Con qué inocencia tu mano se sometía
a esas reglas formales que ayudan al niño a jugar,
mientras tu corazón, escrupuloso como
una delicada monja, se mantenía fiel a la rara nobleza
de tu lúcido don y, por amor a él, desoía
a la Masa, resentida y murmurante,
cuyo odio rumiante a todo cuanto no puede
simplificarse o robarse sigue suelto.

W. H. Auden

Las cartas de un escritor prometen una cercanía que sus libros, por familiares que nos resulten, no llegan a ofrecernos. Conocer sus confidencias, descubrir a quién amó y cómo fue correspondido: la curiosidad literaria se alimenta de esa expectativa de acceso a una vida. En Los papeles de Aspern, Henry James somete tal deseo a una prueba incómoda. La devoción por un poeta lleva al narrador a buscar sus documentos privados con una tenacidad que acaba comprometiendo su relación con las personas que los conservan. Cuanto mayor es su veneración por el muerto, más difícil le resulta reconocer las exigencias de los vivos.

La búsqueda transcurre bajo una vigilancia que el lector acaba haciendo suya. Una vacilación al hablar, una visita aplazada o el acceso a una habitación adquieren una importancia desproporcionada para quien contempla desde fuera la modestia de los hechos. Pero James apenas nos permite permanecer fuera. Su narración nos introduce en una conciencia que examina cada circunstancia, calcula sus posibilidades y vuelve sobre ella hasta convertirla en motivo de esperanza o de recelo. Llegamos a experimentar como decisivo aquello cuya trascendencia habríamos puesto en duda unas páginas antes.

Cuando nos entregamos a esa obsesión relajante por los clásicos, a menudo damos inevitablemente rienda suelta a la nostalgia de quienes fuimos como lectores. Y es así porque la trayectoria de un lector es la peor que cabe imaginar. Furiosa y ávida en los años mejores de la juventud, siempre que no nos narcoticen las distracciones de masas como el fútbol, claro, esa sed inagotable se sacia con una serie de autores que han quedado engastados en la historia. Y así, después de centenares de novelas, ensayos, relatos, sagas y biografías, uno acaba contemplando la modernidad, la literatura contemporánea, que casi nunca posee el mismo atractivo.

Y es que una parte de ese atractivo procede de la perspectiva histórica que la crítica ha dado a aquellas páginas, pero el resto se debe a lo difícil que resulta encontrar esos talentos aquí y ahora. No es que haya menos, entendámonos, pero al leer Los papeles de Aspern, de Henry James, comprendes de inmediato que entonces existía una libertad descarada de estilos y puntos de vista, moral y estética, en la que el género era texto y pretexto para indagar en el alma humana. Y también en las posibilidades de la escritura, en sus formas, sus estructuras, su potencial.

Así, en esta novela breve que es un thriller emocional y literario, no solo encuentras toda la sabiduría de un genio, más fácil de reconocer, si acaso, en Retrato de una dama o en Otra vuelta de tuerca, sino también el gusto por una narración provocadora en la que vislumbras al estadounidense en Europa, al intelectual que escruta ese mundo al que ama tanto como para vivir en él, pero cuyas contradicciones y miserias también sabe descubrir al trasluz haciéndolas literalmente suyas, en una Venecia decadente, la ciudad que mejor alberga esas vanidades decrépitas, ese irritante inmovilismo de un círculo a la vez vicioso y virtuoso, tan rico en belleza manifiesta y oculta como en asechanzas.

En Los papeles de Aspern, James pone el tedio y la indiferencia moravianos al retratar a una burguesía inepta y voluntariosa; pone el Stoner de Williams al perfilar a un mediocre que se cree genial, y viceversa, y lo hace décadas antes que ellos. Después, en los repentinos cambios de tono y de rumbo, tras largas disquisiciones y diálogos ociosos pero agudos, vislumbras las ironías trágicas de Dostoievski, porque el idiota, útil e inteligentísimo, pero también humanamente miserable, y a veces no solo humanamente, es siempre quien escribe o, en cualquier caso, quien habla en primera persona.

El profesor, crítico y buscador de tesoros artísticos que protagoniza este relato es insoportable y doble: un perfecto antihéroe de una serie televisiva de culto de nuestros días. Nos ofrece su visión doliente e indolente del mundo y de las personas con las que se encuentra, que para él no son más que instrumentos y posibles medios para conseguir el premio que tanto ansía. Ese objetivo anunciado ya en el título del volumen: la correspondencia entre un gran autor que nunca existió, pero que en la ficción ya ha muerto, el mítico Aspern, y su amante de juventud, Juliana, ahora decrépita y con las facultades menguadas.

