Don DeLillo, Wittgenstein y la administración contemporánea de la realidad
De todos los aspectos del exilio, el silencio era el que menos me gustaba. Otras cosas no resultaban tan desagradables. El exilio compensa al desterrado ofreciéndole ciertas oportunidades. Por ejemplo, todos los días hacía un rato de meditación. Aquello siempre constituía un interludio encantador, porque no había nada sobre lo que meditar. Todos los días añadía una palabra nueva a mi vocabulario, escribía una carta a un ser querido y memorizaba el nombre de otro presidente de Estados Unidos y los años que había ocupado el cargo. Simplicidad, repetición, soledad, crudeza, disciplina sobre disciplina. Todo ello entrañaba beneficios, cosas que yo podía usar para hacerme más fuerte; al pequeño monje fanático que se aferraba a mi hígado le sentarían de maravilla aquellas sobras ascéticas. Y luego estaba la geografía. Estábamos en el medio del medio de la nada, en aquel terreno completamente llano y desnudo, que sugería el final del tiempo computado, y aquella espléndida sensación de lejanía de todo me inflamaba el alma. No me costaba nada imaginarme que en aquel lugar, donde los hombres decían la palabra civilización en tono nostálgico, se me buscaba por algún crimen terrible
Don DeLillo, Fin de campo, Austral contemporánea
A comienzos del siglo XX, Ludwig Wittgenstein todavía pudo imaginar que pensamiento, lenguaje y mundo compartían una misma arquitectura lógica. La proposición era capaz de figurar los hechos porque ambos órdenes obedecían a una forma común. El mundo, escribió en el Tractatus Logico-Philosophicus, no era la totalidad de las cosas, sino la totalidad de los hechos. Detrás de esa afirmación había algo más que una tesis lógica. Persistía aún la confianza en que la realidad poseía una estructura inteligible y en que el lenguaje, sometido a una disciplina rigurosa, podía orientarse dentro de ella sin quedar completamente extraviado.
Décadas después, Don DeLillo comenzó a narrar un paisaje muy distinto.
En las novelas del genio norteamericano, la experiencia ya no comparece directamente ante la conciencia porque llega precedida por sistemas de mediación que reorganizan la percepción antes incluso de que el sujeto alcance a formularla. Pantallas, estadísticas, lenguajes técnicos, publicidad, protocolos sanitarios, discursos periodísticos, teorías conspirativas, imágenes repetidas hasta el agotamiento. La realidad aparece administrada de antemano.
Ése es, probablemente, el gran tema de DeLillo.
No únicamente Estados Unidos. Tampoco la paranoia, los medios de comunicación o la muerte considerados aisladamente. Lo que sus novelas examinan con una precisión extraordinaria es el momento histórico en que la experiencia comienza a llegar recubierta por capas sucesivas de representación. El sujeto contemporáneo ya no se enfrenta al acontecimiento desnudo, sino a versiones previamente codificadas de ese acontecimiento. La información antecede a la experiencia. El discurso precede al hecho.
De ahí que la obra de DeLillo mantenga una relación tan fértil con Wittgenstein, no porque ambos compartan un mismo horizonte intelectual, sino porque permiten pensar el desplazamiento histórico entre dos formas radicalmente distintas de entender la relación entre lenguaje y realidad.
En el Tractatus, Wittgenstein todavía trabaja bajo la hipótesis de una correspondencia estructural entre ambos órdenes. Incluso cuando señala los límites del lenguaje, conserva la intuición de que existe una gramática profunda capaz de articular el mundo de forma inteligible. La célebre imagen de la escalera, que debe arrojarse después de haber sido utilizada, sugiere que el pensamiento puede orientarse dentro del mundo antes de reconocer sus propios límites, y las novelas de DeLillo parecen escritas después de la pérdida de esa confianza.
En Ruido de fondo, por ejemplo, el supermercado ocupa silenciosamente el lugar que antes pertenecía a los sistemas metafísicos de orientación. Sus pasillos producen una ilusión de estabilidad semejante a la que la lógica proporcionaba en el universo wittgensteiniano. Cada objeto parece ocupar una posición exacta dentro de un orden perfectamente clasificado. Las etiquetas tranquilizan. Las marcas ofrecen una sensación momentánea de orientación. Los personajes recorren esos espacios con una mezcla de fascinación y dependencia, como antiguos creyentes atravesando una catedral iluminada. Sin embargo, la estabilidad es puramente superficial.
