«Non podes deter o presente. Cada día tes que abandonar o pasado. Se non podes acéptalo, se sentes a necesidade de non abandonalo, debes recrealo”.

Louise Bourgeois

No vayas por ahí diciendo que el mundo está en deuda contigo. El mundo no te debe nada. Él ya estaba aquí antes. 

Mark Twain

Suele suponerse que la lectura está al alcance de cualquiera que haya aprendido a descifrar palabras. La alfabetización concedería la competencia y, una vez adquirida, leer consistiría poco más o menos en dejar pasar por la conciencia una sucesión ordenada de signos. Pero saber leer constituye únicamente la condición material de la lectura y no garantiza esa disposición de la atención mediante la cual un libro deja de ser una superficie recorrida por los ojos para ejercer sobre quien lo lee una presión capaz de modificar su manera de percibir.

Un libro reclama tiempo y, con él, una forma peculiar de disponibilidad, cierta suspensión de la prisa con que acostumbramos a reconocer lo ya conocido antes de seguir adelante. La frase necesita ser oída antes de ser consumida; su ritmo, sus silencios e incluso aquello que se resiste a una comprensión inmediata forman parte de lo que dice. Algunas páginas perfectamente inteligibles pueden permanecer cerradas para nosotros en determinado momento de nuestra vida y, muchos años después, abrirse con una evidencia que entonces no poseían, no porque las palabras hayan cambiado, sino porque quien vuelve a ellas ya no es exactamente quien las leyó.

Tampoco conviene confundir la lectura con la reconstrucción obediente de una experiencia depositada por el escritor en el interior del libro, como si hubiese escondido allí un objeto destinado a ser recuperado intacto. Ninguna obra conserva, perfectamente embalada, la conciencia que la produjo. Entre quien escribe y quien lee persiste una distancia que el lenguaje no elimina y de la cual depende, en buena medida, la posibilidad del encuentro. El lector recibe indicaciones, ritmos, perspectivas, interrupciones, zonas de indeterminación; las enlaza, las completa, vuelve sobre ellas y, mientras hace vivir el libro, permite que este reorganice durante algún tiempo su propia experiencia. Leer participa así de la producción de la obra, aunque semejante libertad tropiece siempre con la resistencia concreta de unas palabras que no permiten decir cualquier cosa.

La vieja metáfora del tesoro conserva cierta verdad una vez despojada de solemnidad. El libro guarda algo que no entrega a primera vista, aunque lo escondido tampoco preexista enteramente a su descubrimiento. Una lectura suficientemente intensa encuentra relaciones que ninguna lectura anterior agotó, razón por la cual regresamos a determinados escritores y advertimos que bajo lo que recordábamos permanecía otra cosa, y luego otra; no un significado último que la perseverancia acabará arrancándoles, sino una capacidad de seguir estableciendo correspondencias allí donde creíamos haber fijado definitivamente su sentido.

Aprender a leer consiste en educar una atención capaz de detenerse, regresar, desconfiar de la primera evidencia, escuchar una cadencia y advertir cuándo una palabra aparentemente inocente está haciendo más trabajo del que parecía corresponderle. Algunos libros favorecen esa atención; otros cuentan de antemano con nuestra pereza. La diferencia importa más que cualquier separación sumaria entre obras difíciles y fáciles, cultas o populares, pues una escritura puede ser diáfana y exigirnos enteros mientras otra exhibe toda la maquinaria de la complejidad sin pedirnos apenas nada.

Ciertos escritores acaban ligados a nosotros por una fidelidad cuya causa apenas sabemos precisar. Volvemos a ellos al cabo de veinte o treinta años y algo persiste, como persisten determinados olores, una habitación desaparecida o la temperatura de una tarde remota que el cuerpo recuerda antes que la memoria. No regresamos buscando al hombre que fuimos ni esperando encontrar intacto el libro que entonces leímos; precisamente porque ninguno de los dos ha permanecido igual, la relectura no restaura una experiencia, sino que hace perceptible la distancia abierta entre ambas transformaciones.

Gilles Deleuze escribió que escribir supone también devenir algo distinto del escritor. Cuando, al preguntársele por la escritura, Virginia Woolf desplaza la cuestión hacia aquello otro que preocupa a quien escribe, se quiebra la imagen de una literatura encerrada en su propio ejercicio: se escribe empujado hacia un animal, una ciudad, una infancia, una voz, una materia todavía sin forma que obliga al lenguaje a abandonar su posición acostumbrada. Si la escritura contiene semejante devenir, la lectura participa de él desde el extremo opuesto, pues introduce al lector en una transformación que no ha iniciado y cuya dirección tampoco puede conocer de antemano.

