Los ocupantes del coche del UAE lloraban cuando Tadej Pogačar masacró el Alpe d’Huez. Él, en cambio, parecía desconcertado. Acababa de ganar por primera vez en la ascensión más célebre de los Alpes, había firmado su quinta victoria de etapa en el Tour y se disponía a entrar en el reducido círculo de los cinco veces vencedores de la carrera. Su reacción, sin embargo, fue casi administrativa.
Dijo que aquella victoria significaba tanto como cualquier otra. Añadió que, puesto que todos los periodistas insistían en explicarle su importancia, acaso terminara por comprenderla. Tal vez, cuando el ruido se apagara, lograría apreciarla.
En esa respuesta se encuentra buena parte del enigma de Las victorias de Pogačar apenas llegan a asentarse en su memoria. Se suceden con tal rapidez que cada una desplaza a la anterior antes incluso de haber adquirido consistencia. El asombro pertenece a quienes lo contemplan. Pogačar se limita a ejecutar aquello que, hasta que él lo hace, parecía improbable.
El Tour de Francia de 2026 ha sido la expresión más completa de ese extrañamiento entre la hazaña y quien la lleva a cabo. El esloveno ganó cinco etapas, cedió al menos una a un compañero y pudo haber renunciado a otra, sin más. Elevó a veintiséis su cuenta de triunfos parciales en la carrera, a nueve del récord de Mark Cavendish, y en el Alpe d’Huez alcanzó su decimosexta victoria en una llegada en alto, exactamente el doble que Lucien Van Impe, siguiente corredor de esa clasificación.
Los canteros de Grenoble tendrán que esculpir un quinto rostro en el Monte Rushmore del ciclismo. Con la singularidad de haber alcanzado esas cinco victorias a la edad que tenía Indurain cuando ganó la primera, la cuestión consiste en preguntarse cuánto tardará en dejarlo atrás.
La posibilidad de que supere las siete victorias que un día figuraron junto al nombre del criminoso tejano resulta cada vez menos una fantasía estadística. Sin embargo, medir a Pogačar mediante cifras conduce a una paradoja. Los datos acreditan su grandeza, pero no alcanzan a explicar quién es. El núcleo de su grandeza consiste en haber convertido lo incomprensible en costumbre. No ocurre que lo extraordinario irrumpa en la realidad, como en el realismo mágico. Ocurre algo más desconcertante: la realidad acaba reorganizándose hasta hacer que lo extraordinario parezca su estado natural.
Este Tour será recordado como el de Pogačar en plena majestad. Una marcha hacia la victoria que pareció resuelta desde la primera semana. Una imposición del orden antes de que los bárbaros alcanzaran las puertas. Frente a la amenaza, el castillo ni siquiera tuvo que cerrar el puente levadizo: el hombre que montaba guardia junto al foso había sometido ya a quienes pretendían sitiarlo.
No se trató, sin embargo, de una versión inédita del corredor. Era, acaso, su forma más depurada: el resultado de una evolución en la que cada derrota previa ha sido incorporada como aprendizaje. Aunque quizá ni siquiera esa sea la forma definitiva. En Pogačar, toda culminación contiene todavía la sospecha de una mejora ulterior.
Él mismo lo explicó antes de París. No creía haberse vuelto mucho más fuerte desde 2024. Los números seguían ahí, dijo, pero la experiencia le permitía gestionar de otro modo el estado de ánimo, la presión y las emociones. Las diferencias ya no residían tanto en la potencia como en los detalles. Y acaso fueran esos detalles los que le habían permitido, en sus propias palabras, “escribir esta historia”.
La elección del verbo no es menor. Una gran vuelta se compone de etapas, pero también de capítulos. El dominio de Pogačar fue la línea principal del relato, aunque a su alrededor se abrieron varias historias secundarias: enfermedades en el equipo, controles antidopaje de madrugada, el resentimiento de un pelotón que consideraba excesiva la voracidad del UAE, la irrupción de una nueva generación de corredores y la aparición, junto al líder, de un compañero que terminó convirtiéndose en amigo, protegido y posible heredero.
Incluso el trazado de la carrera parecía haber sido concebido para impedir que Pogačar cerrara el Tour demasiado pronto. Oficialmente, los organizadores niegan diseñar el recorrido pensando en un corredor concreto. La afirmación tenía en esta ocasión la consistencia de una telaraña. Solo había una gran jornada en los altos Pirineos, mientras que la siguiente llegada verdaderamente exigente no aparecía hasta Le Markstein, en la decimocuarta etapa. Christian Prudhomme declaró que el final había sido endurecido para evitar que el maillot amarillo estuviera decidido cuarenta y ocho horas antes de París. El recorrido debía crecer gradualmente, etapa a etapa, acumulando una tensión que llegara viva hasta el desenlace.
