I. A. Richards y la naturalización del valor
Quizá lo que llamamos «valor» no sea una propiedad escondida en las cosas, sino el nombre que damos a ciertas formas especialmente complejas de nuestra relación con ellas. I. A. Richards llevó esta sospecha hasta el corazón de la experiencia estética y frente a la tentación filosófica de convertir lo inexplicado en irreductible, propuso algo menos solemne y quizá más difícil: seguir investigando.
Cuando la explicación se detiene
«Bien», «belleza», «verdad», «valor»: la historia de la filosofía ha concedido a ciertas palabras una extraña prerrogativa. Cuanto más difícil resulta analizarlas, mayor parece su dignidad. El razonamiento alcanza una zona de resistencia y termina por convertir esa resistencia en atributo de lo real. El bien será entonces simple; la belleza, irreductible; el valor, intrínseco. La explicación concluye allí donde comienza la mayúscula. Cabe sospechar, sin embargo, que no siempre hemos llegado al fondo de las cosas y que acaso sólo hayamos alcanzado el límite provisional de nuestros instrumentos para pensarlas.
Esa sospecha recorre Principles of Literary Criticism (1924), de I. A. Richards. Escrito cuando la crítica literaria todavía podía frecuentar la psicología, la ética y la filosofía sin presentar credenciales en cada frontera, el libro parte de una pregunta aparentemente circunscrita, qué permite distinguir una experiencia literaria valiosa, y acaba enfrentándose a otra de mayor alcance. Antes de decidir por qué un poema merece nuestra estima sería necesario averiguar qué hacemos exactamente cuando estimamos algo. La crítica desemboca de este modo en una teoría de la valoración.
G. E. Moore había fijado dos décadas antes el principal obstáculo. Principia Ethica (1903) niega que «bueno» pueda definirse mediante propiedades naturales. Placer, utilidad, deseo o satisfacción podrán acompañar a ciertas cosas buenas, pero nunca constituir aquello en virtud de lo cual son buenas. Confundir ambos planos significa incurrir en la célebre «falacia naturalista». Moore preservaba con ello la diferencia decisiva de que ninguna descripción de lo que sucede parece contener, por minuciosa que sea, la razón por la cual algo debería suceder o ser preferido.
La objeción alcanza directamente a Richards. Podemos reconstruir con precisión creciente cuanto sucede en quien escucha una fuga, contempla un cuadro o lee un poema: expectativas, asociaciones, impulsos concurrentes, recuerdos movilizados, satisfacciones, resistencias. Terminada la descripción, la pregunta permanece. ¿Por qué una determinada disposición de esos elementos merece el nombre de valiosa? La psicología informa acerca de lo que ocurre; el juicio de valor introduce una pretensión que no parece contenida en la mera ocurrencia de los hechos.
Richards no intenta resolver la dificultad mediante un ataque frontal a Moore. Prefiere cambiar el lugar desde el que se formula el problema. La expresión «el valor» induce a buscar algo que corresponda al sustantivo: una propiedad, una cualidad, acaso una realidad simple. El verbo «valorar» obliga, en cambio, a observar una actividad. La modificación gramatical tiene consecuencias filosóficas. La investigación deja en suspenso la pregunta por la esencia y atiende a las condiciones, operaciones y relaciones mediante las cuales algo llega a adquirir importancia para nosotros.
El naturalismo de Richards comienza en esa cautela. Lo desconocido no debería recibir demasiado pronto el estatuto de lo irreductible. Una investigación puede concluir legítimamente ante un elemento último; otra cosa es convertir nuestra incapacidad presente para analizarlo en prueba de su simplicidad ontológica. Las «ideas últimas» resultan peligrosas justamente porque permiten confundir ambos momentos. Nombran un límite y, al nombrarlo, hacen olvidar que quizá sólo sea nuestro.
La sintaxis de la experiencia
La valoración queda así reintegrada en la vida del organismo. Richards concibe esa vida como una concurrencia de impulsos, disposiciones, deseos, recuerdos, anticipaciones y aversiones que rara vez apuntan en la misma dirección. El sujeto pierde la unidad compacta que cierta estética daba por supuesta. Responder a una obra significa poner en actividad una multiplicidad que establece jerarquías provisionales, tropieza con incompatibilidades, sacrifica posibilidades y compone otras. La experiencia no acontece simplemente en un sujeto puesto que altera la organización de aquello que llamamos con tal nombre.
