«La sangre y el espíritu. Su parentesco, tantas veces comprobado, se refleja también en su composición, por cuanto la diferencia entre los corpúsculos sanguíneos y el suero tiene también su correspondencia en el campo del espíritu. En él cabe distinguir un estrato material y un estrato espiritual, un doble juego del mundo de las imágenes y el mundo de los pensamientos. Pero en la vida ambas cosas se hallan estrechamente enlazadas y solo raras veces se separan la una de la otra. Las imágenes van rodando en la marea de los pensamientos.

De manera análoga cabe distinguir una prosa suerosa y una prosa corpuscular; en el enriquecimiento de la prosa con imágenes hay grados, hasta llegar al estilo jeroglífico de Hamann. También hay fusiones extrañas, como ocurre en Lichtenberg. El suyo es un estilo de imágenes roto por el intelecto, una especie de mortificación. Para seguir con la misma comparación podría decirse que ambos elementos se habían disociado antes el uno del otro y que luego fueron mezclados y agitados para lograr una síntesis artificial.

La ironía va necesariamente precedida siempre de una ruptura».

Ernst Jünger

Ernst Jünger nació en 1895 y murió en 1998. Las dos fechas, puestas una junto a otra, producen una impresión que ninguna biografía puede evitar: entre ellas cabe casi entero el siglo XX europeo. Se le ha llamado por eso «testigo del siglo», expresión justa a condición de no imaginar a un testigo sentado al borde de los acontecimientos, tomando nota de cuanto pasa ante él. Jünger estuvo dentro. A los dieciocho años se alistó en la Legión extranjera; combatió en las dos guerras mundiales; conoció la República de Weimar, el ascenso de Hitler, el París ocupado, la derrota alemana, la división de Europa, la Guerra Fría y su final. Entre unas cosas y otras escribió novelas, ensayos, diarios, aforismos, recogió insectos, estudió botánica, tomó LSD con Albert Hofmann y llegó a los cien años todavía inclinado sobre sus cuadernos. Vivió lo suficiente para que algunos de los hombres que había sido llegaran a resultarle remotos.

En 1913 huyó a Argelia y se alistó en la Legión. La aventura duró poco; su padre consiguió que lo devolvieran a Alemania. Quedó, sin embargo, lo bastante dentro de él para reaparecer más de veinte años después en Juegos africanos (Afrikanische Spiele, 1936). Apenas había regresado cuando Europa le proporcionó una aventura de otra naturaleza. En agosto de 1914 se presentó voluntario. Fue herido varias veces, volvió otras tantas al frente y terminó la guerra con la Pour le Mérite, la más alta condecoración militar prusiana. Tenía veintitrés años.

La guerra no dejó en él, al menos entonces, el rechazo que el lector de hoy siente la tentación de poner retrospectivamente en su conciencia. Dejó cuadernos. De ellos salió Tempestades de acero (In Stahlgewittern, 1920), al que siguieron La lucha como experiencia interior (1922), El bosquecillo (1924) y Fuego y sangre (1925). Leerlos sabiendo lo que Europa haría veinte años más tarde altera inevitablemente la lectura, pero interesa resistir durante unas páginas ese conocimiento. El joven Jünger no escribe contra la catástrofe. Está fascinado por ella. Ha visto hombres despedazados, ha sentido miedo, dolor y agotamiento, ha visto desaparecer a sus compañeros, y de todo ello extrae una convicción difícil de aceptar: bajo el fuego aparece algo que la existencia ordinaria mantiene escondido. La guerra destruye y, al destruir, revela. Todavía no hay una doctrina bien armada detrás de esa experiencia. La doctrina vendrá a buscarla.

Terminada la guerra estudia filosofía, zoología y botánica y se mueve entre Hannover, Leipzig y Berlín. Alemania entretanto intenta ser una república. Para muchos de los que regresaron del frente, aquella república tenía algo de construcción provisional levantada sobre una derrota que no habían asimilado. Versalles, la inflación, los muertos, la violencia política, el miedo a la revolución y el resentimiento contra una burguesía que parecía haber regresado demasiado deprisa a sus negocios formaban un paisaje en el que las palabras «orden», «nación» o «revolución» significaban bastante más que una preferencia electoral.

