Estética del agón cuando la neutralidad emite factura

El caos es un orden por descifrar

José Saramago

La memoria del fútbol trabaja por escenas. Retiene el regate que descompuso una defensa, la volea cuya limpieza pareció suspender por un instante la gravedad, la sucesión de pases que abrió sobre el césped un camino inadvertido. Con el tiempo, esas iluminaciones se desprenden del partido que las hizo posibles y adquieren la autonomía de una estampa. El equívoco comienza ahí:, cuando terminamos atribuyendo la belleza del juego a ciertas figuras aisladas, como si el encuentro hubiera sido apenas el marco contingente de su aparición. Pero una jugada separada de la resistencia que venció, de la amenaza a la que respondía y del marcador que alteró conserva su dibujo a costa de perder espesor. El fútbol produce formas bajo la presión de una voluntad contraria. Su verdadera unidad estética es el conflicto organizado.

La forma nace entre dos

Steffen Borge ha llamado estética del agón, en The Philosophy of Football, a la teoría que toma en serio esta condición. La competición deja de ser el soporte exterior sobre el que, de vez en cuando, florece una belleza atlética; pasa a constituir el principio que vuelve inteligible cada acción. Un pase pertenece simultáneamente al orden de la ejecución y al de sus efectos: importa la precisión del golpeo, la trayectoria del balón, el cuerpo que lo impulsa, pero también la línea adversaria que atraviesa y la relación de fuerzas que modifica. Incluso un disparo de factura impecable queda incompleto cuando se pierde lejos de la portería. Durante una fracción de segundo puede complacer al ojo; el partido, que exige consecuencias, acaba por desmentirlo. La belleza futbolística responde de aquello que hace.

El espectador competente ha aprendido a percibir esa doble dimensión. Ve el movimiento y, superpuesta a él, la red de posibilidades que le concede relieve. Donde una mirada inexperta registra una carrera, la suya reconoce una ruptura; un retroceso aparente puede revelarle la maniobra destinada a atraer al rival y liberar el lado opuesto. Saber de fútbol no enfría la percepción: aumenta su capacidad de sorpresa. A menudo comprendemos una jugada unas décimas después de que el jugador la haya concebido. En ese pequeño desfase, cuando advertimos que alguien vio antes que nosotros lo que aún no existía, se cifra buena parte del asombro.

La perspectiva agónica corrige, además, una de las inercias más persistentes del gusto futbolístico: el privilegio concedido al ataque. Una defensa que bascula con precisión, estrecha las distancias y conduce al contrario hacia una zona estéril despliega una complejidad formal comparable a la de una larga combinación ofensiva. La espera dibuja. El repliegue administra el tiempo, fabrica escasez de espacio, introduce impaciencia en el adversario y prepara las condiciones de una transición. Su creatividad obra por sustracción; de ahí que pase inadvertida para quien únicamente reconoce como creación el avance con balón. Escuchar el partido desde una sola de sus voces conduce a llamar ausencia a lo que acaso sea una organización rigurosa del límite.

El adversario ocupa, dentro de esta concepción, una posición paradójica. Cada equipo procura vencerlo y, a la vez, necesita su resistencia para revelar la medida de sus propias facultades. Una superioridad sin réplica pronto degenera en exhibición: quedan la destreza, la velocidad, quizá la abundancia de goles, pero se disipa la incertidumbre que daba densidad al presente. Cuando el desenlace parece escrito, los acontecimientos se limitan a cumplimentarlo. El rival digno, en cambio, obliga a improvisar, perturba el plan, descubre debilidades, arranca respuestas que ningún entrenamiento había previsto. La excelencia competitiva se escribe siempre a dos manos.

Esta reciprocidad explica por qué el aburrimiento puede constituir un fracaso estético. Nada obliga, sin embargo, a identificarlo con la escasez de goles, la lentitud o el predominio defensivo. Un empate sin ocasiones puede ganar tensión a medida que se agota el tiempo, mientras una goleada pierde a veces todo interés mucho antes del último tanto. El tedio aparece cuando las acciones dejan de responderse, cuando ya no alteran el campo de lo posible y el minuto siguiente pesa exactamente lo mismo que el anterior. Un partido está vivo mientras su porvenir continúa expuesto.

