VARIACIONES SOBRE MÁQUINA, PIEDRA Y TRÁNSITO

Nota bene: este ejercicio poético solo es válido dentro del marco fenomenológico de mi experiencia y ha sido creado en base al siguiente texto:

El adjetivo griego enharmónios, -on, significa aquello que está en armonía o es concordante o ajusta lo uno con lo otro; por lo tanto, tò enharmónion puede ser sinónimo del substantivo harmonía. El adjetivo se mantendrá en uso (con la adopción del sufijo -ko- al pasar por el latín), pero es fácil ver que el significado ha cambiado por completo; hoy significa la relación entre notas de distinto nombre pero que según la «temperierte Stimmung» tienen que ser materialmente la misma. Este cambio de significado es posible porque ya en origen lo que se llama harmonía o tò enharmónion comporta notas diferentes cuya diferencia, desde época algo posterior, se percibe difícilmente. Es así porque las harmoníai de época clásica relativamente temprana se construyen sobre la base de un tetracordio en el que tres de las cuatro notas están, en efecto, muy próximas entre sí, mientras que la cuarta está más distante; el tetracordio cubre un intervalo 3/4, y cada harmonía, cuando el intervalo que ella abarca es de una octava (1/2), se constituye mediante dos tetracordios dejando en medio o antes o después 8/9. Esto es tò enharmónion o simplemente la harmonía, y es lo que debemos suponer como base del aspecto melódico de, por ejemplo, una oda de Píndaro o una tragedia de Esquilo o de Sófocles, en general incluso de Eurípides. De este tetracordio, es decir, de tò enharmónion, son variantes (y por el orden en que las vamos a mencionar) ciertos espaciamientos introducidos en la zona densa para hacerla menos densa; así surge lo «cromático» (donde khrôma significa «matización», a saber, de tò enharmónion, que sigue siendo el punto de partida) y en último lugar lo diatónico.

Felipe Martínez Marzoa, Muestras de Platón

Estrofa I — Invocación al arte exacto

Salve, máquina clara,
arco de dos ruedas donde el hombre cifra su libertad.
Nada sobra en ti, nada falta.
Proporción y tránsito, ley y fuga.
Por ti el gesto deviene camino,
por ti la fuerza encuentra figura.
Mas he aquí el pavé, piedra sobre piedra,
que niega la línea, interrumpe la música,
y te obliga a recordar tu límite,
no para desmentirte,
sino para coronarte.


Antístrofa I — Arenberg (descenso a la materia)

Bosque de recta sin consuelo,
dos mil trescientos metros de ley inexorable.
Aquí la técnica se rompe, tartamudea.
La rueda pierde su trazado.
La mano aprende el temblor.

Cinco estrellas, dicen, y miden.
Pero lo esencial no cabe en cifra:
es la caída de toda mediación,
cuando el cálculo se retira
y el cuerpo firma, sin palabras, su pacto con la piedra.

El cielo se retira.
No porque falte,
porque ya no sirve mirarlo.


Estrofa II — Sobre la medida y su fracaso

Señalan con astros la dureza del mundo:
longitud, arista, viento, memoria del daño.
Así ordenan lo que hiere.
Así nombran lo que excede.

Pero toda estrella es un gesto de defensa.
Quiere fijar lo que se desborda,
jerarquizar lo que, bajo este cielo,
se vuelve plano y obstinado.

En la comarca donde habló Germinal,
donde el trabajo medía el cuerpo sin agotarlo,
ya se sabía: la cifra no contiene la experiencia.

Aquí, de nuevo, llega tarde.


Antístrofa II — Mons-en-Pévèle (dispersión sin relato)

Tres mil metros abiertos al costado del viento.
El horizonte reaparece, no como don, sino como exposición.

El grupo se disgrega en decisiones breves.
La línea no se sostiene.
El ritmo no arraiga.

Cinco estrellas, insisten.
Pero aquí no crece la dificultad: se disuelve el sentido.

Cada cual actúa en su margen mínimo,
sin garantía de que el gesto perdure más allá del siguiente golpe.

Bajo esta luz sin jerarquía,
todo es provisional.
Acierto y error pesan lo mismo.


Antístrofa III — Carrefour de l’Arbre (decisión sin margen)

Dos mil cien metros de veredicto.
No es más duro.
Es más tarde.

Ya no queda tiempo para la forma,
solo para su resto.

La decisión no se elabora.
Acontece o fracasa.

Cinco estrellas, sí, porque aquí convergen todas:
las de la piedra, las del viento, las del cansancio acumulado.

Permanece quien no introduce ruido en su gesto,
quien ajusta lo posible a lo que queda,
quien no traiciona su medida interna
cuando la externa vacila.


Epodo — Bajo el cielo del Norte

Este cielo no redime ni acusa.
Nivela.

Quita relieve a la épica,
retira la metáfora,
deja el hueso de la acción al descubierto.

Y allí, donde la historia buscaría coronas,
apenas queda una certeza sobria:

la máquina perfecta, herida por la piedra,
sigue, mantiene la línea.

Así canta, sin ornamento, Roubeaix:
la más alta de las libertades humanas
no consiste en evitar la resistencia,
sino en sostener el rumbo
cuando todo invita a perderlo.

Rferdia

Let`s be careful out there