Pascal Quignard y la persistencia de lo arcaico
La retórica especulativa constituye la gran tradición letrada antifilosófica que atraviesa la historia occidental desde el nacimiento mismo de la filosofía. La literatura es el lenguaje anterior a la metafísica; la lengua de las imágenes.
No es necesario recurrir a tradiciones ajenas a Occidente para escapar al lenguaje ordenador de la metafísica griega, de la teología cristiana o del nihilismo moderno. Todos esos discursos ordenan por miedo a los efectos del lenguaje.
La literatura, en cambio, lejos de separarnos de la naturaleza (physis), nos liga más profundamente a ella. Es nuestro vínculo fundamental
Pascal Quignard, Retórica especulativa
“¿Qué busco, tomo tras tomo, en Último reino? Otra manera de pensar en el límite del sueño. Una manera de apegarse lo más cerca posible a la letra, a la fragmentación de la lengua escrita, y de avanzar descomponiendo las imágenes de los sueños, desordenando sus formas verbales, exhumando sus textos fuentes”.
La declaración de Pascal Quignard funciona menos como una explicación que como una puerta de acceso a su obra. En ella ya aparecen condensados los elementos esenciales de Último reino: el sueño, la fragmentación, la falsificación de las imágenes, el lenguaje entendido como una materia atravesada por restos anteriores a la razón. Quignard no escribe para organizar el mundo. Escribe para acercarse a aquello que el mundo racional no consigue absorber del todo.
Por eso sus libros producen una sensación tan singular. Antes incluso de comprender lo que dicen, el lector entra en una atmósfera. Hay siempre una luz tenue, una lentitud deliberada, una especie de respiración nocturna que atraviesa la página. Todo en Quignard parece ocurrir en el instante previo a que el pensamiento termine de cristalizar. Sus frases avanzan como tanteos hacia algo que permanece parcialmente oculto, como si escribir consistiera en escuchar ecos provenientes de una región mucho más antigua que la cultura.
El niño de Ingolstadt, décimo volumen de Último reino, profundiza precisamente en esa región. El propio autor lo anuncia con claridad: este libro tiene un solo tema, lo falso. Pero en Quignard la falsedad no remite simplemente al engaño o a la mentira. Lo falso constituye el fondo mismo del alma porque la conciencia humana vive atravesada por fantasmas, alucinaciones, sueños, proyecciones y deseos que nunca coinciden plenamente con la realidad objetiva. “El fondo del alma alucina”, escribe. Y el arte, desde sus orígenes, no habría hecho otra cosa que dar forma a esas alucinaciones.
A partir de esa intuición, el libro se despliega mediante asociaciones libres que atraviesan siglos enteros. Quignard pasa de los cuentos medievales a las pinturas rupestres, de las naturalezas muertas holandesas a la música barroca, de la filología latina a las escenas eróticas contemporáneas. Sin embargo, bajo esa apariencia fragmentaria existe una dirección muy precisa. Todo el libro parece orientarse hacia una pregunta central: ¿qué permanece vivo debajo de las formas culturales?
La respuesta aparece una y otra vez vinculada a lo arcaico. Quignard sospecha que bajo el lenguaje persiste una experiencia anterior al lenguaje mismo. Un estrato primitivo donde todavía no existen separaciones claras entre cuerpo, imagen, deseo y miedo. De ahí su fascinación por el arte prehistórico. Para él, las pinturas rupestres constituyen algo más que un vestigio arqueológico: son la huella de una relación con el mundo todavía no domesticada por las abstracciones culturales posteriores. El verdadero patrimonio de la humanidad no serían las grandes construcciones ideológicas o filosóficas, sino esas imágenes primitivas capaces de transmitir una intensidad anterior a toda explicación.
En ese contexto adquiere sentido la figura del niño de Ingolstadt. El personaje procede de una balada del siglo XVI atribuida a Hans Sachs y retomada posteriormente por los Hermanos Grimm. En ella, un niño muerto continúa levantando el brazo desde la tumba para desafiar a su madre. Quignard elimina deliberadamente el adjetivo “muerto” del título. El niño persiste. Sigue reclamando. Sigue emergiendo desde la tierra húmeda como una fuerza que la civilización no consigue apaciguar completamente.
Ese gesto obstinado resume buena parte de la obra de Quignard. El deseo, la violencia, la fascinación sexual, el terror ante la muerte o la experiencia del sueño constituyen impulsos que la cultura transforma, regula y simboliza, pero nunca consigue extinguir del todo. Incluso las formas artísticas aparentemente más refinadas conservan restos de esa violencia originaria. Cuando Quignard escribe sobre las naturalezas muertas, por ejemplo, no ve solamente composiciones decorativas. Detecta en ellas residuos de antiguos rituales sacrificiales, ecos de una relación directa entre alimentación, muerte y supervivencia.
Algo parecido sucede en las páginas dedicadas a Jean Rustin. Las figuras deformadas y vulnerables del pintor aparecen como cuerpos situados en el límite entre la humanidad y la desaparición. Quignard contempla esos rostros devastados buscando precisamente aquello que el arte todavía conserva de irreductible, aquello que escapa a toda pacificación estética.
Sin embargo, el libro no se limita a una reflexión sobre arte o antropología. En uno de sus capítulos más reveladores, Quignard explica el origen mismo de Último reino. En 1997 sufrió un infarto y una hemorragia pulmonar que pusieron su vida en peligro. Durante esa experiencia decidió comenzar a escribir textos breves y esenciales, como si cada fragmento pudiera ser el último. Desde entonces, toda la serie avanza bajo esa conciencia extrema de precariedad. No hay voluntad sistemática. Hay restos, intuiciones, escenas, pensamientos que intentan aproximarse a algo fundamental antes de desaparecer.
Tal vez por eso leer a Quignard exige una disposición poco habitual en la literatura contemporánea. Sus libros no buscan entretener ni transmitir una tesis cerrada. Obligan al lector a demorarse, a perderse entre resonancias, a aceptar zonas de opacidad. En tiempos dominados por la transparencia inmediata y la sobreexplicación, Último reino reivindica la lentitud, el silencio y el carácter irresuelto del pensamiento.
Al final, toda la obra de Quignard parece girar alrededor de una intuición única: el ser humano nunca termina de separarse completamente de aquello que precedió al lenguaje. El sueño continúa hablando debajo de las palabras. El arte conserva fragmentos de una memoria anterior a la historia. Quizá escribir consista precisamente en acercarse a esa frontera donde la razón empieza a perder su dominio y, durante un instante brevísimo, algo más antiguo vuelve a mirar a través de nosotros.
Rferdia
Let`s be careful out there