Ganar y haber ganado

La fuerza explicativa de Borge llega hasta ese punto. Después surge la dificultad. Si el mérito estético de una acción depende de su eficacia dentro de la lucha por la victoria, ¿cómo juzgar aquellas maniobras que resultan eficaces porque adulteran la lucha? La simulación capaz de engañar al árbitro, la agresión oculta, el tiempo consumido mediante una lesión fingida producen efectos competitivos indudables. A veces requieren cálculo, dominio corporal y una notable inteligencia de la situación. Su éxito deteriora, pese a todo, la credibilidad del partido. La desaprobación que suscitan no proviene únicamente de una moral exterior al fútbol; nace de haber visto cómo el encuentro traicionaba la promesa que nos había hecho.

Bernard Suits proporciona en The Grasshopper: Games, Life and Utopia una distinción imprescindible para aclarar esa promesa. El objetivo material designa el estado de cosas que puede describirse al margen del juego, hacer que el balón cruce una línea, terminar con más goles; el objetivo reglado incorpora los medios admitidos para alcanzarlo. Nada más sencillo que tomar el balón con las manos, atravesar el campo y depositarlo en la portería. El resultado físico se habría producido, pero la acción habría dejado de pertenecer al fútbol. Las reglas no cercan una actividad ya constituida: crean el ámbito dentro del cual determinados movimientos adquieren el sentido de pase, falta, gol o victoria.

Con todo, la obediencia literal al reglamento nunca agota la pertenencia al juego. Cualquier código deja márgenes, vacíos, situaciones que solo pueden juzgarse atendiendo al propósito de la práctica. En esa franja incierta se alojan las conductas que respetan la letra mientras socavan la prueba: un equipo comparece sin voluntad de competir; varios jugadores simulan lesiones de manera concertada; alguien explota un error manifiesto cuya corrección habría sido posible sin sacrificio alguno. La frontera entre astucia y deslealtad rara vez coincide por completo con la frontera entre lo permitido y lo sancionable. Allí donde la norma guarda silencio, empieza el trabajo de la interpretación.

Hablar de una ética interna del fútbol significa reconocer ese resto que el reglamento no consigue formular. Quien acepta el desafío contrae ciertas obligaciones con su forma: ofrecer una resistencia efectiva, reconocer al adversario como participante de la misma prueba, permitir que el resultado discrimine entre las capacidades que se han convocado. Son exigencias austeras, muy alejadas de la caballerosidad ornamental y de la moral edificante. Sin entrega, la incertidumbre se vuelve fingida; sin posibilidad de respuesta para el rival, la competencia deriva en abuso; sin alguna lealtad hacia el objeto común, el marcador pierde su condición de juicio sobre el juego realizado. La ética habita ya en la gramática del enfrentamiento.

La conducta dentro de la obra

En este punto se advierte una diferencia decisiva entre la experiencia deportiva y las artes de representación. La vileza de Lear no disminuye la grandeza de El rey Lear. Shakespeare puede convertir el egoísmo, la crueldad y la traición en materia de una obra extraordinaria porque tales conductas existen en ella bajo el régimen de la representación. Sobre el campo, en cambio, la acción interviene causalmente en el desenlace. La trampa no comparece como tema de la competición del modo en que el crimen comparece como tema de una novela; modifica el proceso encargado de conferir significado al resultado. Aquello que el arte puede transfigurar, el deporte tiene que padecerlo.

