Ficción, farsa e inercia en Juan Carlos Onetti

La derrota goza de demasiado prestigio entre los lectores de Onetti, quizá porque permite ordenar bajo una sola palabra cuanto en sus libros parece haber llegado tarde: hombres envejecidos antes de tiempo, empresas que sobreviven a su ruina, matrimonios gastados, cuerpos a los que sólo les queda memoria de alguna promesa, proyectos emprendidos cuando la ocasión ha pasado ya. Larsen vuelve a Santa María después de una expulsión; Brausen soporta una existencia que ha dejado de bastarle; Baldi descubre, mientras habla con una desconocida, que la biografía inventada sobre la marcha resulta más seductora que la suya. Llamarlos derrotados no es equivocado; es conceder a la derrota una claridad que Onetti precisamente le niega. Perder supone todavía un antes y un después, una ocasión reconocible en que algo se decidió y quedó perdido. Sus personajes suelen aparecer cuando ese instante pertenece ya al pasado y queda por delante una duración mucho más difícil de nombrar y que no es otra que la vida continúa bajo el conocimiento de que aquello que debía justificarla ha fracasado.

La derrota onettiana importa, por ello, menos como desenlace que como régimen de existencia. No cae sobre los personajes al término de una lucha ni les concede siquiera la solemnidad de haber sido vencidos: estaba allí antes de que llegaran y seguirá probablemente después de que se marchen. El astillero está arruinado, la juventud terminó, el amor se degradó, falta dinero y ningún barco parece dispuesto a devolver a la empresa su antiguo esplendor; Larsen acepta, pese a todo, la gerencia general, Petrus conserva los modales del propietario, Kunz y Gálvez ocupan sus puestos, se calculan salarios, se guardan las jerarquías y cada cual responde, mientras puede, al nombre de su cargo. La maquinaria continúa cuando la finalidad que daba sentido a sus movimientos se ha extinguido. A Onetti parece interesarle menos cómo pierde un hombre que aquello que empieza a hacer cuando perder ya no constituye una noticia.

Juan José Saer encontró para esta literatura una expresión difícil de mejorar: la realidad de la ficción. Conviene tomarla con toda literalidad. Averiguar qué parte de una novela pertenece a la realidad y cuál a la imaginación sería todavía una ocupación relativamente cómoda, pues supone que ambas jurisdicciones han sido establecidas de antemano y que al escritor sólo le corresponde infringir sus aduanas. La vida breve empieza bajo una distribución que parece segura. Brausen imagina a un médico llamado Díaz Grey, una mujer que entra en su consulta y, alrededor de ambos, una ciudad todavía incierta que va recibiendo calles, edificios, habitantes. Un hombre fabrica un mundo. Sólo que el mundo adquiere densidad, produce acontecimientos que desbordan el acto que lo originó y acaba admitiendo dentro de sí a quien parecía conservar sobre él los derechos del creador.

Hablar entonces de una frontera borrosa entre realidad y ficción resulta casi tranquilizador. Una frontera, por borrosa que sea, sigue concediéndonos dos territorios y, con ellos, la esperanza de que algún cartógrafo suficientemente competente termine por deslindarlos. Onetti compromete el lugar mismo desde el cual podríamos adjudicar cada cosa a uno u otro dominio. Tampoco necesita para ello la irrupción aparatosa de lo fantástico. Mantiene habitaciones, cuerpos, dinero, enfermedad, humo, vasos, conversaciones; todo conserva ese peso cotidiano por el que reconocemos un mundo sin preguntarnos a cada paso en virtud de qué lo consideramos real. Entretanto, con una discreción casi administrativa, algo ha cambiado. Santa María termina poseyendo tanta consistencia narrativa como Buenos Aires, y para cuando esto sucede la pregunta acerca de cuál de las dos ciudades contiene a la otra ha empezado a parecer menos profunda que burocrática.

