Algunos lugares no ocupan una posición en el espacio, sino en la imaginación. La Antártida no es el sur: es el abajo. El pozo donde el tiempo parece haber ido cayendo lentamente hasta confundirse con el hielo
Claudio Magris, Cruz del Sur
Un amigo me pregunta por qué sigo leyendo ladrillos de 800 páginas si ya casi todo puede resumirse.
No le respondo inmediatamente.
Pienso en una bicicleta.
Nunca he montado en bicicleta porque tuviera prisa.
Tampoco he leído para saber más.
Hay actividades cuyo resultado importa menos que la forma que adquiere el tiempo mientras ocurren.
Pedalear.
Leer.
Las dos exigen una confianza parecida.
Aceptar que uno sólo verá una parte.
Que el camino seguirá después de nosotros.
Que la frase tampoco terminará donde creemos.
La primera bicicleta que tuve pesaba más que un ladrillo de 800 páginas
Los primeros libros también, aunque tuviesen menos.
Durante semanas sólo entendía fragmentos.
Aprendí rápido que avanzar y comprender son verbos distintos.
Se habla mucho del contenido de los libros.
Como si el libro fuera una caja.
Pocas veces se habla de su inclinación.
Hay libros que obligan a bajar un piñón.
Libros que toman las curvas demasiado rápido.
Libros que dejan una ligera fatiga en las piernas.
Otros tienen algo de camino de servicio, de senda secundaria, de carretera vieja.
No conducen a ninguna parte importante.
Por eso permanecen.
Durante mucho tiempo el lector fue alguien que reunía.
Reunía citas.
Fechas.
Ideas.
Era una figura próxima al coleccionista.
Hoy el resumen ha empezado a hacer ese trabajo mejor y más deprisa.
No importa.
Nunca le pedimos realmente eso a la lectura.
Nadie recobra un libro porque recuerde bien su argumento.
Recobramos un libro por una habitación.
Por una frase.
Por una forma del aire.
En bicicleta uno descubre algo que cuesta aceptar.
El mapa no contiene el trayecto.
Sólo lo promete.
Entre una curva y otra siempre aparece algo que no estaba previsto.
Un perro.
Una conversación.
Un olor.
Una sombra.
El cansancio.
La lectura funciona igual.
Por eso desconfiaría de quien leyera sólo para extraer.
Hay personas que leen como quien desmonta una casa para recuperar los clavos.
Cada vez entiendo menos la biblioteca como una fortaleza.
La imagino más bien como un conjunto de cobijos.
Pequeñas construcciones provisionales.
Unas hechas con recuerdos.
Otras con citas.
Otras con errores.
Algunas con materiales muy pobres.
Paja.
Nieve.
Pegamento.
Papeles doblados.
No refugios.
Sólo lugares donde descansar un momento antes de seguir.
También cambió algo en nuestra manera de admirar.
Durante mucho tiempo respetamos lo pulido.
El acabado.
La perfección.
Ahora que casi todo puede corregirse, empieza a importar otra cosa.
Una voz.
Una torpeza reconocible.
Una forma particular de mirar.
Como ciertas bicicletas que vamos acumulando.
No son mejores.
Pero obligan al cuerpo a estar más despierto.
Hay autores que parecen instituciones.
Otros parecen personas.
Los primeros producen seguridad.
Los segundos compañía.
Con los años uno descubre que necesita ambas cosas.
Pero relee más a menudo a quienes dejaron una respiración que a quienes dejaron un sistema.
El paisaje nunca llega entero.
La memoria tampoco.
Cuando recuerdo una ruta no recuerdo kilómetros.
Recuerdo una verja oxidada.
Un puente.
Una bajada.
Cuando recuerdo un libro ocurre algo parecido.
Una frase.
Un abrigo.
Un perro.
Una bicicleta apoyada contra una pared.
Quizá recordar sea aceptar que el mundo sólo se deja conservar por fragmentos.
