Según el Diccionario de Autoridades la llama es «la parte más sutil del fuego, que se eleva y levanta a lo alto en figura piramidal». El fuego original y primordial, la sexualidad, levanta la llama roja del erotismo y ésta, a su vez, sostiene y alza otra llama, azul y trémula: la del amor. Erotismo y amor: la llama doble de la vida.
Octavio Paz, La llama doble, Amor y erotismo
Mi vida se detiene y empieza al tiempo. Para no nombrar el suceso digo «antes» y «ahora»… Antes, como si se tratase de un país, de un extenso territorio exuberante, mi continente. Antes, por supuesto, era algo blanco, luminoso, ingrávido, evidente. Antes era algo terso, emocionante a veces; éramos inmortales y cínicos. Estábamos vivos.
Brigitte Giraud, Ahora
Apoyó un pie en el sofá y al mismo tiempo alargó una mano para pasar los dedos por entre las gruesas ondas del pelo de Victor. Atrajo delicadamente la cabeza de él hacia el tendón tenso del muslo que había levantado. Victor besó el algodón blanco de sus bragas y lo mordisqueó como si atrapara una uva con los dientes.
Edward ST. Aubyn, Serie Patrick Melrose, Da igual, pág 125
El problema del «pan negro» de la cultura ha sido ya resuelto por completo, y ha llegado el momento de proporcionar a la sociedad las «galletas dulces» de la cultura.
William T. Vollmann, Europa central, Opus 111,El estilo de vida soviético
O reina la oscuridad o no necesitamos la luz.
Thelonius Monk–Thomas Pynchon
En el vasto, y a menudo errático, catálogo de la fonografía contemporánea, pocas veces se tiene la impresión de que una integral discográfica no solo culmina, sino que se cierra sobre sí misma con sentido. Eso es exactamente lo que ocurre con la grabación completa de los cuartetos de cuerda de Dmitri Shostakóvich realizada por el Cuarteto Casals para el sello Harmonia Mundi, finalizada a comienzos de este recién y atropellado inicio de año, y que he escuchado íntegra, con atención y deleite. No se trata únicamente de un logro interpretativo, que lo es, estamos ante una intención, un proyecto donde interpretación, pensamiento musical y forma material responden a una misma lógica interna.
Desde el primer volumen quedó claro que el Casals no abordaba estos cuartetos como un monumento histórico ni como un ejercicio de intensidad expresiva acumulativa. La crítica lo señaló pronto: transparencia, control del discurso, rechazo del dramatismo inflado. En lugar de forzar la retórica del sufrimiento, tan tentadora en Shostakóvich, el cuarteto optó por una lectura en la que la tensión surge de la arquitectura interna de la obra. Dicho de otro modo, de un intuición en la que el drama no se añade, se deja aparecer.
Esta decisión interpretativa encuentra un correlato inesperadamente preciso en la elección de El Lissitzky como eje visual del proyecto. No estamos ante una ilustración contextual ni ante un guiño estético al constructivismo soviético, sino ante una afinidad de método. Los Proun de Lissitzky no soló representan el espacio, también lo organizan. Del mismo modo, la lectura del Casals no subraya emociones, sino que dispone fuerzas, líneas de tensión, planos sonoros que se desplazan con una lógica casi física. Música e imagen no se explican entre sí; comparten una ética de la forma.
A medida que la integral avanza, esta coherencia se vuelve más evidente. Los cuartetos iniciales, aún permeables a un equilibrio neoclásico y a cierta ironía formal, aparecen articulados con una claridad que rehúye tanto la ligereza como la gravedad impostada. La crítica habló aquí de refinamiento, pero conviene entenderlo no como pulido superficial, sino como disciplina estructural. Cada voz mantiene su autonomía, cada gesto está medido, y sin embargo el conjunto respira con naturalidad.
El segundo tramo del ciclo marca un desplazamiento decisivo. La música entra en una zona de fricción permanente, donde la violencia histórica y la presión política ya no pueden mantenerse fuera del discurso. Sin embargo, el Casals no recurre al endurecimiento expresionista. La aspereza aparece, sí, pero controlada, integrada en el tejido. Es una interpretación que confía en que la angustia de Shostakóvich está ya inscrita en la escritura y no necesita ser amplificada. En este punto, varias lecturas críticas recientes han subrayado precisamente esa cualidad: una combinación poco común de unidad sonora y riesgo, de tensión sostenida sin alardes.
El cierre de la integral, con los cuartetos n.º 13 al 15, lleva esta poética hasta su límite. Aquí la música se adelgaza, se fragmenta, se aproxima a un grado cero del decir. La enfermedad, la cercanía de la muerte y la conciencia del final atraviesan cada compás. El Casals responde a esta escritura extrema con una depuración radical del sonido: timbres más desnudos, silencios con peso específico, una sensación de tiempo suspendido. Críticos de cabeceras especializadas han hablado, con acierto, de una oscuridad sin maquillaje, de una levedad que no consuela. Vale.
Es en este último volumen donde la presencia de Lissitzky adquiere su pleno sentido. Las geometrías se vuelven más sobrias, los contrastes más esenciales. Rojo y negro ya no funcionan como signos ideológicos, sino como campos de tensión. Las portadas no sólo prometen una experiencia “emocional y formal», van mas allá, como hacia el encuentro al tacto con la piel de una mujer, exactamente lo mismo que ocurre en la música.
Todo ello contribuye a que la integral se perciba, retrospectivamente, como una suerte de trilogía natural, génesis, conflicto, reducción final, no por decisión externa ni diseño previo, sino porque el propio recorrido de Shostakóvich termina por imponer esa forma. El mérito del Cuarteto Casals consiste en haber acompañado ese trayecto sin traicionarlo, manteniendo una identidad sonora reconocible sin caer en la uniformidad.
En este contexto, la apuesta de Harmonia Mundi por el formato físico adquiere un valor adicional. En este medio siglo transcurrido, cuando la escucha tiende a la fragmentación y a la desmaterialización, este proyecto nos recuerda que un disco puede seguir siendo un objeto de pensamiento. No un fetiche, sino un lugar donde música, imagen y tiempo se articulan con sentido.
Así, en este encuentro, Shostakóvich deja de ser únicamente el compositor sitiado en su monólogo histórico. El Cuarteto Casals le ofrece una voz lúcida, sin retórica añadida, y El Lissitzky le concede un espacio donde habitar: un espacio geométrico, tenso, exacto. Forma, resistencia y conciencia histórica reducidas a lo esencial. No es poco.
Rferdia
Let`s be careful out there