Elias Canetti, Auto de fe. Traducción de Juan José del Solar. Barcelona, Muchnik Editores, 1981.

Publicada en 1935, cuando Elias Canetti apenas había cumplido treinta años, Auto de fe (Die Blendung) pertenece a esa rara estirpe de libros cuya fecha verdadera parece siempre posterior a la que consta en su primera edición. Y no es así porque la literatura disponga de facultades proféticas ni porque Canetti anticipase acontecimientos todavía por venir, sino porque reconoció, antes de que adquirieran su expresión histórica más atroz, algunas de las disposiciones que incubaba la Europa de entreguerras: el repliegue del individuo sobre sí mismo, la pérdida de un lenguaje común, el resentimiento, la fascinación por la fuerza y, acaso por encima de todas ellas, la impotencia de una cultura extraordinariamente refinada para entender aquello que estaba sucediendo ante sus ojos. Canetti no escribió una novela sobre la catástrofe. Escribió algo más perturbador: escribió una novela sobre los hombres que podían hacerla posible.

Para ello eligió como protagonista a quien parecería encontrarse más lejos de la barbarie. Peter Kien es un sinólogo eminente, dueño de una biblioteca descomunal, que vive recluido en su apartamento vienés y apenas necesita abandonarlo. Posee conocimientos inmensos, una memoria prodigiosa y una disciplina que ha convertido la vida entera en prolongación del estudio. Nada parece faltarle salvo, precisamente, aquello que ninguna biblioteca puede proporcionar por sí sola: mundo. Los libros han dejado de mediar entre la conciencia y las cosas; han sustituido a las cosas. Kien no lee para regresar al mundo mejor pertrechado, sino para ahorrarse el regreso. Su biblioteca, que contiene siglos de experiencia humana, acaba siendo el instrumento perfecto para no tener experiencia alguna.

La división tripartita de la novela eleva esa anomalía privada a principio formal. «Una cabeza sin mundo», «Un mundo sin cabeza» y «Un mundo en la cabeza» describen tres estados de una misma patología de la inteligencia. Primero, una conciencia imagina que puede bastarse a sí misma; después, es arrojada a un mundo que parece haber perdido cualquier principio de orden; finalmente, el mundo entero queda absorbido por una cabeza incapaz ya de distinguir las cosas de las representaciones que fabrica acerca de ellas. La estructura posee la severidad de un experimento mental: Canetti separa cabeza y mundo y observa qué queda de ambos cuando se rompe la relación que los hacía mutuamente inteligibles.

En «Una cabeza sin mundo» todavía parece posible mantener intacta la fortaleza. Kien ha organizado su existencia según una escrupulosa economía de exclusiones: cuanto pueda perturbar la soberanía de los libros debe permanecer fuera. Su matrimonio con Therese, el ama de llaves, nace, con magnífica ironía, de ese mismo impulso defensivo. Se casa para proteger la biblioteca y, al hacerlo, introduce en ella aquello de lo que quería preservarla. Therese mira los objetos desde el interés, la propiedad y el cálculo; él, desde una sacralización del conocimiento que excluye cualquier experiencia irreductible a sus categorías. Sería cómodo repartir los papeles entre la criada ignorante y el sabio ultrajado, la vulgaridad y el espíritu. Canetti no concede ese alivio: enfrenta dos conciencias herméticas, dos maneras de obligar a lo real a coincidir con aquello que previamente se espera encontrar en él.

De ahí que la ceguera sea mucho más que uno de los motivos de la novela. Está inscrita en su título alemán: Die Blendung alude al deslumbramiento, al enceguecimiento, a esa peculiar incapacidad de ver que puede proceder no de la oscuridad, sino de un exceso de luz. Therese no alcanza a percibir más allá del valor que atribuye a las cosas; Kien no reconoce aquello que sus categorías intelectuales son incapaces de alojar. Una reduce el mundo al interés; el otro, al concepto. La distancia cultural entre ambos es abismal, pero la estructura del error resulta semejante: ninguno admite que lo real pueda desmentir la representación que se ha hecho de ello. La ceguera de Kien es más turbadora porque ha sido laboriosamente construida con los materiales de la inteligencia.

