Edward F. Edinger y la arqueología psicológica del pensamiento antiguo
Parménides viaja en un carro tirado por yeguas. Lo acompañan las hijas del Sol, que han abandonado las moradas de la Noche y lo conducen hasta las puertas custodiadas por la Justicia. Una diosa lo recibe y le promete revelarle cuanto debe saber acerca de la verdad y de las opiniones de los mortales. Hasta aquí, el relato podría pertenecer a cualquier tradición religiosa de la Antigüedad. Sin embargo, apenas comienza la enseñanza de la diosa, el poema adquiere una severidad argumentativa desconcertante. El ser es; el no-ser no es. De esa distinción se desprenden consecuencias que el pensamiento deberá aceptar por necesidad. La revelación desemboca en una demostración y el viajero, que ha llegado hasta la divinidad en un carro fabuloso, recibe una lección de lógica.
La escena plantea una dificultad para las historias de la filosofía que describen su nacimiento como una emancipación progresiva del mito. En el poema de Parménides, la autoridad religiosa y la argumentación racional conviven sin que podamos determinar fácilmente dónde termina una y comienza la otra. La diosa habla como una divinidad, pero exige que su interlocutor juzgue mediante el razonamiento. ¿Debemos considerar el viaje una envoltura poética destinada a hacer más aceptable una doctrina abstracta? ¿O participa de una experiencia intelectual cuya naturaleza se nos escapa cuando separamos demasiado deprisa el concepto de las imágenes que lo acompañan?
Edward F. Edinger (1922-1998), analista junguiano estadounidense y autor de una extensa obra dedicada a la interpretación psicológica de los símbolos, habría reconocido en esa segunda posibilidad una vía privilegiada para comprender el nacimiento del pensamiento occidental. Consideraba que los primeros filósofos griegos compartían con los profetas hebreos una disposición hacia experiencias numinosas. Unos y otros se habrían encontrado ante imágenes de una intensidad extraordinaria, aunque las expresaron mediante lenguajes diferentes. Los profetas recurrieron a las formas de su tradición religiosa; los filósofos griegos comenzaron a elaborar un vocabulario conceptual capaz de dar cuenta de aquello que se les había manifestado.
La comparación tiene algo de provocación dirigida contra la imagen moderna del filósofo como profesional de la argumentación, recluido entre libros y entregado a la vigilancia de sus propias definiciones. Encierra también una hipótesis histórica mucho más comprometida: determinadas doctrinas filosóficas procederían de experiencias simbólicas anteriores a su formulación racional y conservarían estructuras psíquicas cuya actividad continúa manifestándose en el presente.
De esa convicción nace La psique en la Antigüedad, publicado en español por Atalanta con traducción de Carlos Jiménez Arribas. El libro reúne dos series de conferencias impartidas por Edinger en el Instituto C. G. Jung de Los Ángeles durante los inviernos de 1993 y 1994. La primera recorre la filosofía griega desde Tales hasta Plotino; la segunda examina el gnosticismo y el cristianismo primitivo, desde Pablo de Tarso hasta Agustín de Hipona. Ambas responden al empeño de reconstruir algunos de los grandes episodios de la historia intelectual de Occidente como manifestaciones de una actividad psíquica que excede la conciencia individual.
Edinger denomina «psicohistoria arquetípica» a este procedimiento. Su presupuesto procede de Jung y de la teoría del inconsciente colectivo, según la cual existen disposiciones psíquicas universales que encuentran expresión en imágenes históricamente variables. Las figuras divinas, los relatos de creación y las doctrinas acerca del alma y la salvación pueden estudiarse como manifestaciones de esas estructuras. El analista encuentra en ellas un repertorio de formas que le permite interpretar los sueños y otros contenidos de la vida psíquica contemporánea.
Las doctrinas antiguas adquieren así una segunda existencia. Conservan una vida simbólica que permite reconocerlas en experiencias separadas de ellas por más de dos mil años. Edinger se aproxima a los textos con la familiaridad de quien encuentra en una tradición remota materiales que todavía pertenecen a su oficio. Mary Addenbrooke, en una reseña publicada en el Journal of Analytical Psychology en 2000, señaló una particularidad de este libro: Edinger parte de los pensadores antiguos para mostrar cómo sus ideas pueden iluminar la psicología analítica. La observación ayuda a situar una obra cuyo interés depende tanto de la amplitud de sus correspondencias como de la confianza que deposita en ellas.
Los primeros filósofos milesios ofrecen un terreno favorable para semejante investigación. Tales encuentra en el agua el principio de las cosas; Anaximandro introduce lo indefinido; Anaxímenes atribuye al aire una función fundamental en la constitución del mundo. Desde la perspectiva de Edinger, esas doctrinas pueden leerse como tentativas de representar una totalidad originaria, anterior a la diversidad de los seres que percibimos.