Jünger frecuenta los ambientes del nacionalismo revolucionario y colabora, junto con su hermano Friedrich Georg, en Widerstand, la revista de Ernst Niekisch. De él dirá años después que «encarnaba verdaderamente un ethos de resistencia»: contra Weimar, contra el Diktat de Versalles, contra la burguesía, contra Occidente y contra sus imperativos económicos y capitalistas. La enumeración apenas contiene una afirmación; está hecha de negaciones. Contra esto, contra aquello, contra lo otro. La política alemana de aquellos años conoció bien esa energía que sabía con extraordinaria precisión lo que detestaba y bastante menos qué mundo debía colocar en su lugar.

En 1926 Jünger escribió unas palabras que Enrique Ocaña situó en el centro de su trayectoria:

«Somos una generación que fue llamada a grandes realizaciones y que se ha encontrado con el fracaso […]. Hemos de ser capaces de creer en un sentido histórico más elevado que el que nuestros padres dieron al acontecer histórico […]. De lo contrario, el suelo sobre el que nos sustentamos se abrirá de un golpe bajo nuestros pies y nos precipitaremos hacia un mundo absurdo, caótico y azaroso. Es necesario que tengamos fe en la existencia de un orden lleno de sentido».

Algo en esas líneas se resiste a quedarse en 1926. No hace falta traerlas hasta nuestro presente mediante una comparación apresurada; la inquietud que contienen ha conocido muchas fechas. Una generación deja de confiar en el relato recibido de sus padres y teme que bajo ese relato no exista otro, que al levantar las tablas del suelo sólo aparezca el vacío. Jünger reclama «un orden lleno de sentido». Lo escribe antes de saber qué clase de órdenes estaban preparándose para satisfacer aquella hambre. La cuestión decisiva empezaba precisamente donde terminaba la frase: qué orden, dispuesto por quién, a costa de qué.

La llamada revolución conservadora reunió bajo una denominación posterior a escritores, juristas, publicistas y agitadores que nunca formaron propiamente una escuela. Los acercaban el rechazo de la democracia liberal, la hostilidad hacia la sociedad burguesa, la desconfianza ante buena parte de la herencia ilustrada y un vocabulario en el que voluntad, decisión, jerarquía, sacrificio, comunidad y honor parecían ofrecer una salida a la nivelación moderna. Jünger circula por ese territorio, pero se mueve demasiado para dejarse fijar cómodamente en una de sus casillas.

En 1929 publica El corazón aventurero. En 1930 aparece La movilización total y dos años después El trabajador (Der Arbeiter). El título de este último invita a pensar en una categoría económica y Jünger está pensando en otra cosa. Su Trabajador no es el proletario marxista, ni siquiera alguien definido por el trabajo que realiza. Es un tipo humano que comienza a corresponderse con la nueva faz técnica del mundo, disciplinado, disponible, impersonal, con rasgos del monje y del soldado. La fábrica es sólo uno de sus lugares, porque la movilización ha salido ya del cuartel.

Una guerra moderna no la hacen únicamente quienes disparan. La hacen las fábricas, los laboratorios, los ferrocarriles, la prensa, las oficinas, las carreteras; la hace el obrero que fabrica una pieza y la mujer que sustituye en la producción al hombre enviado al frente; la hacen el cálculo, la estadística y la organización. La distinción entre frente y retaguardia empieza a parecer antigua. Todo puede ser llamado, medido, empleado, incluido el hombre. En La movilización total, Jünger vio con una claridad que todavía impresiona que la técnica estaba dejando de ser un repertorio de instrumentos para convertirse en un modo de disponer la realidad.