Cuando Therese consigue expulsarlo de su propia casa, cambia el espacio de la novela y cambia también su respiración. Empieza «Un mundo sin cabeza». Kien abandona la geometría protectora de la biblioteca y sale a las calles de Viena, donde descubre que el conocimiento de civilizaciones enteras no enseña necesariamente a atravesar una ciudad. La inversión tiene una crueldad casi perfecta: quien puede orientarse entre milenios de pensamiento se encuentra inerme ante las circunstancias elementales de la existencia. Canetti lo entrega a una fauna humana regida por apetitos, engaños, resentimientos y desmesuradas fantasías de poder. La calle no cura al intelectual de su abstracción; enfrenta su delirio con el de los otros.

Fischerle constituye quizá la expresión más hilarante y despiadada de ese juego de espejos. El enano jugador de ajedrez vive poseído por la fantasía de convertirse en campeón mundial y conquistar América; todo cuanto sucede queda absorbido por esa ficción privada. En apariencia no podría estar más lejos de Kien y, sin embargo, ambos necesitan un sistema cerrado que vuelva soportable la resistencia de lo real. Canetti va poblando así la novela de conciencias que comparten calles, habitaciones y palabras sin llegar jamás a encontrarse. Hablan incesantemente, pero cada cual escucha en las palabras ajenas la confirmación de aquello que ya había decidido. La incomunicación deja de ser un accidente psicológico: se convierte en la sintaxis social de la novela.

Es aquí donde Viena deja de ser escenario para convertirse en forma histórica. La antigua capital imperial conserva la monumentalidad de una cultura que había aspirado durante siglos a ordenar pueblos, lenguas y tradiciones diferentes, pero vive ya entre los restos de aquella totalidad. Las antiguas mediaciones han perdido autoridad sin que otras hayan conseguido reemplazarlas. Los personajes buscan desesperadamente principios de orden y los encuentran en obsesiones privadas, jerarquías imaginarias, delirios de reconocimiento o pequeñas formas de dominio. No hace falta que la política comparezca explícitamente: su materia elemental está ya presente en la manera en que unos hombres miran a otros.

Benedikt Pfaff, antiguo policía y portero del edificio, confiere a esa intuición una materialidad brutal. En él la violencia abandona el territorio de la fantasía y se convierte en una manera casi fisiológica de relacionarse con los demás. Pfaff conoce una gramática reducida a tres verbos: mandar, obedecer, golpear. No necesita pensar el poder porque lo ejerce con el cuerpo. Resulta inevitable leer esas páginas desde lo que sabemos que ocurrirá en Austria pocos años después, aunque precisamente por eso convenga resistirse a convertir a Canetti en profeta retrospectivo. La fuerza de Pfaff no reside en que anuncie el nazismo, sino en mostrar que las grandes violencias políticas rara vez nacen el día en que reciben un nombre, y antes de adquirir uniformes, consignas y burocracias, han ensayado ya sus movimientos en la vida ordinaria.

Es entonces cuando Auto de fe revela su verdadera escala. Lo que podía parecer una sátira feroz contra un erudito excéntrico se ensancha hasta convertirse en una interrogación acerca de la cultura europea. Kien encarna una posibilidad extrema, pero no extravagante: la del intelectual que confunde la acumulación de conocimientos con la comprensión. En sus estanterías caben lenguas, civilizaciones desaparecidas y siglos de pensamiento; semejante abundancia no le proporciona, sin embargo, una relación más lúcida con el presente. Canetti toca aquí uno de los puntos neurálgicos de la conciencia europea del siglo XX: ninguna cantidad de cultura inmuniza contra la barbarie. Entre saber mucho y comprender algo no existe continuidad necesaria.

«Un mundo en la cabeza», la tercera parte, conduce esa contradicción hasta su agotamiento. La llegada de Georg Kien, hermano de Peter y psiquiatra de prestigio, parece introducir por primera vez una mirada capaz de comprender desde fuera aquello que los demás padecen sin distancia. Durante algunas páginas se insinúa la posibilidad de recomponer el orden: separar realidad y delirio, desenredar equívocos, devolver cada cosa a su lugar y al protagonista a su casa. Pero ahí se esconde la trampa. Restituir a Kien su biblioteca significa devolverlo al espacio donde su enfermedad había encontrado una arquitectura, una disciplina y hasta una apariencia de racionalidad. Aquello que parecía refugio revela que siempre había sido también encierro.

