Deseo, cuerpo y las formas de una vida
«Antes que la lanza pudo estar el recipiente.»
Ursula K. Le Guin«Después de que todo me sucediera, me sucedió el vacío.»
Louise Glück
Plaza de Abastos. Tengo el 39 entre los dedos y en el marcador acaba de encenderse el 31. Ocho números por delante: ocho compras, ocho bolsas que llenar, ocho conversaciones breves sobre pesos, espinas, cabezas. No hay nada que hacer salvo esperar. Guardo el turno en el bolsillo y dejo que la mirada se vaya por donde quiera.
Al otro lado del pasillo, en la pescadería de enfrente, una muchacha limpia una dorada. La veo de perfil, inclinada sobre una tabla blanca. Introduce el cuchillo por debajo de las agallas, abre el vientre y extrae las vísceras con dos dedos. Después abre el grifo. El agua arrastra la sangre, primero roja, luego cada vez más pálida, hasta confundirse con el brillo húmedo del acero. Todo sucede con esa economía de movimientos propia de los oficios cuando el cuerpo ha aprendido algo que ya no necesita formular.
La muchacha conversa, parca en palabras, con el cliente mientras trabaja. Pregunta si quiere la cabeza. Él dice que no. Un golpe seco basta. Corta las aletas, raspa el interior, desliza la hoja junto a la espina. Desde donde espero no alcanzo a distinguir todas las operaciones, solo sus resultados: carne, escamas, vísceras, una cabeza abandonada junto al borde de la tabla. Hace un momento había un pez entero. Ahora quedan varias cosas que todavía le pertenecen aunque el pez, como unidad, haya dejado de existir.
Sigo mirando. Me atrae menos la destreza que la certidumbre de esas manos. Saben dónde entrar, cuánto debe profundizar la hoja, qué resistencia anuncia una espina, qué puede retirarse sin estropear la carne. El cuchillo encuentra diferencias que la anatomía había dispuesto antes de su llegada. Con una vida querríamos a veces disponer de semejante precisión.
Preguntamos de dónde procede el deseo y enseguida imaginamos una anatomía. Qué estaba ya allí y qué llegó después; cuánto pertenece al cuerpo, cuánto a la infancia, a la familia, a las palabras, a los primeros afectos, a las prohibiciones. Naturaleza e historia comparecen como tejidos distintos que un análisis suficientemente fino debería conseguir separar. Incluso antes de obtener una respuesta, la pregunta por el origen lleva escondido su cuchillo.¹
Hubo razones poderosas para utilizarlo. Frente a quienes trataron la homosexualidad como pecado, enfermedad o desviación susceptible de corregirse, «yo nací así» ofrecía una defensa inmediata. Si nadie escoge aquello que desea, tampoco puede ser culpado por ello. La fórmula trasladaba el deseo desde el territorio de la falta al de la naturaleza y proporcionaba protección allí donde había persecución. Aceptaba, sin embargo, una condición impuesta por el adversario: para merecer respeto convenía demostrar inocencia. Nuestra legitimidad aumentaba cuanto menor hubiese sido nuestra participación en aquello que éramos.
La explicación voluntarista invierte el argumento sin escapar de él. Nadie recuerda haberse situado fuera de sí para examinar serenamente las posibilidades del deseo y escoger una. Cuando comprendemos que alguien nos importa de otra manera, algo lleva ya tiempo ocurriendo. Una voz permanece después de callarse. Esperamos un mensaje con una atención desproporcionada. Una ausencia modifica la duración de la tarde. La conciencia llega cuando el cuerpo ha empezado ya a inclinarse.
Entre haber nacido así y haberlo elegido queda casi todo: una vida.
