Muchos sostienen que el pensamiento metafísico y teologizante está creciendo hoy de nuevo, no sólo en la vida diaria, sino también en la ciencia. ¿Se trata aquí de un fenómeno general o sólo de un cambio restringido a ciertos círculos? La afirmación misma se comprueba fácilmente mediante una mirada a los temas de los cursos universitarios y a los títulos de las publicaciones filosóficas. Pero también el espíritu opuesto del iluminismo y de la investigación antimetafísica de los hechos se fortalece hoy en día, en la medida en que se torna consciente de su existencia y de su tarea. En algunos círculos, el modo de pensar fundado en la experiencia y contrario a la especulación se halla más vivo que nunca, y se ha fortalecido precisamente por la nueva oposición que ha surgido
Rudolf Carnap
Aunque está acercándose ya esa hora crítica en la que más de un detective privado, después de haber respirado suficientes dosis homeopáticas de humo de revólver, preferiría refugiarse en una mesa segura de algún despacho de la planta de arriba, Lew Basnight sigue creyendo que el trabajo de oficina no es otra cosa que una jubilación anticipada, y por eso insiste en morir con las botas puestas, todavía sobre el terreno. “Ahí me encontrarán, semanas después, o años, o tal vez nunca, en algún lugar remoto, siguiendo una pista que todo el mundo había olvidado. La tumba del sabueso. Hay un salón de tatuajes en Chicago, en North Clark, donde podrían grabártelo en la piel, si te interesa.»
Thomas Pynchon, A oscuras, Tusquets editores
Durante siglos, la idea de causalidad funcionó como uno de los pilares fundamentales del pensamiento occidental. Desde Aristóteles hasta la física clásica, la ciencia y la filosofía compartieron la convicción aparentemente indiscutible de que todo acontecimiento posee una causa precisa que lo explica. Comprender el mundo significaba descubrir esas conexiones necesarias que enlazaban unos fenómenos con otros y permitían interpretar la realidad como un orden inteligible.
La modernidad científica llevó esta idea a su máxima expresión. La física newtoniana ofrecía la imagen de un universo perfectamente regulado, una maquinaria inmensa en la que cada efecto derivaba rigurosamente de unas condiciones anteriores. Bajo esta perspectiva, el ideal del conocimiento consistía en alcanzar una descripción total del mecanismo causal del cosmos. Si se conocieran todas las variables, el futuro podría deducirse con exactitud. Sin embargo, el siglo XX alteró profundamente esta imagen.
La aparición de la física cuántica, junto con el desarrollo de nuevas corrientes en filosofía de la ciencia, obligó a replantear conceptos que parecían definitivamente asentados. Fenómenos como la indeterminación, los límites de la medición y el carácter probabilístico de ciertos procesos físicos pusieron en cuestión la vieja confianza en un universo completamente determinista. En medio de este desplazamiento intelectual emerge la figura de Moritz Schlick, uno de los pensadores fundamentales del neopositivismo lógico y una voz decisiva en la transformación contemporánea de la idea de causalidad.
Lo importante en Schlick no es que rechace la causalidad, sino la manera en que la redefine.
La tradición filosófica había tendido a entender la causalidad como una relación metafísica inscrita en la estructura misma de la realidad. Las causas aparecían como nexos necesarios y objetivos que la ciencia debía descubrir. Schlick desplaza radicalmente esta interpretación.
Para él, hablar de causalidad equivale, en esencia, a afirmar que los fenómenos del universo suceden conforme a leyes naturales. La causalidad deja así de designar una fuerza misteriosa o una conexión ontológica absoluta y pasa a entenderse como la existencia de regularidades formulables científicamente.
La cuestión ya no consiste en descubrir una supuesta necesidad oculta detrás de los fenómenos, sino en determinar si los acontecimientos pueden describirse mediante relaciones ordenadas y previsibles. Por eso, en el pensamiento de Schlick, causalidad y determinismo aparecen inicialmente ligados: afirmar que el universo es causal significa sostener que no ocurre de manera arbitraria, sino según ciertas regularidades racionales.
