Hay que conservar estos pequeños adoquines
que tanto amamos, los adoquines del Norte.
Que sigan haciendo rodar
a quienes se atreven a cruzarlos.Hay que conservar estos pequeños adoquines,
estas piedras de arenisca, desgastadas y llenas de cicatrices,
para salvar, gracias a ellos,
la París-Roubaix.¡Cuántas hazañas han visto esos adoquines!
Han sido testigos de gestas nunca vistas.
Fausto Coppi, amigos míos,
aquello fue extraordinario.Louison Bobet, el último francés,
logró vencer sobre estos adoquines.
Desde entonces nadie,
y eso me sigue impresionando,
ha conseguido repetir aquella hazaña.Ingenieros de Caminos, no tengáis prisa.
Esperad unos cuantos años más.
Ya habrá tiempo,
de cubrirlos con asfalto.Por las bicicletas, por los periódicos,
por los fabricantes de neumáticos,
por los cambios de marcha, por los reporteros,
que los aman de todo corazón.Hay que conservar estos pequeños adoquines
que tanto amamos, los adoquines del Norte.
Que sigan haciéndonos cantar.Hay que salvar estos pequeños adoquines
Serge Gainsbourg, Petits Papiers
por la emoción de toda Francia.
Hay que salvar, gracias a los adoquines,
la París-Roubaix.
El día comienza. Y no hay nada que hacer. No por el día que empieza ni por los que vendrán después. Cada amanecer comparece con la puntualidad de un funcionario incorruptible que nunca llega tarde, nunca olvida una cita, y jamás concede una prórroga. Lo vivido se reinicia. El cansancio acumulado la víspera carece de valor ante ese mecanismo obstinado que devuelve el mundo a su posición inicial cada veinticuatro horas. Uno se duerme convencido de haber avanzado unos pasos y despierta, sin embargo, otra vez en la casilla de salida.
La mayor derrota cotidiana no consiste en el esfuerzo, sino en la repetición. No pesa tanto lo difícil como la obligación de recomenzarlo todo. Cada martes nace desligado del martes anterior; ninguna experiencia consigue permanecer abierta. El tiempo administra la existencia como si desconfiara de cualquier continuidad. Nos entrega los días uno tras otro, idénticos en apariencia, con la eficacia impersonal de quien introduce una factura por el buzón o renueva una suscripción que nadie recuerda haber contratado.
Quizá por eso la bicicleta constituye una anomalía moral antes que una máquina. Dudo que fuera inventada para desplazarse más deprisa en lugar de para alterar la relación entre el cuerpo y el tiempo. Y es que allí donde el calendario impone repetición, la bicicleta introduce variación; donde el reloj sólo conoce la sucesión uniforme de las horas, ella restituye el espesor de la experiencia. Ninguna salida reproduce exactamente la anterior. El mismo viento sopla de otra manera, la misma carretera exige un equilibrio distinto, el mismo repecho encuentra un cuerpo ligeramente transformado. Mientras el mundo insiste en repetirse; el ciclista descubre que jamás puede pedalear dos veces la misma pedalada.
Sea la imagen cabecera.
La brecha de Arenberg se extiende recta a lo largo de 2.400 metros hasta perderse en un punto de fuga casi irreal. A ambos lados, los árboles levantan una arquitectura silenciosa que simplemente observa. Entre ellos se abre la larga herida de los adoquines, inmóviles desde hace décadas, indiferentes a la fama de quienes los atraviesan. Han soportado generaciones enteras de corredores, victorias memorables y derrotas irreparables. Las piedras permanecen. No recuerdan nombres. Conservan únicamente su dureza.
Vista desde abajo, esa recta deja de parecer un camino para devenir en un pasillo de iniciación. Las vallas no delimitan una carrera: delimitan una prueba. El horizonte se estrecha hasta transformarse en una promesa remota que parece alejarse a medida que uno avanza. Ninguna piedra ofrece una superficie completa; ninguna acepta convertirse en apoyo definitivo. La rueda nunca descansa sobre el suelo: negocia con él. Cada metro exige recomponer el equilibrio que el metro anterior acaba de destruir. Avanzar significa aceptar una cadena ininterrumpida de pequeñas pérdidas de estabilidad.
Lejos de ello, nuestra época identifica el progreso con la desaparición de toda resistencia. Asfaltamos los caminos, amortiguamos los golpes, eliminamos la fricción, reducimos la espera, automatizamos el esfuerzo. Hemos terminado creyendo que una vida mejor equivale a una vida más lisa. Sin embargo, toda superficie perfectamente lisa acaba expulsando cualquier posibilidad de experiencia. Allí donde ya nada resiste, tampoco nada transforma y Arenberg se obstina en recordar exactamente lo contrario.
La fisura no ha sobrevivido porque sea pintoresca, sino porque permanece inútil para cualquier idea contemporánea de comodidad. Su prestigio nace precisamente de no haber cedido. Continúa siendo un lugar donde el mundo conserva el derecho a no adaptarse al hombre. Cada primavera miles de ciclistas llegan convencidos de enfrentarse a un tramo de adoquines y descubren demasiado tarde que, en realidad, comparecen ante una medida de sí mismos.
