Mira cómo un cisne hunde su largo cuello en el agua,

como el sedal de un pescador, para atrapar su alimento.

Eliot Weinberger, ensayos elementales

El principio del camino no es todavía un camino.

El principio del tiempo todavía no es tiempo,

ni siquiera una partícula de tiempo.

Los cuerpos celestes siguen un curso circular

y es imposible que nuestra mente defina

el punto donde comienza el círculo.

Los que miden las distancias y describen los astros,

los que observan con exactitud,

todo han descubierto salvo una cosa:

el orden de las cosas,

el origen de todo lo existente,

la fuente de la vida, la luz del intelecto,

la impenetrable sabiduría.

Podemos tener una idea de ello, pero nada podemos

decir:

no hay palabras para ello.

Alza al mediodía una tienda de alguna tela opaca,

enciérrate en la oscuridad y escudriña los secretos.

Escucha: los siete planetas siguen un curso circular,

en sentido opuesto a la rotación de la Tierra.

Al recorrer el éter, emiten sonidos dulces y armoniosos,

mucho más que nuestras más dulces melodías.

El oído, ese canal sinuoso,

lleva los sonidos a la sede sensorial en la cabeza,

pero nosotros, habituados desde el nacimiento,

al oírlo siempre, hemos dejado de sentirlo.

Somos como hombres en la fragua, el repicar incesante en

sus oídos,

que ya no pueden oír la forja.

Escucha: el viento, atrapado en los huecos de las nubes,

las atraviesa en el estrépito del trueno.

El agua, atrapada en conductos invisibles bajo tierra,

brota gorgoteando a borbotones.

El mar levanta olas furiosas, pero cuando toca la orilla,

su furia se vuelve espuma y se retira.

Meros granos de arena mitigan su violencia.

La sazón del fruto, la fronda de los árboles,

la generación de los animales de la tierra y el agua, y su

sustento;

todo lo que nace y todo lo que perece

es ordenado por una honda sabiduría que jamás

conoceremos.

La lana existía antes que el tejido.

La madera existía antes que los carpinteros.

El pasado se acabó, el futuro aún no existe,

el presente se disipa antes de advertirlo.

Descubres un tesoro al cavar un pozo.

Te cruzas con un perro rabioso rumbo a la plaza del mercado.

La eternidad gira sobre sí misma y no se inicia ni acaba en

sitio alguno.

Los rayos del sol, al penetrar el agua,

nos dejan ver los guijarros del lecho del río.

La estrella vespertina es el más bello de los astros,

pero no por las partes que la integran.

La estrella vespertina es la más bella

por el resplandor que llega a nuestros ojos.

En toda la naturaleza

no hay nada que sea enteramente singular.

Los que duermen bajo la luz de la luna

sienten la abundante humedad que colma su cabeza.

El agua se vuelve vino en la vid y aceite en el olivo,

el agua se vuelve roja en una flor, o púrpura, o azul, o

blanca.

Algunas plantas lanzan raíces profundas; otras no;

algunas alcanzan su altura en un solo tallo;

otras se pegan a la tierra y sus raíces ascendentes

se dividen en brotes, cubiertas de follaje denso.

Nada es inútil.

El estornino come cicuta; la codorniz se alimenta de eléboro.

El sol se alza entre la niebla como un carbón ardiente,

la luna hace palidecer las estrellas,

el mar púrpura y azul, rizado por la brisa,

la diversidad de la corteza –como nosotros,

lisa de joven y áspera y arrugada con la edad–

si tanta belleza es visible,

solo podemos imaginar la belleza de lo que nos es invisible.

Nuestros ojos, de los que nada se escapa fuera de nosotros,

no pueden verse a sí mismos.

Ni los hombres que han pasado su vida en las costas y orillas

pueden contarnos de todos los peces en las aguas.

Frecuentan la altamar o prefieren los bajíos;

nadan libremente o se adhieren a las rocas;

son gregarios o viven solos;

son enormes; son diminutos; tienen patas y andan;

tienen escamas o la piel lisa;

tienen caparazón o carne blanda y tierna;

se parecen a las serpientes

se alimentan de barro; comen algas;

se devoran unos a otros, y los pequeños nutren a los grandes;

paren y protegen a sus crías;

ponen huevos y los abandonan.

Cada cual se contenta con la región que le ha tocado;

nunca viajan más allá para nadar en mares ajenos.

Viven una vida aparte.

Su vista es escasa, no oyen bien,

el denso elemento del agua ofusca sus sentidos.

No tienen memoria, ni imaginación;

no se los puede domesticar.

El pez en la pecera no sabe quién lo alimenta.

Son extraños y, sin embargo,

el más rudimentario puede producir una perla.

Como peces que surcan las aguas,

los pájaros aletean por el aire.