El problema de los mejores planes es que Pogačar suele convertirlos en documentos de una realidad abolida.
Vestido con el arcoíris de campeón del mundo, deshizo la carrera en el Tourmalet. Cinco días antes, la victoria del Visma-Lease a Bike en la contrarreloj por equipos inaugural había permitido imaginar que la escuadra neerlandesa poseía fuerza suficiente para igualar al UAE. En las dos derrotas de Pogačar en el Tour, su equipo había sido claramente inferior al de Vingegaard. La etapa de Gavarnie-Gèdre pareció anunciar un nuevo asedio.
Ocurrió lo contrario.
El Visma fue desmontado corredor a corredor. Había situado hombres por delante, destinados a servir de apoyo en el momento decisivo, pero Tim Wellens y Nils Politt, capitanes de ruta del UAE, impusieron un ritmo que anuló aquella red de corredores puente. Adam Yates y Brandon McNulty endurecieron la ascensión hasta descolgar a Matteo Jorgenson y Davide Piganzoli. Después apareció Isaac del Toro. El joven mexicano aceleró y dejó a Vingegaard sin compañeros, obligado ya a defenderse ante el ataque que todos sabían inminente.
Pogačar coronó el Tourmalet con medio minuto de ventaja. Ganó otros cuarenta segundos en el descenso. En el camino hacia Gavarnie-Gèdre añadió minuto y medio. Al llegar a meta aventajaba en casi tres minutos a Vingegaard.
No había vencido únicamente por fuerza. Había corrido contra el recuerdo. Una de las grandes cualidades de Pogačar consiste en recordar las pocas veces que pierde. Como Edmundo Dantés, al escapar de If, Poggi, tiene un plan.
En 2022, Vingegaard y Wout van Aert lo alcanzaron en el descenso del Tourmalet. También recordaba cómo el danés había conseguido neutralizarlo en Morzine, sin responder a sus cambios de ritmo, limitándose a mantener su propio paso. Esta vez, Pogačar utilizó aquella memoria para tenderle una trampa. Lo incitó a acercarse a su límite, lo obligó a responder al ritmo que él había escogido y convirtió la resistencia del rival en la antesala de su derrota.
La derrota no lo obsesiona de manera estéril: se transforma en información. Como son escasas, permanecen más tiempo. Cada una señala una carencia concreta, un detalle que corregir, una zona todavía imperfecta.
Así también con el calor. Durante años, las altas temperaturas habían constituido una de sus debilidades. El Col de la Loze lo había expuesto con crudeza tres temporadas atrás. El Visma esperaba explotar de nuevo esa vulnerabilidad en el Tour más caluroso de la historia, con numerosas jornadas cercanas a los cuarenta grados. El UAE, sin embargo, lleva desde finales de 2023 trabajando específicamente en la adaptación térmica. El resultado pudo verse bajo el calor abrasador del Tourmalet y en las carreteras de Le Lioran.
También la planificación de la temporada respondió a esa voluntad de corrección. Pogačar había aligerado su calendario para reducir el desgaste físico y psicológico. Solo disputó una carrera de una semana, el Tour de Suiza, frente a las dos del año anterior y al Giro de Italia de 2024. La decisión le permitió concentrarse en las clásicas de primavera, un territorio que ama, y llegar al Tour sin la fatiga acumulada que había oscurecido sus últimas semanas en otras temporadas.
En Gavarnie cruzó la meta exultante. Dicen que conservó la euforia durante buena parte de la noche. El contraste con el corredor demacrado de la última semana del Tour anterior es demasiado visible para reducirlo a una mejora en los vatios. pareciera que el gigante esloveno haya aprendido además de administrar mejor el esfuerzo, también la alegría.
Y buena parte de esa ligereza parecía proceder de su relación con Isaac del Toro.
El mexicano, de veintidós años, llegó al equipo con una energía que Pogačar reconoció de inmediato. Hubo humor, afinidad y una confianza que se confirmó en la carretera. Del Toro siempre estuvo a su lado, dijo el esloveno, entregado al cien por cien. Podía haber buscado su propia victoria en la Strade Bianche, quizá incluso ganarla; podía haber corrido el Giro o la Vuelta. Eligió el Tour y se comprometió con el principal objetivo del equipo.
Pogačar recompensó esa lealtad en Montjuïc. Le cedió la victoria de la segunda etapa y celebró el triunfo con una felicidad poco habitual: dirigió los cánticos del público y se envolvió en la bandera mexicana. Su madre, Marjeta, afirmó durante la carrera que la amistad entre ambos podía ser lo más importante que le había ocurrido al equipo.
