Vivir es un aprendizaje largo y apasionante que se prolonga a lo largo del tiempo y del espacio y que nunca acaba de llegar a su plena culminación. De hecho, siempre estamos en camino y cada momento nos aporta nuevos materiales para reflexionar y asumir en nuestra propia conciencia. Vivir es dejarse interpelar constantemente por aquello a lo que nos conduce la propia existencia, tanto si es agradable como doloroso. No obstante, no siempre es fácil asumir el reto de vivir y mucho más difícil resulta vivir con dignidad, es decir, saber vivir libre y responsablemente

Francesc Torralba

Rebelde es el que lee. Leer es, hoy más que nunca, un acto de rebeldía. La literatura forma ciudadanos críticos e inconformes, capaces de oponerse al poder y a los discursos dominantes.

Mario Vargas Llosa

Decir que el perdón murió en Gaza no equivale a formular un dictamen apresurado ni a adoptar una consigna. Es, más bien, una tentativa de pensar hasta el límite una experiencia que resiste su propia inteligibilidad. Si vivir, como sugiere Torralba, es dejarse interpelar por lo que irrumpe, incluso cuando nos enfrentamos a un nuevo exterminio, entonces hay momentos en que esa interpelación desborda las categorías con las que solemos responder. Y el perdón, en tales circunstancias, queda sin lugar.

Cuando Vladimir Jankélévitch afirmó que el perdón había muerto en los campos de la muerte, no clausuraba una posibilidad moral por agotamiento, sino que señalaba una fractura. Hay crímenes que no solo hieren, sino que desarticulan el espacio mismo en el que algo como el perdón podría tener sentido. No es que el hombre renuncie a perdonar; es que aquello que tendría que ser perdonado ha destruido la medida común que hacía posible ese gesto.

Conviene detenerse aquí, sin precipitación. El perdón no es una disposición sentimental ni un gesto de superioridad moral. Presupone una mínima comunidad entre quien sufre y quien causa el daño, una comunidad que permite reconocer al otro como interlocutor. Sin ese reconocimiento, el acto pierde su consistencia. Hannah Arendt lo formuló con claridad al hablar del “mal totalitario”, un mal que no se limita a vulnerar normas, sino que socava la condición humana misma. Allí donde esa condición se ve arrasada, el perdón ya no encuentra su suelo.

Frente a este límite, Jacques Derrida propone una inversión que conviene tomar en serio sin convertirla en consigna. El perdón, dice, solo tiene sentido cuando se dirige a lo imperdonable. Pero ese perdón, si se da, no pertenece al orden de lo calculable ni de lo institucional. No puede exigirse ni programarse; no admite condiciones. Es, en el mejor de los casos, una irrupción que suspende la lógica ordinaria de la historia. De ahí que su invocación en escenarios de devastación corra el riesgo de convertirse en una palabra hueca, en una apelación a algo que no comparece.

La política, por su parte, no puede operar en ese registro. Necesita restablecer mínimos de convivencia, introducir mediaciones, cerrar, aunque sea provisionalmente, las heridas abiertas. Lo que llamamos reconciliación responde a esa necesidad. No perdona en sentido estricto; negocia. Establece condiciones, exige reconocimiento, ofrece garantías. Paul Ricoeur habló de un “perdón difícil”, no para sustituir la justicia, sino para evitar que la memoria se convierta en una carga paralizante. Pero incluso esta formulación presupone que el daño puede ser narrado, integrado en una memoria compartida.

La afirmación de que el perdón murió en Gaza apunta precisamente a la quiebra de esa posibilidad porque alcanza un grado de saturación que impide su elaboración inmediata. Las categorías con las que pensamos, culpa, castigo, reparación, empiezan a ceder. El perdón, en ese contexto, no se presenta como una opción rechazada, sino como una palabra que ha perdido su referencia.

El perdón, reducido a esa condición, deja de actuar y pasa a señalar. Señala un vacío, una ausencia que ninguna operación política puede colmar. Tal vez sea esa persistencia, discreta, incómoda, sin eficacia visible lo único que impide que la clausura sea total. En su misma imposibilidad, el perdón apunta también hacia los responsables, los sitúa, los nombra, los expone a la luz de aquello que no puede ser reparado. No los absuelve, ni los redime; los fija en el lugar de una deuda que no se cancela. Tal vez sea esa doble función, delimitar la ausencia y señalar a quien la ha provocado lo único que impide que la clausura sea total. Sin menoscabo, como resulta evidente, de que los responsables del genocidio sean juzgados, declarados culpables y condenados con el máximo rigor que permita el ordenamiento jurídico.

Rferdia

Let`s be careful out there