«Si el tiempo transcurre tan rápidamente es porque no propagamos en él puntos de referencia. Lo mismo sucede con la luna en el cénit y en el horizonte. Por eso son tan lentos esos años de juventud, por ser tan plenos, y tan breves los años de vejez por estar ya constituidos.»
Albert Camus, Carnets
Para transitar ciertas interpretaciones de Teodor Currentzis conviene haber vivido alguna vez por encima de los ocho mil metros. No porque allí el aire sea más puro, dejemos eso para la publicidad alpina, sino porque escasea. Se respira mal, el cuerpo protesta, cada movimiento cuesta algo más de lo acostumbrado. Con la Séptima de Beethoven sucede una cosa distinta y extrañamente parecida: llevamos dos siglos respirándola. Salas de conciertos, discos, películas, auriculares; conocemos sus ataques, esperamos sus crescendi y el Allegretto llega precedido por el recuerdo de todos los Allegretti escuchados antes. A ciertas obras el canon les hace un favor envenenado. Las conserva hasta conseguir que las reconozcamos antes de escucharlas.
Contra esa anticipación trabaja Currentzis. La fidelidad entendida como obediencia a una costumbre interpretativa parece interesarle poco; tampoco le basta la reconstrucción de un supuesto sonido de época. Quiere algo bastante más difícil y también más sospechoso: alcanzar el impulso anterior a la costumbre, escuchar una composición como pudo existir antes de que generaciones de intérpretes decidieran cómo debía sonar. Lo ha explicado recurriendo a sus propias obras. Alguien puede interpretar una pieza suya de una manera con la que no esté de acuerdo y él aceptarla como la única ocasión de escucharla desde fuera; lo inquietante vendría cien años después, cuando aquella lectura particular hubiera adquirido el prestigio de la manera correcta de tocarla.
Hasta aquí puedo seguirlo. Después empiezan mis dudas. ¿Dónde encontrar hoy una Séptima anterior a sus interpretaciones? Currentzis también llega tarde. Lleva detrás a Furtwängler, Kleiber y centenares de grabaciones que pertenecen ya a nuestro oído, incluso cuando queremos combatirlas. No hay un camino hacia Beethoven que permita evitar todo lo que ha sucedido después de Beethoven. Hasta la voluntad de empezar de nuevo tiene historia.
Currentzis ha formulado su aspiración con una frase bastante reveladora: no quiere ser un reproductor ni un historiador, sino un poeta. La provocación está bien calculada. El reproductor administraría lo recibido; el historiador intentaría averiguar cómo pudo sonar; al poeta le correspondería esa libertad incómoda de ser fiel cuando deja de obedecer lo que otros llamaron fidelidad. Pero la clasificación concede demasiado pronto la victoria a quien la formula. Un historicista puede ser ferozmente imaginativo y ninguna reproducción se produce sola. Lo interesante empieza al advertir la contradicción: cuanto más empeño pone Currentzis en retirar de Beethoven lo que dos siglos han depositado sobre él, más reconocible resulta la mano que está retirándolo.
En la extensa introducción de la Séptima esa mano se hace notar de una manera inesperada. Currentzis no tiene prisa. El Poco sostenuto ocupa tiempo, lo ensancha, y deja de parecer el vestíbulo solemne por el que hubiera que pasar antes de que llegue lo importante.
▶ Escuchar I. Poco sostenuto – Vivace · Currentzis / musicAeterna
Resulta curioso que sea él, tantas veces acusado de perseguir el efecto, quien comprenda que precipitarse arruinaría aquí el mayor de todos. Cuando aparece el Vivace, el ritmo deja pronto de parecer algo sobre lo que la música avanza: insiste, regresa, se propaga hasta dar la impresión de haberse apoderado de ella. Wagner llamó a la Séptima «apoteosis de la danza». Hemos repetido tanto la fórmula que casi le hemos hecho lo mismo que a la sinfonía. Escuchada aquí recupera su rareza. Esta danza tiene poco de entretenimiento; por momentos parece una compulsión, un cuerpo que ha encontrado un movimiento y ya no sabe abandonarlo.