Desde aquí empieza a perfilarse su teoría del valor. Una satisfacción aislada dice poco acerca de la calidad de una experiencia. Tampoco la intensidad proporciona una medida suficiente. Un estímulo elemental puede provocar una reacción poderosísima, mientras una experiencia mucho menos espectacular moviliza regiones extensas de nuestra sensibilidad, nuestra memoria y nuestra inteligencia. Richards desplaza el criterio desde la cantidad de placer hacia la riqueza de las relaciones que una experiencia consigue activar y ordenar. Importa menos cuánto sentimos que la forma adquirida por aquello que sentimos.
«Equilibrio» es el término elegido para describir esa forma, aunque su sentido se desfigura si lo asociamos al reposo. Ninguna balanza inmóvil sirve aquí de modelo. Los impulsos conservan direcciones diferentes, algunas respuestas permanecen incompatibles y determinadas tensiones no encuentran solución. El logro consiste en que esa pluralidad pueda organizarse sin exigir la eliminación sistemática de cuanto disiente. Equilibrar no equivale a pacificar. Supone alcanzar una composición capaz de sostener fuerzas que continúan oponiéndose.
La experiencia estética ofrece un terreno privilegiado para semejante composición porque suspende parcialmente una exigencia propia de la acción. Vivir obliga a decidir. Cada decisión estrecha el abanico de posibilidades: privilegia motivos, descarta alternativas, transforma una ambigüedad en conducta. El poema dispone de otro tiempo. Puede prolongar aquello que la acción necesita resolver y mantener simultáneamente activas respuestas que, trasladadas a la práctica, reclamarían una elección. La indeterminación deja entonces de ser una carencia y adquiere eficacia formal.
Sobre esta posibilidad descansa la distinción richardsiana entre poesía «inclusiva» y poesía «exclusiva». La segunda obtiene su unidad reduciendo la experiencia a una dirección dominante; cuanto pudiera contradecirla queda debilitado o expulsado. La primera trabaja precisamente con la resistencia. Incorpora a su organización aquello que amenaza con desestabilizarla. Ironía, ambivalencia, cambios de perspectiva, interferencias tonales y multiplicidad semántica adquieren entonces una función estructural: impiden que la coherencia se alcance mediante la simplificación.
La excelencia artística tampoco necesita apoyarse en una emoción específicamente estética. Richards puede prescindir de esa facultad especial porque los materiales movilizados por el arte pertenecen a la experiencia ordinaria: temor, deseo, expectativa, memoria, rechazo, reconocimiento. Lo singular corresponde a su disposición. Un poema no añade a nuestra vida afectiva una sustancia desconocida; redistribuye materiales conocidos hasta hacer posibles relaciones que la economía práctica de la existencia suele mantener separadas. La diferencia estética reside en la configuración.
El regreso de Moore
En este punto el naturalismo alcanza su mayor fuerza y descubre, a la vez, su flanco más vulnerable. Si llamamos valiosa a la experiencia capaz de organizar nuestros impulsos de manera amplia y poco mutiladora, queda todavía por justificar por qué amplitud, integración o complejidad merecen preferencia. Describir una organización, incluso mostrar su extraordinaria riqueza, no equivale a fundamentar su superioridad normativa. Moore reaparece justamente allí donde parecía haber quedado atrás.
Pensemos en una personalidad perfectamente integrada alrededor de fines abyectos. Sus deseos podrían guardar coherencia entre sí, sus acciones responder a una economía psíquica estable y sus conflictos internos quedar reducidos al mínimo. Nada de ello bastaría para llamarla buena. El ejemplo impide deslizarse inadvertidamente desde la integración psicológica hasta la excelencia moral. Richards dispone de criterios capaces de discriminar formas de experiencia; esos criterios, sin embargo, no proporcionan por sí solos una teoría completa del bien.
Conviene, por tanto, no exigir a su naturalismo aquello que difícilmente puede ofrecer. Su fecundidad se encuentra menos en la fundamentación última de la normatividad que en la transformación de aquello que podemos investigar. «Valor intrínseco» posee escasa capacidad analítica: una vez atribuida la propiedad, poco queda por averiguar acerca de ella. «Organización», por el contrario, suscita preguntas. Qué elementos participan, cuáles han quedado excluidos, qué tensiones continúan operando, qué precio paga una experiencia por su coherencia, de qué manera cada componente modifica los restantes. Incluso insuficiente como fundamento, el concepto continúa produciendo conocimiento.
