Vivimos en una época de reproducción. La mayor parte de nuestro propio mundo visual no la hemos visto con nuestros propios ojos, mejor dicho, la hemos visto con nuestros propios ojos pero no en el lugar mismo en que ocurrió. Somos televidentes, teleoyentes, telesapientes. No es necesario haber salido nunca de esta minúscula ciudad […] para saber cómo ulula el monzón sobre el Himalaya o qué aspecto tiene el mar a mil metros de profundidad. Hoy, cualquiera puede saberlo. […] Ya no significa nada haber visto peces espada, haber amado a una mulata: todo ello podría ocurrir en una matinée de películas documentales.
Max Frisch, Homo faber
Engullimos palabras y frases cuando leemos deprisa, pero también podemos demorarnos en ciertos textos y paladearlos con calma. La lectura, al igual que los viajes, tiene sus velocidades.
Pienso a menudo en una salida en bicicleta. Hay carreteras que he recorrido decenas de veces en coche sin recordar apenas nada de ellas. Son líneas funcionales que unen un punto con otro. Sin embargo, cuando vuelvo a pasar por esos mismos lugares sobre una bicicleta, el paisaje parece distinto porque ha cambiado mi velocidad.
En muchos sentidos, la bicicleta ocupa una posición singular porque no avanza con la precipitación del automóvil, pero tampoco lo hace con la lentitud del caminante. Permite una relación distinta con el mundo. Lo bastante rápida para abarcar grandes distancias; lo bastante lenta para que los detalles sigan siendo visibles.
Pero quizá la semejanza más profunda entre pedalear y leer no tenga que ver con la velocidad, sino con el tiempo.
Cuando avanzamos por una carretera no vivimos una sucesión de instantes aislados. La curva que acabamos de dejar atrás sigue acompañándonos de algún modo. Conservamos su inclinación en las piernas, el recuerdo de la luz que caía sobre ella, el esfuerzo que nos exigió. Al mismo tiempo percibimos el tramo presente de asfalto y anticipamos la subida que intuimos tras el siguiente repecho. Cada pedalada reúne pasado, presente y futuro.
Con la lectura ocurre exactamente lo mismo.
La página que acabamos de leer no desaparece. Permanece suspendida detrás de nosotros como una carretera ya recorrida. El presente de la lectura está hecho tanto de lo que vemos ahora como de aquello que todavía retenemos y de aquello que esperamos encontrar unas líneas más adelante. Leemos siempre entre la memoria y la expectativa.
No avanzamos por una serie de presentes aislados. Cada frase nueva modifica el sentido de las anteriores. Lo leído sigue ahí, aunque se aleje. Lo conservamos todavía, pero ya comienza a hundirse en la profundidad de la memoria. Leer consiste en tender continuamente la mano hacia aquello que acaba de desaparecer mientras nos abrimos a lo que todavía no ha llegado.
Por eso los personajes nunca aparecen completos.
Cuando Buck Mulligan entra en escena al comienzo del Ulises, apenas es una silueta. Un nombre. Una voz. Un gesto. No sabemos quién es realmente. Lo vamos descubriendo igual que descubrimos un paisaje durante una ruta ciclista. Primero aparece un campanario a lo lejos. Más tarde una curva revela un valle. Después un camino secundario explica la disposición de unas casas que antes parecían arbitrarias. El territorio se organiza poco a poco en nuestra mente.
No conocemos a una figura literaria porque el autor nos entregue una lista de atributos. La conocemos porque la vemos actuar. Porque observamos cómo habla, cómo se comporta, qué decisiones toma, qué oculta y qué revela sin proponérselo. El personaje emerge de sus movimientos, del mismo modo que el paisaje emerge de la sucesión de perspectivas que nos ofrece la carretera.
Quizá Aristóteles tenía razón al afirmar que conocemos las cosas por sus actos. Un cuchillo corta. Un ciclista pedalea. Un personaje actúa. Lo que son aparece en lo que hacen.
Un amigo actor me dijo una vez que la construcción de un personaje tiene más que ver con los adverbios que con los adjetivos. Creo entender lo que quería decir. No importa tanto que alguien sea descrito como valiente, melancólico o ambicioso. Importa cómo entra en una habitación, cómo responde a una ofensa, cómo guarda silencio o cómo mira a otra persona. Los actos revelan más que las etiquetas.
Por eso sospecho de las novelas que describen demasiado. Me ocurre algo parecido que durante una ruta cuando alguien me enseña una fotografía de la montaña que voy a subir dentro de unos kilómetros. Prefiero descubrirla por mí mismo. Ver cómo aparece gradualmente detrás de una curva, cómo cambia de forma a medida que me aproximo, cómo el esfuerzo modifica mi percepción de ella.
Con los personajes sucede igual. Prefiero deducir su carácter por el ritmo de sus frases, por sus silencios, por la manera en que responden a los demás. Quiero imaginar quiénes son a partir de sus acciones y de sus palabras. Igual que un ciclista reconstruye el paisaje a medida que lo atraviesa. Tal vez por eso algunas novelas exigen una relectura y otras no.
La primera vez avanzamos atentos al camino. Queremos saber adónde conduce la carretera. La trama ejerce sobre nosotros la misma fuerza que ejerce el horizonte sobre quien pedalea. Sin embargo, cuando regresamos por segunda vez, el viaje cambia de naturaleza. Ya conocemos el destino. Entonces podemos prestar atención a los márgenes, a las señales, a los detalles aparentemente insignificantes. Descubrimos que el libro era más amplio de lo que habíamos creído.
Como ocurre en un recorrido cinco estrellas, comprendemos que la carretera no estaba hecha únicamente para llegar a algún sitio. Estaba hecha para ser recorrida muchas veces. Cada paso por ella reorganiza el recuerdo de los trayectos anteriores. Cada lectura modifica las precedentes.
Leer es, en el fondo, una forma de aprender a estar acompañado. Los libros amplían nuestro mundo porque nos permiten convivir con inteligencias, sensibilidades y experiencias alejadas de las nuestras. Nos enseñan a reconocer voces distintas, a escuchar tiempos distintos, a habitar vidas que nunca serán la nuestra.
De ahí que siga siendo válida aquella observación de Cicerón según la cual ser culto consiste en saber elegir buena compañía entre los hombres y las cosas, tanto en el presente como en el pasado. Leer sería entonces una forma privilegiada de ejercer esa elección. No para escapar del mundo, sino para regresar a él con una mirada más amplia, más atenta y mejor acompañado.
Rferdia
Let`s be careful out there