La nube tóxica que atraviesa la novela no interrumpe la normalidad social; convive con ella. Los personajes continúan comprando detergentes, medicamentos y cereales mientras la amenaza se incorpora lentamente al paisaje cotidiano. DeLillo comprendió muy pronto que una de las características fundamentales de la modernidad tardía consiste precisamente en esa capacidad para absorber la catástrofe dentro de los mecanismos ordinarios de la vida diaria. Lo inquietante no es la suspensión del sistema, sino su continuidad.
Mientras otros novelistas norteamericanos de su generación descendían hacia los grandes mitos fundacionales o hacia arquitecturas paranoicas de enorme complejidad narrativa, DeLillo permaneció observando el presente inmediato. Cormac McCarthy exploró la violencia originaria enterrada bajo la historia del país. Thomas Pynchon convirtió la conspiración en una maquinaria narrativa expansiva. DeLillo eligió otro territorio. Escuchó el sonido de los aeropuertos, el rumor de las autopistas, el murmullo continuo de los televisores encendidos de madrugada, la sintaxis automática de la publicidad y el flujo ininterrumpido de información que atraviesa la vida cotidiana contemporánea, descubriendo ahí una metafísica.
Sus novelas no funcionan únicamente como diagnósticos culturales. Funcionan también como investigaciones sobre las condiciones contemporáneas de la percepción. Los personajes rara vez experimentan los acontecimientos de forma inmediata. Los reciben ya interpretados, clasificados o narrados por sistemas previos de mediación simbólica. La experiencia aparece subordinada a discursos que la anticipan y la organizan.
En ese contexto, la paranoia adquiere una función especialmente reveladora.
En Libra, la conspiración no opera simplemente como un mecanismo narrativo ni como una hipótesis política. Cumple una función casi teológica. Permite imaginar que detrás del caos persiste todavía una arquitectura secreta. Si alguien controla los acontecimientos, entonces el mundo conserva una forma inteligible. El verdadero terror comienza cuando sospechamos lo contrario: que la historia avance entre accidentes, improvisaciones, errores privados y fuerzas impersonales imposibles de totalizar narrativamente.
Por eso sus novelas producen una sensación tan extraña cuando terminan. El lector no abandona únicamente una ficción; abandona una determinada forma de percepción. Después de DeLillo, ciertos espacios cotidianos parecen desplazarse ligeramente. Un televisor encendido en mitad de la noche. La iluminación blanca de un supermercado vacío. El sonido de una autopista. Una conversación trivial durante una cena familiar. Todo adquiere una densidad inquietante, como si debajo de la superficie ordinaria circulara un ruido continuo difícil de nombrar.
Sin embargo, reducir su literatura a un diagnóstico pesimista sería un error.
Hay en DeLillo una atención constante hacia la fragilidad humana. Incluso en sus novelas más conceptuales persiste algo profundamente concreto: el miedo a la enfermedad, al envejecimiento, al fracaso o a la muerte. Sus personajes hablan sin cesar, sobre dietas, accidentes químicos, medicamentos, marcas comerciales o teorías conspirativas, porque el lenguaje funciona todavía como una forma precaria de contención frente al vacío. Hablan para sostener algo mientras el mundo pierde progresivamente espesor simbólico. Ahí aparece también una de las grandes virtudes estilísticas de DeLillo.
Muy pocos escritores contemporáneos han comprendido tan bien la relación entre lenguaje y atmósfera. Sus frases poseen una precisión extraordinaria porque nunca se limitan a describir objetos o situaciones. Registran modos de percepción. Una conversación banal puede desplazarse lentamente hacia una reflexión filosófica sin perder naturalidad. Una enumeración de productos comerciales puede adquirir la cadencia de una letanía contemporánea. Sus novelas piensan, desde luego, pero piensan narrando. Nunca sacrifican la respiración humana de la ficción en nombre de las ideas. Quizá por eso envejecen tan bien.
No porque anticiparan el futuro, sino porque captaron la textura espiritual de una época mientras estaba ocurriendo. DeLillo entendió antes que muchos sociólogos y filósofos que la gran transformación contemporánea no consistía únicamente en el exceso de imágenes o de información, sino en el desgaste progresivo de la relación entre experiencia y lenguaje.
En ese punto, la distancia entre Wittgenstein y DeLillo deja de ser puramente cronológica.
Entre ambos se desplaza una determinada relación entre conciencia, realidad y representación. La escalera lógica del Tractatus todavía aspiraba a esclarecer el mundo antes de desaparecer. Las novelas de DeLillo, en cambio, parecen asumir que el ruido nunca cesará completamente. No restauran una unidad perdida ni prometen una salida trascendente frente a la saturación contemporánea. Hacen algo más modesto y quizá más difícil: construir formas provisionales de orientación dentro de un paisaje cuya fragmentación constituye ya nuestra condición histórica ordinaria.
Rferdia
Let`s be careful out there