No era una exageración sentimental. La relación entre Pogačar y Del Toro terminó definiendo el Tour de un modo que ninguna estadística puede recoger. Estuvo presente en el ataque decisivo del Tourmalet, en la ayuda prestada por el líder para que el mexicano defendiera el maillot blanco y en el gesto extremo de la decimoquinta etapa, cuando Del Toro da la sensación de provocar su propia caída para evitar que Pogačar se fuera al suelo.
En el Alpe d’Huez, una vez asegurado el podio del mexicano, el esloveno levantó las manos junto a la cabeza y formó dos cuernos con los dedos. Un gesto infantil, casi doméstico, nietzscheano.
Un día después de su victoria en aquella montaña, Pogačar cambió de función. El maillot amarillo se convirtió en un gregario a lo Van Aert. Respondió a los ataques de Paul Seixas, marcó los movimientos que podían amenazar el podio de Del Toro y esperó a que su compañero lanzara la ofensiva definitiva. Cruzaron la meta enlazados por los hombros. Pogačar le susurraba al oído que siguiera pedaleando hasta rebasar por completo la línea. Horas más tarde se supo que Del Toro también había competido enfermo.
La amistad había introducido en el relato de la superioridad un elemento que suele faltar en las historias del poder absoluto: la generosidad. Pogačar no solo había ganado. También había encontrado placer en la posibilidad de que otro creciera junto a él. Esa generosidad, sin embargo, no mitigó la irritación del pelotón. Su carácter luminoso solo se ensombreció en dos ocasiones durante el Tour. Ambas veces le preguntaron si disfrutaba triturando a sus rivales y si consideraba codicioso el comportamiento del UAE. En una entrevista cortó la conversación y alegó que debía enfriar sobre los rodillos. En otra recibió con incredulidad las críticas de Florian Lipowitz.
—Si uno corre solo para ser segundo, es una pena, ¿no?
La respuesta condensaba su ética competitiva. Pogačar considera que debe ganar las carreras que le pagan por disputar. Desde su punto de vista, renunciar a la victoria cuando está al alcance de la mano sería una falta de respeto hacia el equipo, hacia la carrera y acaso hacia sí mismo. Había regalado una etapa a Del Toro y probablemente otra a Remco Evenepoel. No entendía qué más se esperaba de él.
Pero el ciclismo posee un código moral tan amplio como impreciso. Existen días para el líder y días que, según la costumbre, deberían pertenecer a los aventureros, a los corredores modestos, a quienes construyen una carrera entera alrededor de una única oportunidad. La magnitud del dominio de Pogačar amenaza esa distribución tácita de las recompensas.
Después de que el UAE ganara cuatro etapas durante la primera semana, varios corredores y directores se indignaron al ver al equipo trabajar para neutralizar la escapada camino de Ussel, aparentemente sin una razón decisiva. Algunos acudieron al propio Pogačar, convertido ya en patrón del pelotón, para pedir una tregua.
Tobias Halland Johannessen le preguntó si creía que la fuga llegaría.
—Puede que no —respondió.
La frase tuvo la sobriedad de una sentencia. El problema no es que Pogačar desee humillar a nadie. Es que su mera presencia reduce el margen de libertad del resto. Cuando el mejor decide competir, la carrera se estrecha.
El porcentaje de victorias de etapa del esloveno en el Tour asciende ya al 17,6 %, el mejor de la historia. En las llegadas en alto se aproxima al cincuenta por ciento. Uno de sus compañeros lo llama Monsieur Mangetout: el hombre que se lo come todo.
La imagen es exacta, aunque incompleta. Pogačar no parece devorar por hambre de posteridad. Devora porque la carrera está delante de él.
Ni siquiera los episodios que amenazaron con desestabilizarlo lograron apartarlo de esa lógica. Los controles antidopaje nocturnos monopolizaron las conversaciones del Tour durante setenta y dos horas. A las cinco de la madrugada del 19 de julio, un análisis de sangre interrumpió su sueño. Vingegaard había sido examinado tres horas antes. Incapaz de volver a dormirse, Pogačar escuchó a Eminem y se preparó un café. Más tarde debía afrontar el Plateau de Solaison, la ascensión más dura desde el Tourmalet.
Vingegaard no alcanzó la cima. Cayó en los últimos veinte kilómetros. Rechazó atribuir el accidente al cansancio provocado por el control, aunque compañeros, técnicos y otros corredores lo mencionaron como posible factor. El episodio recordó que una gran vuelta, incluso bajo el dominio más firme, conserva una zona de arbitrariedad.
Pogačar habló con una franqueza poco habitual. Aceptó los controles como un instrumento necesario para demostrar que el pelotón compite limpio. Elogió la corrección de los médicos. Pero admitió que dormir cuatro horas en medio de un Tour de tres semanas era una faena.
