«Si eres Hijo de Dios, di que estas piedras se conviertan en pan»

Mateo 4,3

¿Quién hace de piedras pan sin ser el Dios verdadero?

Francisco de Quevedo

Para Monsieur Daniel, por su amistad, y porque también él estuvo allí.

La memoria no es fluida, no representa un continuo. Opera a saltos. Se manifiesta en golpes, en sacudidas, en cuadros que no terminan de encajar. Así se entra en la Trouée ( brecha ) de Arenberg, en ese infernal sector 19 de la París-Roubeaix, catalogado como 5 estrellas que lejos de atravesarse como un camino, se impone como un vórtice metafísico hacia el interior del dolor. Al atravesarlo se abandona toda esperanza porque dentro de él, uno es expuesto a una secuencia de fragmentos: la línea recta que corta el bosque, el primer impacto, la inmediata pérdida de toda ilusión de control, una vibración continua que persigue descoyuntarte. Y, sin embargo, lo que ahí ocurre no se deja decir del todo: hay algo que no consiente en formularse, y la brecha, como ciertas experiencias límite, desborda toda explicación y se instala en el cuerpo

La Trouée se fija en el mapa con una precisión incompatible con toda lógica de itinerario. : 50.379° N, 3.414° E, en Wallers, Hauts-de-France. Dos kilómetros y trescientos metros de pavé sin concesiones, una recta que no negocia nada y unos adoquines que más que formar parte del suelo operan como un dispositivo. Bloques irregulares de granito y arenisca, separados por huecos inestables, desplazados por el tiempo y la humedad, asentados sobre una base que nunca termina de fijarse. La rueda no encuentra continuidad. El cuerpo no encuentra ritmo. Cada impacto es singular, pero todos obedecen a una misma ley: la negación de la fluidez. Hay aquí algo que Nietzsche habría reconocido sin dificultad: no se trata de superar la resistencia, sino de dejarse medir por ella. Una forma de presión que recuerda a esos dispositivos antiguos en los que el cuerpo no se rompe de golpe, sino que es llevado progresivamente a su límite.

Y entonces la sensación, nítida, casi insoportable de que el cerebro salta dentro del cráneo como si bajo las piedras alguien trabajara sin descanso. Como si, bajo los adoquines, en una profundidad que no se ve pero se oye, los nibelungos de Alberich martillearan sin cesar, repitiendo ese ritmo metálico y obstinado que convierte el trabajo en pura insistencia sonora, en el que cada golpe no se limita a la superficie y reorganiza el cuerpo desde dentro. Lo que se descompone entonces no es solo el trayecto, sino la forma misma de percibirlo.

Richard Wagners «Ring des Nibelungen»

Al mismo tiempo, la presencia del bosque encuadra la violencia. Robles, hayas… Una masa densa, húmeda, donde la luz se filtra y el horizonte queda retenido entre los troncos. El suelo, cargado de agua, devuelve el sonido y lo multiplica. La Trouée no pertenece a ese espacio, lo interrumpe. Es una incisión mineral en una materia orgánica que tendería a cerrarse y que, sin embargo, no puede hacerlo. Podría pensarse, con Martin Heidegger, que no todo claro es un vacío, sino una apertura donde algo se deja ver. Pero aquí la apertura es un umbral hacia una experiencia mística. La brecha no ofrece consuelo , dispensa una claridad que no concede tregua.

Por eso el sector 19 de la Paris-Roubaix no puede entenderse como un simple tramo a mitad de camino de una meta. Funciona como una Zona en el sentido de Stalker: un territorio que exige atención y desbarata cualquier automatismo. La bicicleta, fuera de ahí es una máquina de precisión; dentro, se convierte en un instrumento de negociación con piedras intratables que no entienden de allanamientos. Se trata de permanecer el tiempo suficiente como para que algo tenga lugar. La brecha se recorre sometiéndote a una exposición constante. No es el destino lo que importa, sino lo que se altera en quien entra.

Y entonces la pregunta, inevitable, ¿qué llevó al primero que decidió introducir una prueba ciclista por ahí? La respuesta no remite a una decisión técnica ni a una lógica de optimización. Surge en 1968, y tiene nombre: Jean Stablinski. Pero más que un corredor, Stablinski había sido trabajador del subsuelo en esa misma zona de Wallers–Arenberg; conocía ese tramo no como superficie a recorrer, sino como espesor vivido. Cuando propuso su inclusión, aceptada por Jacques Goddet, no estaba añadiendo una dificultad, sino restituyendo algo que ya estaba allí, latente. No hubo cálculo en ese gesto, sino una intuición que roza lo irracional: reconocer en esa franja una verdad que solo se manifiesta cuando la materia deja de servir y empieza a resistirse. No introducir un obstáculo, sino desplazar el sentido mismo de la experiencia.

Después, expulsado por el bosque, lo que queda no es una narración, sino un collage de sensaciones. Fotografías sueltas, instantáneas gastadas: las manos endurecidas, la rueda buscando una línea inexistente, el sonido seco de la piedra. Algunas imágenes se relacionan entre sí; otras quedan fuera de lugar; otras, uno lo sospecha, quizá ni siquiera ocurrieron así. Pero insisten en permanecer, insisten en quedarse.

El intento de darles sentido es posterior. Es ya un trabajo de costura. Parches, remiendos, hilos, retazos que crean la ilusión de un todo porque el sector 19 no conduce a ningún lugar que justifique lo anterior. Es, más bien, una medida. Un punto en el que la vida, enfrentada a aquello que la excede, se ve obligada a sostener lo que no puede integrar. Y sin embargo, en esa insistencia, precaria, inestable, algo persiste. Algo se mantiene en pie: la absoluta seguridad de que algun día regresarás para recorrerlo de nuevo.

Nota bene.

Casi olvido decirlo : la Trouée de Arenberg no es un tramo de cinco estrellas y permanece fuera de toda escala del dolor.

Rferdia

Let`s be careful out there