Este hombre se introduce en la vida apática de dos mujeres, la propia Juliana y «la sobrina», y nos muestra su mezquindad, que en realidad es la suya. James se divierte enormemente contando una historia apasionante incluso en sus lentitudes, compleja en su feliz desenvoltura, verdadera hasta rozar lo embarazoso en su zigzagueo entre las mentiras, las invenciones, la autoindulgencia y los engaños del protagonista. Lo hace con una ironía incorrecta y elegantísima, pero también con una capacidad única para retratar, con creatividad antropológica, las pequeñeces de un mundo encerrado en sus obsesiones, sean las de un buscador de tesoros literarios o las de dos solteronas en un palacio veneciano

La ironía de ciertas frases que irrumpen de pronto con todo su descaro, el estilo del conjunto, ligero y refinado, la capacidad de hacernos sentir sobre la piel, con unas pocas palabras, hasta las manchas de humedad de una pared que ha visto demasiado, o los sentimientos corrompidos por los estereotipos de quien juzga con la mirada, pero solo a los demás, poseen una fuerza desgarradora precisamente porque se instalan inexorablemente en nuestros rincones más oscuros.

Hacia 1880 Henry james gozaba ya de un amplio reconocimiento a ambos lados del Atlántico gracias a obras breves como Daisy Miller (1878) y Washington Square (1880), un éxito que culminó con su extensa novela Retrato de una dama (1881). Pero al año siguiente murieron sus padres y, al entrar en la cuarentena, comenzó a flaquear su confianza en el rumbo que seguía. La acogida de sus dos siguientes grandes novelas, Las bostonianas y La princesa Casamassima, ambas de 1886, lo decepcionó profundamente. Nada más terminar esta última, que calificó de «interminable», se concedió una larga estancia en su querida Italia, repartida entre Florencia y Venecia.

Fue en Florencia, a comienzos de 1887, donde James oyó hablar por primera vez de unas misteriosas cartas de Shelley y Byron. Ya resultaba bastante incitante imaginar las intimidades, sin duda escandalosas, que podían contener. Sin embargo, lo que atrajo su atención no fueron tanto las cartas como las manos que las habían retenido celosamente. En uno de los casos se trataba de la propia mujer a quien el apasionado joven Byron las había dirigido: Jane, o «Claire», Clairmont, que había sido su amante y había tenido con él a su hija Allegra. Había vivido en Florencia hasta una edad muy avanzada, acompañada de una sobrina más joven.

Al enterarse, un crítico de arte de Boston y ferviente admirador de Shelley, conocido como el capitán Silsbee, había urdido un plan para hacerse con los preciosos documentos. Se alojó en casa de las dos mujeres y, cuando murió la anciana, abordó a la más joven «para hablarle del objeto de sus deseos». Ella le dijo que el precio era el matrimonio: él podría quedarse con los papeles si ella podía quedarse con él. Silsbee dio media vuelta y huyó. Todavía seguía corriendo, observaba James con una sonrisa irónica.

«Desde luego, ahí hay un pequeño tema: la imagen de esas dos inglesas envejecidas, excéntricas, pobres y desacreditadas, que siguen viviendo en una generación que les es extraña, en su rincón enmohecido de una ciudad extranjera, con esas ilustres cartas como su posesión más preciada». Y qué personaje tan intrigante podía construirse a partir del fanático de Shelley: «Sus vacilaciones, su lucha, pues realmente daría casi cualquier cosa».

Además, como un regalo añadido, mientras James escuchaba la anécdota, su informante florentino, el poeta Eugene Lee-Hamilton, recibió la visita de la condesa Gamba. Por matrimonio, esta pertenecía a la familia de la última amante de Byron, Teresa Guiccioli. También ellos tenían cartas, en este caso de Byron, «de las que son guardianes bastante poco generosos y peligrosos2. Rechazaban con desdén la sugerencia de que tuvieran el deber de hacerlas públicas. La condesa incluso había quemado una de ellas.

James trasladó el relato a Venecia, una de sus anfitrionas allí, Katherine de Kay Bronson, le sirvió de modelo para la señora Prest, aunque lo escribió principalmente en Florencia, en abril y mayo de 1887. O, para ser más exactos, en una colina que hacía honor a su nombre, Bellosguardo, desde la que se divisaba la ciudad hacia el norte, en una villa alquilada por su amiga y colega Constance Fenimore Woolson, sobrina nieta de Fenimore Cooper.