Volvemos a los mismos libros.
Volvemos a las mismas carreteras.
Pensamos que buscamos algo que dejamos allí.
No es verdad.
Volvemos para ver qué ha cambiado en nosotros.
El libro sigue.
La pendiente sigue.
Somos nosotros quienes llegamos con otro cuerpo.
Al final leer y montar en bicicleta se parecen por una razón sencilla.
En ninguna de las dos actividades se conquista nada.
Uno atraviesa.
Se sostiene.
A veces encuentra un cobijo.
Después vuelve a ponerse en marcha.
Como Henri Michaux según Brassaï —quien cita también «a los negros y a las mecanógrafas»—, somos muchos los que sentimos pasión por los rostros: los que encontramos buscando su mirada y los que evitamos para no enfrentarnos a su sufrimiento; aquellos cuya historia creemos adivinar en un resto de infancia o en la edad que llega; aquellos cuyos sueños inventamos como si tuviéramos el poder de entrar, a plena luz del día, en el sueño ajeno.
Y cuando todas esas apariciones se borran o se confunden, o cuando nos cansamos de nuestra propia apariencia, demasiado fiel a todas las citas, miramos fotografías. Las del siglo pasado, donde muertos que nunca cerraron los ojos permanecen para siempre al otro lado del espejo, el espejo sin azogue de la placa de vidrio; las de familiares o desconocidos que se encontraron ante la cámara como conejos ante los faros de un automóvil; aquellas en las que todos se aprietan unos contra otros —militares y escolares alineados por orden de estatura, invitados de boda expulsando pensamientos oscuros— hasta el punto de que, frente a las fotografías de grupo, uno suele pensar que la barca va demasiado cargada para alcanzar la otra orilla.
En la otra orilla se levantaba el hotel del Gran Espejo, el hotel donde se alojó Baudelaire durante su estancia en Bruselas, cuando sintió rozarle «el viento del ala de la imbecilidad». Es en ese hotel, hoy demolido, donde uno querría instalar el cuarto oscuro de los fotógrafos, que se parece a esa otra cámara oscura donde unos indios, según la vieja leyenda narrada por Rūmī, encerraron un elefante.
Se sabe la historia: los visitantes, cegados por la oscuridad, palpaban el animal y tomaban sus orejas por un abanico, sus patas por columnas, su lomo por un trono. Pero Rūmī añade algo más: la luz de una vela no habría cambiado nada de aquella visión fantástica y falsa.
Podemos añadir nosotros que la fotografía, pese a su apariencia de fidelidad, le ha dado mil veces la razón.
Mucho antes de tiempo, y sin saberlo —pues murió en 1273—, Rūmī nos habla también de la invención de la fotografía en otra historia que uno desearía situar en ese mismo hotel.
Es la historia de un sultán que convoca a su palacio pintores venidos de China y otros llegados de Bizancio para decorar con frescos dos muros enfrentados, separados por una cortina. Mientras los chinos cubren su pared con paisajes y batallas, los griegos pulen sin descanso la superficie de la suya.
Se adivina el desenlace.
Cuando se descorre el velo, las pinturas de los chinos se reflejan en el espejo de los griegos, y el sultán queda más cautivado por el reflejo de la pintura que por la pintura misma.
La fotografía es hoy ese espejo —ese espejo donde Lewis Carroll nos dejó la imagen de Alicia—, pero el espejo también es la página en blanco, y la página en blanco un velo.
En cuanto a la literatura, desde siempre ha sido un cementerio de elefantes.
P. D. ¿Cómo no alegrarse al descubrir más tarde, leyendo a Vĕra Linhartová, que el carácter chino para «imagen» designa ante todo al elefante, junto con las ideas de semejanza y analogía? Para obtener la palabra «retrato» basta con añadir la clave del hombre. Y el prodigio queda consumado.
Gérard Macé
Rferdia
Let`s be careful out there