Per me si va ne la città dolente,
per me si va ne l’etterno dolore,
per me si va tra la perduta gente.

Giustizia mosse il mio alto fattore;
fecemi la divina podestate,
la somma sapïenza e ’l primo amore.

Dinanzi a me non fuor cose create
se non etterne, e io etterno duro.
Lasciate ogne speranza, voi ch’intrate.

Dante, Inferno, canto III

En el sprint, mis piernas eran espaguetis

Tadej Pogačar

¡Qué bueno es Wout van Aert ! me escribió un amigo apenas terminada la carrera ajeno al hecho de que el comentario contiene todo aquello que encaja en el perfil de un campeón como el belga cuando no hay que compararlo con nadie. Sobre todo con dos superclases lejos de su alcance como Mathieu van der Poel, que ha ido construyendo una carrera casi inatacable en las clásicas. Y con Tadej Pogačar, que convierte cualquier carrera en otra cosa, además de ser el único ciclista que puede sentarse a la mesa de Eddy Merckx

Al margen de los números contenidos en la frialdad de un palmarés y de lo que yo pueda opinar, Van Aert no necesitaba demostrar que era bueno. Eso es una obviedad. Necesitaba una victoria como esta. Pero vayamos al asunto.

La edición de este año no dio respiro desde el principio. Ritmo alto de esos que parecen exagerados incluso para una Roubaix. No se consolidó ninguna fuga y todo fue un poco extraño, como si nadie quisiera regalar ni un metro. Eso, claro, tiene un precio. Equipos que se vacían antes de tiempo, gregarios que desaparecen cuando más falta hacen, y una carrera que llega rota mucho antes de lo previsto. Todo traducido en una cascada de giros inesperados, la persecución interminable de Van der Poel y la batalla final entre Pogačar y Van Aert, que nos ha dejado una París-Roubaix de antología.

La figura de Pogačar asomó desde el principio. No hace falta que el esloveno gane para cambiar la carrera, basta el hecho de que tome la salida. Su manera de correr obliga a todos los demás a decidir cosas que no decidirían en otra situación. Y eso se notó, como siempre. UAE intentó controlar, endurecer, llevar la carrera a su terreno. Pero Roubaix no tiene terreno fijo. Es una carrera, que como el cuerpo de una mujer, te acepta o no. Sin embargo, el genio de Klanec, junto a su equipo, pensaba haber reducido los riesgos adoptando una sección de neumático más ancha: 35 mm delante y 32 mm detrás. Prácticamente gravel, cuando hace apenas veinte años el pelotón afrontaba el pavé con cubiertas de 27 o 28 mm.; el experimento no salió bien.

En la lotería de los pinchazos, todos los favoritos salieron más o menos perdiendo el domingo, y Tadej Pogacar, habitualmente bastante protegido de estos contratiempos, tampoco se libró.. Y en uno de esos momentos, cuando Pogačar tiene problemas, apareció una de las imágenes más incómodas del día: el coche del equipo metiéndose a toda velocidad en el pavé. Más allá de normas, daba la sensación de que se cruzaba una línea. Porque ahí no solo hay una carrera, hay cincuenta corredores jugándose el equilibrio sobre piedras irregulares. Victoria elegantia augetur

Pogačar se rehízo, como siempre. Es difícil verle en problemas de verdad. Recuperó tiempo, volvió a entrar en carrera, pero se dejó algo en el camino, un desgaste distinto, y fue entonces cuando dos destinos se cruzaron a 93 km de Roubaix, en las tinieblas del bosque de Arenberg. Mientras Wout Van Aert, tantas veces castigado por la mala suerte, salía en cabeza para lanzarse por fin hacia su sueño supremo, Mathieu Van der Poel, el campeón a menudo preservado de caídas y pinchazos, descubría la cara amarga de la fortuna. Y es que el Trouée d’Arenberg, al que deberían de catalogar como 7 estrellas, siempre llega.

Van Aert entró delante. Y eso, en Roubaix, es casi una declaración de intenciones. No te asegura nada, pero te coloca en el lugar correcto para que las cosas puedan salir bien.

Detrás, en cambio, todo se torció para Van der Poel. Un pinchazo, otro, la bici que no encaja, segundos que se escapan sin que puedas hacer nada. Fue una de esas situaciones en las que todo se acumula en el peor momento posible. Y aun así, lo que vino después fue casi más impresionante que todo lo anterior. Empezó a recuperar tiempo. Solo. Sin orden, sin equipo, tirando como si la carrera no estuviera ya completamente lanzada.

