Apuntes, desvíos, destellos.
A veces como ahora, imagino el leve parpadeo de la luciérnaga,
pequeño titán frente a la noche
Rferdia
El tiempo nace
I
El asombro, el origen de la filosofía, es el estado de ánimo en el que le fue dado a la filosofía griega la posibilidad de corresponder al ser del ente. Thaumázein bautizó Platón a ese sentir, esa conmoción ante el hay, ese asombro de que haya ser, ese ser que despierta mi asombro, el asombro de la vida ante sí misma, asombro de vivir, que todo sea pudiendo no haber sido, que hubiésemos podido no existir. No que lo que es sea de tal o cual manera, sino el asombro de los asombros, el misterio de los misterios: ¡lo que es, es! lo fue antes y lo será después de mí. ¡Asombro!, ¡Arrobamiento! ¡Admiración! El maravillarse y quedar maravillado, la perplejidad y la fascinación… Sinónimos, voces y mudeces, matices, señas de un no poder abarcar lo que desde sí brota, se aparece, se muestra y ofrece, se da y en el darse no se agota, se sustrae: la phýsis, su eterno parto: el mundo, lo que es y en lo que soy… Lo que a mí se da y en ese don lo soy, sin originarse ni agotarse en mí. El ser. El don de lo que es y el estarlo siendo.
II
Cada instante de asombro abre la vida a su primera vez: cada instante de asombro nos revela lo que cada instante tiene de única vez, cada vida de irrepetible, de siempre cada ahora, de inmensidad este aquí.
III
Con la pregunta sobre qué significa todo esto y cómo puede acontecer, y solo con esta pregunta, empieza el asombro. El asombro pensante habla en el preguntar. El asombro y el preguntar se hermanan. El asombro despeja, abre… abre camino al pensar, al pensar que se abre pregunta, búsqueda. Platón, y más tarde Aristóteles, abocados a indagar sobre el despuntar de la filosofía, experimentaron que ese acontecer, esa irrupción del asombro, ese «estado del alma», era un páthos: un deseo por conocer, una pasión por la pregunta, una apertura al saber: un filosofar. Páthos abriente que –gozosa o penosamente– nos hace pasibles de preguntar sobre lo que es, lo que somos, su porqué y para qué… Asombro, también, ante la contingencia y la imprevisibilidad de estar siendo, mi ahora y su siempre, su tal vez y quizá, su ayer o su nunca más. Nos hace preguntar: fisura las respuestas, sostiene nuestra abertura, nos devuelve la infancia.
IV
Querido amigo, parece que Teodoro no se ha equivocado, pues experimentar eso que llamamos el asombro es muy característico del filósofo. Este y no otro es el origen de la filosofía. Y estas palabras iniciales e iniciáticas escritas por Platón para quien «el asombro es el estado natural en el que se encuentra el filósofo», son ratificadas y transmitidas por su discípulo Aristóteles: En efecto, mediante el asombro los hombres, tanto ahora como antes, comenzaron a filosofar. Thaumázein: no hay traducción adecuada, no por carencia sino por exceso, asombro, después de todo, y como suele decirse, es lo que nos deja con la boca abierta, con el cuerpo expectante. La boca abierta sin palabra y sin aliento… después, recién después, el reflujo: se vuelve a sí, se dice, se crea el pasado. Sin palabra, sin aliento y hasta sin lugar, lo asombroso es extático: nos saca de lo cotidiano, de lo habitual, del hábito a la repetición, la costumbre, lo nuevo sin novedad alguna, sin creación. Nos saca sin sacarnos: volviéndonos a abrir a lo que no tiene segunda vez: en la apertura asombrada eso mismo, lo trivial, lo cotidiano, lo ordinario se convierte en extraordinario: se lo ve sin verse: se lo deja ser, revelársenos. En el asombro lo profundo es elevado en lo alto. ¡Es! No hay palabra, hay asombro: ojos abiertos, boca abierta, cuerpo en vilo. ¡Hay!
V
La autenticidad y la fuerza de la comprensión filosófica solo puede medirse en sí y en cómo estamos a la altura del origen, en sí, suponiendo que nosotros mismos hayamos de volver a comenzar, que seamos capaces de emprender el comienzo. En la filosofía el progreso no es esencial. Lo decisivo sigue siendo solo el comienzo. El origen de la filosofía, lo repetimos, está en el atávico asombro ante el ente, el hecho de que es, y de que es así y no de otra manera. Asombro ante lo que es y no ceja de estar siendo, no cesa de originarse: que ser no sea ser, que sea nacer.
VI
Viejo asombro, antiguo pero inagotable porque es el origen, el arkhé de la filosofía, y no solo el comienzo. Es pasado y es futuro congregándose presente, sin cesar nunca jamás de llegar: Solo si entendemos páthos como temple de ánimo, podemos también caracterizar más de cerca al asombro como origen. El páthos del asombro no está al comienzo de la filosofía simplemente como, por ejemplo, el lavarse las manos precede a la operación del cirujano. El asombro sostiene y domina la filosofía desde el principio hasta el final. El origen permanece siempre como futuro. Arkhé, no in illo tempore que es comienzo de un ya fue, o inicio desde un ya dejado a las espaldas, polvo o sombra, memoria. Inversamente, origen significa lo que sigue originando lo que es, no el ya haber nacido que aún perdure, un nacer que nunca cese, un nacerse en cada ahora: cada ahora, cada éxtasis del tiempo. Así, abriéndonos, el asombro, su fuerza iniciadora, nos sostiene en el devenir de un tiempo que no es el viento que pasa sino el que siempre está llegando: Existencialmente considerado, el nacimiento no es, nunca es, algo pasado en el sentido de lo que ha dejado de sernos fácticamente presente. Suele decirse, nota Heidegger, «el tiempo pasa», debería decirse, agrega y exulta: «el tiempo nace».
VII
Todo pensar esencial exige que sus pensamientos y proposiciones sean extraídos cada vez nuevamente como mineral de la disposición afectiva fundamental. Si falta el estado afectivo fundamental, entonces todo es un forzado repiqueteo de conceptos y de palabras huecas. Todo pensar, todo vivir, para ser esencial, tiene que ser siempre comienzo, ser su propio recomenzar, paso atrás hacia el asombro inicial, origen, nacer y volver a nacer. Sin este volver a la fuente, la vida se empantana: el río no se cumple mar, se estanca charca, espejo. Eco y mera reiteración.
Hugo Mujica
Señas hacia lo abierto
Los estados de ánimo en la obra de Heidegger

Rferdia
Let`s be careful out there