Ahora, esta otra imagen.

La brecha se ha cerrado. Quedan apenas unos trazos negros sobre el papel. Una bicicleta esbozada con una economía de medios rayana en el ascetismo. No hay color, ni velocidad, ni paisaje. Sólo líneas. Lo imprescindible para reconocer una forma cuya verdadera existencia nunca ha dependido del metal. Aquí, la bicicleta pertenece menos al reino de los objetos que al de los gestos. Toda su grandeza consiste en esa renuncia.
Mientras el automóvil multiplica la potencia del individuo mediante una maquinaria exterior, la bicicleta realiza el movimiento inverso devolviendo al cuerpo toda la responsabilidad del desplazamiento. No elimina la distancia. La hace habitable. No derrota la gravedad. Aprende a conversar con ella. Cada avance constituye un pacto provisional entre la voluntad y el cansancio.
Por eso la brecha y la bicicleta terminan perteneciendo a una misma familia espiritual.
Ambos contradicen la fantasía contemporánea según la cual vivir consistiría en eliminar cualquier forma de aspereza. Ambos sostienen, silenciosamente, que la dificultad no representa un accidente del camino, sino la condición misma de toda experiencia capaz de modificarnos. Ningún ciclista ama de verdad los adoquines mientras rebota sobre ellos. Lo que ama, aunque sólo lo comprenda mucho después, es la persona que deja de ser en el instante en que los abandona.
Porque la bicicleta nunca promete felicidad. Promete algo incomparablemente más raro: una metamorfosis discreta, un desplazamiento tan leve que el mundo apenas lo registra, aunque baste para alterar el lugar desde el que todo se mira. No convierte el sufrimiento en virtud ni glorifica el sacrificio. Hace algo más profundo. Enseña que existen esfuerzos cuyo valor no reside en el resultado obtenido, sino en la calidad de atención que exigen. En Arenberg resulta imposible distraerse. El cuerpo entero queda convocado por cada piedra. Durante unos minutos desaparecen el pasado y el futuro. Sólo permanece la intensidad absoluta del presente.
Mientras tanto, el calendario continuará repitiendo sus días con la precisión implacable de siempre. Mañana volverá a amanecer. Habrá otro lunes, otro martes, otra sucesión de obligaciones idénticas. No cambiará el mundo, cambiará el lugar desde el que un hombre lo contempla.
Porque quien ha cruzado voluntariamente un lugar donde cada metro parece invitar a la renuncia descubre que el verdadero enemigo nunca es la dureza de las piedras que no terminan de soldarse, sino la monotonía de una existencia que aspira a no encontrar resistencia alguna. Comprende entonces que la bicicleta no sirve para escapar del día, sino para impedir que el día se cierre sobre sí mismo como una condena. Allí, donde el adoquín rompe el ritmo y el cuerpo aprende a obedecer otra cadencia, el tiempo deja por fin de repetirse. El mundo continúa siendo el mismo; quien regresa de Arenberg, ya no.
Y luego:
Los babilonios entierran sus cadáveres cubiertos de miel, y sus lamentaciones fúnebres son muy parecidas a las egipcias. Siempre que un marido tiene comunicación con su mujer, se purifica con un sahumerio, y lo mismo hace la esposa; los dos, al amanecer, se lavan en el baño… Toda mujer natural del país se prostituye una vez en la vida con algún forastero, sentada en el templo de Afrodita. Muchas damas principales, orgullosas por su opulencia, desdeñan mezclarse con las otras; van en carruaje cerrado y se quedan cerca del templo, rodeadas de criados. Pero las demás se aposentan en el templo, adornada la cabeza de cintas y cordoncillos, y al paso que las unas vienen, las otras marchan. Entre las filas de mujeres quedan, abiertas de una parte a otra, calles tiradas a cordel, por las cuales van pasando los forasteros y escogiendo. Después que una mujer se ha sentado allí, no vuelve a su casa hasta que alguno le eche dinero en el regazo, y, sacándola del templo, satisfaga el objeto de su venida… No es lícito rehusar el dinero, sea mucho o poco, porque se lo considera como oferta sagrada. Ninguna mujer puede rechazar al que la escoge, siendo indispensable que le siga y, tras cumplir con lo que debe a la diosa, se retire a su casa… Las que sobresalen por su hermosura, bien presto quedan desobligadas, pero las que no son bien parecidas suelen tardar mucho tiempo en cumplir con la ley, y no pocas permanecen allí por el espacio de tres o cuatro años. Una norma semejante está en uso en cierta parte de Chipre.
Y también:
No existe anterioridad del no-ser al ser;
ambos, una identidad, figuraron miradas,
aves y montañas.
No podemos requerir a la nada
ni pretender el perpetuo sueño.
Miguel Espinosa , La fea burguesía
Rferdia
Let`s be careful out there