Estas ideas rozan algunas de las aspiraciones que el nacionalsocialismo estaba llevando a la política y suavizar esa cercanía falsearía el problema. Convertirla retrospectivamente en adhesión lo falsearía de otro modo. Jünger nunca ingresó en el partido, rechazó los intentos de incorporarlo a su aparato cultural y miró con desprecio a buena parte de sus dirigentes. Había combatido la República de Weimar y deseado una transformación radical de Alemania; cuando la transformación llegó, no reconoció en ella la grandeza que esperaba. No se apartó del nuevo régimen como un demócrata escandalizado ante la destrucción del parlamentarismo. Lo hizo desde un nacionalismo aristocrático al que la vulgaridad del nuevo poder repugnaba junto con su brutalidad. La ambigüedad permanece y limpiarla sería limpiar también a Jünger.

Sobre los acantilados de mármol (1939) muestra hasta dónde había llegado la separación. La violencia que en los escritos juveniles podía aparecer revestida de energía regeneradora presenta ahora otro rostro: arbitrariedad, terror, envilecimiento. No hubo para ello una conversión doctrinal que permita dividir cómodamente la obra en un antes culpable y un después esclarecido. Jünger seguía interesado por las fuerzas elementales; empezaba a saber lo que ocurre cuando se les permite entrar en la historia.

La Segunda Guerra Mundial volvió a ponerle el uniforme, pero ya no encontramos al muchacho que corre hacia el fuego. Destinado al mando alemán en el París ocupado, pasea por la ciudad, lee, entra en librerías, conversa con escritores y artistas, observa insectos, anota sueños y registra fusilamientos, bombardeos, noticias del frente y los signos cada vez menos equívocos de la catástrofe. Jardines y calles y, sobre todo, los diarios reunidos en Radiaciones (Strahlungen, 1949) proceden de estos años.

Su lectura deja una incomodidad que no conviene resolver. Jünger puede describir una flor y pocas líneas después una ejecución manteniendo casi intacta la temperatura de la prosa. Cabe preguntarse qué actúa ahí: dominio de sí, frialdad, disciplina estética frente a la degradación circundante, la vieja costumbre de convertir el peligro en objeto de contemplación. Las páginas soportan esas posibilidades sin escoger por nosotros.

Conoció en París a personas vinculadas a la conspiración que desembocó en el atentado contra Hitler del 20 de julio de 1944. El régimen desconfiaba de él y terminó apartándolo del ejército. Acabada la guerra, seguía ocupando una posición ingrata para cualquier clasificación rápida. Su pasado en el nacionalismo revolucionario impedía fabricar retrospectivamente un resistente sin mácula; su independencia y su distancia efectiva respecto del nazismo impedían tratarlo simplemente como uno de sus escritores. Durante un breve periodo las autoridades de ocupación le impidieron publicar.

En 1950 se instala en Wilflingen. Una casa, un jardín, libros, escarabajos. Permanecerá allí hasta 1998. La geografía se ha reducido, pero por sus cuadernos pasan el nihilismo, el tiempo, la técnica, el Estado mundial, la libertad, el mito, las drogas y el sueño. La paz, redactada durante la guerra y publicada en 1946, afirmaba que «la guerra mundial sólo encontrará una conclusión satisfactoria si la corona una paz mundial que confiera sentido al sacrificio». Llegan después Más allá de la línea (1950), escrito para el sexagésimo cumpleaños de Heidegger; La emboscadura (1951); El libro del reloj de arena (1954); El Estado mundial (1960); Acercamientos. Drogas y ebriedad (1970), donde entran las experiencias con sustancias psicoactivas que compartió con Albert Hofmann, descubridor del LSD; y La tijera (1990).

Al lado continúan las novelas: Heliópolis (1949), Visita a Godenholm (1952), Abejas de cristal (1957), El tirachinas (1973), Eumeswil (1977), Un encuentro peligroso (1985). Están además los diarios de Pasados los setenta y los aforismos de El autor y la escritura. La enumeración amenaza con convertir una vida de escritura en catálogo, aunque los propios títulos dejan ver el desplazamiento: de la trinchera a los relojes de arena, los bosques, las abejas, las drogas, las ciudades imaginarias. El combate permanece, pero ya no siempre se libra donde esperábamos encontrarlo.

