What star is there that falls, with none to watch it?
¿Qué estrella cae sin que nadie la mire?
William Faulkner
The pale Usher-threadbare in coat, heart, body, and brain; I see him now. He was ever dusting his old lexicons and grammars, with a queer handkerchief, mockingly embellished with all the gay flags of all the known nations of the world. He loved to dust his old grammars; it somehow mildly reminded him of his mortality.
El pálido bedel, raído de chaqueta, corazón, cuerpo y cerebro: todavía lo veo… Se lo pasaba limpiando sus viejos diccionarios y sus gramáticas con un pañuelo estrafalario, adornado, como por burla, con todas las alegres banderas de todas las naciones conocidas del mundo. Le gustaba desempolvar sus viejas gramáticas: era, para él, un dulce modo de tener presente su condición de mortal.
Herman Melville, Moby Dick
La ignorancia es la fuerza, estaba escrito en el gran palacio del partido único gobernante en la novela 1984. La ignorancia priva de la palabra y del conocimiento, y con esta privación urdida desde hace décadas, los criminales que la próxima semana se reunirán en Davos ( rodeados de putas y escalopes de Buey) han condenado al ostracismo y la esclavitud a toda una generación, la llamada generación Z, los nativos digitales, que han crecido entre pan, internet y smartphones, y mentiras. Misión cumplida, pues en el último lustro se ha extendido con la rapidez de una ráfaga, la epidemia más contagiosa y dañina de burremia programada que hayan visto lo tiempos. Resulta que a Goethe no le faltaba razón cuando afirmó que «no hay nada más terrible que la ignorancia activa». Y en Montaigne, la ignorancia que se conoce, se juzga y se condena no es una ignorancia completa: para que lo sea, debe ignorarse a sí misma, aunque pese a todo saber es poder, que decía Francis Bacon, científico y filósofo cuyo apellido probablemente recuerde a los analfabetos funcionales un ingrediente de la comida de Mc Donald’s.
Nos quieren ignorantes, está claro. Y menos inteligentes, como demuestra el descenso del cociente intelectual, llamado efecto Flynn inverso en honor al inventor del test que mide la inteligencia. Tras la escolarización masiva y la fábrica de diplomas y títulos deseada por un miserable igualitarismo (la inclusión que excluye el conocimiento) viene el simple adiestramiento para tareas predeterminadas, separadas de una visión general, de la educación para el pensamiento y el juicio personal: En el mundo de Pinocho, el hombrecillo de mantequilla llevaba a los niños al País de los Juguetes para convertirlos en burros y venderlos en el mercado. Con fatalismo campesino, un personaje de Cesare Pavese, exclama: los ignorantes siempre serán ignorantes porque la fuerza está en manos de quienes tienen interés en que la gente no entienda. Ejemplos sobran.
Mientras tanto, la astucia contemporánea consiste en habernos convencido de que nos hemos vuelto sabios, cultos, reflexivos, y a causa de ello, las últimas generaciones están perdiendo no sólo el saber, el conocimiento, y la razón crítica, sino también habilidades tan antiguas como la escritura. La ignorancia deliberada, programada, perseguida desde arriba ,con exclusión de la ínfima minoría destinada a la dominación ( of course), es un hecho, un instrumento preciso de gobierno. No es percibida por las masas debido a un cortocircuito evidente: creemos saber. Los que saben que no saben, desde los tiempos de Sócrates se han dedicado al estudio, al razonamiento, a la comparación. El joven satisfecho está convencido de que sabe todo lo que «necesita». Últimamente, basta con manejar un smartphone y el teclado de un PC. Las respuestas están a un clic, pero faltan las preguntas. Profesionales, médicos y psicoterapeutas actúan por protocolos, reducidos a meros ejecutores de instrucciones recibidas, las nuevas tablas indiscutibles de la ley. Caballos en el bar con las anteojeras puestas no piafan, rebuznan discutiendo sobre la última pifia cometida por el VAR contra su equipo de fútbol .
El deterioro de los sistemas educativos, centrados en la formación instrumental y no en el razonamiento crítico, ha producido generaciones incapaces de cuestionar el statu quo. Todos los análisis muestran el deterioro de la educación y su impacto en la capacidad de comprender información compleja. Es fundamental el papel de los medios de comunicación, que privilegian el entretenimiento banal frente a los contenidos informativos, contribuyendo al empobrecimiento intelectual colectivo. La banalización cultural y la falta de debate serio han restringido el espacio y el interés para la reflexión. La civilización de la imagen, basada en el encuadre (marco, pero también fragmento) ha derrotado a la palabra escrita. La Generación Z está abandonando la escritura y, en cierta medida, la propia lectura. La diferencia con el pasado es que la ignorancia de hoy está dotada de títulos académicos que la convierten en un guano de arrogantes sabelotodos.