Sería ingenuo deducir de aquí una imagen puritana del fútbol. La práctica real incluye faltas tácticas, contactos al límite, provocaciones, engaños corporales y múltiples maneras de administrar el tiempo. Una competencia desinfectada de toda fricción perdería, junto con sus asperezas, buena parte de su verdad. Tampoco el engaño es reprobable por naturaleza: la finta ofrece al adversario una información corporal falsa y constituye una de las inteligencias más refinadas del juego. Importa averiguar qué hace cada conducta con la prueba. Algunas artimañas la intensifican porque obligan a interpretar mejor; otras la sustituyen por un mecanismo clandestino. Entre la dureza que exige coraje y la violencia que elimina al contrincante media una diferencia de sentido, no solo de grado. Juzgarla requiere conocimiento del caso, atención al contexto y una sensibilidad formada en la práctica.

El llamado caso Negreira traslada esta cuestión desde la conducta de los jugadores hasta la credibilidad de la institución que hace posible el campeonato. Durante años, el FC Barcelona abonó más de ocho millones de euros a sociedades vinculadas con José María Enríquez Negreira mientras este ejercía como vicepresidente del Comité Técnico de Árbitros; la justicia investiga la finalidad de esos pagos, que el club atribuye a informes y asesoramiento arbitral. La causa continua abierta y ninguna sentencia ha probado la compra de árbitros ni la alteración de partidos concretos; un informe de la Agencia Tributaria tampoco encontró constancia de pagos a colegiados destinados a influir en resultados. Esa cautela jurídica, imprescindible, no agota el problema filosófico. La competición depende de una confianza anterior a cada decisión arbitral: el espectador debe poder atribuir cuanto sucede a las fuerzas reconocibles del juego, incluidos el error humano y la fortuna. Cuando un club mantiene durante años una relación económica opaca con quien ocupa la vicepresidencia del órgano arbitral, esa atribución queda dañada. La adulteración comienza entonces en el orden de la inteligibilidad: quizá no sepamos qué resultado fue alterado, pero ya no podemos contemplar todos los resultados bajo la misma presunción de limpieza. La neutralidad, convertida en servicio facturable, pierde incluso antes del juicio aquello que le permitía parecer neutral.

Estambul permite precisar, por contraste, qué clase de incertidumbre pertenece legítimamente al fútbol. En la final de la Liga de Campeones disputada el 25 de mayo de 2005, el Milan se retiró al descanso con tres goles de ventaja: Maldini había marcado en el primer minuto y Crespo lo había hecho dos veces antes del intermedio. Aquella superioridad, tan abrumadora como aparentemente definitiva, se desvaneció en seis minutos de la segunda parte; el Liverpool igualó el marcador y terminó imponiéndose en los penaltis. La remontada contradijo cuanto el encuentro parecía haber establecido, pero nunca volvió sospechosas las condiciones bajo las cuales se produjo. Quien califique de injusto el desenlace porque perdió el equipo más talentoso confunde la excelencia acumulada con el mérito producido durante una confrontación concreta. La justicia deportiva no se compromete a confirmar las jerarquías previas. Reclama algo más modesto y más radical: que el resultado proceda de las contingencias legítimas del encuentro. Estambul no negó la justicia del fútbol; negó que la superioridad pudiera poseerse como un título de propiedad.

El mejor debe poder perder. De lo contrario, el partido se reduciría a la ceremonia destinada a ratificar una clasificación conocida. El azar, el error, la ocasión desperdiciada y la desproporción entre dominio y marcador mantienen abierta la distancia entre poder y acontecimiento. Dentro de ella respira el fútbol. Muy distinta es la derrota causada por una manipulación de las condiciones competitivas: conserva la apariencia del desenlace, pero ha roto el vínculo que debía unirlo con el juego. La sorpresa amplía el agón; la impostura lo suplanta.

La táctica como obligación recíproca

La limpieza de las condiciones competitivas no basta, sin embargo, para producir un buen partido. La reciprocidad garantizada por las reglas y las instituciones ha de encarnarse después en la conducta de los equipos; al entrenador le corresponde convertirla en forma táctica. Una táctica no recibe su belleza de las figuras geométricas trazadas sobre la pizarra, sino de su capacidad para ordenar la libertad de once jugadores sin abolirla y probarse contra una inteligencia enemiga. Todo plan exige disciplina; ninguno sobrevive si sus ejecutantes no interpretan cuanto el sistema fue incapaz de prever. Acudir a la ayuda, cubrir el riesgo asumido por otro, reparar colectivamente una pérdida individual o mantener la distancia que permite al compañero decidir constituyen las obligaciones recíprocas de esa libertad concertada. El entrenador las dispone; los jugadores las cumplen y las reinventan bajo la presión del encuentro. Confianza, sacrificio y responsabilidad posicional adquieren entonces una presencia sensible. La forma táctica es su aparición.