Y una vida se compone de acontecimientos cuya importancia no permanece fija. Palabras escuchadas antes de comprenderlas, silencios familiares, fantasías, prohibiciones, cuerpos encontrados, pérdidas capaces de alterar muchos años después el sentido de lo anterior. Ninguna de esas cosas contiene por separado la explicación del deseo; ninguna atraviesa tampoco una existencia sin modificarla. Nos formamos dentro de esas relaciones y, al responder a ellas, modificamos a nuestra vez aquello que nos forma.²
Forma empieza entonces a parecer una palabra más fértil que origen. Una forma no estaba terminada al comienzo, esperando simplemente desplegarse, pero tampoco surge de una voluntad sin antecedentes. Recibe presiones, encuentra resistencias, incorpora accidentes, conserva huellas. Algunas llegan a alojarnos durante años hasta que descubrimos, quizá demasiado tarde para recordar cuándo comenzó el desajuste, que hemos dejado de caber en ellas.
Pienso en una placenta.
Una mujer acaba de dar a luz. El niño ha tenido que ser trasladado a otra sala para ayudarlo a respirar y ella permanece sola en la habitación del hospital, mirando la masa violácea que acaba de salir de su cuerpo. La placenta cambia lentamente de color. Parece una bolsa enorme, viscosa, desmesurada. Durante meses permaneció dentro; ahora está delante, convertida en una cosa que todavía conserva algo de la intimidad corporal de la que procede.
La mujer no sabe exactamente qué está mirando. Algo suyo, aunque no del todo. Algo del hijo, tampoco del todo. Un órgano que hizo posible el intercambio entre dos cuerpos sin confundirse con ninguno y que, cumplida su función, pasa casi inmediatamente de condición vital a residuo. Las fotografías del nacimiento suelen dejarlo fuera del encuadre. Prefieren al niño, la aparición, el comienzo. La placenta conserva una evidencia menos luminosa: todo nacimiento produce también una separación.³
La imagen de esa bolsa hace comparecer otra. Ursula K. Le Guin imaginó que quizá habíamos contado mal incluso el comienzo de nuestras historias. Antes que la lanza pudo estar el recipiente; antes que el arma destinada a alcanzar un blanco, aquello que permitía recoger, guardar y transportar. Cambiar de objeto significa cambiar de narración. La lanza avanza en una dirección y culmina en el impacto. La bolsa admite proximidades, acumulaciones, cosas heterogéneas que viajan juntas sin quedar reducidas a una trayectoria común.⁴
Alrededor de aquella placenta se amontonan acontecimientos que tampoco obedecen a una línea: nace un hijo, aparece una madre, continúa un matrimonio, irrumpe el amor por otra mujer, sobreviene una ruptura, la heterosexualidad deja de resultar habitable. Querríamos imponerles una sintaxis causal, primero esto, después aquello, a consecuencia de lo anterior, pero han ocurrido demasiado juntos y se han contaminado demasiado entre sí. La memoria los ha guardado en una misma bolsa sin explicar cuál produjo a cuál.
Hasta aquí llega la imagen. Conviene no obligarla a trabajar más.
La placenta sigue siendo tejido, sangre, materia orgánica que alguien retirará de la habitación. Hacerla significar por completo equivaldría a limpiarla de nuevo, esta vez mediante el lenguaje, hasta conservar únicamente aquello que sirve a nuestra interpretación. Su potencia procede precisamente de lo que se resiste a ser traducido. Algo permanece allí como materia sobrante, opaca al símbolo.⁵
Desde el puesto de enfrente llega otro golpe de cuchillo. La muchacha ha empezado con otro pescado. Separa un lomo de la espina y la escena devuelve el pensamiento al lugar del que salió.
Una biografía no se deja filetear. Lo heredado y lo elegido no aparecen en capas sucesivas. Tampoco podemos determinar qué parte de un amor pertenece a la infancia, cuál a una imagen, cuál a una palabra, cuál al cuerpo o a la persona concreta que apareció cierto día. Puede que la dificultad no proceda de una insuficiencia provisional del conocimiento. Quizá esas partes nunca existieron separadas y sea el análisis quien, mientras pretende descubrir sus fronteras, las esté fabricando.
