Aurea mediocritas» (La dorada medianía) 

Horacio

«Penser, c’est dire non.»

Alain

Pensar comienza muchas veces por una interrupción. Algo comparece ante nosotros con la apariencia tranquilizadora de lo evidente, una opinión repetida, una costumbre, una convicción propia, una autoridad a la que hemos aprendido a conceder crédito, y la inteligencia suspende por un instante su asentimiento. Ese intervalo, casi imperceptible, contiene ya una forma elemental de resistencia. Antes de saber qué afirmará, el pensamiento ha dejado de aceptar.

Cuando Alain escribió en 1924 que «pensar es decir no», no proponía una apología de la obstinación ni convertía al filósofo en profesional del desacuerdo. Su afirmación resulta bastante más incómoda. El primer destinatario de ese «no» no es el mundo, el tirano o el predicador, sino la propia conciencia cuando se abandona al consentimiento. Pensar obliga a separarse momentáneamente de aquello que uno mismo piensa, colocar la creencia a cierta distancia y someterla a examen. La inteligencia comienza desconfiando de su comodidad.

Entendido de este modo, todo pensamiento contiene una negatividad constitutiva. Determinar algo exige distinguirlo de aquello que no es; elegir supone descartar posibilidades; juzgar obliga a introducir diferencias allí donde la percepción inmediata entrega una continuidad todavía confusa. Incluso la afirmación más sencilla arrastra consigo una frontera. Decir que algo es verdadero significa excluir, al menos provisionalmente, aquello que lo volvería falso. El «no» no comparece después para contradecir: trabaja silenciosamente en el interior mismo del juicio.

Reducir esa negatividad a una operación lógica sería, sin embargo, quedarse demasiado pronto en la superficie. La experiencia intelectual comienza a menudo cuando una palabra, una doctrina o una interpretación que hasta entonces parecían suficientes dejan de serlo. La pregunta filosófica nace de esa resistencia. Lo recibido ya no encaja enteramente con lo observado; una explicación demasiado cómoda deja ver sus costuras; aquello que repetíamos sin dificultad reclama de pronto una justificación. Pensar introduce una demora entre el estímulo y la adhesión.

La historia de la filosofía podría recorrerse siguiendo distintas formas de esa interrupción. Sócrates desarma la seguridad de quien cree saber obligándolo a acompañar sus propias afirmaciones hasta el punto en que empiezan a contradecirse. Descartes suspende cuanto admite alguna posibilidad de duda para averiguar qué puede resistirla. Kant limita las pretensiones de la razón e impide que confunda sus condiciones de conocimiento con la estructura absoluta de las cosas. Nietzsche dirige la sospecha hacia los valores que se presentan como eternos y pregunta por las fuerzas, necesidades e intereses que los produjeron. En todos esos casos, negar no constituye el término del pensamiento, sino el movimiento mediante el cual este se desprende de una evidencia para examinarla.

Derrida puede incorporarse a esta genealogía, aunque no como autor de la fórmula de Alain. Su importancia aparece en otro punto. La deconstrucción impide que el «no» se instale cómodamente fuera de aquello que cuestiona. Las oposiciones de las que nos servimos, presencia y ausencia, naturaleza y cultura, identidad y diferencia, habla y escritura, rara vez permiten una distribución tan limpia como suponíamos. Criticar una jerarquía exige descubrir hasta qué punto nuestro propio lenguaje participa de ella. La resistencia vuelve entonces sobre quien resiste y le impide imaginar que contempla desde un exterior incontaminado aquello que somete a crítica.

Ese retorno de la crítica sobre sí misma resulta decisivo. Decir «no» al pensamiento ajeno es relativamente fácil; convertir la negativa en examen de las propias convicciones exige bastante más. El dogmático también niega, y a menudo con extraordinaria energía. Rechaza cuanto contradice su doctrina precisamente porque ha renunciado a pensarla. La intensidad de la oposición no garantiza, por tanto, ninguna independencia intelectual. Puede ocurrir lo contrario: cuanto más automático sea el rechazo, más profundamente estará actuando una obediencia que permanece inadvertida.

La diferencia entre pensamiento y reflejo reside en la capacidad de demorarse ante la propia certeza. Una inteligencia crítica no pregunta únicamente qué debe rechazar, sino por qué desea hacerlo, desde qué presupuestos juzga y qué tendría que suceder para obligarla a modificar su posición. La negativa adquiere valor intelectual cuando conserva abierta la posibilidad de rectificación. Sin ella, el «no» degenera en gesto, carácter o pose.

Algo semejante sucede en el terreno moral. Ciertas situaciones exigen una negativa inequívoca: frente a la crueldad, la humillación o la injusticia, abstenerse de consentir puede constituir la forma más elemental de responsabilidad. Pero incluso entonces el valor del rechazo no procede de la palabra con que se expresa, sino del juicio capaz de sostenerlo. La ética comienza mucho antes del gesto espectacular de oposición; comienza cuando uno deja de aceptar como normal aquello que la costumbre, la conveniencia o el miedo habían vuelto tolerable.

Nuestra época concede a esta vieja cuestión una actualidad particular. Nunca había resultado tan sencillo asentir. Una pantalla ofrece sin descanso opiniones ya formuladas, preferencias calculadas, indignaciones disponibles, frases concebidas para ser repetidas antes que examinadas. La velocidad favorece el reconocimiento y castiga la demora; reaccionar parece más natural que juzgar. Bajo esas condiciones, pensar exige recuperar un derecho modesto y difícil: no responder inmediatamente, no compartir todavía, no incorporarse sin examen a la unanimidad del instante.

Ese «no» tampoco necesita exhibirse. La resistencia intelectual más fértil suele ser menos ruidosa que la rebeldía profesional. Puede consistir en releer una frase, exigir una prueba, retirar una palabra demasiado cómoda, soportar durante algún tiempo una contradicción sin precipitarse a resolverla. Frente a la abundancia de posiciones disponibles, la inteligencia se reconoce también por aquello a lo que se niega a conceder asentimiento prematuro.

El refinamiento, si queremos conservar la palabra, tendría que entenderse desde aquí. No consiste en pertenecer a una minoría que desprecia los gustos de una mayoría ni en oponer una supuesta elevación espiritual a la vulgaridad ajena. Consiste en afinar la capacidad de discriminación hasta percibir diferencias que una mirada apresurada confunde. El gusto mismo pierde dignidad cuando se utiliza como certificado de superioridad y la recupera cuando expresa una atención educada, capaz de justificar sus preferencias sin convertirlas en jerarquías humanas.

Pensar es decir no, pero el verdadero alcance de la fórmula aparece cuando la negativa pierde su comodidad. No basta con rechazar lo que viene de fuera. La inteligencia debe conservar fuerza suficiente para interrumpir su propia marcha, volver sobre las evidencias que la sostienen y preguntarse cuánto pensamiento queda todavía en aquello que ya no siente necesidad de examinar. La disciplina del «no» encuentra ahí su exigencia más alta: no en la oposición al mundo, sino en la resistencia a esa parte de nosotros mismos que preferiría dejar de pensar justo en el momento en que empieza a sentirse segura.

Lady day, Lou Reed

Rferdia

Let`s be careful out there