Los equipos más característicos de José Mourinho permiten apreciar este vínculo con especial claridad. Su identidad táctica no se funda en la posesión prolongada ni en la iniciativa entendida como obligación de conservar el balón, sino en la lectura minuciosa del adversario y en la capacidad de intervenir sobre las relaciones que decidirán el partido. La compactación entre líneas, el control de los espacios vulnerables, la presión selectiva, la verticalidad tras la recuperación y la adaptación del plan a cada rival componen una inteligencia estratégica poco interesada en imponer un único dibujo reconocible. Mourinho administra a menudo la cesión: concede el balón, algunos metros o una iniciativa aparente para ejercer mayor autoridad allí donde se resolverá el conflicto. Bajo la lógica del agón, la retirada puede constituir una forma de dominio; el bloque defensivo, una arquitectura móvil; el contraataque, la concentración súbita de lectura, memoria y decisión. El valor estético de estas operaciones depende de la calidad del antagonismo que construyen: de cuánto obligan a pensar al contrario, de las facultades que extraen de los propios jugadores y de la precisión con que convierten el plan colectivo en una respuesta viva a las circunstancias del encuentro.

Desde esta perspectiva, un buen partido tampoco coincide con el espectáculo incesante. Puede ser lento, áspero, cerrado; puede reclamar del espectador una atención menos pendiente de la abundancia de ocasiones que de las variaciones casi imperceptibles en la relación de fuerzas. Su excelencia reside en el espesor de los vínculos que articula. Cada movimiento recoge una situación anterior y compromete la siguiente; cada equipo reconoce en el otro una potencia capaz de modificarlo; incluso el desenlace improbable o cruel permanece inteligible como producto del juego. Esa inteligibilidad exige que los jugadores respondan unos de otros, que las reglas conserven su autoridad y que la institución encargada de administrarlas mantenga su crédito. La ética sostiene el partido desde ambos lados de la línea de cal. Cuando se quiebra, la tensión se degrada en excitación y la victoria queda reducida al dato desnudo del marcador; cuando permanece, el marcador no consume el partido: inaugura su posteridad.

Algunos encuentros adquieren entonces en la memoria una duración semejante a la de las grandes obras. La afinidad no supone identidad: nace de la unidad formal que alcanzan en el interior de la contingencia, ajena al designio de un autor y a cualquier necesidad artística. La final de Wembley de 2024 ofrece un ejemplo reciente. Durante la primera parte, el Borussia Dortmund obligó al Real Madrid a habitar una inferioridad que pudo costarle el título: atacó los espacios a su espalda, llegó con mayor claridad y convirtió cada pérdida blanca en una amenaza. Los goles de Carvajal y Vinícius en el tramo final no cancelaron retrospectivamente aquella superioridad. El Madrid tuvo que atravesarla, corregirse bajo su presión y descubrir en ella la medida exacta de lo que el encuentro exigía. La victoria no borró la resistencia del adversario: recibió de ella su espesor.

El antagonismo encontró así una figura. Los cuerpos, el espacio y la estrategia hicieron visible una inteligencia a la vez compartida y enfrentada; el azar introdujo cuanto ningún plan podía anticipar; el resultado cerró la acción sin clausurar su sentido. Cada gesto recibió su verdad de la dificultad que encontró y la incertidumbre, lejos de encubrir el juego, lo condujo hasta su cumplimiento. Extinguido el fragor del encuentro, la victoria conserva su nombre si fue fiel al conflicto que la decidió y este no había sido escrito fuera del campo.

Rferdia

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