La interpretación devuelve a los milesios una dimensión que algunas exposiciones escolares empobrecen al presentarlos como físicos rudimentarios, ocupados en averiguar de qué sustancia estaban hechas las cosas. Sus preguntas afectaban al orden del universo y a la posibilidad de encontrar un principio común para cuanto existe. El significado psicológico que podamos atribuir al agua, sin embargo, apenas nos dice nada acerca de las observaciones, las tradiciones cosmológicas y los problemas intelectuales que contribuyeron a la doctrina de Tales. La escasez de los testimonios conservados aconseja, además, prudencia ante cualquier reconstrucción demasiado segura de sus intenciones.
Con Heráclito, la lectura junguiana encuentra un interlocutor particularmente atractivo. La tensión entre los contrarios, el carácter cambiante de las cosas y la unidad que se manifiesta a través de la oposición permiten establecer correspondencias con algunos problemas fundamentales de la psicología analítica. Jung concedió una importancia decisiva a los conflictos de la vida psíquica y a la necesidad de reconocer aquello que la conciencia tiende a excluir. La armonía del arco y de la lira, imágenes que aparecen en los fragmentos de Heráclito, depende de tensiones que mantienen unidos elementos contrapuestos. Podemos encontrar en ellas una analogía esclarecedora para comprender determinados conflictos interiores.
El logos heraclíteo, sin embargo, concierne al orden común del mundo y a la capacidad humana de comprenderlo. Su significado filosófico excede la utilidad que pueda tener para describir la vida psíquica. El analista descubre una correspondencia; el historiador debe preguntarse por el sentido de los términos dentro de la doctrina que estudia. El filósofo habrá de examinar, además, si los argumentos que se atribuyen a Heráclito resultan defendibles. Cada una de estas operaciones responde a exigencias diferentes.
La dificultad adquiere una especial importancia cuando llegamos a Plotino. Su doctrina del Uno, principio supremo de la realidad, invita a establecer una comparación con el sí-mismo junguiano, entendido como centro y totalidad de la psique. Ambas nociones remiten, en sus respectivos sistemas, a una unidad que excede la perspectiva ordinaria del yo. La analogía permite iluminar el carácter transformador que posee, en la filosofía plotiniana, el retorno del alma hacia su principio.
Ahora bien, el Uno de Plotino es radicalmente trascendente. Su relación con el Intelecto y el Alma forma parte de una explicación metafísica acerca de la procedencia de la multiplicidad y de la estructura de lo real. La dificultad de comprender cómo puede proceder algo de un principio absolutamente simple constituye un problema que ninguna analogía psicológica resuelve. El retorno del alma puede sugerirnos un proceso de transformación interior; la doctrina de las hipóstasis continúa planteando preguntas que pertenecen a la metafísica.
Aquí se encuentra el límite más delicado del método de Edinger. Si toda unidad remite al sí-mismo, toda oposición a la tensión de los contrarios y toda imagen divina a una manifestación arquetípica, el pensamiento antiguo acaba por adquirir una familiaridad sospechosa. Sus autores parecen haber trabajado durante siglos en la preparación de una psicología que todavía no existía. Una semejanza entre estructuras simbólicas puede justificar una interpretación y abrir una investigación. Para demostrar una continuidad histórica necesitamos reconocer las mediaciones que permitieron su transmisión y transformación; para identificar dos conceptos, examinar sus respectivas funciones y consecuencias. El parecido constituye un indicio, cuya fuerza probatoria dependerá de las explicaciones alternativas que seamos capaces de descartar.
La segunda parte del libro desplaza la investigación hacia un acontecimiento que Edinger considera decisivo para la historia de la conciencia occidental: la aparición del cristianismo y la transformación de la imagen de la divinidad. La encarnación ocupa aquí una posición central. Dios adquiere forma humana y la relación entre lo divino y el hombre se representa mediante una figura histórica. Edinger interpreta ese acontecimiento desde la psicología analítica y encuentra en él una expresión de la relación entre el yo y el sí-mismo, cuya integración constituye una cuestión fundamental del proceso de individuación.
La propuesta permite comprender por qué Jung concedió tanta importancia al cristianismo. Sus símbolos continúan proporcionando formas de representación para experiencias que afectan a la vida interior. La muerte y la resurrección, el sacrificio, la transformación y la reconciliación pueden adquirir una significación psicológica que no depende necesariamente de la adhesión a una doctrina confesional.
Edinger encuentra en Pablo de Tarso y Simón el Mago dos figuras representativas de orientaciones que desarrollarán respuestas diferentes al problema de la salvación. La tradición eclesiástica concede una importancia fundamental a la fe y a la comunidad; las corrientes gnósticas atribuyen al conocimiento una función salvadora. El recorrido se prolonga a través de Clemente de Alejandría, Orígenes, Tertuliano y Agustín, así como de Marción, Basílides, Valentín y Mani.