MusicAeterna se entrega a ella sin demasiadas precauciones. Las cuerdas muerden, los ataques adquieren una violencia que alguna vez parece excesiva y probablemente lo sea. No encuentro ninguna razón para transformar cada exageración de Currentzis en una revelación incomprendida por los demás directores. Su personalidad musical vive cerca de ese límite y de vez en cuando lo cruza. Beethoven ofrece aquí una resistencia formidable. Aguanta la desmesura; en ciertos momentos casi diríamos que la estaba esperando.
Con el Allegretto aparece otra dificultad. La posteridad le ha hecho el dudoso favor de convertirlo en emblema y apenas comienza cuando ya sabemos lo que debemos sentir.
▶ Escuchar II. Allegretto · Currentzis / musicAeterna
Su insistencia, su gravedad, la acumulación progresiva han producido una memoria sentimental que casi puede vivir separada de la sinfonía. Sería fácil explotar esa herencia. Currentzis prefiere inquietarla. La pulsación permanece, pero nunca acaba de ofrecernos un lugar cómodo donde instalarnos. Algo vuelve y, al volver, encuentra cambiado aquello que había dejado. La música parece recordar mientras avanza.
San Agustín se preguntó cómo podía experimentarse el tiempo si el pasado ya no era y el futuro todavía no era. Pocas experiencias vuelven tan tangible aquella perplejidad como escuchar música: necesitamos conservar algo de lo que acaba de desaparecer mientras esperamos lo que aún no ha sonado. Una melodía depende de ese pequeño trabajo de la memoria; la Séptima lo extiende durante cuarenta minutos, mientras aquello que recordamos cambia de sentido a medida que seguimos escuchando.
Resulta por eso sugerente que Currentzis considere la Séptima «la mejor forma jamás lograda en una sinfonía» y compare su perfección con la arquitectura del clasicismo ateniense. La comparación es hermosa, aunque tiene una dificultad. Un templo permanece. Podemos rodearlo, alejarnos, regresar a una columna. Cuando empezamos a comprender una relación en Beethoven, una parte de lo que intentábamos comprender ya ha desaparecido. El edificio musical sólo permanece mientras nuestra memoria lo reconstruye.
En el material que acompaña a la grabación aparece una formulación particularmente certera de la intención de Currentzis: buscar «una arquitectura que descubra la espiritualidad» en lugar de partir de una espiritualidad que después trate de encontrar la arquitectura. La inversión de los términos toca el centro de esta lectura. Emoción, profundidad o júbilo no son sustancias que el intérprete derrame sobre una construcción previamente terminada; se producen en la manera misma en que esta llega a nuestros oídos. La imagen del templo empieza entonces a moverse, porque la Séptima posee algo que ninguna piedra puede tener: está obligada a desaparecer para completarse.
Al llegar al Allegro con brio, la energía acumulada durante la sinfonía parece encontrar de pronto una salida. El comienzo se escucha menos como la inauguración de un nuevo movimiento que como la liberación de algo largamente contenido. Currentzis no lo domestica. MusicAeterna entra como si perder pie fuese una posibilidad admitida de antemano.
▶ Escuchar IV. Allegro con brio · Currentzis / musicAeterna
La danza se vuelve báquica allí donde celebración y desbordamiento empiezan a confundirse y el cuerpo parece entender antes de que nosotros encontremos las palabras.
La velocidad no explica por sí sola lo que sucede. Semejante energía amenaza con devorar aquello que la sostiene y, sin embargo, no lo consigue. Cada acometida parece acercarse al agotamiento y Beethoven encuentra otra reserva. Empiezo a entender de otro modo la admiración de Currentzis por la construcción de la Séptima. La perfección que admira empieza a parecerme inseparable de esa capacidad para alojar el peligro, de una forma lo bastante fuerte para soportar aquello que parece dispuesto a romperla.
Eugenio Trías observó en La imaginación sonora que tanto el último movimiento de la Sinfonía fantástica de Berlioz, con su aquelarre y su Dies irae, como el primero serían impensables sin la Séptima. La observación señala algo que puede escucharse sin necesidad de convertirlo en demostración musicológica: hay momentos en Beethoven en los que la seguridad de la construcción convive con una violencia que parece querer llevarla más lejos de donde había comenzado.
