Apuntes, desvíos, destellos

A veces, como ahora, imagino el leve parpadeo de la luciérnaga,
pequeño titán frente a la
noche

Rferdia

Vuelvo cada vez más a menudo a la Odisea. Siempre la hemos leído como un libro de aventuras. Más tarde comprendimos que es también un libro sobre la búsqueda del padre. Y, por supuesto, sobre el regreso al pasado. Ítaca es el pasado. Penélope es el pasado, el hogar que abandonaste es el pasado. La nostalgia es el viento que infla las velas de Ulises.

El pasado no es nada abstracto: está hecho de muchas pequeñas cosas concretas. Cuando, tras siete años de dichosa vida con la ninfa Calipso, esta le ofrece la inmortalidad si se queda con ella para siempre, Ulises, a pesar de todo, se niega. Yo mismo me lo he preguntado; vamos, seamos todos sinceros y digamos si rechazaríamos semejante oferta.

En un lado de la balanza tienes la inmortalidad, una mujer eternamente joven y todos los placeres del mundo; en el otro, el retorno adonde quizá no se acuerden de ti, una inminente vejez, una casa asediada por buitres y pretendientes y una esposa que ha empezado ya a marchitarse. ¿Qué lado de la balanza elegirías?

Ulises elige el segundo. Por Penélope y Telémaco, cierto, pero también por una cosa concreta y fútil que señala: el humo de la chimenea, por el recuerdo del humo que salía de la chimenea de su hogar natal. Por ver ese humo una vez más. (O por morir en casa, por desvanecerse como el humo que brota de la chimenea).

Toda la tracción de ese retorno está concentrada en este detalle. Ni el cuerpo de Calipso ni la inmortalidad pueden superar al humo de una chimenea. El humo, que no tiene peso, inclina la balanza. Y Ulises reemprende el regreso.

Inmediatamente después de 1989, un hombre sin retorno, condenado a muerte en la distancia, regresa a su ciudad natal. Ha estado ausente durante cuarenta años. Lo primero que quiere ver, cómo no, es su casa natal, construida por su abuelo. Un precioso caserón en el centro de Sofía, nacionalizado con los años, convertido en embajada china, luego abandonado…

Lo llevan por las distintas plantas; recuerda una por una las habitaciones, pero nada en particular le habla al corazón. “No me decían nada esas habitaciones”, dijo al día siguiente. “Pedí que me llevaran al sótano; allí solía estar el cuarto de hielo, así lo llamábamos, el lugar donde almacenábamos al fresco diferentes productos”.

Respiré profundamente y fue como si todos los olores de antaño me golpearan a la vez; solo entonces estallé en sollozos y comprendí: estoy en casa, he vuelto. Por el cuarto de hielo, por nada más. Ese cuarto de hielo me derritió el corazón.

Lo que daría por saber cómo continúa la historia de Ulises tras su regreso. Un mes, un año, dos años después, cuando la euforia del reencuentro hubiera pasado. Su perro favorito, la única criatura viva que lo reconoció en el acto y sin necesidad de pruebas, amor y memoria incondicionales, ha muerto ya.

¿Acaso añora los pechos de Calipso, las noches en la isla, las maravillas y las aventuras que lo asaltaron a lo largo del camino? Lo imagino levantándose en plena noche del lecho conyugal, aquel que antaño él mismo había fabricado; lo veo salir de puntillas para no despertar a Penélope, sentarse al sereno en el umbral y rememorarlo todo.

El viaje de veinte años se ha convertido en pasado y la luna de ese pasado lo atrae cada vez con más fuerza, como en época de marea alta. Una marea de pasado.

La novela más breve sobre Ulises tras el regreso

Una noche, ya viejo y flácido, con los primeros indicios de olvido, se marcha de su casa a hurtadillas, harto de todo; parte de vuelta para despedirse de los lugares, las mujeres y los monstruos que una vez trató, para devolverle a su despoblada memoria el recuerdo de todo aquello, el recuerdo de quién fue. Porque ha empezado, amarga ironía de la senectud, a transformarse en aquel Nadie cuyo nombre hubo usado antaño astutamente para presentarse ante el Cíclope.

Telémaco lo encuentra al anochecer, desplomado junto a la barca, a cien metros escasos del hogar, sin el menor recuerdo de cómo ha llegado allí ni de adónde se dirigía.

Y lo llevan a una casa, con una mujer a la que ya no conoce.

Gueorgui Gospodínov, Las tempestálidas. Fulgencio y Pimentel. Traducción de María Vútova y César Sanchez

Rferdia

Let`s be careful out there