«Leer, leer un libro es, como todas las demás ocupaciones propiamente humanas, una faena utópica.»
José Ortega y Gasset, «Qué es leer»
Leer empieza muchas veces con un contratiempo. Llegamos al final de una frase cuyas palabras, consideradas una a una, conocemos perfectamente, y descubrimos que no hemos entendido nada, o que hemos entendido algo que la frase siguiente se encarga de desmentir, o que cierta palabra, tan familiar hasta entonces, ha adquirido en compañía de las otras un significado que no acertamos a precisar. Volvemos al comienzo, buscamos el antecedente de un pronombre, repasamos una subordinada que habíamos atravesado con excesiva confianza y, cuando por fin creemos haber dado con el sentido, advertimos que el párrafo anterior exige también una segunda lectura. No hemos entendido. Solemos tomar ese momento por una insuficiencia que conviene remediar cuanto antes, cuando bien pudiera ser una de las experiencias propias de la lectura.
Durante mucho tiempo he pensado en los libros de una manera más hospitalaria. Leer era entrar y salir de uno mismo, escuchar y responder, añadir experiencias a la experiencia propia. Lo sigo pensando. Pocas formas de felicidad conozco comparables a la de quedar absorbido durante horas por un libro y descubrir después que el mundo ha seguido funcionando sin nosotros. También he creído que los libros curan. Algunos lo hacen y otros, afortunadamente, no. Una lectura puede introducir inquietud donde había una certeza confortable, volver sospechosa una convicción antigua o dejarnos una pregunta que no teníamos antes de abrir el libro. Kafka no tiene obligación de repararnos; tampoco Bernhard. Exigir a la literatura que nos devuelva siempre reconciliados con nosotros mismos sería asignarle una función bastante pobre y, a la larga, monótona.
Los libros ensanchan una vida también porque no obedecen enteramente a lo que esperamos obtener de ellos. Buscamos consuelo y encontramos perturbación; acudimos en busca de una respuesta y salimos con el problema mejor planteado. Una sola existencia admite así voces de muertos, ciudades donde nunca estuvimos y pensamientos que difícilmente habríamos alcanzado solos. La biblioteca que uno reúne con los años ofrece una imagen bastante exacta de semejante abundancia, aunque basta con detenerse ante sus estantes para descubrir que la mayor parte de los volúmenes esperan todavía su turno, que algunos llevan aguardándolo desde hace décadas y que otros, adquiridos con la firme intención de leerlos inmediatamente, han terminado sepultados detrás de una segunda fila de libros cuya compra obedeció, por supuesto, a una urgencia no menos imperiosa. Uno empieza a sospechar que la biblioteca está calculada para una vida considerablemente más larga que la suya.
La palabra texto guarda una imagen extraordinariamente concreta. Procede del latín textus: tejido, trama, entrelazamiento. La etimología ha sufrido de tanto repetirse, pero todavía dice algo si se la deja trabajar. En un tejido importa menos el hilo aislado que las relaciones que establece con los demás, por dónde pasa, dónde se cruza, qué sostiene. Podemos conocer todas las palabras de una frase y no haber comprendido la frase. Quintiliano lo había observado al estudiar la compositio: verba eadem qua compositione vel in textu iungantur vel in fine cludantur. Unas mismas palabras modifican su eficacia según el modo en que se unen en el discurso o cierran el periodo. Una palabra que parecía desempeñar un papel secundario puede adquirir, por obra de otra situada mucho más adelante, una importancia que nadie le habría concedido al encontrarla por primera vez; una subordinada modifica el alcance de una afirmación que dábamos por concluida, y a veces basta con que el verbo, retenido hasta el último momento, comparezca finalmente en la frase para que cuanto habíamos ido reuniendo durante su lectura tenga que ordenarse de nuevo, con el pequeño disgusto de descubrir que nuestra primera interpretación, tan satisfactoria mientras duró, no servía para gran cosa.
