A veces como ahora, imagino el leve parpadeo de la luciérnaga,
pequeño titán frente a la noche
Rferdia
Tal vez mentalidades puntillosas se pregunten cómo llegué a leer en el mundo como a través de una gran charca límpida. ¿Debo describir, a riesgo de aburrir, los enmarañados caminos que mi mente abrazó primero dentro de un vasto y deslumbrante paisaje conjetural y que me permitieron descubrir un aleph autógeno y, en cierto modo, portátil?
Mientras seguíamos jugando a las cartas, yo me esforzaba, sin aparentarlo en modo alguno, por analizar los extraños efectos que el discurso del telésofo, en sí bastante trivial y vacío, había desencadenado en mí. Sentía, como ya he dicho, una excitación e incluso un entusiasmo anormales, inexplicables o que, si excluía la hipótesis de la locura, sólo podía explicar por la presencia, tras el velo de los estereotipos contemporáneos, de una verdad nunca columbrada aún y que, en cierto modo, designaban disimulándola. (¿Cuántas veces los azares de las infinitas combinaciones de la lengua habrán hecho pasar a un idiota —ilustrado por la ficción del mono dactilógrafo— cerca de una tesis profunda, de un verso admirable, a los que, en caso de que los hubiera proferido efectivamente, no habría prestado, por lo demás, atención?)
Sí, me encontraba en la situación de quien presiente que un fuego brilla en el fondo de la bruma; cierto velo ambarino, apenas discernible, sobre el que se pregunta también si no lo habrá soñado, anuncia un farol o un faro.
¡Y de repente comprendí!
No era correcto decir que el mundo no existía. Ya lo creo que existía… constantemente creado por las palabras.
Vi —pero por espacio de un segundo, como con el fogonazo apabullante de una revelación— trombas de palabras resolverse en figuras materiales: locomotoras, ríos, luces de luna sobre el mar, almacenes de pescado desecado, parques municipales, muchachas, carteles de teatro, salchicherías, casetas de verbena, talleres, autopistas que cerraban sus anillos en torno a montones de brasas de las ciudades; y también los rostros pasmados de los dormidos en las literas mientras las ruedas martilleaban un puente de hierro; ramilletes de orina helada bajo los vagones del Transiberiano que se acercaba a la estación de Ulan-Ude; el pliegue ocelado de las contracorrientes bajo el puente de hierro; el retroceso de las olitas del estuario al acercarse la marea; la lechaza luminosa con la que los ríos siembran el cielo nocturno; las grandes corolas oscuras que el viento traza en el mar; su imprevisible geometría y las ecuaciones que, sin embargo, lo rigen; los gusanos que devoraban los bacalaos de Alcántara; los tucumarés y las pirapitingas de Manaus; los peces ángel de Mar del Plata; los cristales de sal húmeda, parduzcos, que les hacían una cota grumosa.
Vi los papeles grasientos volando sobre los céspedes y las abyectas carpas asfixiadas en los estanques; a los jóvenes tímidos, muertos de deseo, vacilando a la hora de sentarse en el banco que los pájaros habían cubierto de excrementos. Sí, mi mente abrazó, fugaz, todo eso, trenzado con palabras; todas esas escenas triviales como otras tantas llamas en la punta de antorchas de palabras.
Y también el gran vómito de las estrellas, sus macedonias de rayos, sus faralaes cuánticos y los sostenes fluorescentes —verde manzana, violeta, rosa caramelo— de las muchachas que jugaban en los rompeolas del hemisferio meridional; y, más interesantes que las repetitivas cremas batidas de las galaxias, los encajes de sal en la piel morena y lisa y los peines que desenredaban su pelo en innumerables espejos reflejados unos en otros en torno a todo lo que se llamaba el mundo, hasta mis ojos últimos, mis ojos de berilio y sílice fundido, mis ojos de insecto gigantesco, de Gran Capricornio, de divinidad gramatológica en forma de chivo emplumado con élitros.
Después la visión se esfumó, pero su lección permanecía inscrita con letras de fuego en mi entendimiento: las lenguas —y antes que ellas las palabras, y antes que éstas los alfabetos y las letras, y antes aún, mucho antes que las letras, las corrientes de partículas elementales de las que el Verbo, exactamente como la materia o la luz, estaba hecho desde toda la eternidad— constituían un universo en expansión infinita (¡desplazándose hacia el rojo!), comunicando con el universo material que suscitaban continuamente por una red de innumerables arácneos pozos cósmicos (al modo, un poco ingenuo, con que ciertas especulaciones astrofísicas concebían, a través de agujeros negros vueltos «agujeros blancos», el paso de la materia a la «antimateria»).
¡La antimateria!
Desde luego, los monos mecanógrafos muy evolucionados que habían dado a luz esa tortuosa ficción no se imaginaban hasta qué punto estaban cerca de la deslumbrante sencillez de un descubrimiento que ciertos antiguos mitos religiosos disimulaban-designaban desde siempre: ¡el Verbo se hacía carne y la carne, Verbo!
Comprendí que la antimateria, la antigravedad, el otro universo fabuloso en el que se podía remontar el tiempo y entregarse a toda clase de contorsiones lógicas, era el Verbo; que el ciclón de gas ardiente que, antes de reducirse a nada tras el horizonte de todas las cosas, a trescientos millones de años luz, había emitido una radiación de fósforo y cloruros que hoy llegaba a mis ojos, iba a perderse, en otra faz de todo, en las infinitas espirales del Verbo; una parte del cual, tan inconcebiblemente minúscula en relación con ese mundo como el aire que yo respiraba en relación con el cosmos físico, iba a aniquilarse, a su vez, en materia mediante mis palabras… y ese engendramiento y esa destrucción, ese rotor primordial, eternamente.
Olivier Rolin, La invención del mundo, Reverso escrituras,ed.
Rferdia
Let`s be careful out there