La pregunta puede desplazarse entonces. En vez de averiguar de dónde viene el deseo, observar hacia dónde conduce. «¿Qué soy?» reclama una identidad capaz de permanecer quieta mientras la examinamos. «¿Hacia dónde?» coloca inmediatamente un cuerpo en movimiento.
En inglés, heterosexual se dice straight. Recto. La palabra sirve también para señalar una dirección, go straight ahead, corregir una postura, stand up straight, o reclamar claridad de pensamiento, think straight. Dirección espacial, compostura corporal, racionalidad y sexualidad quedan enlazadas por una misma voz. La jerarquía apenas necesita declararse: la lengua ha convertido una orientación particular en rectitud.
Las palabras realizan esta clase de trabajo mientras aparentan limitarse a nombrar. Unas formas de vida pueden permanecer tácitas porque han conseguido ocupar el lugar de lo evidente; otras reciben un nombre que las señala como diferencia. La heterosexualidad alcanza quizá su mayor eficacia cuando deja de percibirse como una orientación entre otras y pasa a confundirse con el punto desde el cual las demás son orientadas.⁶
Algo parecido sucede con los caminos. Una línea recorrida durante suficiente tiempo termina confundiéndose con el paisaje. Novio, matrimonio, casa, hijos: cada paso encuentra delante el siguiente y la sucesión adquiere apariencia de continuidad natural. Nadie necesita ordenar que la sigamos. Basta con que otras direcciones resulten más difíciles de imaginar, estén peor señalizadas o carezcan todavía de palabras.
A veces solo vemos la línea cuando dejamos de caminar sobre ella.
Después del parto, la mujer empuja un cochecito por la ciudad. La relación con su amante ha terminado, su matrimonio se deshace y la heterosexualidad ya no ofrece un lugar al que regresar. Entretanto necesita comprar pañales. No puede bajar fácilmente al metro porque le faltan fuerzas para cargar simultáneamente con el niño y el cochecito por las escaleras. Entra en un supermercado; los pañales están en la planta superior. El ascensor está averiado. Renuncia.
Nada se ha movido y, sin embargo, las distancias han cambiado. Una escalera que antes apenas existía en la percepción se convierte ahora en frontera. Un ascensor averiado modifica el radio de una vida. Cerca y lejos dejan de ser simples magnitudes geométricas: dependen también de aquello que un cuerpo puede hacer.⁷
El deseo redistribuye las distancias de una manera menos visible y no menos efectiva. Alguien que estaba en la periferia pasa al centro. Una ausencia llena una habitación. Una casa conocida se vuelve inhabitable. Un futuro que parecía próximo retrocede de golpe. No ha cambiado la geometría del mundo, pero sí la posición desde la que ese mundo puede ser vivido.
«Ya no sabía hacia quién ni hacia qué orientarme.»
La frase reúne aquello que el análisis tendería a separar. El cochecito y el amor, la ciudad y el cuerpo materno, la ruptura y la salida de la heterosexualidad pertenecen a una misma pérdida de coordenadas. No se está comparando una crisis afectiva con haberse extraviado en una calle. La desorientación ocurre simultáneamente en el espacio, en el deseo y en la forma de vida.
Perderse tampoco significa siempre necesitar un mapa para regresar. Hay extravíos que vuelven imposible la idea misma del regreso porque revelan que el camino anterior nunca fue el territorio. Era una posibilidad repetida hasta adquirir apariencia de necesidad. Solo cuando deja de conducirnos descubrimos que habíamos confundido una dirección con el mundo.
El amor participa intensamente de esa geografía porque depositamos partes de nuestra vida fuera de nosotros: hábitos, lugares, conversaciones futuras, versiones de quienes imaginamos llegar a ser. Cuando alguien se marcha, no deja un hueco dentro de un mundo intacto. Se lleva también lugares que todavía no existían.
