Being is time, and time is finite.
Simon Critchley, sobre Ser y tiempo de Martin Heidegger
ECM, el sello muniqués cuya habitual exquisitez se reconoce tanto en el cuidado del sonido y de la edición como en una rara indiferencia hacia las urgencias del mercado, publicará el 6 de noviembre Roma, un nuevo disco de Keith Jarrett grabado diez años atrás. El concierto tuvo lugar el 12 de julio de 2016 en la Sala Santa Cecilia del Auditorium Parco della Musica y permaneció desde entonces en los archivos mientras iban apareciendo los otros recitales de aquella última gira europea; una de sus piezas, It’s a Lonesome Old Town, ha llegado ya hasta nosotros como adelanto y puede escucharse junto a la interpretación que Jarrett hizo de la misma canción en Budapest. En el catálogo de Manfred Eicher una grabación nunca ha parecido obligada a convertirse inmediatamente en novedad, de modo que esos diez años de demora, considerables incluso para ECM, han terminado por incorporarse de manera imprevista al asunto mismo que estas dos interpretaciones ponen ante nosotros: qué hace el tiempo con aquello que creemos poder repetir.
Hacia el final de aquella noche romana Jarrett tocó It’s a Lonesome Old Town, la canción de Charles Kisco y Harry Tobias que había interpretado nueve días antes, el 3 de julio, en la Béla Bartók National Concert Hall de Budapest. Hoy podemos colocar las dos versiones una detrás de otra y reducir aquella distancia a los pocos segundos que tardamos en cambiar de pista, aunque entre ambas noches Jarrett había tocado en Burdeos, el día 6, y en Viena, el 9; después de Roma todavía quedaría Múnich, el 16 de julio. Las fechas caben cómodamente en una línea y producen la engañosa impresión de que sabemos lo ocurrido entre ellas, cuando dejan fuera casi todo: hoteles, aeropuertos, comidas, pruebas de sonido, cansancio, sueño, conversaciones y las muchas horas que, por no haber dejado documento, desaparecen de cualquier cronología. Los nueve días que separan Budapest de Roma estaban hechos de esa materia ordinaria y, además, de dos conciertos completos; antes de volver a encontrarse con la canción, Jarrett había vivido ese tiempo y había pasado musicalmente a través de él.
En Budapest, It’s a Lonesome Old Town dura 7:37; en Roma, 5:22, una diferencia de dos minutos y quince segundos a la que sería imprudente atribuir una intención que desconocemos. Lo que sí tenemos son las dos grabaciones y, al escucharlas, Roma no suena como Budapest tocado deprisa: la canción ha encontrado otra extensión. Algunos caminos que la primera interpretación recorre con paciencia han desaparecido, ciertas esperas se acortan y el perfil de la melodía queda más expuesto, como si nueve días después Jarrett necesitara menos elementos alrededor de ella para reconocerla.
Es una canción de 1930 y pertenece a esa parte de su repertorio en la que la formidable técnica del pianista parece apartarse discretamente del primer plano. Jarrett la conoce demasiado bien para tener que conquistarla y tampoco necesita exhibir cuánto puede extraer de sus acordes; puede dedicarse a algo menos espectacular y bastante más difícil: escuchar lo que la canción va pidiendo mientras la toca. En Budapest esa escucha se concede tiempo. Algunas resoluciones se demoran, los acordes permanecen hasta que su resonancia empieza a intervenir en la frase siguiente, Jarrett se aparta de la melodía y regresa a ella, aunque ningún regreso pueda ser enteramente exacto porque entre lo abandonado y lo recuperado han pasado unos segundos. Fuera de la música contarían muy poco; dentro de ella bastan para que aquello que vuelve ya no sea exactamente aquello que se fue.
Esta manera de tocar guarda cierta semejanza con el funcionamiento de la memoria. Recordar no consiste en recuperar objetos intactos que el pasado hubiera conservado para nosotros, porque siempre volvemos desde otro presente y algo de ese presente entra inevitablemente en lo recordado. Jarrett reconoce varias veces la canción en Budapest y cada reconocimiento contiene ya la distancia respecto del anterior, de manera que la melodía conserva su identidad atravesando pequeñas diferencias que, lejos de amenazarla, son las que le permiten seguir viviendo.
La circunstancia húngara añade un fondo que conviene no sobrecargar. Jarrett había hablado de sus raíces familiares en Hungría y de cierta oscuridad, una tristeza existencial que relacionaba también con el mundo musical de Bartók; el dato merece permanecer cerca de la escucha, aunque sería abusivo utilizarlo como explicación. La gravedad estaba ya presente en el concierto antes de que apareciera It’s a Lonesome Old Town y la canción, cuando finalmente llega, no viene a resolverla ni a disiparla: durante siete minutos y treinta y siete segundos encuentra para ella el cauce de una forma conocida.
