I was looking back to see if You were looking back at me To see me looking back at you.

Massive Attack, Safe from Harm

Bajo el cielo vacilante de Flandes, oscilando entre aguaceros súbitos y aperturas luminosas, apareció el arco iris como un notario que certifica de antemano lo que aún no ha sucedido. Podría pasar por ser una greguería de Gómez de la Serna pero no lo es . Y es que después de una nueva exhibición de autoridad, tras desmantelar uno a uno a sus rivales, Tadej Pogačar, envuelto en su maillot arcoíris de campeón del mundo, conquistó este domingo su tercer Tour de Flandes.

Así, dos semanas y un día después de haberse embolsado su primera Milano-Sanremo, Tadej Pogačar suma ya 12 Monumentos en su palmarés, uno más que Roger De Vlaeminck; sólo Eddy Merckx sigue por delante en este registro (19), y a este paso, no por mucho tiempo.

El Tour de Flandes no se deja fijar en un relato estable. Cada año parece dispuesto a plegarse a una expectativa, los nombres, las cuentas, la lógica de los Monumentos y, sin embargo, en el punto preciso introduce una variación mínima que lo desplaza. Esta vez no hubo desviación. Hubo reiteración. Y la reiteración, en Flandes, vuelve más difícil de interpretar lo ocurrido.

A dieciocho kilómetros de meta, en el tercer paso por el Kwaremont, Tadej Pogačar repite un gesto que ya no es exactamente un gesto. No hay cambio brusco de ritmo, no hay violencia visible. Se trata más bien de una continuidad que, de pronto, deja de ser compartida. La bicicleta sigue avanzando igual; lo que cambia es quién puede sostener ese avance.

Detrás, Mathieu van der Poel no cede como quien pierde, sino como quien queda fuera de una frecuencia. Unos metros primero, luego una ligera torsión del cuerpo, después esa forma de dar chepazos sin descoyuntarse del todo. Nada se quiebra. Simplemente, algo deja de coincidir con la elegancia natural que el superclase neerlandés tiene de montar en bicicleta. Ahí es nada.

Antes, la carrera había intentado organizarse en torno a una promesa reconocible: los cuatro nombres, la expectativa de equilibrio, la posibilidad de una disputa abierta. Wout van Aert se había descolgado a 55 km de meta; Remco Evenepoel había perdido la rueda en el Paterberg… No hubo un momento decisivo que pudiera señalarse con claridad. Más bien una secuencia de ajustes que dejaron de sostenerse.

En este terreno, la voluntad tiene un alcance limitado. El pavé no se opone frontalmente, pero tampoco cede. Introduce pequeñas variaciones, una piedra mal tomada, un cambio de viento, un ritmo que se desplaza apenas, que acaban reorganizando la totalidad sin anunciarlo.

Resulta difícil no pensar en ciertas formulaciones de Roberto Calasso, en esa idea de un “orden en el movimiento”, de una inteligencia que no fija, que circula entre opuestos, que sabe desaparecer después de haber alterado el equilibrio. Hay algo en la manera de actuar del corredor esloveno que se aproxima a eso. No acumula dominio; lo disuelve en el propio desarrollo de la carrera.

Como en la pintura de Pieter Brueghel el Viejo, ninguna figura concentra el sentido. Todo ocurre a la vez en distintos planos sin que uno prevalezca de manera definitiva. Flandes comparte esa estructura. El pelotón no es una unidad, sino una suma de trayectorias que coexisten hasta que dejan de hacerlo.

Lo que se vio en el Kwaremont no fue un ataque en el sentido clásico. Fue una separación que ya estaba contenida en la propia dinámica de la carrera. Como si el movimiento, al intensificarse, hubiera reducido el número de cuerpos capaces de permanecer dentro.

A partir de ahí, lo que queda es una progresión sin espejo. Pogačar continua pero ya no frente a nadie. Los nombres que aparecían en las papeletas para la victoria en la carrera desaparecen como referencias útiles. El tiempo se vuelve más homogéneo, menos legible. No hay respuesta posible porque ya no hay pregunta compartida.

En Oudenaarde, la llegada no añade información. El gesto final, os brazos, la línea, la celebración, ocurre después de lo decisivo. La diferencia no se ha establecido entre corredores, sino dentro de una misma línea de esfuerzo.

Quizá por eso persiste la sensación de que no se trata de que Pogačar haya sido mejor que los otros. Se trata de que, en un punto preciso, ha dejado de medirse con ellos. Y lo que queda, cuando eso ocurre, no es una victoria en el sentido habitual, sino otra cosa más difícil de fijar: una forma de continuidad que sólo puede sostenerse desde dentro.

Dentro de una semana, armado con una confianza de hormigón armado, intentará conquistar la París-Roubaix, la única de las cinco grandes clásicas que aún se le resiste. Pase lo que pase, será otra fiesta del ciclismo, y este año, Dios mediante, Daniel y yo, estaremos allí para verlo.

Rferdia

Let`s be careful out there