Algunos son sociables y llevan una vida común;

algunos solo conocen la sociedad de la unión conyugal;

algunos viven una suerte de independencia;

algunos se someten a un guía;

algunos son estacionarios;

algunos emprenden largos viajes al llegar el invierno;

algunos viven de noche; otros vuelan de día;

a algunos les gusta la gente y habitan nuestras casas;

algunos prefieren los montes solitarios y lugares yermos;

algunos gorjean y parlotean; otros son silenciosos;

algunos tienen voz melodiosa y sonora;

algunos son inarmónicos e incapaces de cantar;

algunos pueden imitar la voz humana;

algunos emiten siempre el mismo monótono grito.

Muchos se pueden amansar y domar, salvo los más débiles,

que son tímidos, y los más fuertes, que nunca tienen miedo.

El gallo es orgulloso; el ganso es vigilante;

al pavo real lo envanece su belleza;

la perdiz es falsa y celosa;

la tórtola es apasionada, pero apartada de su pareja

se queda sola y viuda, en recuerdo de su primera alianza.

Por la noche las grullas vigilan turnándose:

una hace la ronda mientras las otras duermen,

y cuando la centinela termina su deber, emite un grito

para que otra ocupe su lugar.

El ruiseñor siempre está despierto al incubar los huevos,

pasa la noche con una melodía continua.

Al búho, que ve a través de la noche,

lo ciega el esplendor del amanecer.

La entrega del cuervo por sus polluelos es loable,

pero el águila es injusta: si ha empollado dos pequeños,

tirará uno al suelo y solo alimentará al otro.

Pero el águila pescadora, se cuenta, no dejará que el

huérfano perezca:

se lo lleva y lo cría entre los suyos.

Las cigüeñas rodean al padre cuando por la vejez pierde las

plumas,

y le dan calor bajo las alas.

Si una cría de golondrina se hiere los ojos

la madre tiene un remedio natural para curarle la vista.

Los murciélagos se quieren tanto,

que cuelgan entrelazados en cadena.

El alción, un ave del mar, sabe, y los marineros lo notan,

cuándo vendrán siete días de calma para incubar sus huevos.

Mira cómo un cisne hunde su largo cuello en el agua,

como el sedal de un pescador, para atrapar su alimento.

Los animales de la tierra carecen de razón,

pero su vida es más perfecta.

Tienen el poder de penetración en los sentidos;

su percepción de los objetos presentes es aguda;

guardan la memoria exacta del pasado.

Expresan en sus voces, incomprensibles para nosotros,

su tristeza y alegría, su reconocimiento de lo conocido,

el imperativo de alimento, y su pesar

al verse apartados de sus compañeros.

El burro es perezoso, pero su oído es fino.

Discierne la voz de su amo,

sabe el camino que ha recorrido a menudo,

e incluso sirve de guía si alguien se pierde.

El camello oculta su resentimiento

mucho tiempo tras recibir azotes,

luego busca la ocasión para un súbito mordisco.

El buey es firme, el caballo apasionado,

el zorro engañador, el lobo no puede amansarse,

el ciervo es tímido, el perro agradecido y fiel a sus

amigos.

El león es arrogante y prefiere la vida solitaria.

Desprecia la comida de ayer,

y no volverá a la presa que ha matado.

La pantera es violenta e impetuosa,

de saltos raudos y ligeros.

El oso es lento en su pesado cuerpo,

es sigiloso y mantiene hábitos propios.

Cuando está lesionado se cura a sí mismo

y cubre sus heridas con un astringente, el verbasco.

El zorro se cura con goterones del pino.

Las ovejas saben cuándo se acerca el invierno,

y devoran la hierba con avidez.

Los bueyes saben cuándo llegará la primavera,

y todos juntos se asoman por la puerta del establo.

Un cordero oye la voz de su propia madre

para mamar entre las mil del rebaño apacentado.

Un caballo pare un caballo; una golondrina pare otra;

un tiburón, otro tiburón.

Cada cual conserva su individualidad

y la transmitirá hasta el final de todas las cosas.

El tiempo no la borra.

Esto que vemos hoy

es un signo del pasado y del futuro.

Algunos dicen que la tierra está viva; otros, que tiene alma.

Dicen que es esférica o cilíndrica o un disco

o que tiene forma de criba o que su núcleo es hueco.

Algunos filósofos dicen que antaño fueron

una mujer o un arbusto o un pez,

o que lo serán en otra vida.

Algunos creen que hay cielos y mundos infinitos,

y que no somos sino una burbuja entre las formadas por la

misma causa,

como las burbujas en el estanque de una fuente.

Cada una refuta a la otra.

Los cielos acaso estén llenos de innumerables estrellas,

pero la luz aportada por todas ellas

no basta para dispersar la noche.

Si ves una brizna de hierba en la grieta de una pared,

piensa en la naturaleza humana.

El universo es como una ciudad,

sus callejones están llenos de rarezas y prodigios.

Deambula por ella.

Eliot Weinberger, ensayos elementales, Ed. Anagrama 

Le’ts be careful out there