Ahora bien, Schlick introduce aquí una distinción fundamental. Una cosa es el concepto causal entendido como relación entre acontecimientos, la estructura lógica “si ocurre A, ocurre B”, y otra muy distinta convertir el principio de causalidad en una afirmación metafísica absoluta sobre el universo entero.
Esta diferencia refleja la actitud crítica del Círculo de Viena frente a las grandes construcciones metafísicas tradicionales. Para Schlick, la filosofía de la ciencia debe centrarse en el análisis lógico de los enunciados científicos y no en especulaciones acerca de supuestas esencias invisibles.
En la física moderna, los fenómenos no se describen mediante cualidades abstractas, sino a través de magnitudes medibles organizadas en el espacio y en el tiempo. La causalidad aparece entonces vinculada a la idea de orden.
No basta con que un acontecimiento suceda antes que otro. Lo decisivo es que exista una relación regular entre valores físicos comparables y mensurables. Allí donde puede establecerse una estructura ordenada entre variables, la ciencia puede formular leyes naturales. La causalidad adquiere así una dimensión eminentemente formal.
Las relaciones causales se expresan mediante funciones matemáticas capaces de representar regularidades observables. Una ecuación física no describe una “esencia metafísica” del universo, sino una determinada organización de relaciones cuantificables. El mundo se vuelve inteligible porque ciertos fenómenos admiten una formalización matemática estable.
Schlick concede gran importancia a este punto. La simplicidad de las funciones descriptivas suele considerarse un indicio de orden causal. Cuanto más coherente y sencilla resulta una formulación matemática, más adecuada parece para expresar una ley natural. Sin embargo, Schlick también advierte que este criterio posee un componente convencional. La simplicidad no depende únicamente de una fórmula aislada, sino de la economía global del sistema científico al que pertenece.
A partir de aquí, la causalidad deja de entenderse como una necesidad metafísica y pasa a relacionarse directamente con la capacidad predictiva de las leyes científicas.
Una regularidad causal se confirma cuando permite prever acontecimientos futuros y verificar posteriormente esas predicciones mediante la experiencia. La validez de una ley física no reside en revelar la “verdad última” del universo, sino en funcionar empíricamente.
La causalidad nunca puede verificarse de manera absoluta y definitiva. Ninguna ley científica queda demostrada para siempre. Lo único que puede hacerse es confirmar provisionalmente su eficacia mediante observaciones repetidas y predicciones cumplidas. La causalidad posee, por tanto, un carácter práctico, operacional y probabilístico.
Por eso Schlick rechaza convertir el principio causal en un dogma metafísico inmutable. Su legitimidad depende de la experiencia y de la capacidad de las teorías para producir regularidades verificables.
La relación de incertidumbre formulada por Werner Heisenberg mostró que existen límites fundamentales para conocer simultáneamente determinadas variables físicas con precisión absoluta. Ya no se trataba simplemente de una limitación técnica de los instrumentos de medición, sino de una restricción estructural vinculada a la propia naturaleza de los fenómenos microfísicos, y las consecuencias filosóficas fueron enormes.
La formulación clásica del principio de causalidad descansaba sobre la posibilidad de una predicción exacta. Si el estado presente del universo pudiera conocerse completamente, entonces también podría deducirse rigurosamente su evolución futura. La mecánica cuántica quebró esta imagen. Sin embargo, Schlick no interpreta esta situación como una destrucción de la causalidad. Lo que desaparece es la versión clásica del determinismo absoluto. Las leyes físicas continúan describiendo regularidades, aunque ahora muchas de ellas adopten una forma estadística o probabilística. El universo deja de comportarse como una maquinaria perfectamente transparente y comienza a mostrar zonas irreductibles de indeterminación. La causalidad, por tanto, no desaparece. Se transforma. Ya no garantiza una certeza absoluta sobre el comportamiento de los fenómenos, pero sigue funcionando como una norma metodológica indispensable para la investigación científica. Incluso allí donde sólo es posible hablar en términos probabilísticos, la ciencia continúa buscando estructuras de regularidad
En muchos fenómenos naturales no puede establecerse una previsión exacta de acontecimientos individuales, aunque sí una alta probabilidad de determinados comportamientos colectivos. La física moderna trabaja constantemente con este tipo de regularidades estadísticas.
