Si os parece que digo la verdad, dadme la razón; de lo contrario, oponeos con todos vuestros argumentos, procurando que yo, por exceso de celo, no os engañe a vosotros y a mí mismo y me marche como la abeja, dejando clavado el aguijón».

Sócrates, en Platón, Fedón, 91c. Traducción a partir de la versión italiana de Giovanni Reale (Rusconi, Milán, 1997, p. 205).

Puedes desaparecer de una ciudad sin que casi nadie advierta tu ausencia. Los autobuses seguirán circulando, los comercios abrirán a su hora y las calles conservarán sus nombres, sus fachadas, el mismo trazado. Alguien, sin embargo, esperaba encontrarse contigo. Quizá en un café, quizá en aquella esquina donde solíais despediros. Pasará de nuevo por allí y reconocerá con dificultad cuanto tiene delante. Hasta el camino que llevaba a un segundo piso habrá cambiado para él, aunque nadie haya movido uno solo de sus adoquines.

It’s a Lonesome Old Town  cuenta esa historia con pocas palabras. La ciudad se ha vuelto solitaria en ausencia de alguien a quien el cantante descubre que echa de menos mucho más de lo que había imaginado. Ahora puede reconocerlo, aunque ese conocimiento no le concede poder alguno para remediar la separación. Las palabras se repiten y, en la interpretación de Sinatra, el deseo final de que la persona ausente regrese se formula dos veces, sin recibir respuesta.

Keith Jarrett interpretó It’s a Lonesome Old Town el 16 de julio de 2016 en la Philharmonie de Múnich, durante el último concierto de su gira europea. Conozco la ciudad y, al pensar en ella, recuerdo los senderos de grava del Hofgarten, los soportales de la Odeonsplatz y las fachadas de la Maximilianstraße, que se prolongan hacia el Isar. Nada obliga a que la canción transcurra allí. Su ciudad carece de nombre y podría ser cualquiera de esas ciudades donde una ausencia termina por modificar incluso los lugares que nunca compartimos con quien se ha marchado. Sin embargo, la melodía que Jarrett tocó aquella noche se ha instalado en mis recuerdos de Múnich con una familiaridad que ya no sabría deshacer, como si hubiera pertenecido desde siempre a unos lugares que conocí por razones enteramente ajenas a la música.

Trece días antes la había interpretado en Budapest; el 12 de julio, en Roma. En Múnich, después de doce improvisaciones, la incluyó entre los bises, situada entre Answer Me, My Love y Somewhere Over the Rainbow. ECM publicó la actuación en 2019 con el título Munich 2016 .

Jarrett había dedicado décadas a interpretar estándares, canciones que llegan al piano después de haber pasado por otras manos y, muchas veces, por otras voces. Algunas conservan para nosotros las palabras con las que las conocimos; de otras ignoramos incluso que fueron escritas para ser cantadas. It’s a Lonesome Old Town permite reparar en esa diferencia. Quien haya llegado a ella a través de Sinatra puede reconocer en el piano las palabras que ya no escucha, mientras que quien la descubra en la interpretación de Jarrett recibe una melodía sin conocer necesariamente la historia que la acompañaba.

La canción fue escrita para una voz, y esa voz cuenta algo que el piano deja de decir. En Sinatra, la melodía acompaña una declaración precisa: alguien descubre, a raíz de una ausencia, cuánto echa de menos a otra persona y desea que regrese. Jarrett recibe la misma melodía y prescinde de las palabras que narraban su historia. Podemos reconocerlas mentalmente mientras toca, seguir una letra que ya conocemos y que ningún cantante está pronunciando, pero quien ignore su existencia no tiene por qué imaginar una ciudad, una separación amorosa ni un deseo de regreso. Sería extraño exigirle que descubriera por sus propios medios una historia que nadie le ha contado.

Eso no impide que reconozcamos cierta tristeza en la melodía, una atribución que hacemos con tanta naturalidad que rara vez nos detenemos a examinar qué significa. Peter Kivy abordó esa dificultad en The Corded Shell: Reflections on Musical Expression (Princeton University Press, 1980), donde defendió que la tristeza puede reconocerse como una cualidad expresiva de la música sin que dependa de provocar tristeza en quien la escucha. Una pausa puede conmovernos sin representar el recuerdo de alguien, del mismo modo que una nota prolongada no constituye por sí sola una despedida. Tampoco tenemos motivos para atribuir a Jarrett la experiencia amorosa de la letra. Bastaría con adjudicarle las palabras de la canción para convertir su interpretación en el documento de una intimidad de la que nada sabemos.

La letra proporciona una historia, pero su ausencia en el piano deja al oyente ante una experiencia distinta. Quien conozca las palabras puede recordarlas; otro encontrará quizá en la melodía una emoción ligada a circunstancias enteramente suyas. La música admite esas asociaciones sin exigir ninguna de ellas. A veces, después de haber escuchado una canción en un lugar determinado, resulta difícil separar lo que sucede en el piano de cuanto llevábamos con nosotros aquella noche, o de aquello que los años han ido depositando sobre su recuerdo.

En la voz de Sinatra, alguien desea que regrese la persona cuya ausencia ha cambiado la ciudad. Jarrett toca la melodía sin formular esa petición. Mientras lo escucho, puedo entregarme por entero al piano o dejar que la música me lleve hasta Múnich, sin que ninguna de esas experiencias me permita saber qué significaba para él la canción aquella noche. Vuelven entonces a mi memoria la Marienplatz, las torres de la Frauenkirche y los caminos del Hofgarten, y con ellos la música de Keith Jarrett, que ha encontrado su lugar entre mis recuerdos muniqueses.

Rferdia

Let`s be careful out there