Después puede suceder el vacío.
Louise Glück escribió una frase cuya extrañeza reside casi enteramente en el verbo: «Después de que todo me sucediera, me sucedió el vacío». El vacío no espera debajo de las cosas a que estas desaparezcan. Llega después. Cambia las horas, las habitaciones, los recorridos; reorganiza retrospectivamente lo que permanece. Una ausencia también puede producir mundo.
La pérdida obliga así a admitir algo que la pregunta inicial por el origen del deseo apenas podía formular: una parte de nosotros existe fuera de nosotros. Vivimos en una lengua que no inventamos, en gestos aprendidos de otros, en cuerpos que nos modifican, en expectativas anteriores a nuestra llegada, en futuros imaginados junto a alguien. Nada de ello dicta por completo lo que llegaremos a ser; nada permanece enteramente exterior. Naturaleza y elección pierden la nitidez que poseían cuando las contemplábamos como términos abstractos. Ambas buscaban la verdad del individuo demasiado adentro: una en sus genes, otra en su voluntad.
Quizá el individuo nunca haya sido un recinto.
Estar hechos de relaciones tampoco nos convierte en productos pasivos de ellas. Toda forma recibida necesita ser habitada, y habitarla introduce ya una diferencia. Repetimos palabras utilizándolas de maneras imprevistas; heredamos expectativas sin llegar exactamente al lugar que anticipaban; entramos en categorías anteriores a nosotros y encontramos dentro de ellas posiciones que nadie había previsto. La repetición conserva y desplaza al mismo tiempo.⁸
La libertad aparece entonces bajo una figura menos soberana. No necesita haber creado las condiciones para intervenir en ellas, ni exige haber escogido aquello que nos sucede. Comienza muchas veces después, cuando algo ha alterado ya la distribución de nuestra vida y debemos responder.
Una mujer puede no haber decidido enamorarse de otra mujer y encontrarse, sin embargo, ante decisiones que nadie tomará por ella. Puede ocultar ese amor, tratarlo como accidente, convertirlo en culpa, conservarlo como existencia clandestina. Puede aceptar también que lo sucedido ha vuelto inhabitable una forma anterior de vida. El deseo no fue necesariamente una elección. Lo que haga con la vida modificada por ese deseo entra, en cambio, en el territorio de su libertad.
La elección llega tarde. Esa tardanza, lejos de degradarla, la devuelve a su escala humana. Elegimos desde situaciones que no hemos elegido, con palabras heredadas y dentro de historias ya comenzadas. Entre «nací así» y «decidí ser así» se extiende el trabajo mediante el cual una existencia responde a lo que le ha sucedido.⁹
Años después, la mujer busca a Anaïs, la matrona que la acompañó durante el parto. Necesita escuchar otra vez su voz. Se tumba en una camilla y pide que la examine. Anaïs le dice que no hay motivo. La escucha. Después coloca sobre su cuerpo unas agujas de acupuntura, las mismas que había utilizado durante aquellas horas.
La voz es la misma. Las agujas también. Ha cambiado su lugar en la historia.
Narrar participa de esa transformación. Los hechos permanecen, pero modifican sus vecindades. Una voz que durante años estuvo adherida al miedo puede sonar en otra habitación; una aguja vuelve a entrar en la piel sin pertenecer ya a la urgencia; algo recordado únicamente como final aparece, desde otro punto del tiempo, junto a un comienzo. El pasado conserva su materia mientras cambia la sintaxis que lo organiza.
Nuestra intervención sobre lo vivido quizá encuentre aquí una de sus formas más hondas. No corregimos retrospectivamente los acontecimientos ni descubrimos detrás de ellos una verdad definitiva. Reordenamos proximidades, reconocemos relaciones antes invisibles, permitimos que una pérdida deje de significar únicamente pérdida. Narrarse consiste también en averiguar qué puede hacer todavía con nosotros aquello que ya ocurrió.
