Apuntes, desvíos, destellos.

A veces como ahora, imagino el leve parpadeo de la luciérnaga,

pequeño titán frente a la noche

Rferdia

En los primeros meses de 1945, Jorge Luis Borges solía traer consigo, durante sus caminatas rutinarias por las calles de Buenos Aires, un juguete pequeño, que le cabía en el puño cerrado. Lo llevaba con él cuando visitaba a sus amigos, lo exhibía ante desconocidos, lo escrutaba en la biblioteca donde fingía trabajar los días de semana. Minuciosamente miraba su interior: cabizbajo, observaba a través de él, como si viera a través de un microscopio, un diminuto mundo fragmentado. Amante asexual, por las tardes visitaba a su novia, Estela Canto; otras veces ella lo acompañaba en sus travesías por la ciudad, él con su juguete empuñado. Ella le preguntaba qué objeto era ese que él apretaba en el bolsillo de la gabardina. Es el mundo, decía Borges, misterioso. Otras veces le decía que el objeto era mágico y que era “un aleph”. En cierto momento, quizás en abril o mayo, lo colocó sobre su escritorio, una pequeña mesa de trabajo en el departamento de la calle Maipú 994, 6.º B, que compartía con su madre. Durante meses, hasta finales de agosto, o tal vez hasta los primeros días de setiembre, entretejió en su mente un cuento y lo fue transcribiendo, primero en páginas sueltas y, después, en un cuaderno. El cuento habría de llevar el mismo nombre cabalístico que él le había dado a su juguete. ( palabras preliminares del libro de Gustavo Faverón Patriau, El orden del Aleph, Ed, Candaya )

Vi el populoso mar, vi el alba y la tarde, vi las muchedumbres de América, vi una plateada telaraña en el centro de una negra pirámide, vi un laberinto roto (era Londres), vi interminables ojos inmediatos escrutándose en mí como en un espejo, vi todos los espejos del planeta y ninguno me reflejó, vi en un traspatio de la calle Soler las mismas baldosas que hace treinta años vi en el zaguán de una casa en Fray Bentos, vi racimos, nieve, tabaco, vetas de metal, vapor de agua, vi convexos desiertos ecuatoriales y cada uno de sus granos de arena, vi en Inverness a una mujer que no olvidaré, vi la violenta cabellera, el altivo cuerpo, vi un cáncer en el pecho, vi un círculo de tierra seca en una vereda, donde antes hubo un árbol, vi una quinta de Adrogué, un ejemplar de la primera versión inglesa de Plinio, la de Philemon Holland, vi a un tiempo cada letra de cada página (de chico, yo solía maravillarme de que las letras de un volumen cerrado no se mezclaran y perdieran en el decurso de la noche), vi la noche y el día contemporáneo, vi un poniente en Querétaro que parecía reflejar el color de una rosa en Bengala, vi mi dormitorio sin nadie, vi en un gabinete de Alkmaar un globo terráqueo entre dos espejos que lo multiplican sin fin, vi caballos de crin arremolinada, en una playa del Mar Caspio en el alba, vi la delicada osatura de una mano, vi a los sobre-vivientes de una batalla, enviando tarjetas postales, vi en un escaparate de Mirzapur una baraja española, vi las sombras oblicuas de unos helechos en el suelo de un invernáculo, vi tigres, émbolos, bisontes, marejadas y ejércitos, vi todas las hormigas que hay en la tierra, vi un astrolabio persa, vi en un cajón del escritorio (y la letra me hizo temblar) cartas obscenas, increíbles, precisas, que Beatriz había dirigido a Carlos Argentino, vi un adorado monumento en la Chacarita, vi la reliquia atroz de lo que deliciosamente había sido Beatriz Viterbo, vi la circulación de mi oscura sangre, vi el engranaje del amor y la modificación de la muerte, vi el Aleph, desde todos los puntos, vi en el Aleph la tierra, y en la tierra otra vez el Aleph y en el Aleph la tierra, vi mi cara y mis vísceras, vi tu cara, y sentí vértigo y lloré, porque mis ojos habían visto ese objeto secreto y conjetural, cuyo nombre usurpan los hombres, pero que ningún hombre ha mirado: el inconcebible universo.

Jorge Luis Borges, «El Aleph»

Rferdia

Let`s be careful out there