Ahora bien, Schlick insiste en distinguir cuidadosamente entre causalidad y simple distribución probabilística.
La ausencia total de regularidad equivaldría al desorden absoluto, es decir, a la independencia completa entre acontecimientos. Pero la existencia de patrones estadísticos tampoco implica automáticamente una causalidad fuerte en sentido clásico.
Por eso Schlick rechaza las interpretaciones que identifican sin más probabilidad y causalidad. La regularidad estadística expresa cierto grado de orden, aunque no necesariamente una conexión causal rígida entre fenómenos individua
En último término, la propuesta de Schlick conduce a una reinterpretación profundamente moderna del principio causal.
La causalidad deja de presentarse como una verdad metafísica acerca de la estructura última del universo y pasa a entenderse como un principio regulador de la investigación científica. Su función consiste en orientar la búsqueda de regularidades, permitir la formulación de leyes y hacer posible la construcción de sistemas coherentes de previsión.
En este sentido, la causalidad funciona menos como una descripción absoluta de la realidad y más como una norma metodológica.
Incluso cuando la física cuántica limita las posibilidades de predicción exacta, el principio causal continúa guiando la elaboración de hipótesis y modelos científicos. La racionalidad científica no desaparece; simplemente abandona la pretensión de transparencia total que caracterizaba al viejo mecanicismo clásico. Ahí reside una de las intuiciones más importantes de Schlick.
La causalidad se fundamenta en la previsibilidad y en la validez práctica de las leyes físicas, dejando atrás su antigua fundamentación metafísica. Lo decisivo ya no es demostrar que existe una necesidad absoluta gobernando cada rincón del universo, sino comprobar hasta qué punto las leyes científicas permiten describir regularidades y anticipar fenómenos de manera eficaz. La física moderna terminó de consolidar esta transformación.
El universo dejó de aparecer como un mecanismo completamente cerrado y determinista. Las relaciones de incertidumbre mostraron que existen límites irreductibles para la predicción exacta y que ciertos fenómenos sólo pueden describirse probabilísticamente. Pero esta indeterminación no implicaba el colapso de la racionalidad científica. Más bien obligaba a pensarla de un modo nuevo.
Frente a la alternativa simplista entre un determinismo absoluto y un caos sin leyes, Schlick intenta elaborar una concepción más compleja de la causalidad. Una causalidad capaz de integrar orden e indeterminación sin recaer en los antiguos dualismos metafísicos.
De ahí surge lo que algunos intérpretes han denominado una “causalidad racémica”. Por un lado, existe una causalidad actual, ligada a la regularidad efectiva de los fenómenos y a la capacidad predictiva de las leyes físicas. Pero junto a ella aparece también una causalidad potencial, abierta a márgenes de probabilidad, contingencia e indeterminación que la física cuántica vuelve imposibles de ignorar.
La realidad deja entonces de presentarse como una cadena rígida y completamente necesaria de causas y efectos. Se convierte, más bien, en un campo dinámico donde orden y apertura coexisten.
Esta reinterpretación posee consecuencias filosóficas profundas. Porque si el universo no está absolutamente cerrado bajo un determinismo mecánico, también se abre un espacio para pensar fenómenos que la modernidad clásica tendía a excluir o reducir: la libertad, la creatividad, la decisión e incluso aquello que tradicionalmente se llamó espíritu.
No se trata de reinstaurar antiguas metafísicas religiosas dentro de la física, sino de reconocer que el viejo modelo mecanicista ya no basta para describir toda la complejidad de lo real.
La importancia histórica de Schlick consiste precisamente en haber comprendido que la crisis del determinismo no debía conducir ni al irracionalismo ni al retorno de los absolutos metafísicos. Su propuesta abre una vía intermedia: una interpretación lógico-sintáctica de la causalidad donde las leyes científicas continúan siendo fundamentales, aunque entendidas ahora como construcciones operativas, revisables y parcialmente abiertas.
Quizá esa sea todavía hoy una de sus intuiciones más modernas. Comprender que el conocimiento científico no necesita apoyarse en certezas metafísicas inamovibles para conservar su rigor. A veces basta con algo más humilde : aceptar que el mundo puede ser inteligible sin ser completamente previsible.
Rferdia
Let`s be careful out there