La sexta parte de Roma, el último disco del pianista de Allentown, que ECM ha publicado hace apenas unas horas, comienza cuando el impulso casi gospel de la quinta se hunde bajo la superficie, sin demora, como el Titanic al sur de Terranova. El ritmo sigue avanzando, ahora con menos énfasis; la energía se vuelve atención. La pieza avanza con una delicadeza que Raffaello Carabini, en su reseña para Spettakolo!, ha comparado con una acuarela. La imagen es precisa si no la entendemos como sinónimo de música tenue. Una acuarela puede ser intensa; lo que la distingue es que el color no clausura el papel, deja que la luz lo atraviese.
Eso sucede aquí. Jarrett traza amplios arcos de notas —ECM destaca en esta parte sus arcos de arpegios— y deja que cada uno se disuelva en el siguiente. El oído percibe una melodía, aunque no siempre pueda separarla del movimiento que la hace nacer. Las figuras no comparecen como objetos terminados: aparecen, cambian de claridad y se retiran. Escuchar la pieza consiste en atender a ese tránsito, a esa forma todavía húmeda de la música, como el deseo de una mujer
Conviene, por eso, no preguntar demasiado pronto adónde va. Basta seguir el curso de las notas y advertir cómo una conduce a otra sin imponerle un destino. Hay una continuidad, pero no una marcha. El piano parece recorrer el espacio con la yema de los dedos. A ratos se diría que toca también el intervalo entre los sonidos: no un vacío, sino el tiempo que necesitan para dejar de ser presentes.
Compararla con una pincelada impresionista, apunta a esa manera de mirar,o de oír. Así, como en los Nenúfares tardíos de Monet, el agua deshace la frontera entre las cosas y su reflejo y ya no sabemos dónde termina el estanque y dónde empieza el cielo, en esta sexta parte de Roma, la melodía tampoco se separa limpiamente de la atmósfera que la envuelve. No hay un paisaje que el piano venga a representar. Hay una percepción que se transforma mientras la seguimos.
Proust ofrece otra pista. La pequeña frase de Vinteuil, ese breve motivo melódico de una sonata para piano y violín que el escritor francés atribuye a ese compositor ficticio, y que acaba ligado a su relación con Odette, no importa solo por aquello que se repite, sino por la vida interior que despierta en quien la escucha. Jarrett trabaja en una zona más indeterminada: sus motivos no se presentan como recuerdos ya formados. Parecen buscar el lugar donde podrían volverse memoria. De ahí la introspección de la pieza. No oímos una confesión, con su relato y sus conclusiones; asistimos a una conciencia mientras se demora en lo que siente.
A veces sólo reconozco el principio de una frase cuando Jarrett ya ha dejado atrás las primeras notas. Las he oído, pero hasta que llega la siguiente no sé del todo qué he oído. En las pausas esa demora se vuelve perceptible. El piano calla y el oído todavía reúne los sonidos que acaba de perder. Cuando Jarrett vuelve a tocar, una sola nota puede cambiar el sentido de las anteriores. Parte del placer de esta sexta improvisación está en esa pequeña rectificación, en descubrir que lo que acaba de pasar aún puede cambiar mientras lo escuchamos.
La acuarela de esta sexta parte no está hecha de inmovilidad. Su delicadeza depende de un movimiento que no necesita exhibirse. Una línea de notas se eleva, curva su curso y se apaga; otra toma el relevo, como si la primera le hubiera transmitido una luz. Al terminar, no queda una imagen fija que podamos guardar entera. Queda, más bien, la impresión de haber permanecido unos minutos dentro de una claridad cambiante.
La pieza se extingue. En la habitación, por un instante, todavía parece haber luz.
Rferdia
Let`s be careful out there