Las preguntas sobre su rendimiento son inevitables. Encabeza una generación que ha pulverizado registros de escalada establecidos durante la era de la EPO. Las mejoras en nutrición, entrenamiento, tecnología, aerodinámica y adaptación al calor ofrecen parte de la explicación, pero el pasado del ciclismo sigue adherido a cada nueva hazaña. La sospecha no nace solo de las prestaciones. También de la continuidad de figuras vinculadas históricamente a estructuras implicadas en casos de dopaje.
Entre ellas se encuentra Mauro Gianetti, responsable del UAE, que trabajó en el Saunier Duval de los años dos mil. Interrogado sobre aquella época, afirmó considerarse una víctima engañada por sus corredores. Uno nunca sabe qué hacen sus hijos en sus habitaciones, dijo, ni qué hacen los ciclistas cuando regresan a casa.
Conviene establecer con la misma claridad lo que se sabe y lo que no. Pogačar nunca ha dado positivo en un control. Tampoco se ha formulado contra él una acusación creíble de conducta irregular. El recuerdo de la historia explica las preguntas, pero no autoriza las respuestas.
El verdadero peligro para el esloveno apareció poco después bajo una forma mucho más ordinaria. Tras la segunda jornada de descanso, una enfermedad gastrointestinal se propagó por el UAE. Adam Yates fue el primero en enfermar y apenas logró entrar dentro del límite de tiempo en la decimoséptima etapa. Después cayeron Tim Wellens y Brandon McNulty. El estadounidense abandonó al día siguiente. Florian Vermeersch arrastraba además una lesión. Pogačar comenzó a parecer aislado.
Su decisión de combinar por primera vez el maillot amarillo con un culotte negro desencadenó toda clase de especulaciones. Se interpretó el cambio como señal de que también él estaba enfermo. Nunca se había examinado con tanto interés una elección de vestuario. Respondió en el Alpe d’Huez.
Atacó al pie de la ascensión, cuando la escapada disponía todavía de tres minutos y medio. Nadie se atrevió a seguirlo. Curva tras curva fue reduciendo la diferencia. Alcanzó a Richard Carapaz y Lenny Martinez a cuatro kilómetros de la meta, allí donde comenzaban las vallas y la montaña se estrechaba bajo la multitud. Esperó hasta el último kilómetro y volvió a acelerar.
Completó la ascensión en 35 minutos y 26 segundos.
Fue su quinta victoria de etapa. La respuesta no necesitó declaración alguna. Frente a la enfermedad, el aislamiento y las conjeturas, nadie pudo seguirlo.
Para algunos, esa superioridad posee un reverso. Produce abucheos, suscita preguntas y engendra apatía. Ser el mejor ciclista de la historia significa condenar al espectador a numerosos días en los que no triunfa el débil. La grandeza tiende a restringir la sorpresa.
Indurain lo vivió. Merckx, también. Apenas seis veranos atrás, Pogačar era el joven de veintiún años que irrumpía como el talento más excitante del ciclismo. Entonces representaba la amenaza, la indisciplina de lo nuevo, la posibilidad de que el orden existente se quebrara. Ahora es él quien encarna el orden.
Su motivación continúa siendo difícil de descifrar. Se irrita cuando otros intentan proporcionarle una explicación grandiosa. Las respuestas más convincentes son también las más simples: ama competir, ama montar en bicicleta y gana porque puede hacerlo.
Solo le queda por conquistar el último y más complicado Ochomil, el K2 del ciclismo: la París-Roubaix. Y es que el Infierno del Norte parece ejercer sobre él una atracción profunda. Tal vez porque Roubaix no se entrega por completo a la fuerza. Exige técnica, instinto, azar y una relación casi física con el desastre. Es una carrera donde incluso el mejor puede perder sin que su superioridad quede refutada.
En los últimos kilómetros del Tour volvió a verse esa pulsión. Sobre los adoquines de París, con el cuerpo saturado de dolor, ácido láctico y fatiga, Pogačar se relevó con Mathieu van der Poel en busca de una victoria soñada en los Campos Elíseos. La jornada debía ser ceremonial. Algunos corredores de menor ambición bebían ya champán.
Él seguía compitiendo.
Cedió a ochocientos metros de la meta. Por una vez, no fue la voluntad la que sostuvo al cuerpo, sino el cuerpo el que obligó a detener la voluntad. Incluso aquello resultó sorprendente.
Ese fracaso menor contenía quizá la explicación más precisa de todo el Tour. Pogačar no corre para completar una estatua, ni para llenar las casillas vacías de su palmarés, ni para alcanzar una cifra que permita proclamarlo mejor que Merckx. Corre porque existe una carrera. Este Tour demostró que Pogačar no está motivado por hacer historia. La historia, sin embargo, ya ha comenzado a organizarse a su alrededor.
Rferdia
Let`s be careful out there