Notas de ciclismo, filosofía y literatura

Werde, der du bist

Friedrich Nietzsche

La idea de superclase

Con este texto inauguro una nueva sección del blog titulada El círculo y la fuga y que estará dedicada, en su conjunto, a la memoria de Franco Volpi, a cuya lectura debo haber abandonado más de una certeza, y haber encontrado en ello una línea de vida.

Falleció en 2009 tras ser atropellado por un automóvil mientras montaba en bicicleta.


En memoria de Franco Volpi

Durante la escritura de este ensayo empecé a sospechar que el título no era del todo adecuado porque me parecía insuficiente. «La idea de Superclase” aparentaba nombrar algo evidente, una superioridad, una excelencia fuera de discusión, pero cuanto más avanzaba en el análisis, más se hacía patente que aquello que intentaba capturar no se dejaba fijar sin perder parte de lo que de verdadero valor hubiera en ella. Como si el término llegara siempre un instante tarde, cuando el fenómeno ya había comenzado a desplazarse.

Pensé entonces en otra formulación, más seca, más expuesta: todo para nada. El concepto continuaba arrastrando consigo un peso ajeno, una escena ya vista, una conclusión que no dejaba espacio para la experiencia. Y, sin embargo, había algo en ese tono, en esa mezcla de claridad y de inquietud, que no resultaba del todo impropio. Porque en el fondo, la cuestión del Superclase no es únicamente la del triunfo, sino también la de lo que ese triunfo no consigue clausurar.

Hay corredores que pueden ordenarse sin fricción. El juicio circula entre ellos con comodidad: el mejor, el más combativo, el más completo. Esa gramática comparativa parece suficiente hasta que aparece una figura que la trastoca lllevando las reglas a un punto en el que no bastan por si solas. El vocabulario permanece, victorias, potencia, táctica, pero pierde alcance, y lo que antes distinguía se estanca.

En lógica clásica se conoce el gesto límite: basta admitir una contradicción para que el sistema pierda su capacidad de discriminar. No se trata de un error local, sino de una alteración del régimen de sentido. En el ciclismo ocurre algo análogo, aunque invertido. La irrupción de un Superclase no iguala por abajo; rompe por arriba. Allí donde había continuidad, introduce una discontinuidad que obliga a reconsiderar la escala misma.

Por eso nombres como Tadej Pogačar o Mathieu van der Poel no designan solo a los mejores dentro de un conjunto. Señalan el punto en que ese conjunto deja de ser homogéneo. No son “más” en el mismo sentido en que otros son “muy buenos”; operan como un límite que desplaza el marco de comparación.

Aceptar esto exige un trabajo previo. Sin una pars destruens, la demolición de los sofismas que uno había convertido en definiciones, el discurso sobre el Superclase queda preso de la preferencia y de la retórica. Confundir gusto con criterio impide conocer. Solo al deshacer esas coartadas se abre un punto cero: reconocer que no se sabe, que se ha hablado con soltura de lo desconocido.

Desde ahí comienza la pars construens que no es acumulación, sino ajuste. Aprender a ver sin precipitación, a nombrar sin exceso, a comparar sin forzar la escala. La diferencia deja de ser una intuición vaga y se vuelve conocimiento exigente. Y entonces el Superclase ya no es un elogio hiperbólico, sino la constatación sobria de una ruptura real en el orden de lo comparable. Conviene, por tanto, situar el problema con cierta precisión.

En el ciclismo profesional hay una verdad que no admite discusión: el palmarés decide. Es el punto de llegada de toda interpretación, el lugar donde la carrera de un ciclista se fija y adquiere una forma definitiva. Nadie gana por estilo, ni por intuición, ni por la belleza de su pedaleo. Se gana cruzando primero la línea de meta. Y, sin embargo, no todos los palmarés significan lo mismo. Hay trayectorias que acumulan victorias y otras que, al hacerlo, introducen una diferencia que no puede reducirse a la cantidad. En ese desajuste comienza la cuestión del Superclase.

Esa diferencia no se explica únicamente por la superioridad física o técnica. Tiene que ver con la manera en que el corredor habita la competición. Porque la carrera no es sólo un sistema de fuerzas, sino un espacio en el que se toman decisiones bajo presión, donde el conocimiento y la incertidumbre se entrelazan de forma constante. El corredor actúa con lo que sabe, pero también con aquello que no termina de comprender del todo. Y es precisamente en ese punto donde la figura del Superclase descolla.

No se trata de alguien que elimina la incertidumbre, sino de alguien que es capaz de afrontarla sin descomponerse. Que no necesita reducir la complejidad de la carrera para imponerse, sino que, por el contrario, parece operar con ella, incluso intensificarla. Sus movimientos no se ajustan siempre a la previsión, no siguen de manera estricta la lógica del cálculo óptimo. Introducen una variación, una presión que obliga a los demás a replantear su propia estrategia. No rompen la lógica de la competición, pero la llevan hasta un punto en el que esa lógica deja de ser suficiente.

En ese sentido, el palmarés del superclase no es simplemente una suma de resultados. Es la huella de una forma. Cada victoria se inscribe en una continuidad que permite reconocer un modo de actuar: una manera de elegir el momento, de abrir la carrera, de resolverla. Pero incluso esa forma, cuando se observa con detenimiento, no termina de estabilizarse. Porque en cada una de esas victorias hay algo que se resiste a ser plenamente explicado.