Hay que saber qué significan las palabras y averiguar después qué están haciendo precisamente allí. Una acepción tendrá que descartarse; otra nos devuelve al párrafo anterior; una ironía modifica retrospectivamente una afirmación que habíamos tomado en serio. Tampoco el texto ha caído del cielo. Lo preceden una lengua en cierto momento de su historia, unas convenciones sociales, conflictos, tradiciones literarias, prejuicios que el autor comparte y otros contra los que escribe. Llamamos contexto a todo ello, con el peligro de imaginarlo alrededor de la obra como algo exterior. Parte de ese mundo está ya dentro de las frases.
Analizar consiste en acercarse todavía más, desmontar sin confundir el desmontaje con la destrucción: preguntarse por qué este adjetivo y no otro, por qué aquí el periodo se prolonga mientras unas páginas después se corta, qué consigue una repetición, por qué una imagen descubre algo que el concepto no alcanzaba y otra se limita a vestir lo que ya sabíamos. Poner nombre al procedimiento ayuda poco si el nombre sustituye al examen. Reconocer una anáfora y no preguntarse qué hace en ese pasaje convierte el análisis en inventario. Lo interesante empieza cuando la descripción del recurso nos devuelve a la obra y nos hace ver algo que antes no habíamos visto.
Estas operaciones necesitan tiempo. Nada impide acudir a una explicación. Llevamos siglos leyendo con diccionarios, comentarios, ediciones anotadas y profesores, y sería bastante extravagante renunciar a ellos precisamente cuando más falta nos hacen. Pero entre la primera lectura y el momento de pedir auxilio transcurre a veces un intervalo difícil de justificar ante quien espera resultados: volvemos sobre una palabra, ensayamos una interpretación que se viene abajo dos líneas después, buscamos una relación con el párrafo anterior, regresamos de nuevo y acabamos sospechando que el problema se encuentra en un lugar distinto de aquel donde habíamos empezado a buscarlo. Puede que no consigamos resolverlo. Puede también que, al consultar finalmente una nota, descubramos que llevábamos un buen rato equivocados. El tiempo empleado no queda por ello enteramente perdido: ahora sabemos al menos qué nos impedía comprender y por qué la solución que acabamos de recibir responde a una dificultad que hemos llegado a conocer.
De ahí puede proceder una de las consecuencias menos evidentes de leer. El lector acaba acostumbrándose a dejar una demora entre lo que alguien afirma y lo que él está dispuesto a concederle. Comprender una proposición no obliga a aceptarla. Una palabra solemne puede encubrir una idea trivial, un argumento impecablemente construido descansar sobre una premisa falsa y una hermosa metáfora conseguir que tardemos más de la cuenta en advertir la pobreza de lo que embellece. Antes del acuerdo o del rechazo hay un trabajo menos vistoso: enterarse bien de qué se está diciendo.
Esa costumbre no desaparece necesariamente al cerrar el libro. Fuera de la literatura vivimos también entre palabras que solicitan nuestra adhesión: una noticia, una sentencia judicial, un programa electoral, un anuncio, una estadística, las condiciones que aceptamos sin leer al instalar una aplicación, una declaración pública, un contrato bancario. Cada discurso pide una lectura distinta y sería absurdo tratarlos como si fueran capítulos de una novela. Comparten, sin embargo, el hecho de que alguien ha dispuesto unas palabras de cierta manera para producir determinados efectos. Vuelve entonces, sin necesidad de invocarla, la vieja intuición contenida en textus. Importa qué se relaciona con qué, qué término se escoge, cuál falta, qué presupuesto ha quedado sin formular. La lectura atenta no vacuna contra el engaño —la historia está llena de magníficos lectores que creyeron cosas disparatadas—, pero dificulta al menos que entreguemos el juicio a la primera.