La misma ventaja permite abordar el problema del relativismo. Si organismos diferentes poseen disposiciones diferentes, nada impediría en principio que experiencias radicalmente distintas resultasen satisfactorias para cada uno. Richards no apela a un gusto correcto garantizado desde fuera; introduce diferencias en el interior de las propias respuestas. Algunas dependen de asociaciones automáticas, sentimentalismos, prejuicios o repertorios afectivos estrechos. Otras discriminan más, relacionan un número mayor de elementos y soportan grados superiores de incompatibilidad. La cuestión deja de ser quién siente con mayor intensidad y pasa a concernir a la amplitud de realidad que cada respuesta consigue acoger.
La educación estética encuentra aquí su justificación. Aprender a leer no consiste primordialmente en almacenar información acerca de autores, épocas y procedimientos retóricos. Significa modificar las condiciones de la propia respuesta. Percibir una diferencia antes inadvertida, resistirse a una asociación automática, descubrir que dos significaciones aparentemente incompatibles pueden permanecer activas a la vez: operaciones de esta clase amplían el repertorio de relaciones que el lector es capaz de sostener. La formación del juicio se parece menos a la adquisición de reglas que al afinamiento de una sensibilidad inteligente.
Persiste, con todo, una dificultad. Si consideramos superiores las respuestas complejas porque producen experiencias más valiosas y reconocemos estas últimas precisamente por su complejidad, el argumento amenaza con cerrarse sobre sí mismo. Richards podría haber sustituido una palabra última por otra: «organización» ocuparía entonces el lugar abandonado por «valor». La objeción obliga a precisar el alcance de su propuesta. Organización, inclusión y equilibrio no resuelven el problema metafísico del valor; permiten describir diferencias que la apelación al valor intrínseco dejaba opacas.
Entre la obra y la respuesta
Esa ganancia basta para alterar el viejo reparto entre objetividad y subjetividad. La obra no contiene el valor como contiene determinadas propiedades materiales, pero tampoco constituye una superficie neutra sobre la que cada conciencia proyecta sus preferencias. Ritmo, estructura, proporciones, recurrencias, expectativas, contrastes y desplazamientos delimitan posibilidades de respuesta. La forma solicita, dificulta, desvía, demora. No determina mecánicamente cuanto experimentamos; interviene en las condiciones que hacen posible esa experiencia.
El valor empieza entonces a parecer menos una propiedad localizada que un acontecimiento relacional. La forma actúa sobre determinadas disposiciones del organismo; la respuesta modifica nuestra percepción de la forma; esa nueva percepción reorganiza a su vez la respuesta. Ninguno de los polos permanece intacto. Objeto y sujeto designan momentos distinguibles dentro de un circuito que la experiencia enlaza una y otra vez. Preguntar dónde «está» el valor acaso equivalga, desde esta perspectiva, a formular espacialmente un problema que no lo es.
El alcance filosófico de Richards se vuelve especialmente visible aquí. Su teoría participa de un desplazamiento característico del pensamiento contemporáneo: de la sustancia a la relación, de la esencia aislada a la configuración, de lo estático a los procesos de organización. El valor pierde la apariencia de una cualidad añadida a determinadas cosas y comienza a comprenderse desde el conjunto de relaciones que una experiencia establece, sostiene y transforma. Nada obliga a concluir que la metafísica haya sido definitivamente vencida. Basta advertir que ya no posee el monopolio de la pregunta.
También cambia la función de la crítica. Si la experiencia admite grados de organización, el crítico no puede limitarse a proclamar belleza ni a registrar sinceramente sus preferencias. Tiene que responder de su propia respuesta. Una emoción auténtica puede ser rudimentaria; una adhesión intensísima, intelectualmente pobre; una interpretación, impecablemente coherente porque antes ha expulsado cuanto podía incomodarla. La sinceridad garantiza únicamente que sentimos aquello que decimos sentir. Nada dice todavía acerca de la calidad de ese sentimiento.