En La inmanencia: una vida…, Deleuze piensa una vida que no coincide por completo con la biografía individual que la contiene, una corriente de singularidades y acontecimientos que se actualizan en sujetos y objetos sin dejarse reducir a ninguno de ellos. La literatura posee una capacidad singular para aproximarse a esa región, porque puede sustraer un instante a la sucesión ordinaria que parecía condenarlo a desaparecer y devolverlo bajo una forma distinta, ya no exactamente como recuerdo ni como representación, sino como una presencia que ha dejado de pertenecer exclusivamente a quien la vivió.

Solenoide explora ese territorio con una obstinación poco frecuente en la novela contemporánea. Reducirla a las palabras que habitualmente la acompañan —memoria, sueño, identidad, cuerpo, tiempo— apenas permitiría comenzar a describirla, porque su singularidad reside justamente en hacer que esas categorías pierdan su autonomía. La memoria adquiere anatomía; la ciudad prolonga el sistema nervioso de quien la recorre; el sueño no interrumpe la realidad, sino que descubre en ella una profundidad que la vigilia había aprendido a ignorar. El tiempo mismo deja de obedecer mansamente a la cronología, y determinados instantes, desaparecidos según el calendario, continúan ejerciendo sobre el presente una presión que los años no han disipado.

El encuentro con Irina pertenece a esos instantes. El narrador recuerda a la profesora de Física, su aspecto apagado, aquel invierno de 1981, la escuela todavía sumida en la oscuridad y las flores de escarcha sobre la ventana. La escena carece de cualquier aparato que anuncie una revelación; su intensidad va concentrándose, casi imperceptiblemente, alrededor de unos ojos cuya existencia parece infringir las reglas de la realidad a la que pertenecen:

«Aquellos ojos no solo no armonizaban en absoluto con el rostro de su dueña —ya por aquel entonces macilento—, sino que ni siquiera armonizaban con la realidad misma. Eran bonitos, pero no en el sentido de cuando se dice que una flor es bonita o un niño es bonito, sino como cuando se afirma que “es bonito que existan flores o niños”. Por eso, la palabra “bonito” solo se adaptaba a ella como sustituta de una palabra inexistente.»

Buena parte de Cărtărescu podría empezar a leerse desde esa palabra insuficiente. «Bonito» designa primero una cualidad y, apenas unas líneas más tarde, se ve obligado a abandonar ese oficio: deja de calificar unos ojos para intentar decir el estupor ante el hecho mismo de que algo exista. El desplazamiento apenas ocupa unas palabras, pero abre una distancia considerable entre el lenguaje recibido y la experiencia que pretende alojarse en él, hasta el punto de que el término solo puede sobrevivir admitiendo su insuficiencia y ocupando provisionalmente el lugar de otro que todavía no existe.

Una página semejante exige del lector algo más que comprensión. Podemos entender perfectamente la escena, continuar y, pese a ello, haber dejado escapar lo esencial. La dificultad no consiste en averiguar qué significa «bonito», una de las palabras más elementales de la lengua, sino en percibir el instante en que deja de significar aquello que creíamos conocer de antemano. La lectura apresurada reconoce y prosigue; la atenta demora ese reconocimiento lo suficiente para asistir a una pequeña alteración del lenguaje y advertir, al término de ella, que no ha cambiado únicamente el valor de una palabra, sino también la mirada que acaba de recibirla.

De esa capacidad procede nuestra fidelidad a ciertos libros. No volvemos a ellos porque custodien una verdad olvidada que debamos recuperar ni porque puedan restituir intactos los sentimientos de otra edad, sino porque algunas de sus frases conservan una percepción que en su momento no supimos completar. Treinta y cinco años pueden pasar sobre una página sin agotarla, pues al regresar descubrimos que el libro tampoco se encuentra ya donde creíamos haberlo dejado: entre aquello que entonces alcanzamos a leer, lo que el tiempo nos permite advertir ahora y cuanto todavía se resiste a ser reconocido se abre una distancia que ninguna lectura termina de cancelar y en la que, justamente por no poder ser clausurada, la obra continúa viviendo.

Rferdia

Let`s be careful out there