Algunos comentaristas han visto en las relaciones ficticias entre el taimado huésped y la más joven de las señoritas Bordereau un reflejo de las que mantenían James y su propia «padrona«. En cuanto a Shelley y Byron, James dio un nuevo sesgo a sus fuentes reales al hacer estadounidense al poeta muerto, y también a las mujeres, al menos nominalmente. En la realidad no había existido una figura semejante, pero la idea de que pudiera haber existido, pues los escritores y artistas estadounidenses estaban iniciando en la década de 1820 aquella invasión de Europa que culminaría a finales de siglo, contribuía a agudizar la disonancia onírica entre pasado y presente, a acentuar la lejanía de la pasión y el amor romántico: «una escena final del rico y penumbroso drama de Shelley, representada en el escenario mismo de nuestra propia “modernidad”.

Este sería un aspecto fundamental del relato: la «modernidad» de la pasión por desenterrar los secretos del pasado, tanto más atractivos cuanto más profundamente sepultados y celosamente ocultos. Una pasión de la que el propio James no estaba exento. Cuando volvió sobre el relato y reflexionó acerca de su génesis en el prefacio para la Edición de Nueva York, veinte años después, le llamó la atención otra forma de distancia y de obstáculo, que no se interponía únicamente entre el pasado y nuestra «modernidad». Se complacía, decía, «en un pasado palpable, imaginable, visitable», todavía al alcance de la memoria de los vivos.

Pero Italia era un lugar engañoso, más reacio a entregar sus secretos de lo que advertía el visitante desprevenido. No era solo el poeta ficticio Jeffrey Aspern quien constituía una presencia espiritual remota, seductora pero imposible de traer de vuelta; tampoco era únicamente el pasado personal de quienes habían amado y sufrido con él lo que resultaba irrecuperable e incomunicable. Era la propia Italia: una tierra en la que el extranjero nunca llegaría a sentirse verdaderamente en casa y donde nunca se le permitiría más que entrever lo que había detrás o debajo de las apariencias.

James vinculaba la experiencia de radical decepción de su narrador ficticio con un sentimiento más amplio de extrañamiento en el Viejo Mundo, donde la aparente generosidad de la acogida acaba revelando unos límites estrictos: «a lo sumo nos asomamos a dos o tres de las estancias de su hospitalidad, mientras todo lo demás se extiende fuera de nuestro conocimiento y escapa a nuestra penetración» . Seguimos siendo, en esencia, extranjeros. Y, sin embargo, si la «penetración» fracasa, quizá otra cosa pueda dar mejores resultados: algo menos invasivo, más indirecto y tentativo, para lo cual podría resultar adecuada la palabra «impresión». Este dilema cobra forma en el protagonista del relato de James.

La historia de la persecución de Silsbee y de su rechazo proporcionó a James los tres personajes principales, pero la condesa Gamba contribuyó a reforzar la idea de unas mujeres «peligrosas» que custodian celosamente una herencia preciosa. ¿A quién pertenecían, después de todo, semejantes legados? ¿En qué consistían exactamente? ¿Valían aquellas palabras lo que el papel en que estaban escritas, o infinitamente más? ¿Cuál era su valor y para quién? ¿Y qué podían llegar a costar?

Peligrosa e impenetrable: así concibe el narrador a la anciana Juliana Bordereau, que había sido amante de Jeffrey Aspern una vida atrás. Convertir a ese perseguidor de los papeles en narrador del relato, y dejarlo sin nombre, fue un golpe maestro. Pero resulta crucial que tenga que vérselas con dos mujeres: una adversaria implacable y una cómplice susceptible de dejarse persuadir. Al principio, el narrador confiesa a su aliada, la señora Prest, que la hipocresía y la doblez son su única oportunidad. Sin embargo, está aún más desdoblado y dividido de lo que él mismo parece advertir, y buena parte de la fascinación del relato reside en los giros y recovecos de su manera de contar.

En una escena culminante lo acusan de ser un «canalla de la edición», pero canalla parece al mismo tiempo demasiado severo y demasiado indulgente, si se tienen en cuenta todos los escrúpulos y vacilaciones que reconoce. Porque su relato es, entre otras cosas, una confesión. Es también una defensa, una justificación de sí mismo. ¿Para quién o para qué escribe? ¿En qué nos convierte eso a nosotros, sus lectores?

Somerset Maugham contó una anécdota que ilumina esa capacidad de contagio. Durante un encuentro en Boston, James le transmitió tal inquietud ante los peligros de subir a un ómnibus americano que el visitante terminó por sentir su ascenso al vehículo como la superación de un trance mortal. La escena tiene algo cómico, aunque permite reconocer un mecanismo de su literatura: la sensibilidad del novelista comunica sus aprensiones con tanta eficacia que altera nuestra medida de las cosas. Bajo su mirada, lo cotidiano descubre posibilidades de daño que la costumbre nos había permitido ignorar.

