Transcurre, pero no pasa

László Krasznahorkai, Melancolía de la resistencia

Cambiar de vida: cuando este mandato se impone en nuestro interior ya no debemos hacer marcha atrás, aun a costa de perder lo que amamos. Sobre todo lo que amamos. Abandonar lo odioso o indiferente no requiere ningún cambio: abandonar lo que se ama es el duro precio que la vida exige para cambiarse a sí misma.

Rafael Argullol, El cazador de instantes

Convocar a la lectura de László Krasznahorkai implica aceptar una experiencia que va a contracorriente de casi todo lo que hoy entendemos por lectura. En los libros del maestro húngaro no se entra para informarse, distraerse o confirmar una opinión previa; su lectura consiste, más bien, en una forma de demorarse cada vez más rara, en una atención sostenida, incómoda, sin recompensa inmediata. En ese gesto, hoy casi residual, reside buena parte de su importancia.

Ahora bien, la obra de Krasznahorkai, pese a surgir de un contexto histórico preciso, la Hungría del socialismo tardío, la censura, el desencanto posterior a 1956, no se limita en absoluto a ser un testimonio político. Desde el principio, su literatura se sitúa en el plano de una interrogación radical sobre el sentido, el tiempo y el agotamiento moral de la civilización moderna.

Así, en un momento histórico obsesionado con el progreso, la innovación y la promesa de futuro, Krasznahorkai introduce la sospecha persistente de que el tiempo se repite, de que la historia no se dirige a ningún lugar, gira sobre sí misma como una danza agotada. Tango satánico, su primera gran novela, formuló con claridad implacable esta intuición: la espera del redentor no conduce a la salvación, sino a una nueva forma de engaño; la esperanza, lejos de ser una virtud, se convierte en un mecanismo de aplazamiento del desastre.

Esta visión del mundo se encarna de manera decisiva en su estilo. Esas frases largas, casi sin respiración, que avanzan como un pensamiento que se resiste a callar, no constituyen un capricho formal ni un ejercicio de dificultad gratuita. Para Krasznahorkai, interrumpir la frase equivaldría a falsear la experiencia del mundo. La realidad no ofrece pausas limpias, ni cortes nítidos, ni conclusiones tranquilizadoras. La sintaxis, llevada al límite, reproduce así ese flujo incesante en el que pensar y vivir se confunden.

Sin embargo, sería un error leer esta obra únicamente desde la desesperación o el nihilismo. Incluso en medio de la ruina, algo persiste. En la que, para mí, es su gran obra maestra, Melancolía de la resistencia, el caos social se presenta como una forma extrema de orden. Pero, aun ahí, entre la violencia y el derrumbe, subsiste una pregunta por el sentido, no como consuelo, sino como exigencia de lucidez.

Esa exigencia adopta una forma particularmente conmovedora en Guerra y guerra, donde la escritura aparece como último acto de responsabilidad. Si el mundo está condenado, parece decirnos el autor, que al menos quede constancia de que alguien lo miró con atención. No se trata de salvar nada, sino de no mentir. En ese gesto mínimo, casi inútil, se juega una ética profunda.

Más adelante, los libros más recientes, especialmente Seiobo descendió a la tierra ,mi favorito, introducen una variación decisiva. Sin renunciar a su diagnóstico del colapso, Krasznahorkai se detiene en la belleza como aparición fugaz de orden. El arte no corrige la historia ni repara la injusticia, pero suspende por un instante la catástrofe. Ese matiz, tan frágil como esencial, desplaza su obra hacia una forma de contemplación que no es escapismo, sino intensidad extrema de la mirada.

Durante décadas, Krasznahorkai fue leído como un autor de culto, asociado a minorías exigentes, al cine de Béla Tarr, a una tradición centroeuropea marcada por Kafka, Musil o Beckett. Por eso, su reconocimiento internacional, culminado recientemente con el Premio Nobel, no debería entenderse como una consagración tardía, sino como la señal incómoda de que todavía es posible una literatura que no se adapta al ritmo del mercado, que no se deja resumir ni domesticar, que exige tiempo porque habla del tiempo.

Llegados a este punto, tal vez haya que recuperar una palabra que hoy se usa poco y a menudo con incomodidad, pero que nombra con precisión lo que aquí está en juego. Fredric Jameson habló de ciertos escritores contemporáneos como cartógrafos: no intérpretes de la superficie ni notarios del presente, sino autores capaces de orientarse en un mundo desarticulado mediante ficciones con ansia de totalidad, con la ambición, cada vez más rara, de abarcar el absoluto partiendo de la experiencia subjetiva, sin caer por ello en el terrorismo de la vacua abstracción ni en la hipertrofia discursiva.

En ese sentido, László Krasznahorkai posee plenamente esa categoría. Su literatura no explica el mundo contemporáneo desde fuera. Parte siempre de conciencias individuales, de cuerpos agotados, de miradas sitiadas por el tiempo. Esa ambición resulta especialmente significativa en una época marcada por la disgregación, por la entropía cultural, por el desgaste de la Ilustración como promesa emancipadora, y por la digitalización que fragmenta la experiencia y disuelve el sentido en una baba líquida que lubrica idiotas. Frente a ese paisaje, la escritura de Krasznahorkai se niega a aceptar la dispersión como horizonte último e Insiste, obstinadamente, en que aún es posible pensar el mundo como un todo, aunque ese todo sea oscuro, contradictorio y sin redención.