Y aquí Faulkner importa menos como precedente que como punto de transformación. Yoknapatawpha había demostrado que un escritor podía levantar un territorio soberano, hacer regresar a sus personajes de un libro a otro, cruzar genealogías y perspectivas y conceder a nombres inventados una densidad semejante a la de los nombres inscritos en los archivos. Onetti aprendió la lección sin molestarse en disimularla. Del condado imaginario con que Faulkner había dado cuerpo narrativo a la historia del Sur recibe un procedimiento cuya consecuencia acabará volviéndose contra la seguridad con que distinguimos un mundo de su representación. Por eso llamar a Santa María una Yoknapatawpha rioplatense, aunque correcto, deja todavía intacta la cuestión decisiva: qué ocurre cuando el territorio imaginado deja de comportarse como dependencia de quien lo imaginó.

Más atrás se oye a Cervantes. Alonso Quijano había descubierto que una ficción introducida en el mundo no permanece dócilmente encerrada en el libro del que procede sino que organiza conductas, fabrica identidades y obliga a quienes se cruzan con ella a tomar posición. Don Quijote lleva consigo las novelas que ha leído y fuerza a la realidad a negociar con ellas, unas veces resistiéndose, otras siguiéndole la corriente y no pocas descubriendo que el juego resulta provechoso. Onetti despoja al mecanismo de casi toda su espectacularidad. Brausen no necesita molinos, ventas promovidas a castillos ni bacías ascendidas a yelmos. Le bastan una habitación, una mujer enferma, un médico imaginario y el nombre todavía vacío de una ciudad. La vieja sospecha cervantina ha descendido hasta una existencia gris, donde imaginar otra vida empieza imperceptiblemente a modificar ésta.

Mario Vargas Llosa ha situado detrás de esa necesidad de fabulación una insatisfacción constitutiva: una existencia no basta y el hombre inventa otras. El posible Baldi permite observar el mecanismo antes de que Santa María le proporcione calles y geografía. Un abogado instalado en la insignificancia improvisa ante una desconocida una biografía aventurera y cruel; a medida que la cuenta, aquella existencia improbable empieza a disputarle terreno a la verdadera. La mentira no encubre una vergüenza ni procura siquiera una ventaja apreciable. Durante unos minutos le ofrece otra manera de haber sido. Está ya allí, en escala doméstica, lo que después necesitará una ciudad entera.

Evasión, sin embargo, es palabra que pronto empieza a estorbar. El fugitivo espera encontrar en otra parte alguna ventaja respecto del lugar que abandona. Santa María concede muy pocas. Allí también envejecen los cuerpos, fracasan los negocios, el deseo humilla, los amantes decepcionan, las instituciones se corrompen y los proyectos llegan tarde. La imaginación transporta consigo aquello de lo que pretendía escapar. Brausen puede fabricar una ciudad entera, pero no goza del privilegio de inventarla desde fuera de Brausen; esa limitación preserva a Onetti de cualquier sentimentalismo acerca de las facultades salvadoras de la literatura. Crear otro mundo amplía la vida llevándose consigo cuanto la hacía insuficiente.

Tampoco conviene elevar demasiado deprisa esa insuficiencia a categoría metafísica. Onetti ensucia cuanto toca. Sus abstracciones tienen muebles. Santa María posee bares, habitaciones alquiladas, dinero, prostíbulos, médicos, propietarios y empleados; sus habitantes beben, fuman, desean, enferman. El Río de la Plata del siglo XX ,sus modernizaciones incompletas, sus periferias, las promesas de prosperidad envejecidas a veces antes de cumplirse, suministra una materia histórica que la novela absorbe sin quedar reducida por ello a documento sociológico. La decadencia necesita madera, chapas, humedad, papeles. Antes de prestarse a significar la ruina, un astillero tiene que oxidarse.

