Sobre The Ice-Shirt, de William T. Vollmann
La historia dice que estos salvajes son de natural engañoso y feroz, imposibles de ablandar, ni con regalos ni con gestos amables. Son gordos pero activos, y tienen la piel aceitunada; se cree que entre ellos hay negros como los etíopes. Visten con pieles de foca cosidas con tendones. Sus mujeres llevan el pelo desordenado y se lo recogen detrás de las orejas para mostrar la cara, que se pintan de azul y amarillo. No usan enaguas como nuestras mujeres, sino varios pares de calzones confeccionados con pieles de pescado, que se colocan unos sobre otros […] Las camisas de los hombres y las blusas de las mujeres están hechas de intestinos de pescado, cosidas con tendones muy finos […] Son sucios y mugrientos en extremo. La lengua les sirve de servilleta y pañuelo y no son pudorosos en actos de los que otros hombres se avergüenzan.» Así dice de la Peyrère.
William T. Vollmann, La camisa de hielo, «Los skrælings de Groenlandia. 1577
Vinlandia era una tierra donde podían quedarse. Había madera, alimento y espacio para levantar casas, y sus habitantes conocían un mundo que los recién llegados apenas comenzaban a entrever. Para los navegantes procedentes de Groenlandia aquella costa ofrecía la posibilidad de una vida menos áspera, pero las condiciones favorables no bastan para fundar una convivencia, y también allí habría que comerciar, repartir, aceptar límites, y los hombres y mujeres de The Ice-Shirt habían aprendido otras cosas durante su larga marcha hacia el oeste. Sabían hacerse a la mar y soportar privaciones; sabían, sobre todo, prolongar una disputa.
William T. Vollmann publicó la novela en 1990 como primer volumen de Seven Dreams: A Book of North American Landscapes, su proyecto de una historia simbólica de Norteamérica. La elección de los navegantes nórdicos le permitía remontarse a una llegada anterior a los grandes relatos de la conquista. Le interesaban las primeras tentativas de asentamiento europeo, pero también las historias con las que aquellos viajeros habían aprendido a explicarse su lugar en el mundo. Por eso el libro se interna en las sagas, se demora en los linajes escandinavos y recoge las metamorfosis de unos reyes capaces de asumir formas animales. Cuando por fin se emprende la travesía, llevamos ya muchas páginas entre sus antepasados.
Es un comienzo difícil, y no siempre por buenas razones. La sucesión de nombres, parentescos y violencias exige una atención cuyos frutos tardan en aparecer. Cabe comprender el propósito de Vollmann: los expedicionarios tienen un pasado que pesa sobre sus actos, y el lector debe conocerlo. Otra cosa es que necesitemos conocerlo con semejante abundancia. Algunas páginas parecen escritas bajo el temor de que cualquier omisión empobrezca el conjunto, como si renunciar a un episodio equivaliese a perder una parte irrecuperable del mundo. Esa generosidad, tan característica del escritor, puede acabar siendo una carga para quien lee.
La saga le proporciona una disciplina que contiene parcialmente su inclinación al exceso. En ella, un hombre se da a conocer por lo que hace, por los vínculos que respeta y por aquellos que rompe. El relato consigna una muerte y sigue adelante; sus consecuencias reaparecerán después, quizá cuando otro pariente venga a reclamar una deuda. La vida individual queda prendida en una red de obligaciones que sobrevive a sus miembros. Vollmann aprovecha esa forma de narrar para mostrar la duración de la violencia, su capacidad de encontrar herederos incluso allí donde parece haber terminado.
Sin embargo, su voz rara vez permanece mucho tiempo en la sobriedad del cronista. Se permite bromas, comentarios, expansiones líricas; introduce observaciones de sus viajes y reúne historias procedentes de tradiciones distintas. El libro avanza entre las sagas escandinavas, los relatos inuit y miꞌkmaq y la experiencia de un norteamericano que recorre aquellos lugares a finales del siglo XX. Las costuras quedan a la vista. A veces el cambio de registro devuelve viveza a una narración que empezaba a pesar; otras veces interrumpe un episodio justo cuando habíamos conseguido entrar en él.
La aparición de Freydís da al conjunto una dirección más firme. La hija de Erik el Rojo lleva su descontento hasta Vinlandia y lo convierte en una fuerza capaz de alterar la tierra. Su pacto con la potencia del hielo enlaza la hostilidad de una persona con la llegada del invierno. A partir de entonces, el frío amenaza con apoderarse de cuanto los viajeros habían encontrado fértil y habitable.