En Otra vuelta de tuerca, esa presión llega a comprometer nuestra certeza acerca de lo que ocurre. En Los papeles de Aspern, la inquietud encuentra un mundo ya gastado por el tiempo. Venecia parece ofrecer el alojamiento natural a unas vidas que subsisten entre los restos de su antigua significación. El palacio, los recuerdos y las cartas participan de una misma resistencia a desaparecer. Todo conserva una promesa de intimidad; todo lleva también la huella de lo que se ha vuelto inaccesible.

La persecución de los documentos adquiere así un alcance que excede la curiosidad del investigador. En ella puede leerse la obstinación por recuperar un ideal de vida y de cultura cuya continuidad se ha roto. Las cartas permitirían tocar ese pasado, acreditar su existencia, retener algo de su antigua intensidad. Sin embargo, están en manos de quienes han sobrevivido a él. La dificultad moral de la búsqueda nace de esa circunstancia: el narrador desea los testimonios de una intimidad, pero su propósito lo lleva a instrumentalizar la intimidad que encuentra a su alcance.

Tina ocupa el centro doloroso de esa contradicción. Su necesidad de afecto la expone al ridículo, y James deja percibir cuánto desamparo puede haber en una conducta que, mirada sin atención, parecería meramente grotesca. La esperanza la vuelve torpe porque la obliga a aventurarse más allá de la estrecha experiencia que posee. Hay en ella una discordancia conmovedora entre la magnitud de lo que espera y los recursos de que dispone para procurárselo.

Cabe reconocer ahí una afinidad íntima con su creador. Tina encarna, llevada a una situación extrema, la distancia entre una sensibilidad capaz de atribuir un valor inmenso a las relaciones humanas y una vida que apenas ofrece ocasiones de realizarlas. Su identificación con James puede entenderse en ese sentido: como la figura en que el escritor deposita una experiencia de la insuficiencia.

Maugham reprochó al novelista la limitación de su experiencia y de sus simpatías. Tina permite volver sobre ese juicio y preguntarse por la fecundidad literaria de semejantes carencias. La privación puede afinar la percepción de aquello que falta, aunque no enseñe a conseguirlo. James conoce esa diferencia y le concede una forma: la de una mujer cuya esperanza resulta a la vez comprensible e inoportuna. En la atención que le presta, capaz de advertir su ridiculez sin retirarle la compasión, reside buena parte de la hondura de esta novela.

Los papeles de Aspern es una de esas obras maestras que devoras de una sentada, te hace compañía y te arranca un puñado de sonrisas y que después, al sedimentarse, te inquieta te escruta, te deja incómodo. Porque subestimamos a Tina todos los días. Porque la manipulación del protagonista, tan afectada y habitual, es algo que conocemos bien. Y, si no es así, significa que somos nosotros quienes la ejercemos. Hasta que advertimos que, cuando la practicamos de manera consciente, no es más que el presuntuoso ejercicio de alguien que, a su vez, la está sufriendo.

Henry James se confirma así como un cirujano del alma. Y esta novela breve en primera persona quizá sea, quién sabe, la apasionada autopsia de un alma que no sabe, todavía, que está muerta.

Lo oculto. La muerte. Son, sin duda, las dos claves de toda la obra de Henry James. En este sentido, Los papeles de Jeffrey Aspern es quizá la más representativa de sus novelas. Reciclemos: en un palacio veneciano medio en ruinas, la anciana señorita Bordereau no acaba nunca de morir. En su juventud fue el gran amor de Jeffrey Aspern, célebre poeta inglés, y se rumorea que este le legó numerosos manuscritos inéditos. El narrador, que está escribiendo un libro sobre Aspern, está dispuesto a todo para conseguirlos. A todas las mentiras, todas las bajezas, todas las argucias, incluso a intentar seducir a la desdichada sobrina de la anciana. Pero no ha calibrado la fuerza de quien, a medida que avanzan las páginas, se convierte en el más temible de los adversarios.

A menudo se ha considerado este libro cautivador uno de los precursores de la novela de suspense, en la que el secreto que debe preservarse es también de índole mental. Todo el amor, toda la vida de una persona se juegan en unos instantes de silencio. Y entonces el silencio se rompe y, con él, la vida de quien lo guardaba.

Rferdia

Let`s be careful out there