No quisiera hacer de Berlioz un huésped secreto de Beethoven. Sería escribir la historia al revés, fingiendo que todo lo posterior aguardaba ya su turno en lo anterior. Me interesa otra cosa: que una obra pueda hacer posibles cosas que su autor no previó. Y esa posibilidad vuelve contra Currentzis una de sus propias convicciones. Si la Séptima ha podido ser escuchada de maneras que Beethoven no necesitó imaginar, la conciencia de Beethoven difícilmente puede constituir el tribunal último de sus interpretaciones. Escribió la obra; las escuchas que vendrían después quedaron fuera de su jurisdicción.
La figura del «poeta» que propone Currentzis empieza entonces a significar para mí otra cosa. Alguien que, en vez de regresar hasta la intimidad perdida del compositor, encuentra en una obra una posibilidad todavía viva sin obligarla a dejar de ser ella misma. Puede que Currentzis se explique peor de lo que dirige. No sería el primero. Su Séptima, en cualquier caso, me interesa mucho más que la teoría con la que pretende justificarla.
También me interesa más que el personaje, aunque separarlos resulte difícil. Currentzis ha convertido su presencia pública en parte de aquello que ocurre a su alrededor: los movimientos ante la orquesta, la teatralidad, el cuidado de la imagen suscitan una irritación casi tan disciplinada como la adhesión de sus seguidores. Buena parte de ese ruido dice poco sobre la música. Otra parte toca un problema verdadero. Un intérprete de personalidad tan acusada corre el riesgo de encontrar en todas las obras aquello que llevaba consigo. Hay incluso una forma paradójica de volverse previsible que consiste en sorprender siempre. Cuando cada lectura debe ser una revelación, también la revelación puede hacerse costumbre.
Esa es la objeción a Currentzis que merece ser tomada en serio. Que baile o se parezca demasiado poco a la imagen heredada del maestro importa bastante menos que la posibilidad de que su necesidad de intervenir termine ocupando el lugar de aquello que interpreta. No siempre estoy seguro de que venza esa tentación. En esta Séptima, Beethoven se niega a desaparecer detrás del director y le opone una resistencia formidable. Algunos excesos quedan en eso; otros, al chocar contra una obra capaz de soportarlos, descubren relaciones que nuestra familiaridad había vuelto casi inaudibles. El forcejeo importa más que la victoria de cualquiera de los dos.
Tampoco sabría colocar esta grabación por encima de Carlos Kleiber, Manfred Honeck o Simon Rattle, como si una gran interpretación necesitara dejar cadáveres para demostrar que está viva. Hace años escribí que compartía con ellas cierta verticalidad y mantendría la palabra, aunque ahora significa para mí otra cosa. No una clasificación de alturas, sino ese momento en que desaparece el terreno llano que la memoria había preparado y escuchar vuelve a exigir equilibrio, atención, alguna incomodidad.
Currentzis no ha recuperado la Séptima que Beethoven escuchaba en su cabeza. Ya no creo que semejante viaje sea posible. Lo que consigue pertenece al presente de la obra: hacer que lo conocido vuelva a tener futuro.
Conocemos la Séptima. El Allegretto apenas necesita comenzar para que lo reconozcamos; hemos oído tantas veces la «apoteosis de la danza» que podemos anticipar incluso el placer que esperamos obtener de ella. Llevamos a Beethoven por delante de Beethoven. Una obra maestra que ha sobrevivido dos siglos carga también con ese peso, y Currentzis trabaja sobre esa memoria que se adelanta a lo que todavía no ha sonado.
Durante algunos momentos, el oyente que había llegado con la obra aprendida, sus grabaciones predilectas y las comparaciones preparadas deja de comprobar si lo que oye coincide con lo que recuerda. Una espera dura más de lo previsto, un ataque le hace perder por un instante el camino conocido. No ha olvidado la Séptima ni recupera una primera vez que ya no existe; vuelve a escucharla sin que el recuerdo pueda hacer todo el trabajo por él, hasta que durante unos segundos deja de saber qué va a ocurrir a continuación.
Escuchar la grabación
Ludwig van Beethoven: Sinfonía n.º 7 en la mayor, op. 92 — Teodor Currentzis, musicAeterna. Sony Classical, 2021.
I. Poco sostenuto – Vivace · II. Allegretto · III. Presto – Presto meno assai · IV. Allegro con brio
Ficha de la grabación completa
Rferdia
Let`s be careful out there