángeles. Yo lo vi». No hace falta añadir mucho. La ciudad ha desaparecido y la evidencia material parece haber pronunciado su veredicto, pero los hombres siguen produciendo relatos capaces de sobrevivir a lo ocurrido. Incluso después de la destrucción permanece esa necesidad de hacer que los hechos signifiquen algo soportable.

La actualidad de La guerra del fin del mundo empieza precisamente cuando dejamos de usarla para reconocer fanáticos entre nuestros contemporáneos. Basta escoger a quienes sostienen ideas que detestamos y pronto encontraremos un Gall, un Moreira César o algún discípulo del Conselheiro al que hacerlos parecer. Pero esa lectura nos concede una posición demasiado confortable, como si el problema estuviera siempre al otro lado. Canudos vuelve la sospecha hacia la mirada que interpreta, incluida la nuestra, y deja una pregunta bastante más incómoda: cuánto dejamos de ver cuando una explicación empieza a satisfacernos demasiado.

No parece casual que Vargas Llosa confiara la memoria de Canudos a un miope. Quienes estaban seguros de verlo todo fueron quienes menos comprendieron lo que tenían delante.

Rferdia

Let`s be careful out there