Después vinieron Burdeos y Viena, dos conciertos que importan más de lo que una simple enumeración deja ver, porque Roma no es Budapest con nueve días añadidos. Una vida no transcurre en el tiempo limpio y homogéneo que necesitamos para confeccionar calendarios: Jarrett había tocado entretanto otros pianos, entrado en otras salas e improvisado músicas que el 3 de julio aún no existían y que el 12 pertenecían ya a su pasado. Cuando volvió a It’s a Lonesome Old Town en la Sala Santa Cecilia regresaba, ciertamente, a una canción conocida, pero llegaba a ella desde un lugar que ya no podía ser el mismo.
La versión romana dura 5:22 y se recoge con mayor decisión sobre la melodía, dejando fuera algunos rodeos que en Budapest habían formado parte natural de su curso. Hay menos insistencia alrededor de ciertas posibilidades armónicas, menor demora antes de abandonar una inflexión, y algunas notas, al quedar más solas, adquieren otro peso. Nada de ello produce sensación de apresuramiento; la música concluye antes, y esa diferencia importa porque tardar menos y tener prisa son experiencias temporales muy distintas. La prisa aparece cuando aquello que queremos hacer desborda el tiempo disponible, mientras que aquí cinco minutos y veintidós segundos bastan para cuanto la interpretación se propone. Al escuchar Roma no sentimos que falten los dos minutos y quince segundos de Budapest: aquella noche la canción encontró antes su medida.
Es aquí donde la fórmula con la que Simon Critchley condensa una de las intuiciones centrales de Ser y tiempo empieza a rozar nuestra escucha: Being is time, and time is finite. Sería innecesario convertir a Jarrett en lector involuntario de Heidegger y todavía más atribuir a una interpretación pianística la tarea de demostrar una tesis ontológica; basta advertir que la música vuelve sensible algo que el concepto, por su propia naturaleza, puede dejar demasiado lejos. Una nota no está en el tiempo del mismo modo que el piano está sobre el escenario: el instrumento estaba allí antes de que Jarrett se sentara y continuará allí después de que se levante, mientras que la nota sólo existe mientras dura y, desde el momento mismo en que aparece, ha comenzado también a desaparecer. Su término no sobreviene a una existencia previamente completa, sino que pertenece desde el principio a su modo de hacerse presente.
Estamos tan acostumbrados a esta experiencia que apenas reparamos en su extrañeza. Podemos apartar los ojos de un cuadro y encontrarlo todavía delante de nosotros, cerrar un libro y regresar mañana a la frase que dejamos a medias; la música exige otra clase de permanencia, porque cuando llega una nota la anterior ya no está y, sin embargo, tiene que seguir actuando en nuestra memoria para que la nueva adquiera sentido. Escuchamos lo presente desde aquello que acaba de desaparecer, y esa ausencia inmediata pertenece a la forma misma de lo que oímos: si todas las notas permanecieran simultáneamente presentes, tendríamos sonidos, pero habríamos destruido la sucesión que los convierte en música.
Los 7:37 de Budapest y los 5:22 de Roma dejan así de ser una curiosidad de minutaje, aunque tampoco haya que exigirles una demostración que no pueden ofrecer. Una interpretación no alcanza mayor profundidad por ser más breve, ni tenemos motivo alguno para imaginar a Jarrett pensando en la finitud mientras toca; interesa observar la diferente relación que ambas versiones establecen con aquello que todavía podría ocurrir. Budapest dispone de ese margen con amplitud, alejándose de la melodía, retrasando una resolución o esperando a que un acorde termine de extinguirse, mientras Roma selecciona con mayor severidad. Los recursos del pianista no han disminuido en nueve días; ha cambiado la cantidad de ellos que aquella noche parece reclamar la canción, y con ello la libertad deja de confundirse con la acumulación de posibilidades para incluir también la facultad de renunciar a algunas.
La improvisación hace especialmente visible esta condición. Antes de que Jarrett toque una nota hay muchas posibles; una vez que una de ellas suena, las demás han perdido el instante en que podían haber ocupado su lugar. Cada decisión abre un camino mientras cierra otros, y aunque el pianista pueda recuperar después un motivo, repetir una armonía o regresar casi literalmente a una frase anterior, no puede regresar al momento en que la tocó por primera vez. La repetición no deshace esa distancia y, en ocasiones, permite escucharla mejor.
Algo de esto ayuda a comprender la diferencia entre estos conciertos tardíos y las grandes extensiones improvisadas de los años setenta. En Bremen, Lausanne, Colonia o las noches japonesas de Sun Bear Concerts, una figura podía abrir un territorio, permanecer en él, transformarlo lentamente y encontrar desde esa misma transformación el paso hacia otro; en 2016 Jarrett trabaja a menudo con formas más breves y separadas, que alcanzan un término, dejan un silencio y ceden su lugar a otra cosa. Convertir esa transformación en la cómoda parábola del joven que cree disponer de un tiempo ilimitado y del viejo que finalmente ha aprendido su escasez simplificaría tanto las obras como la vida que pretendemos comprender. Parece haberse modificado, más bien, el valor musical concedido a la extensión: una forma puede terminar sin que su final niegue las posibilidades que habría podido desarrollar.