Ahí es donde se queda esa sensación rara. La de que, quizá, el más fuerte no fue quien ganó. Pero el ciclismo, y menos en una carrera como Roubaix, no funciona con “quizás”.

Mientras tanto, delante, la carrera se iba quedando en dos. Van Aert y Pogačar. Y ahí se vio otra versión del belga. Más calmada, más inteligente. No necesitaba demostrar nada atacando sin sentido. Al contrario. Entendió que contra Pogacar no se trata de ir más fuerte, sino de no equivocarse.

Pogačar lo intentó donde tenía que hacerlo. En Mons-en-Pévèle, en Carrefour de l’Arbre. Lugares donde la carrera suele romperse. Pero esta vez no encontró ese punto. Hubo un momento, una curva mal tomada, una pequeña pérdida de ritmo… y ya no volvió a tener esa oportunidad clara.

Van Aert aguantó. Sin gestos exagerados. Sin dramatismo. Y cuando llegó el final, todo tuvo sentido no porque fuera el más fuerte en términos absolutos, sino porque su mayor fortaleza en el sprint y su mejor técnica en los peraltes del velódromo resultaron determinantes para conseguir la victoria.

Van Aert había reservado su punta de velocidad para el día más hermoso: el de la París-Roubaix. Tras el tercer puesto en la Milano-Sanremo y el cuarto en Flandes, el belga superó a Tadej Pogačar, conquistando el segundo Monumento de su carrera después de la Sanremo de 2020.

Las declaraciones, pronunciadas con los ojos llenos de lágrimas, no tardaron en llegar: «La París-Roubaix me ha dado momentos duros, pero en días como hoy es la carrera más bonita que existe. Esta es la victoria más importante de mi carrera, lo significa todo para mí; era mi objetivo desde 2018».

Wout Van Aert hizo estallar de emoción el velódromo de Roubaix al imponerse al sprint al término de una carrera desatada, marcada por los pinchazos y en la que el bosque de Arenberg engulló las esperanzas de Mathieu Van der Poel.

Luego llegó la dedicatoria a Michael Goolaerts, compañero y amigo, fallecido por un infarto durante la edición de 2018: «En esta carrera perdí a mi compañero de equipo Michael Goolaerts. Desde entonces, mi objetivo era venir aquí y señalar al cielo. Esta victoria es para él, para su familia y para mis compañeros de entonces. He tenido mucha mala suerte aquí, pero he aprendido. Muchas veces dejé de creer, pero al día siguiente me despertaba y volvía a intentarlo. Tadej es un gran campeón; batirlo en un sprint es algo especial. Cuando entré en el velódromo pensé solo en el plan: en mis sueños he hecho ese sprint tantas veces que sabía exactamente qué hacer. Lo difícil era llegar hasta allí. Ha merecido la pena, recompensa el trabajo de toda una vida».

Por otro lado, Pogacar volvió a dejar otra sensación interesante. Es la única gran carrera donde se le ve realmente cansado. No cansado como los demás. Cansado de verdad. Como si Roubaix le obligara a correr en un terreno que no termina de ser el suyo. Puede ganarla, claro que puede. Pero aquí depende de algo más que de su superioridad fuera de toda duda.

La luz lechosa, velazqueña, de un sol perezoso le dibujaba los rasgos de un lienzo flamenco: cejas atrapadas por el polvo local, córnea reseca y labios inferiores terrosos dibujaban en el superclase esloveno un rostro espectral que un guiño resignado a su agente no bastaba para resucitar.

En ese instante, pocos minutos después de haber sido batido al sprint por Wout Van Aert, el de KLanec admitía estar «un poco decepcionado», y no parecía entonces que tuviera demasiadas ganas de regresar pronto a ese velódromo de tormenta, el único lugar donde se ha convertido en un habitual del segundo puesto.

Y luego está Van der Poel, que salió de Arenberg con la carrera casi perdida y aun así marcada como una historia incompleta que sigue dando vueltas.

Eso fue todo: el belga batió al esloveno al sprint y, precisamente porque sabe cuánto ha tenido que esperar para llegar hasta aquí, probablemente retrasará la hora de ir a dormirse. «Aún tengo miedo de despertarme de este sueño tan hermoso», bromeaba.

En Roubaix no siempre gana el mejor. Gana el que sobrevive mejor a lo que va pasando.

Y esta vez, ese fue Van Aert.

Rferdia

Let`s be careful out there