Entre La vida breve y El astillero se ha producido entretanto una mutación. En la primera asistimos a la fundación; en la segunda llegamos cuando Santa María posee ya memoria, jerarquías y ruinas. Nadie tiene que imaginarla de nuevo. La ciudad existe y, justamente porque existe, puede alojar dentro de sí otra ficción, infinitamente más modesta que la de Brausen: una empresa muerta que continúa llamándose empresa. El astillero de Jeremías Petrus conserva dependencias, cargos, algunos empleados, papeles y una administración fantasmal; apenas conserva aquello que justificaría el conjunto. Donde antes se construían barcos permanece la organización correspondiente a la idea de que todavía podrían construirse.

La novela habría podido conformarse con el engaño: Petrus fingiendo solvencia, Larsen dejándose seducir y, a su debido tiempo, una revelación encargada de restituir la verdad y poner a cada cual en su sitio. Onetti escoge una disposición bastante más incómoda. Kunz y Gálvez conocen la situación; Larsen va conociéndola; el lector reúne muy pronto indicios suficientes. Nada de ello desmonta el escenario. Todos, con diferentes grados de conciencia y diferentes intereses, siguen el juego. Mentir exige todavía administrar la ignorancia ajena; aquí la farsa ha alcanzado ya el grado de consistencia que le permite prescindir incluso del engañado.

Importan por eso los gestos mínimos: llegar a la oficina, ocupar un escritorio, emplear el tratamiento correspondiente, discutir un sueldo, examinar un documento. Ninguno devuelve al astillero su actividad y todos contribuyen a prolongar su existencia. Cada gesto recibe crédito del anterior y se lo presta al siguiente, de modo que la institución sobrevive a la pérdida de aquello que la justificaba, sostenida por una liturgia cuyos oficiantes conocen bastante bien el estado del templo. Y tampoco es seguro que Larsen continúe porque espere algo, si por esperar entendemos todavía figurarse un desenlace favorable; espera, desde luego, cobra, negocia, calcula, se presta a los proyectos de Petrus, pero su esperanza parece haberse desprendido de aquello que normalmente la justifica, como si sólo quedara de ella la conducta.

Entre Brausen y Larsen media, por tanto, algo más que la distancia entre dos personajes. La imaginación que en La vida breve funda un mundo ha tenido tiempo de producir habitantes, instituciones, memoria y ruinas; cuando Larsen ocupa su despacho, la ficción ya no necesita fundar nada y puede dedicarse a una operación más sombría: prolongar mediante hábitos, cargos y reconocimientos aquello cuya razón de existir se ha agotado. El mismo poder que hacía aparecer una ciudad sirve ahora para retrasar la desaparición de un astillero.

La derrota reaparece entonces bajo una forma menos episódica y más obstinada. Si perder significara únicamente no alcanzar una meta, todavía conservaríamos intacta la geometría que vuelve inteligible el fracaso: un punto de partida, un camino, alguna llegada posible y el instante en que ésta se malogra. En Santa María esa geometría ha envejecido. El trabajo continúa sin producir, el cargo sobrevive a la empresa, el deseo insiste después de conocer sus resultados, los hombres regresan a lugares de los que ninguna reparación razonable cabe esperar. Inercia no viene a reemplazar la derrota; nombra su duración, el movimiento que persiste una vez desaparecida la promesa que lo orientaba. De ahí la extraña actividad de estos vencidos: viajan, regresan, negocian, desean, conciertan citas, aceptan cargos, urden proyectos. La derrota de Onetti carece de reposo.

También por aquí vuelve Faulkner, aunque el traslado al Río de la Plata haya alterado la temperatura de su derrota. Los personajes de Onetti conservan una comicidad que les impide instalarse cómodamente en la dignidad del vencido. Larsen puede ser miserable, ridículo y conmovedor casi en el mismo ademán. Onetti le niega hasta el privilegio de una desesperación enteramente seria. Quien conoce la insignificancia de su papel y continúa interpretándolo puede suscitar compasión; visto desde cierta distancia, sin embargo, también tiene algo de cómico. Esa distancia salva a Onetti de convertir el fracaso en una metafísica demasiado satisfecha de su propia gravedad.