La noche romana añade una coincidencia reveladora. El mismo 12 de julio La Repubblica presentaba a Jarrett como un pianista que buscaba la eternidad, expresión inevitablemente periodística que, al reunir eternidad e improvisación, roza una dificultad mucho menos trivial de lo que promete el titular. Improvisar supone entregarse a un instante que no podrá conservarse como instante, pues cada nota nace cuando es tocada y consume, al aparecer, el único momento en que podía ocurrir de esa manera. La eternidad buscada por una música semejante difícilmente podría consistir en escapar del tiempo; podría encontrarse, más bien, en penetrar con tal intensidad en él que durante unos minutos deje de presentársenos como esa sucesión exterior que cuentan los relojes, pues la música, más que suspender el tiempo, consigue durante un rato que lo escuchemos.
Desde aquí se entiende mejor la importancia que adquieren los estándares al final de tantos conciertos de Jarrett. Después de haber hecho aparecer durante buena parte de la noche músicas que unos segundos antes no existían, el pianista vuelve a melodías anteriores a él, y cuando toca It’s a Lonesome Old Town en Roma la canción lleva ochenta y seis años pasando por voces, discos, radios, habitaciones y recuerdos. Algunos de quienes la cantaron o la escucharon ya han desaparecido; la canción continúa, aunque esa continuidad esté hecha de interpretaciones que dejaron de sonar hace mucho tiempo.
Durante 7:37 en Budapest y 5:22 en Roma se cruzan tiempos que solemos mantener separados: el de una canción nacida en 1930, el de un pianista de setenta y un años, el de dos noches de julio y el de quienes estaban sentados en aquellas salas sin saber todavía qué lugar acabarían ocupando esos conciertos en la historia de Jarrett. A ellos viene a añadirse ahora el nuestro: It’s a Lonesome Old Town ha aparecido como adelanto de Roma, que ECM publicará completo diez años después de aquella noche, y escuchamos así como presente una interpretación que llevaba una década perteneciendo al pasado.
La grabación introduce una última complicación. Podemos detenerla, volver atrás, repetir un acorde y escuchar Budapest inmediatamente antes de Roma, reduciendo los nueve días reales que separaron ambas versiones a los segundos que tardemos en cambiar de pista. El disco parece concedernos cierto dominio sobre la irreversibilidad de la música, aunque lo que vuelve cada vez que pulsamos el comienzo sea el sonido y no el presente que lo produjo. Jarrett no vuelve a sentarse ante aquel piano del 12 de julio de 2016, y quizá por eso haya algo perturbador en la fidelidad de una buena grabación: cuanto mejor conserva lo que sonó, con mayor precisión nos hace sentir que la noche en que aquello sonó no puede conservarse.
Diez años nos permiten, finalmente, aproximar dos interpretaciones que estuvieron separadas por nueve días. Budapest necesitó siete minutos y treinta y siete segundos; Roma, cinco minutos y veintidós. Entre ambas quedaron Burdeos, Viena y muchas horas de las que nada sabemos. Preguntar adónde fueron a parar aquellos dos minutos y quince segundos supondría imaginar equivocadamente que Roma corrigió Budapest o que Budapest contenía un exceso del que la segunda versión habría sabido desprenderse. Cada una encontró la duración posible de una canción en una noche determinada: Budapest explora cuánto puede alojar todavía la melodía; Roma, hasta dónde puede recogerse sin perderla.
Nosotros podemos escuchar una y otra inmediatamente después, y mañana podremos repetir la operación. Budapest volverá a durar 7:37 y Roma 5:22, porque el tiempo fijado en la grabación obedecerá una vez más a nuestra voluntad; pero entre una escucha y la siguiente habrá transcurrido algo que ningún mando puede llevar hacia atrás, y esa diferencia entre el tiempo que podemos repetir y aquel en el que vivimos nos devuelve a la frase de Critchley con la que comenzamos: Being is time, and time is finite.
Escucha
Keith Jarrett — It’s a Lonesome Old Town
Budapest Concert. Béla Bartók National Concert Hall, Budapest, 3 de julio de 2016. ECM.
Duración musical: 7:37.
Escuchar Budapest en YouTube Music
Keith Jarrett — It’s a Lonesome Old Town
Roma. Sala Santa Cecilia, Roma, 12 de julio de 2016. ECM.
Duración: 5:22.
Escuchar Roma en YouTube Music
Referencias
CRITCHLEY, Simon, «Being and Time, Part 1: Why Heidegger Matters», The Guardian, 8 de junio de 2009.
CRITCHLEY, Simon, Heidegger Thinking, ed. Ben Olson, New York Review Books, 2026.
HEIDEGGER, Martin, Ser y tiempo, trad. Jorge Eduardo Rivera, Trotta, Madrid.
CASTALDO, Gino, «Keith Jarrett, assolo al pianoforte ricercando l’eternità», La Repubblica, 12 de julio de 2016.
Leer el artículo de Gino Castaldo en La Repubblica
JARRETT, Keith, Budapest Concert, ECM, 2020.
JARRETT, Keith, Roma, ECM, 2026.
Rferdia
Let`s be careful out there