Leer a László Krasznahorkai es, finalmente, enfrentarse con la belleza cara a cara.

EL CAZADOR DEL RÍO KAMO 

Todo se mueve a su alrededor como si por una vez hubiese llegado allí el mensaje de Heráclito, superando cuantos obstáculos encontró en el camino, transportado por una corriente profunda desde una distancia inconmensurable, porque el agua se mueve, fluye, viene y se aleja, se agita la seda del viento, oscilan las montañas en la canícula, y tremola y vibra también el calor en el paisaje, al igual que las pequeñas islas cubiertas de hierba alta y esparcidas por el cauce del río y cada una de las pequeñas olas que trastabillando se precipitan por el dique bajo y lo mismo cada una de las partículas inasibles y fugaces de esas olas que pasan como una exhalación y cada rayo de luz que se enciende en el manto de los pasajeros elementos, así como las gotas luminosas, imposibles de asir con palabras, chispeantes y dispersas que aparecen en la superficie y se desintegran en el acto, las nubes que se arremolinan, el nervioso y tembloroso cielo azul en lo alto, el sol, cuya presencia radiante y cegadora, concentrada en una fuerza inmensa e indescriptible, se extiende brillando con frenesí a toda la creación del momento, los peces y las ranas y los insectos y los pequeños reptiles en el río y los coches que progresan implacables por el asfalto humeante de las calles trazadas en paralelo a las orillas, los autobuses que pueden ser los de la línea 3 en el norte, o los de la línea 32 o los de la 38, luego las veloces bicicletas que se desplazan bajo los amplios diques de contención, los hombres y las mujeres que caminan a la vera del río por senderos abiertos o apenas insinuados en el polvo, y también los bloques de piedra puestos de manera artificial y asimétrica bajo la masa fluente del agua para frenarla, todo ello aparenta o experimenta que algo le sucede, que transcurre y avanza y anda y se hunde y se levanta y desaparece y reaparece y corre y fluye y se escurre por alguna parte, pero él no, él no se mueve en absoluto, el ooshirosagi, pájaro níveo y enorme, cazador que ni siquiera esconde su vulnerabilidad, que puede ser atacado a voluntad por cualquiera, él se inclina hacia delante, tensa y estira hacia abajo el cuello que tenía doblado en forma de S y estira también, siguiendo la misma línea, la cabeza mientras aprieta las alas contra el cuerpo, apoya las delgadas patas en puntos concretos bajo el agua, clava la vista en la superficie de la fúgida corriente, en la superficie, sí, a la vez que, al refractarse la luz, ve con toda nitidez cuanto sucede allá abajo por muy rápido que venga, se percata de que algo acude, de que algo va a parar allí, de que viene un pez, una rana, un insecto o un diminuto reptil con el agua que en ocasiones se frena un poco y enseguida espumea, y entonces se abalanzará sobre la presa con un movimiento rápido y preciso del pico y la alzará, no se verá exactamente qué, pues todo se producirá con la celeridad de un rayo, de tal manera que no se podrá ver, aunque sí saber, que se trata de un pez, de un amago, de un ayu, de un una, de un kamotsuka, de un mugitsuku, de un unagi o de otro pez, por eso se ha parado allí casi en el centro mismo de las someras aguas del río Kamo y por eso permanece allí en un tiempo cuyo paso no puede medirse pero que existe sin la menor duda, en un tiempo que no va ni para delante ni para atrás, sino que es una suerte de remolino que no avanza hacia ninguna parte, echado allí como una complejísima red, y la inmovilidad del cazador tiene que nacer y mantenerse contra una fuerza tan enorme que sólo podría asirse en su simultaneidad, pero es precisamente esto, el asirlo todo de forma simultánea, lo que resulta imposible, de suerte que sigue siendo inefable, no lo captan las palabras pensadas una por una para describirlo ni la totalidad de las palabras al alimón, y eso que él tiene que apoyarse en un solo instante a la vez y obstaculizar así cualquier movimiento y permanecer en solitario, por sí solo, en medio de la locura de los acontecimientos, en medio de un mundo ruidoso y agitado, en ese instante tendido como una red que luego lo cierra y lo encierra, es decir, tiene que detener su níveo cuerpo en el centro mismo del movimiento desenfrenado y oponer su inmovilidad a la fuerza gigantesca que se le echa encima desde todos lados, aunque mucho después sí se producirá, mucho después sí ocurrirá que volverá a participar en la locura total del movimiento desenfrenado y entonces se moverá él también, como todo, asestando un golpe con la velocidad de un rayo, pero por el momento solamente se encuentra en el instante que se cierra en torno a él, se encuentra en el comienzo de la caza.

László Krasznahorkai, Y Seibo descendió a la tierra

Rferdia

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