Sus grandes figuras permiten seguir ese movimiento con mayor precisión que la simple cronología. Primero el Soldado, que encuentra su medida en el peligro. El Trabajador pertenece ya a la movilización técnica planetaria. El Emboscado conserva, frente al crecimiento de los aparatos, la facultad de retirarse al bosque y decir no. El Anarca de Eumeswil ni siquiera necesita derribar el poder para no pertenecerle: vive dentro de su territorio y guarda para sí una distancia que nadie puede administrar. No son cuatro nombres sucesivos para una misma rebeldía. De uno a otro se ha ido gastando la confianza en que las fuerzas del nuevo mundo pudieran proporcionar por sí mismas la figura humana capaz de dominarlas.

En Wilflingen recogía escarabajos.

El detalle podría pasar por una excentricidad amable de la vejez si la entomología no hubiera acompañado a Jünger durante casi toda su vida. Miraba caparazones, antenas, variaciones apenas perceptibles de una especie; podía pasar de Heidegger a un coleóptero sin sentir que hubiera abandonado el mismo mundo. Su escritura aprendió algo de esos cambios de escala. Historia, Técnica, Nihilismo, Estado: las mayúsculas tienden a ocupar todo el campo visual. Un insecto sobre una hoja obliga al ojo a recuperar las proporciones.

Hamann, Nietzsche, Stirner y Schopenhauer están detrás de muchas de sus ideas; Spengler, Heidegger y Schmitt pertenecen al territorio intelectual por el que se movió. Una genealogía de nombres, con todo, explica mal esa mirada. Jünger pensaba también con los ojos. Un reloj de arena podía contener una meditación sobre el tiempo; un bosque, una forma de libertad; una abeja artificial, la sospecha de que una perfección técnica pudiera cobrarse algo que no sabemos medir.

El orden que reclamaba en 1926 tampoco desapareció. Durante aquellos años lo había buscado en la historia, en una forma colectiva capaz de rescatar a su generación del absurdo. Después de dos guerras, de Hitler y de la movilización técnica, lo rastrea en lugares mucho menos disponibles para la política: la contemplación, el sueño, la amistad, el mito, la embriaguez, el bosque, cierta soberanía que un hombre puede conservar cuando alrededor las instituciones pretenden decidir hasta dónde llega.

Convertir este recorrido en una educación moral dejaría al lector satisfecho y a Jünger irreconocible. Nunca se hizo liberal, nunca adoptó retrospectivamente nuestra sensibilidad ante Tempestades de acero, nunca dejó de desconfiar de la sociedad de masas ni perdió su aristocratismo. El escritor anciano no cancela al joven que había contemplado la guerra como una prueba superior de la existencia. Lo lleva consigo, y esa compañía incómoda impide que su obra pueda ofrecernos la tranquilidad de una conversión.

En La lucha como experiencia interior había escrito:

«Quizá nos sacrificamos por algo insustancial, pero nadie puede negar nuestra valía. Lo esencial no es para qué luchamos, sino cómo luchamos […]. La lucha, la disposición de la persona, incluso por la más insignificante de las ideas, tiene más peso que cualquier especulación sobre el bien o el mal».

La frase conserva una dureza capaz de seducir. Basta permanecer un poco más ante ella para que empiece a volverse contra sí misma. El siglo que Jünger tenía todavía por delante iba a demostrar precisamente lo que esas palabras no querían saber. El valor no decide la justicia de una causa. La fidelidad puede ser fidelidad al crimen; la disciplina puede perfeccionar una maquinaria de exterminio; un hombre puede sacrificarse con absoluta grandeza por una idea miserable. Separar el «cómo» del «para qué» concede a la conducta una belleza que la historia no está obligada a respetar.

Jünger sobrevivió a esas palabras más de setenta años. No sabemos hasta dónde dejó de creerlas, ni hace falta inventarle una retractación que no escribió.

El 15 de diciembre de 1995 abrió su diario y anotó:

«El día comienza con autógrafos; mi mujer escoge entre la correspondencia las peticiones. Aún tengo una letra presentable. Un viejo guerrero no tiembla».

Tenía cien años.

La mano seguía escribiendo.

Rferdia

Let`s be careful out there