Cuando analizamos una carrera, recurrimos a datos, a cifras, a reconstrucciones tácticas. Descomponemos lo ocurrido en unidades manejables: potencia, ritmo, posicionamiento. Todo ello es necesario. Pero también es, en cierto modo, una simplificación. Reordenamos lo que la carrera ha desgarrado, reconstruimos en frío lo que fue vivido como intensidad, y creemos haber comprendido lo que en realidad sólo hemos reorganizado en nuestra memoria

El superclase se sitúa precisamente en ese punto de fricción porque su acción se deja explicar aunque no en su completitud porque siempre queda un resto: un gesto que no se deduce del cálculo, una decisión que parece excesiva, una insistencia que no se justifica del todo. Ese resto no contradice la victoria, pero tampoco se integra plenamente en su explicación.

Quizá por eso el término Superclase resulta, al mismo tiempo, necesario e insuficiente. Necesario, porque nombra una evidencia: hay corredores que están en otro nivel. Insuficiente, porque no logra captar aquello que hace que ese nivel sea algo más que una diferencia cuantitativa.

Cabe entonces una intuición que no pertenece, en apariencia, al ciclismo, pero que puede resultar adecuada. Carl Schmitt definía lo político a partir de una distinción elemental: la diferencia entre amigo y enemigo. No se trata de una oposición moral, sino de una delimitación que sitúa el conflicto en su forma más desnuda. Lo político aparece cuando esa distinción deja de ser abstracta y se vuelve efectiva.

La carrera, sin ser política en sentido estricto, reproduce una estructura análoga. El pelotón no es una suma de individuos, sino una configuración de posiciones en tensión. Hay alianzas momentáneas, colaboraciones tácticas, intereses compartidos, pero todo ello se sostiene sobre una línea de separación que no desaparece: la que distingue al que puede imponerse del que debe ceder. El adversario no es un enemigo en sentido personal, pero sí una incompatibilidad en acto.

El superclase se sitúa en ese punto con una claridad distinta que revela una posición, un estatus. Sus movimientos obligan a los demás a definirse. Un ataque suyo no es sólo una aceleración, sino una declaración que introduce una frontera allí donde el equilibrio parecía estable. Lo que era cooperación se fragmenta, lo que era cálculo compartido se deshace. Cada corredor debe decidir.

Pero lo decisivo no está en esa activación, sino en la forma en que la habita. El superclase desplaza el conflicto. Lleva a los adversarios a un punto en el que la propia lógica de la carrera comienza a volverse insuficiente. Su acción densifica el campo . La incertidumbre no desaparece, se intensifica. En ese movimiento, el adversario deja de ser una figura externa para convertirse en una condición interna de la propia acción.

Esto tiene consecuencias en la manera de entender el palmarés. En el superclase, cada victoria no se añade como un dato, modifica el campo en el que las siguientes serán posibles.

Y, sin embargo, ni el dominio ni la estructura bastan para explicar lo que ocurre. Porque incluso en esa claridad permanece algo que no se deja reducir. Las victorias pueden analizarse en términos de potencia, estrategia o contexto, pero ninguna de esas operaciones logra agotarlas. Persiste un resto: una decisión que no se deduce del todo, un gesto que excede la lógica inmediata.

Así las cosas, la figura de Tadej Pogačar adquiere una nitidez particular.

Cumple la condición básica sin discusión: gana. Y gana en todos los terrenos que definen el ciclismo contemporáneo. Su palmarés es sólido, amplio, dominante. Pero lo que lo sitúa en la categoría del Superclase no es únicamente esa acumulación de resultados, sino la forma en que esos resultados se producen.

Pogačar no parece administrar la carrera en el sentido habitual. No se limita a optimizar su esfuerzo ni a esperar el momento exacto que dictaría la lógica del cálculo. En numerosas ocasiones, introduce decisiones que, vistas desde fuera, resultan difíciles de justificar: ataques tempranos, esfuerzos prolongados, movimientos que obligan a los demás a salir de su propio plan. No es que ignore la lógica de la competición, pero tampoco se somete a ella de manera completa.

Y ahí es donde parece algo más humano. No en el error, que por supuesto, sino en esa exposición constante al riesgo de no tener una respuesta perfecta. En esa disposición a actuar sin la garantía de que lo que hace sea lo óptimo, pero confiando en que será suficiente. No hay en ello una heroicidad evidente, ni un gesto grandilocuente. Es la respuesta de alguien que está completamente dentro de la carrera sin protegerse de ella.

Cada una de sus victorias puede analizarse. Pero ninguna se deja apresar en una simplificación porque siempre queda una pregunta: ¿por qué ahí?, ¿por qué así?, ¿por qué funcionó o no lo hizo?

Porque el superclase no es únicamente el que lo gana todo. Es aquel que, al hacerlo, deja ver que ganar no es un proceso completamente transparente. Que incluso en el punto de mayor claridad, en el espacio de la victoria, hay una zona que no se deja iluminar del todo. Y habitar esa zona es la condición de su singularidad.

Por eso admiro al esloveno. Porque cada vez que lo veo competir no consigo entender algo que, aun estando a la vista, no termina de explicarse.

Terminemos con otra singularidad

Rferdia

Let`s be careful out there