O nuestra cultura y su institución filosófica se sitúan a la altura de su tiempo, o se estancan en el pasado y arcaízan

Julián Marías

La llamada Escuela de Madrid se inscribe en una categoría singular de proyectos intelectuales cuyo valor no depende tanto de la clausura de un sistema como de la fecundidad de la pregunta que los pone en marcha. En su centro late una inquietud persistente y exigente: cómo hacer del español una lengua capaz de sostener pensamiento filosófico con plena autonomía, sin recurrir constantemente a esquemas ajenos.

En ese horizonte cobra relieve la figura de José Ortega y Gasset, cuyo papel desborda con claridad el marco de la autoría individual. Ortega actúa como verdadero arquitecto de un espacio intelectual, consciente de que el pensamiento no surge en el vacío, sino que requiere condiciones materiales y simbólicas precisas. De ahí su empeño en intervenir simultáneamente en la universidad, en la formación de lectores y en la creación de infraestructuras editoriales. Proyectos como la Revista de Occidente no responden a una iniciativa circunstancial, sino a una estrategia coherente: abrir un ámbito de circulación y discusión de ideas capaz de configurar una nueva sensibilidad filosófica en lengua española.

La operación es delicada y ambiciosa. Supone incorporar con rigor las corrientes europeas contemporáneas y, al mismo tiempo, someterlas a una elaboración propia. La filosofía, en este contexto, adquiere una tonalidad histórica y vital. Se vincula a la experiencia, al tiempo, a la circunstancia concreta desde la que se piensa. El español deja de ser vehículo pasivo para convertirse en instrumento activo de conceptualización.

A partir de este impulso comienza a formarse una comunidad intelectual dinámica, que Julián Marías agrupará más tarde bajo el nombre de Escuela de Madrid. Se trata de un tejido abierto, no de una doctrina cerrada, en el que convergen profesores, investigadores, traductores y ensayistas. Entre sus figuras destacan Xavier Zubiri, José Gaos, María Zambrano o Manuel García Morente. El hilo que los recorre no es doctrinal, sino ético y antropológico: la vida humana, su estructura, su historicidad, su dimensión pública y privada. Su trabajo se orienta hacia la estructura misma de la realidad, en diálogo con la ciencia y con un rigor conceptual elevado. Con Zubiri, la filosofía en español alcanza un grado de precisión que confirma su capacidad para operar en niveles de alta complejidad.

Durante un breve periodo, este conjunto de iniciativas adquiere coherencia. La universidad, las revistas y los espacios de debate configuran un entorno fértil. La filosofía deja de aparecer como una actividad dispersa y encuentra un ritmo propio. La incorporación de nuevas generaciones amplía el alcance del proyecto y consolida la sensación de que se está gestando una tradición.

Esa continuidad, sin embargo, se ve truncada por la Guerra Civil española. El conflicto irrumpe como un corte que desarticula el entramado construido. El exilio de numerosos pensadores, la ruptura institucional y la interrupción de la transmisión académica transforman el impulso inicial en una herencia fragmentada. La filosofía en español continúa su recorrido, aunque ya sin el mismo horizonte compartido.

El proyecto encuentra entonces nuevas vías de desarrollo en América Latina. Figuras como José Gaos trasladan ese impulso a otros contextos y lo reformulan desde nuevas coordenadas históricas. Pensadores como Leopoldo Zea o Samuel Ramos profundizan en la reflexión sobre la identidad y la tradición propias. Más adelante, Ignacio Ellacuría llevará esta línea hacia una dimensión ética y política, vinculando el pensamiento con la dignidad humana y la transformación social.

En este mismo horizonte, la figura de José Medina Echevarría introduce una inflexión particularmente significativa. Su lectura de Max Weber le permite abordar los procesos de racionalización de la vida social y trasladar la preocupación orteguiana al análisis de las estructuras políticas y económicas. Su trabajo en América Latina, vinculado incluso a organismos internacionales, orienta la reflexión hacia la comprensión de procesos de modernización con un horizonte emancipador. El pensamiento se convierte así en herramienta de intervención racional en la vida colectiva.

De este modo, el legado de la Escuela de Madrid se amplía. Pensar en español deja de remitir exclusivamente a la elaboración de una tradición filosófica y se afirma también como capacidad de analizar y transformar realidades históricas concretas. El impulso inicial se reconfigura y se proyecta hacia problemas que reclaman respuestas arraigadas en su propio contexto histórico y cultural, pensadas desde la realidad concreta en la que surgen y ajustadas a sus condiciones específicas.

La reflexión sobre este proceso invita a proyectarlo hacia adelante. Desplegar la mirada de la Escuela de Madrid implica asumir que su continuidad depende de una reactivación crítica. La herencia de Ortega no se conserva mediante la repetición, sino mediante la identificación de aquellos momentos en los que su pensamiento alcanza mayor intensidad y sigue interpelando al presente. Esta tarea exige ampliar el campo de interlocución y sostener una tensión productiva entre origen y desplazamiento, entre formulación y aplicación. Solo en ese doble movimiento la Escuela de Madrid puede mantener una influencia efectiva.

En ese punto reside su actualidad. Más que un capítulo cerrado, la Escuela de Madrid permanece como una exigencia latente: la de hacer del pensamiento en español una práctica capaz de comprender su tiempo y de intervenir en él con lucidez, fiel a aquella ambición inicial de situarse, sin complejos, a la altura de los tiempos.

Bibliografía básica

  • La rebelión de las masas , José Ortega y Gasset
  • Ideas y creencias, José Ortega y Gasset
  • Naturaleza, Historia, Dios, Xavier Zubiri
  • La razón en la sombra, María Zambrano
  • Historia de la filosofía, Julián Marías

(Selección mínima orientativa para situar el núcleo del pensamiento de la Escuela de Madrid.)

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