Además de la pérdida de la capacidad de escribir una carta a mano, las implicaciones también son enormes en la forma de escribir, despojada de vocabulario, desarticulada en tiempos y modos verbales, impregnada de reduccionismos, siglas, signos taquigráficos.
A leer se aprende leyendo, es una verdad que a veces olvidamos, especialmente cuando pedimos fórmulas y recetas que faciliten la tarea de formar lectores, que lo único que buscan es, al final de cuentas, liberar al docente y al bibliotecario –las dos personas que tienen en sus manos los espacios fundamentales de formación de lectores: la escuela y la biblioteca- de la responsabilidad de ser lectores.
Muchas personas se han referido a este punto para plantear que no existen métodos infalibles para enseñar a leer y a escribir y que lo único que podría garantizar mejores resultados, es decir, lectores que hagan uso de la lectura a lo largo de su vida y para fines que tengan que ver con mejorar sus condiciones como seres humanos, es creando condiciones que permitan a quienes aprenden, descubrir el valor que para sus vidas tiene la lectura, lo cual se consigue siendo lectores, leyendo, y estando acompañados de una oferta de libros que no necesariamente tiene que ser numerosa pero sí de muy buena calidad.
Enormes son también las repercusiones sobre la capacidad de cálculo, de resolución de problemas matemáticos, sobre la memoria, incapaz de retener textos o fórmulas, así como de comprender, explicar y reelaborar lo aprendido. La era tecnológica lo ha cambiado todo, desde la forma de educar hasta la de relacionarse. La tecnología digital ha transformado la comunicación, haciendo que escribir a mano sea cada vez menos habitual. Todos los estudios confirman que, desde las plataformas de mensajería hasta las redes sociales, los jóvenes prefieren los intercambios rápidos y breves, forzosamente superficiales y binarios, como el lenguaje informático.
Un problema antropológico, no sólo cultural, ya que la escritura desempeña un papel clave en el desarrollo cognitivo,está vinculada a capacidades como la memoria y la comprensión, ya que implica al cerebro de una forma distinta a la de escribir en un teclado. Esto tiene profundas implicaciones en la forma en que las nuevas generaciones perciben e interpretan el mundo. La escritura a mano es una forma de comunicación reflexiva y personal, alejada de estereotipos. Uno de los problemas es la creciente falta de preparación de la mayoría de los profesionales. La ignorancia deliberada tiene consecuencias y las dificultades de lectura, vocabulario, capacidad de cálculo, memorización, tratamiento de complejidades se están extendiendo al sistema económico. La inexperiencia resultante del declive educativo y la prevalencia de la máquina sobre el hombre se convierten en causas concomitantes de la decadencia más general de nuestra sociedad. La comparación con las condiciones de hace veinte años es despiadada, las predicciones futuras severas. La culpa no es de los jóvenes, sino de quienes los han formado. El deterioro afecta al menos a la mitad de los que acceden al mercado laboral, señal de que la formación en lugar de la educación y la cultura no funciona ni siquiera desde el punto de vista de la razón económica. Sin embargo, la mayoría de los jóvenes tienen una formación teórica más sólida que la de sus padres. Falta empatía y comunicación. Las viejas habilidades declinan y muchos ,incluido el autor de este texto, han perdido la capacidad de escribir con letra comprensible. La memoria y la capacidad de cálculo se desploman. Todo ello conduce a un pensamiento elemental, incapaz de captar, elaborar, considerar la complejidad, junto con la molestia por el esfuerzo mental, indispensable para el conocimiento y para el pensamiento abstracto, crítico y meditado.