Vollmann obtiene de esa invención algunas de sus imágenes más perturbadoras. Freydís quiere poseer, pero la posesión nunca parece satisfacerla. Lo que tiene delante conserva una existencia propia y, con ella, la posibilidad de escapar a sus deseos. Ni siquiera la abundancia ofrece descanso a una voluntad semejante. El hielo acaba por darle una respuesta terrible: puede extenderse sobre las cosas, cubrirlas y hacer que se parezcan entre sí. La conquista encuentra aquí una figuración cuya fuerza procede de algo muy concreto, la destrucción de las diferencias bajo una misma superficie.
Freydís es, por eso, una creación memorable y un problema para la novela. Su poder como figura alegórica amenaza con consumir su vida de personaje. Llega un momento en que comprendemos demasiado bien qué significa, y esa comprensión nos permite adelantarnos a sus actos. La rivalidad con Gudrid agrava a veces la impresión de que las posiciones han sido distribuidas antes de comenzar el conflicto. Hay una desigualdad entre la invención verbal de Vollmann, capaz de abrir caminos inesperados en casi cualquier párrafo, y la relativa previsibilidad de ciertos enfrentamientos.
Tampoco resulta enteramente satisfactoria la explicación histórica que se desprende del símbolo. Si los europeos llevan el invierno consigo desde el principio, si su violencia pertenece a una herencia que atraviesa intacta los siglos, cuesta saber cuándo podrían haber elegido otra conducta. El mito da profundidad temporal al mal, aunque corre el riesgo de concederle demasiada. Una fatalidad puede producir grandes escenas; para comprender una responsabilidad hace falta atender también a las ocasiones en que alguien pudo detenerse y siguió adelante.
El propio Vollmann parece desconfiar de una interpretación demasiado segura. Se introduce en el libro como William el Ciego, viajero que observa, escucha y trata de reconstruir lo sucedido. El nombre contiene una ironía dirigida contra su autoridad. Ha ido a los lugares, ha recogido testimonios y consultado fuentes, pero sigue dependiendo de cuanto otros dejaron escrito y de lo que él mismo alcanza a imaginar. Esa presencia recuerda al lector que está ante una historia compuesta por alguien, con sus preferencias, sus limitaciones y su deseo de encontrar un sentido.
Los pasajes contemporáneos tienen resultados desiguales. Cuando una observación del viaje modifica nuestra lectura de un episodio antiguo, sentimos que la interrupción era necesaria. Cuando sirve para subrayar una denuncia ya bastante clara, el libro pierde confianza en sus propios recursos. Vollmann puede ser un escritor extraordinariamente atento y, unas páginas después, explicar con insistencia lo que su atención nos había permitido descubrir.
Su mejor defensa está en el paisaje. La vegetación, los animales, los glaciares y la dureza del tiempo reciben un cuidado que devuelve al relato su consistencia física. El lector recuerda entonces que los personajes tienen frío, necesitan alimento y deben calcular la distancia que aún pueden recorrer. La naturaleza impone obligaciones más inmediatas que las de cualquier genealogía. También obliga a Vollmann a mirar fuera de sus ideas, y en esas páginas la prosa gana una precisión que la alegoría, por sí sola, no podía darle.
Hay algo valioso en esa resistencia de los lugares a convertirse enteramente en símbolos. Mientras los expedicionarios calculan lo que pueden obtener de una tierra, la escritura se detiene en detalles que apenas cuentan para sus propósitos. Gracias a ellos percibimos lo que sus ambiciones dejan fuera. La pérdida empieza a hacerse visible antes de que el narrador la juzgue.
The Ice-Shirt pide una paciencia que siempre recompensa y contiene hallazgos que difícilmente habrían surgido de una empresa más prudente. Su desmesura le permite aproximar épocas, tradiciones y experiencias, aunque a veces el relato no alcance a dar consistencia a las relaciones que su imaginación descubre. Incluso entonces se advierte la fuerza de un escritor extraordinario, cuya curiosidad lo lleva a internarse en territorios que otros habrían preferido dejar al margen. Puede demorarse más de la cuenta en una genealogía y, unas páginas después, descubrir en un glaciar algo que cambia nuestra lectura de toda la novela. A mí me cuesta separar esos hallazgos de su propensión al exceso, porque proceden de una misma entrega al asunto que tiene entre manos. De ahí que incluso los pasajes más trabajosos merezcan paciencia: estamos ante un escritor que se atreve a seguir una intuición mucho más lejos de donde la mayoría habría decidido detenerse.