La contraposición facilita el acceso a una materia extraordinariamente compleja, aunque su claridad tiene un precio. La historia del cristianismo primitivo difícilmente admite una división tan limpia entre fe comunitaria y conocimiento individual. Orígenes basta para mostrar hasta qué punto la especulación intelectual podía desarrollarse dentro de la tradición eclesiástica. Tampoco las corrientes agrupadas bajo el nombre de gnosticismo constituyeron una doctrina uniforme. Sus diferencias afectaban a cuestiones tan fundamentales como la creación del mundo, la naturaleza de Cristo y las condiciones de la salvación. La propia categoría historiográfica de gnosticismo ha sido objeto de discusión, precisamente por la heterogeneidad de los movimientos que reúne.
La psicología arquetípica encuentra en esas controversias manifestaciones de distintas orientaciones de la psique. El historiador debe atender también a las comunidades, los textos, las disputas doctrinales y las circunstancias en las que determinadas interpretaciones llegaron a imponerse sobre otras. El conflicto religioso tuvo consecuencias institucionales y políticas que difícilmente pueden traducirse a una confrontación entre disposiciones psicológicas.
La encarnación plantea una dificultad todavía mayor. Cuando Edinger la interpreta como representación de una transformación de la conciencia, desplaza el acontecimiento religioso hacia un ámbito en el que puede adquirir significado para creyentes y no creyentes. Para la teología cristiana, la encarnación formula una afirmación acerca de Dios y de su relación efectiva con la humanidad. La psicología puede investigar el significado que esa afirmación posee para la vida psíquica, pero su explicación deja intacta la cuestión de su verdad teológica.
Descubrir que una representación religiosa cumple determinadas funciones psicológicas tampoco demuestra que su contenido sea verdadero o falso. La pregunta por el origen de una idea, la investigación de sus efectos y el examen de su verdad requieren procedimientos diferentes. Confundirlos supondría conceder a la interpretación psicológica una autoridad que su propio método no puede justificar.
El libro de Edinger encuentra su culminación en el reconocimiento de la relación entre el yo y el sí-mismo. Las antiguas imágenes de la totalidad, las doctrinas acerca del alma y las representaciones de la divinidad adquieren una nueva inteligibilidad dentro del proceso de individuación. El lector descubre correspondencias que atraviesan épocas y tradiciones, y puede reconocer en ellas aspectos de una experiencia interior que continúa siendo problemática.
La filosofía antigua recupera de este modo su condición de actividad humana vinculada a experiencias de asombro, inquietud y extrañeza. Sus conceptos dejan de parecer piezas inertes de una maquinaria doctrinal y vuelven a relacionarse con las preguntas que hicieron necesaria su aparición. Edinger nos invita a leer a los antiguos con una atención particular hacia las imágenes que acompañan sus razonamientos y hacia los significados que esas imágenes pueden conservar.
Conviene, sin embargo, resistirse a la comodidad de una historia en la que todas las doctrinas encuentran su lugar dentro de un mismo proceso psicológico. El pasado se vuelve inteligible a costa de adquirir un parecido excesivo con el presente. Sus protagonistas pierden parte de su singularidad y sus desacuerdos se subordinan a una explicación que los precede. La historia de la filosofía tampoco puede reducirse a una sucesión de argumentos desligados de las experiencias, las imágenes y las circunstancias culturales que contribuyeron a su formación. Las imágenes forman parte de la actividad del pensamiento; su presencia no dispensa de examinar lo que el pensamiento hace con ellas.
Volvamos al poema de Parménides. La diosa recibe al viajero, le anuncia una revelación y lo conduce hacia una verdad que habrá de distinguir de las opiniones humanas. La escena conserva toda su extrañeza. Podemos preguntarnos por el significado del viaje, por la función de las puertas y por la autoridad de la figura divina. También podemos investigar qué relación mantiene el relato con las tradiciones religiosas de su tiempo.
Pero llega un momento en que la diosa deja de describir el camino y exige que su interlocutor juzgue mediante el razonamiento. Entonces comienza una tarea que el viaje, por extraordinario que haya sido, no puede realizar por él. Parménides tendrá que responder de las consecuencias de sus afirmaciones, y sus lectores podrán discutirlas sin necesidad de haber atravesado las puertas de la Noche y del Día.
La lectura de Edinger nos permite regresar a esas puertas y reconocer cuánto de la antigua experiencia simbólica permanece en los orígenes de la filosofía. Conviene agradecerle el viaje. La discusión empieza cuando la diosa toma la palabra.
Rferdia
Let`s be careful out there