Luego, un día, con una toga y un birrete alquilados, recibió junto con otros un rollo de pergamino muy apretado y no mayor que un calendario, y que sin embargo contenía, el calendario, aquellos tres años: las líneas blancas, pisoteadas y borradas por los tacos, las noches en el caballo incansable, las otras noches con el abrigo puesto y la lámpara como única fuente de calor, mientras pasaba páginas y páginas de muerta palabrería. Dos días después de aquello se presentó con sus compañeros de promoción ante el juez y los magistrados en un verdadero tribunal de justicia en Oxford, donde se le admitió al ejercicio de la abogacía, y eso sí que significó ya el final. Aquella noche estuvo presente en una ruidosa cena en el comedor del hotel, presidida por el juez, a cuyo alrededor se sentaron los profesores de derecho y los otros patrocinadores legales. Estaba en la antecámara del mundo que había sido su meta durante los tres años de trabajo: cuatro, contando con el primero, en que aún no veía con claridad sus objetivos. No tenía más que seguir allí con su expresión de siempre y esperar a que muriera la última perífrasis, a que fuese destruida por la última salva de aplausos, y levantarse, salir de la habitación y continuar adelante, la mirada fija en la dirección que había elegido, tal como, en cualquier caso, llevaba ya tres años haciendo, sin titubear, sin mirar atrás. Y no fue capaz de hacerlo. Incluso con aquellos sesenta kilómetros de camino andado hacia la libertad y (Labove lo sabía, lo había dicho) la dignidad y el respeto a sí mismo, no pudo hacerlo. Tenía que volver, atraído por el campo magnético y el impacto de una niña de once años que, incluso sentada en los escalones de la escuela durante el recreo, con los ojos entornados como los de un gato para protegerlos del sol, comiendo un boniato cocido, proclamaba la sensualidad sin restricciones de las diosas mismas de su Homero y de su Tucídides: la cualidad de ser al mismo tiempo corrompida e inmaculada, virgen y también madre de guerreros y de hombres en plena madurez.
Aquella primera mañana en que su hermano la trajo a la escuela, Labove se había dicho a sí mismo: No. No. Aquí, no. No la deje aquí.
William Faulkner, El Villorrio
Efectos de un descenso intencionado desde arriba. El sistema ya no necesita, como en el pasado, enormes masas humanas que emplear en la agricultura, la industria, la guerra. Hace un siglo, era indispensable formar a generaciones enteras en conocimientos y competencias complejas para emplearlas en el mercado laboral, así como alimentar ideologías opuestas (divide y vencerás).
Hoy ya no es así: las revoluciones tecnológicas, la robótica, la automatización, permiten prescindir del ser humano en muchos ámbitos, incluso a un alto nivel cognitivo. Entonces, ¿para qué gastar tiempo y dinero en educación, instrucción, cultura? Mejor mantener a las masas en la ignorancia, lo que asegura la indiferencia, la adaptabilidad social, la incapacidad de pensar de otro modo. Gunther Anders dio en el clavo en Man is Old-Fashioned, hace más de sesenta años. Intuyó la deriva trans y antihumana de la tecnología y la brecha irremediable ,la llamó la divisoria prometeica, que aleja cada vez más al ser humano de sus propios productos, que pertenecen al dominio de la tecnología.
Veamos en pasaje, escrito en los albores de la televisión, cuando la publicidad aún no era tan omnipresente, Internet no existía y la revolución tecnológica informática estaba muy lejos. Para prevenir cualquier sublevación, es importante no recurrir a la violencia. Los métodos violentos han quedado obsoletos. Basta con crear un condicionamiento colectivo tan poderoso que la idea de rebelarse ni siquiera surja en la mente de la gente:
» Lo ideal es entrenar a los individuos desde su nacimiento, limitando sus capacidades biológicas innatas. El condicionamiento continuará reduciendo la calidad de la educación a una forma de aprendizaje laboral. Un individuo inculto tiene un horizonte de pensamiento limitado y cuanto más se limite su pensamiento a preocupaciones materiales y mediocres, menos capaz será de rebelarse. El acceso al conocimiento será cada vez más difícil y elitista; la brecha entre el pueblo y la ciencia se ahondará. La información destinada al gran público será depurada de todo contenido subversivo (es decir, antagonista). Sobre todo, nada de filosofía. También en este caso habrá que recurrir a la persuasión más que a la violencia directa: los espectáculos que anestesian la mente, halagando el registro emocional, instintivo, se difundirán masivamente por televisión.»…
…»Así, las mentes estarán ocupadas con lo que es fútil y entretenido. Los discursos incesantes y la música son útiles para evitar que la mente piense. La sexualidad estará en el primer plano de los intereses humanos. Como anestésico social, no es mejor. Se desterrará la seriedad de la existencia, se ridiculizará todo lo que contenga un alto valor, se mantendrá una constante apología de la frivolidad, de modo que la euforia de la publicidad y del consumo se convertirá en la norma de la felicidad humana y en el modelo de libertad. El condicionamiento producirá una integración tal que el único miedo (que habrá que mantener) será el de ser excluido del sistema y no poder acceder así a las condiciones materiales necesarias para alcanzar la felicidad.