El desenlace puede producirse ya sin explicación. Kien vuelve a encerrarse entre sus libros y la biblioteca, aquella fortaleza levantada contra la contingencia, descubre su naturaleza última: también era combustible. El fuego en que perecen el hombre y sus volúmenes no constituye una catástrofe añadida desde fuera, sino la consumación de una lógica presente desde el comienzo. Kien había querido salvar los libros del dinero, de la estupidez, del cuerpo, del deterioro y del tiempo; sustraerlos, en definitiva, a todo aquello que hace del mundo un mundo. Termina destruyéndolos porque nunca pudo aceptar que también el conocimiento pertenece a la contingencia de la que pretendía rescatarlo.

El título español, Auto de fe, añade al desenlace una resonancia sacrificial que el alemán distribuye de otro modo. Hay algo ceremonial en ese incendio, aunque con una inversión decisiva: víctima, sacerdote y verdugo coinciden. Ninguna autoridad exterior condena la biblioteca; es su guardián quien prende la pira. Desde ese fuego pueden releerse las primeras páginas y advertir que la pasión de Kien por los libros albergaba desde el principio una secreta violencia. Una cultura que solo puede conservarse separándose de la experiencia corre el riesgo de convertir su conservación en una forma de muerte. Canetti concede a esta paradoja una imagen definitiva: preservar absolutamente algo puede ser otra manera de destruirlo.

No sorprende que bajo Auto de fe puedan reconocerse algunas de las obsesiones que veinticinco años después encontrarán su vasta elaboración ensayística en Masa y poder. El miedo al contacto, la dominación, la metamorfosis, la necesidad de imponer a los otros una interpretación, la fascinación por las jerarquías y las formas elementales de la violencia se encuentran ya aquí, aunque todavía no hayan cristalizado en conceptos. Antes de convertirse en antropología del poder son cuerpos que ocupan demasiado espacio, voces que no escuchan, manos que golpean, habitaciones donde alguien intenta imponerse a alguien. La novela obliga a las ideas a soportar la prueba de la carne.

También de ahí procede el humor negrísimo que recorre el libro. Canetti exagera, deforma, hipertrofia; lleva a sus criaturas hasta el borde de la caricatura y a veces más allá. Pero la deformación no las vuelve menos verdaderas. Como sucede con ciertas figuras de Goya o de George Grosz, la desproporción permite ver aquello que las proporciones habituales disimulan. Nos reímos de los personajes de Auto de fe hasta advertir que su monstruosidad consiste casi siempre en haber llevado una disposición reconociblemente humana unos grados más lejos de lo tolerable. Cada uno ha fabricado una idea de sí mismo tan perfecta que ya no puede permitirse mirar aquello que la contradice. La caricatura se vuelve instrumento de conocimiento.

Reducir Auto de fe a la historia de un erudito que enloquece sería, por tanto, confundir su argumento con su asunto. La locura de Peter Kien es la forma visible de una perturbación más vasta. Lo inquietante no es que un hombre pierda finalmente la razón, sino que pueda hacerlo rodeado de todos aquellos instrumentos que una civilización ha identificado durante siglos con la inteligencia. Kien sabe muchísimo y comprende muy poco. Entre ambos verbos se abre un espacio que la modernidad europea había preferido imaginar inexistente. Canetti instala en él toda su novela.

Acaso por eso Auto de fe no necesita que forcemos su actualidad mediante paralelismos entre 1935 y nuestro presente. Su pregunta es más antigua y, probablemente, más duradera: qué ocurre cuando el saber deja de ser una manera de exponerse al mundo y se convierte en un procedimiento para defenderse de él. Peter Kien creyó que podía introducir el mundo entero en una cabeza y prescindir después del mundo verdadero. Construyó para ello una biblioteca, se encerró dentro y dedicó su vida a impedir que la realidad atravesase la puerta. Canetti necesitó una novela entera para mostrar que la realidad siempre acaba entrando. Esta vez entró bajo la forma del fuego.

Rferdia

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