Santa María ha dejado entretanto muy atrás su condición de refugio de Brausen. Las ficciones que allí nacieron de una carencia han adquirido forma, ordenado vidas y sobrevivido incluso a la confianza que las puso en marcha. Amor, trabajo, prestigio, empresa, identidad personal dependen en buena medida de relatos, hábitos y reconocimientos que aseguran su continuidad; descubrir su carácter construido tampoco basta para abolirlos. Quitada una ficción, nada garantiza que debajo espere la roca. Puede haber otra, más antigua y, por eso mismo, menos visible.

A la lucidez le queda bastante poco trabajo redentor. Larsen contempla los galpones, aprende el deterioro, escucha a quienes ya lo conocen y vuelve. Saber modifica su relación con la representación, pero carece de fuerza suficiente para suspenderla. Queda lejos del héroe trágico que conquista mediante el conocimiento una verdad sobre sí mismo y también del personaje moderno que espera alcanzar alguna autenticidad arrancándose las máscaras. Larsen reconoce el decorado y permanece en escena; la conciencia apenas le permite conocer mejor la habitación en la que ha decidido quedarse.

Desde aquella primera invención de Brausen hasta el despacho de Larsen se ha cumplido así un recorrido que Santa María necesitaba tiempo para hacer visible. Nació como posibilidad, se pobló, acumuló historia y llegó a producir sus propias ruinas. La energía inaugural de La vida breve reaparece en El astillero reducida a repetición: abrir una puerta, sentarse, hablar de negocios, esperar. Crear una ficción era sólo una parte del asunto. Quedaba por averiguar qué haría esa ficción con el tiempo.

La pregunta se ha alejado ya bastante de la vieja disputa entre realidad y literatura. Saber por qué inventamos historias para soportar la vida resulta, a estas alturas, casi secundario; más difícil es averiguar qué ocurre cuando la ficción ha perdido el beneficio del engaño, cuando conocemos sus costuras, hemos visto el decorado por detrás y ninguna revelación puede concedernos ya la cómoda superioridad del desengañado. Onetti conduce a Larsen precisamente hasta ese lugar, donde la evidencia ha sido incorporada a la representación y ha perdido incluso la facultad de interrumpirla. Mañana el gerente volverá a su despacho; durante las horas que permanezca allí, entre los papeles de una empresa que apenas existe y los barcos que no llegarán, la ruina tendrá todavía horario de oficina.

Para seguir leyendo

Juan José Saer, «Juan Carlos Onetti: la rebeldía del derrotado» (2000). Una lectura decisiva para pensar la figura del vencido en Onetti y, desde ella, prolongar la pregunta que recorre estas páginas: qué ocurre cuando la derrota ha dejado de ser un acontecimiento y se convierte en una forma de duración.
Consultar la referencia en el Instituto Cervantes

Josefina Ludmer, Onetti. Los procesos de construcción del relato (1977; reed. Eterna Cadencia, 2009). Uno de los estudios fundamentales sobre los procedimientos mediante los cuales la narrativa de Onetti construye sus mundos. Su lectura de La vida breve permite comprender que la creación de Santa María forma parte del problema mismo que la novela pone en movimiento.
Josefina Ludmer y Onetti — Eterna Cadencia

Mario Vargas Llosa, El viaje a la ficción. El mundo de Juan Carlos Onetti (Alfaguara, 2008). La interpretación de la ficción como respuesta a la insuficiencia de la vida ofrece un contrapunto especialmente fértil a la tesis perseguida aquí: qué sucede cuando ese mundo alternativo sobrevive después de que sus habitantes han adquirido conciencia de la ficción que los sostiene.
El viaje a la ficción — Alfaguara

Hebert Benítez Pezzolano, «El Astillero: densidades de la farsa e inminencias de “lo real”». Una lectura especialmente próxima al núcleo de este ensayo: en El astillero, la farsa alcanza su verdadera densidad cuando deja de necesitar la completa credulidad de quienes participan en ella.
Hebert Benítez Pezzolano — Academia Nacional de Letras de Uruguay


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