El hombre masa así moldeado debe ser tratado como lo que es: un producto, un ternero, y debe ser controlado como debe ser controlado un rebaño. Cualquier doctrina que desafíe al sistema debe ser calificada de subversiva y terrorista, y quienes la apoyen deben ser tratados como tales.»
Estamos, sólo es necesario mirar a nuestros alrededores de la vida cotidiana, ante la edad de oro de una tecnología, que produce objetos prácticos y favorece con su consumo las transformaciones económicas, pero no de la ciencia, tampoco conviene equivocarse, que sigue, como siempre, produciendo ideas, aunque sean menos especulativas o más utilitarias, aparentemente, que las humanísticas. Directrices políticas y reformas administrativas no faltan para que los esfuerzos individuales y colectivos vayan encaminados al logro de la sonada sociedad del bienestar. Su plato fuerte es la innovación tecnológica y el progreso material que rinden culto al viejo becerro de oro del dinero. Una ojeada a la prensa diaria o a los medios audiovisuales de masas muestra una idea exacta de su valoración en detrimento de otros bienes menos lucrativos pero esenciales para el espíritu. Mas aún, incluso las manifestaciones culturales sólo son presentadas a los ciudadanos si cumplen con la misión que les ha sido encomendada, la de adornos del poder, necesitado, por otra parte, de su barniz de prestigio para tapar o disimular otros defectos o para exhibir un planificado e interesado patrocinio cultural que tranquilice las ansias de consumo en los mismos ciudadanos. Conseguidos estos propósitos, es decir, la imagen de un poder político preocupado por las apetencias culturales del ciudadano y la satisfacción de todos por el acceso a la cultura de moda, lo demás está permitido. Está permitido, por ejemplo, que un nuevo despotismo, no ilustrado ciertamente, sino económico, establezca desde arriba las pautas educativas para que niños y jóvenes planifiquen su futuro con unas metas y objetivos únicamente materiales que les permitan una vida holgada, repleta de aparatos y botoncitos, aunque el resto de la humanidad se destroce entre guerras, hambres y epidemias. Esto sólo será posible, y al decirlo se les llena la boca a los políticos, mediante las nuevas tecnologías, los nuevos títulos universitarios (que nadie hasta ahora ha explicado para qué sirven) por otra parte y una nueva formación profesional que cree técnicos medios al servicio de las clases dirigentes, cada vez más minoritarias y despóticas.
¿Nos hemos vuelto ya demasiado ignorantes para entender esto? .
Pero, yo sólo estaba leyendo a Faulkner, y a Faulkner regreso. Hay un fragmento que sencillamente me parece el más brutal y perfecto ejemplo de lo que debe ser la narrativa, jugando tanto con lo que se narra como con la forma de narrarlo:
El capítulo dos del Tercer libro de El Villorrio se inicia así:
La mujer con la que Houston se casó no era hermosa.
A continuación durante unas quince páginas se cuenta la vida de Houston y la muerte de su mujer, una narración sobrecogedora que culmina con la soledad de Houston retando a Dios:
(…) Pero ahora no había otro cuerpo junto al suyo para que la luz de la luna se derramara sobre él, ni tampoco sitio para que otro cuerpo hubiese yacido junto al suyo. Porque el catre era demasiado estrecho y sólo quedaba la mancha brusca de sombra, color de tinta, donde dormía el perro invisible. Y allí estaba él tumbado, rígido, indomable, jadeante. “No lo entiendo” decía. “No sé por qué. Nunca sabré por qué. Pero no puedes vencerme. Soy tan fuerte como Tú. No me puedes vencer.”
Aún estaba vivo cuando cayó de la silla de montar. Había oído el tiro, y un instante después supo que tenía que haber sentido el golpe antes de oír el disparo. Luego la sucesión lógica de los acontecimientos, a la que llevaba treinta y tres años acostumbrado, se invirtió. Le pareció sentir el golpe contra el suelo mientras sabía que aún estaba cayendo y no lo había alcanzado todavía; luego ya estaba en el suelo, había dejado de caer, y al recordar lo que sabía sobre heridas en el vientre, pensó: “Si no empieza muy pronto a dolerme es que voy a morirme” Hizo un esfuerzo de voluntad para que empezase el dolor y durante un instante no pudo entender porque no sucedía así. (…)
William Faulkner, El Villorrio
Le’ts be careful out there