Como padres y educadores, proclamamos la autonomía del alumno mientras perfeccionamos los procedimientos destinados a evitarle algunos de los momentos en que esa autonomía podría ejercitarse. Al texto difícil le sigue inmediatamente el resumen; a la pregunta, su solución; a una interpretación todavía vacilante, la seguridad de la explicación autorizada. También el profesor puede convertirse, sin darse cuenta, en alguien que despeja demasiado pronto la dificultad que debía ayudar a atravesar. Y el alumno aprende entonces algo muy distinto de lo que queríamos enseñarle: cuando algo no se entiende, ya vendrá alguien a entenderlo por nosotros.
La inteligencia artificial ha dado a esa posibilidad una eficacia desconocida. Le entregamos el párrafo que se nos resiste y recibimos en segundos una explicación clara, ordenada y acaso mejor que la que nosotros habríamos alcanzado después de una tarde entera de tanteos. Sería difícil reprocharle semejante competencia, sobre todo si recordamos cuántas veces hemos agradecido que un profesor nos ahorrase una búsqueda inútil o que una nota a pie de página resolviese en dos líneas lo que nos habría costado horas averiguar. La dificultad empieza cuando esa ayuda llega antes de que hayamos tenido ocasión de precisar siquiera qué nos desconcierta. Obtenemos una respuesta excelente para una pregunta que todavía no hemos aprendido a formular.
El diccionario, la edición crítica, el profesor y la máquina pueden acudir en nuestra ayuda, aunque su intervención no tiene siempre el mismo efecto. Hay ocasiones en que necesitamos una respuesta inmediata y otras en que conviene haber recorrido previamente algunos caminos equivocados, siquiera para reconocer después por qué lo eran. Ninguna regla permitirá decidirlo de una vez para siempre. El profesor que deja al alumno abandonado ante una dificultad que no puede resolver por sí solo habrá enseñado tan poco como aquel que se apresura a explicárselo todo; ambos pueden terminar ahorrándole, por procedimientos opuestos, la experiencia de comprender.
Visto desde aquí, aquel gesto inicial de regresar unas líneas atrás resulta menos insignificante. Habíamos empezado con una frase que no se entendía. Para comprenderla fue necesario atender a las palabras y a sus relaciones; estas remitieron a otras partes del texto y luego a un mundo que había dejado huellas en él. Al intentar distinguir lo que la frase decía de aquello que nosotros queríamos encontrar apareció además cierta disciplina del juicio. No habíamos abierto el libro para aprender una teoría de la libertad, pero leer nos había obligado a practicar algo bastante cercano: no dar inmediatamente por bueno lo que teníamos delante.
Por eso desconfío de una pedagogía demasiado impaciente por despejar obstáculos. No todo texto oscuro merece esfuerzo, ni toda dificultad esconde una recompensa; hay libros malos y frases a las que sencillamente les vendría bien que alguien las escribiera de nuevo. Pero entre la dificultad inútil y la respuesta instantánea queda un espacio que convendría no clausurar. Allí uno prueba, se equivoca, vuelve atrás, cambia de opinión y, alguna vez, comprende. En una época que ha reducido casi a cero la distancia entre formular una pregunta y obtener una respuesta, una parte de la lectura puede consistir simplemente en darse tiempo antes de recorrerla.
A veces basta con volver a la frase y leerla otra vez.
«El libro es una criatura frágil. Sufre el paso del tiempo, el acoso de los roedores y las manos torpes, así que el bibliotecario protege los libros no sólo contra el género humano sino también contra la naturaleza, dedicando su vida a esta guerra contra las fuerzas del olvido.»
Umberto Eco, El nombre de la rosa
Algunas lecturas
José Ortega y Gasset, «Qué es leer», en Comentario al «Banquete» de Platón, Obras completas, vol. IX, Fundación José Ortega y Gasset–Taurus.
Wolfgang Iser, El acto de leer. Teoría del efecto estético, Taurus.
Maryanne Wolf, Lector, vuelve a casa. Cómo afecta a nuestro cerebro la lectura en pantallas, Deusto.
Rferdia
Let`s be careful out there