Al llegar a Vinlandia, los viajeros todavía tienen que decidir cómo vivir allí. La tierra ofrece recursos, pero el reparto, los intercambios y el trato con sus habitantes dependen de ellos. Vollmann hace pesar sobre esas decisiones toda la violencia anterior; aun así, el lugar descrito conserva posibilidades que sus personajes apenas consideran. Durante un tiempo, el lector permanece pendiente de ellas, mientras las disputas ocupan los días y la ocasión de quedarse va perdiéndose.
Casi me olvido: la traducción de José Luis Amores es sencillamente extraordinaria, y la edición de Pálido fuego, pura exquisitez.
¿Dónde estaba Groenlandia?
c. 1390-1646
El francés Isaac de la Peyrère, en su Relation du Groenland (1646), da cuenta de los muchos enigmas y maravillas de la isla, hasta hacer que parezca una Cosa temblorosa sin rostro cuyo pecho se agita con mil espasmos hasta que al fin da a luz a Freydís, la hija bastarda de Erik el Rojo, a quien éste llevó a casa con Thjodhild sin mediar palabra, y Thjodhild dijo: «¿De dónde sale esta niña? ¿Es tuya?», y Erik dijo: «Sí», y Thjodhild dijo: «Parece que no me queda más remedio que criarla», a lo que Erik contestó: «Te lo agradezco, mujer, pues eres muy generosa».
Freydís quería leche y lloraba, pero Thjodhild no tenía para darle, pues Thorstein ya había sido destetado, y le buscaron una nodriza, una joven de campo grande y corpulenta llamada Thordis cuyo hijo había muerto, pero que al final rechazó el encargo aduciendo que la niña le hacía mucho daño en el pecho.
«Acaba de nacer y ya está dando problemas», dijo Thjodhild. «Destetémosla y veamos si resiste.»
«Se hará como desees», dijo Erik. «Ya veo.»
La pequeña sobrevivió, aunque lloró mucho de hambre y rabia. Y con el tiempo empezó a desarrollarse y creció fuerte y robusta con el aire de Groenlandia. Pero el extraño país en el que se encontraba, con su aliento gélido y su cielo de colores espectrales, no figuraba en ningún mapa fiable, pues ni su padre sabía dónde empezaba ni dónde terminaba.
«Algunos dicen que se extiende hasta los confines de Tartaria», escribe Peyrère, recitando obedientemente lo que le han contado, «pero eso es dudoso, como se comprobará más adelante». En cuanto a si estaba unido a América, su reflexiva respuesta fue que en realidad no sabía decirlo.
Yo mismo, con la esperanza de resolver la cuestión, he pasado muchas horas analizando el mapa de Nicolò Zeno el Joven (1558), trazado siglo y medio después del relato que se supone que ilustra; pero las extremidades de sus islas son alienígenas por sistema, como los tentáculos de un calamar.* Groenlandia es llamada ahí ENGRONELANDA. Hay un par de mesetas enfrentadas, ligeramente inclinadas una hacia la otra, en las costas sudeste y suroeste, pero por lo general en el interior de Engronelanda no hay nada aparte de un cúmulo de montañas blancas.
Las regiones del norte de las islas están en la parte superior del mapa, que dice, evasivamente: TRAMATONA. Los fiordos con forma de cola de langosta de la curva sur de la isla tienen nombres; podrían ser nombres de asentamientos o de monasterios; es imposible estar seguro porque son casi ilegibles. El mapa es de color blanco hielo tras la cuadrícula de barrotes carcelarios de la longitud y la latitud.
En el costado noreste de Engronelanda hay un volcán que arroja un penacho negro de fatalidad por encima de una iglesia. (Este detalle se vuelve menos enigmático, aunque más siniestro, cuando recordamos que en el año 1308, según crónicas danesas, se escucharon truenos espantosos en Groenlandia y el fuego del cielo cayó sobre la iglesia de Skálholt, reduciéndola despiadadamente a cenizas, a tono con la época. Al suceso le siguió una tormenta tan intensa que enormes rocas se desprendieron de las cimas de las montañas. Aquel invierno fue tan severo que el hielo estuvo un año sin derretirse.)
Al este de la iglesia, en la uniforme y siniestra blancura, el mapa sólo dice: MARE ET TERRE INCOGNITE. En medio del océano, al sureste de Islandia, hay un conjunto de cruces con forma de diamante.
Wlliam T. Vollmann, la camisa de hielo. Ed. Pálido fuego
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Let`s be careful out there