La demora del juicio
Esta exigencia adquiere una resonancia inesperada en nuestro presente. Buena parte de la cultura contemporánea ha multiplicado las ocasiones de emitir juicios mientras reduce el tiempo disponible para formarlos. Puntuar, aprobar, rechazar, compartir, indignarse: la valoración circula casi a la velocidad del estímulo. Entre la aparición de algo y nuestra toma de posición apenas queda intervalo. La reacción ocupa el lugar que antes podía reservarse a la elaboración de una respuesta.
Richards permite distinguir ambas operaciones sin necesidad de idealizar ningún pasado. Reaccionar supone que un estímulo encuentra rápidamente una disposición ya formada; valorar exige que esa disposición pueda ser afectada por aquello ante lo que responde. La diferencia se juega en la posibilidad de modificación. Mientras la reacción confirma con facilidad lo que ya éramos, una experiencia compleja altera las relaciones entre nuestras tendencias y nos devuelve una organización que no coincide enteramente con la anterior.
La estética adquiere desde aquí una relevancia que no necesita adornarse con promesas de redención. Basta reconocer el valor cognitivo de la demora. Una obra difícil suspende por un tiempo la obligación de decidir qué significa exactamente, de qué lado debe situarse o qué juicio merece. Nos obliga a convivir con una pluralidad todavía no resuelta. La capacidad parece modesta comparada con las grandes misiones históricas atribuidas al arte. Precisamente por ello quizá convenga tomarla en serio.
Volvamos a la pregunta que organizaba la disputa. Richards no demuestra que el bien carezca de cualquier dimensión irreductible, como tampoco consigue derivar íntegramente la normatividad de la descripción psicológica. Moore conserva una pregunta que el naturalismo no puede cancelar: por qué una determinada organización merece ser preferida. Su resistencia, sin embargo, tampoco invalida la sospecha richardsiana. Llamar irreductible a aquello que aún no sabemos explicar entraña siempre el riesgo de convertir una insuficiencia epistemológica en una necesidad ontológica.
La tensión entre ambos resulta más fértil que una victoria adjudicada a cualquiera de ellos. Moore impide que el hecho absorba sin residuo al valor; Richards evita que el valor se vuelva inmune a toda investigación acerca de los hechos que intervienen en su constitución. Uno preserva la especificidad de la pregunta normativa; el otro mantiene abierta la investigación sobre la experiencia. Las dos posiciones se corrigen precisamente allí donde cada una tiende a excederse.
Quizá por eso la expresión «idea última» sólo merezca conservarse bajo sospecha. Lo último puede ser aquello más allá de lo cual efectivamente no cabe avanzar; también el nombre que damos al punto donde hemos decidido detenernos. Distinguir una cosa de otra requiere una paciencia intelectual poco compatible con las soluciones definitivas. Richards eligió esa paciencia. Antes de elevar el valor a una región separada, quiso observar cómo algo empieza a importarnos, qué fuerzas moviliza, cuáles deja fuera, qué sacrifica, qué integra y qué modificación produce en quien lo experimenta.
El valor pierde de este modo solemnidad y gana espesor. Ya no comparece como una pieza inmóvil situada al final de la metafísica, sino como un problema alojado en el movimiento mismo de la experiencia. En lugar de partir de él para explicar por qué ciertas cosas nos importan, reconstruimos las formas concretas de ese importar y preguntamos después qué derecho tenemos a llamarlas valiosas. Ha cambiado el orden de las razones.
La filosofía no obtiene con ello una respuesta definitiva. Obtiene algo quizá más fértil: una pregunta mejor construida. Entre la irreductibilidad defendida por Moore y la investigación naturalista emprendida por Richards permanece una franja que ninguno consigue ocupar por entero. Los hechos no bastan para colmarla; las mayúsculas tampoco.
INSERT COIN
Referencias
Moore, G. E. Principia Ethica. Prefacio de Esperanza Guisán; traducción de María Vázquez Guisán. Barcelona: Crítica, 2002.
Richards, I. A. Principles of Literary Criticism. Londres: Kegan Paul, Trench, Trubner & Co., 1924.
Richards, I. A. Practical Criticism: A Study of Literary Judgment. Londres: Kegan Paul, Trench, Trubner & Co., 1929.
Beardsley, Monroe C.; Hospers, John. Estética. Historia y fundamentos. Madrid: Cátedra.
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