La placenta regresa entonces sin necesidad de convertirse en emblema. Durante un tiempo sostuvo materialmente una relación entre dos cuerpos y después quedó fuera de ambos. En la memoria continúa junto al nacimiento de un hijo, una ruptura, un matrimonio que termina, un deseo que obliga a cambiar de dirección. No explica ninguno de esos acontecimientos. Los mantiene próximos. Los lleva.
Levanto la vista. La muchacha del puesto de enfrente continúa trabajando. Ha limpiado varios pescados durante el tiempo que llevo observándola. Introduce la hoja, encuentra la espina, separa, desecha, lava la tabla. Ignora que sus manos han provocado todo este rodeo.
Durante unos minutos he querido atribuirles un conocimiento que no poseen. Ellas saben dónde cortar porque el pez ofrece articulaciones. Yo había supuesto que una vida debía ofrecerlas también.
Naturaleza e historia, determinación y libertad, lo recibido y lo elegido continúan siendo distinciones necesarias. Pensar exige discriminar. El error comienza cuando olvidamos que el cuchillo es nuestro y atribuimos sus cortes a la anatomía de aquello que intentamos comprender.
Desde mi pescadería alguien pregunta quién va ahora.
Doy un paso hacia el mostrador. Antes de volverme miro una última vez al puesto de enfrente. La muchacha enjuaga el cuchillo bajo el grifo. El agua golpea la hoja, arrastra un hilo rosado por la tabla y desaparece por el desagüe.
Me toca.
Ella ya está limpiando otro pez.
Notas al margen
1. La pregunta por el origen tampoco es inocente. «¿De dónde viene?» prepara una respuesta causal antes de saber siquiera si aquello que busca posee una causa separable. El cuchillo estaba en la pregunta.
2. Podría aparecer aquí Judith Butler y explicar que nunca existe primero un sujeto terminado y después las normas que lo modelan. Pero si la nota necesita a Butler para sostener el párrafo, el párrafo ha fracasado. Dejémosla todavía fuera.
3. ¿De quién es una placenta? Quizá la torpeza esté en el posesivo. Algunas relaciones corporales preceden a la posibilidad de distribuir limpiamente lo mío y lo tuyo.
4. Ursula K. Le Guin, «The Carrier Bag Theory of Fiction». Frente a la vieja fascinación narrativa por el arma y su trayectoria, el recipiente permite pensar una forma capaz de transportar heterogeneidad. Una precisión: la bolsa empieza a parecer demasiado adecuada para este ensayo. Habrá que vigilarla.
5. Ya es tarde. La placenta se ha convertido en bolsa y la bolsa en teoría de la vida. El texto acaba de advertir contra esa operación después de haberla realizado. Que la contradicción permanezca. Una nota también puede negarse a absolver al párrafo que la llama.
6. Monique Wittig pensó la capacidad del lenguaje para producir aquello que parece limitarse a describir; Sara Ahmed siguió después las líneas por las que ciertos cuerpos y deseos son orientados. Sus nombres caben mejor aquí, en el margen. Arriba importa que el lector vea la línea antes de conocer quién la estudió.
7. Merleau-Ponty no escribió sobre este cochecito. Mejor así. Una filosofía merece sobrevivir a sus ejemplos cuando permite reconocer aquello que nunca llegó a contemplar.
8. Butler vuelve. O quizá nunca se había ido. Las normas existen repitiéndose y ninguna repetición es perfecta. Pero esta nota empieza a comportarse como aquello que describe: vuelve sobre una aparición anterior sin conseguir repetirla exactamente.
9. «Presentar la propia orientación sexual o el propio deseo como una respuesta a aquello que nos ha sido transmitido, a aquello que nos ha sucedido, es una manera de politizar y reapropiarse de la cuestión de la elección.» La palabra importante era respuesta. Hemos necesitado casi todo el texo para llegar hasta ella.
Rferdia
Let`s be careful out there