«No sé si bajo los adoquines habrá playa; sobre ellos, en cambio, pasa Mathieu van der Poel: visto y no visto.»

Algunas victorias caben enteras en el palmarés; otras, sin dejar de pertenecer a él, lo desbordan. La de Mathieu van der Poel en la París-Roubaix de 2024 pertenece a estas últimas. Ganar la Reina de las Clásicas no necesita adorno alguno, pero aquella tarde la diferencia entre vencer y dominar adquirió una nitidez excepcional: a sesenta kilómetros del velódromo, el campeón del mundo se desprendió de los mejores corredores de la carrera y transformó una de las pruebas más inciertas del calendario en una larga demostración individual.

Roubaix conserva una cualidad que pocas competiciones mantienen intacta: el recorrido no se limita a servir de escenario, interviene en la carrera y modifica continuamente la relación entre cuerpo, bicicleta y terreno. El pavé altera la posición, castiga los brazos, dificulta la elección de la trazada, convierte un error mínimo en una pérdida considerable y somete las decisiones tácticas a una materia que nunca termina de obedecer. En 2024 fueron 55,7 kilómetros de adoquines repartidos en 29 sectores, la mayor cantidad acumulada por la prueba en tres décadas. Sobre esas piedras, la velocidad deja de ser una simple magnitud para convertirse en una negociación permanente.

La superioridad de Van der Poel empezó a hacerse visible cuando esa negociación pareció dejar de condicionarlo. A sesenta kilómetros de Roubaix, en el sector adoquinado número 13, Orchies, aceleró y nadie pudo seguirlo. La sencillez del gesto merece atención, porque la grandilocuencia suele oscurecer aquello mismo que pretende celebrar: no mediaron combinaciones tácticas complejas ni una sucesión de ataques destinada a ir seleccionando el grupo. Bastó un cambio de velocidad para abrir una separación inmediata y dejar detrás a varios de los mejores especialistas del mundo, incapaces de cerrarla.

La verdadera medida del ataque apareció después. Abrir unos metros pertenece a la lógica habitual de una carrera; convertirlos en sesenta kilómetros de soledad exige una continuidad de otra naturaleza. La ventaja de Van der Poel no sobrevivió como simple herencia del primer esfuerzo, sino que fue adquiriendo consistencia sector tras sector hasta alcanzar los tres minutos. Su escapada se convirtió en el movimiento ganador desde mayor distancia de la París-Roubaix en lo que llevamos de siglo. La estadística registra una parte de lo ocurrido, pero deja fuera lo que la imagen televisiva volvía cada vez más evidente: los perseguidores parecían combatir el terreno; él, administrarlo.

En esa diferencia se reconoce una de las singularidades del gran ciclismo. La fuerza aislada puede resultar brutal y hasta informe; solo cuando encuentra una organización interna adquiere una dimensión memorable. Sobre el pavé, donde cada irregularidad amenaza con fragmentar el movimiento, Van der Poel produjo lo contrario: continuidad. El tronco permanecía sorprendentemente estable, la bicicleta absorbía bajo él las sacudidas del terreno y cada elección de trayectoria prolongaba la anterior. La violencia de Roubaix seguía intacta, pero frente a ella se hacía visible un dominio técnico capaz de impedir que el esfuerzo deformase el gesto.

La dimensión estética de ese dominio escapa a las cifras. No consiste en imaginar a un ciclista ajeno al sufrimiento, Roubaix no concede semejantes privilegios, sino en advertir que el sufrimiento ha dejado de ocupar el centro de la imagen. Lo primero que se impone es una adecuación extraordinaria entre cuerpo, máquina y terreno. La bicicleta deja de parecer un objeto gobernado desde fuera; el pavé tampoco funciona como una adversidad abstracta destinada a ser vencida. Durante algunos kilómetros, ambos quedan incorporados a un sistema inestable que Van der Poel consigue ordenar sin llegar a domesticarlo.

La París-Roubaix ha construido buena parte de su mitología sobre la resistencia: barro, polvo, pinchazos, caídas, manos destrozadas, rostros irreconocibles al llegar al velódromo. Durante más de un siglo, la carrera ha producido una iconografía del castigo que amenaza a veces con reducirla a una celebración del sufrimiento. Los adoquines exigen bastante más que capacidad para soportarlo. Obligan a leer el terreno, anticipar una trayectoria, distinguir dónde puede conservarse la velocidad y dónde medio metro mal elegido basta para perderla. La fuerza cuenta, pero desligada de esa inteligencia cinética termina desperdiciándose.

Van der Poel posee en grado excepcional esa inteligencia del movimiento. Su superioridad no procede únicamente de producir más potencia, como si el ciclismo pudiera resolverse mediante una cifra obtenida en un laboratorio; depende también de saber dónde ejercerla, durante cuánto tiempo, con qué posición y sobre qué línea. En Roubaix, inteligencia táctica e inteligencia corporal apenas admiten separación: decidir significa ya mover el cuerpo de determinada manera, y cada modo de moverlo abre o clausura las posibilidades siguientes.

Visto desde la llegada, el ataque lanzado en el sector número 13, Orchies, adquiere todo su sentido. Aquellos pocos segundos contenían una apuesta extraordinariamente larga. Quedaba distancia suficiente para una avería, una caída, un desfallecimiento o para que cinco perseguidores transformasen su inferioridad individual en superioridad colectiva. Van der Poel abrió la distancia y tuvo que justificarla desde entonces en cada sector. La victoria no quedó resuelta cuando atacó; fue haciendo verdadero aquel ataque durante más de una hora.

La entrada en el velódromo adquiere, dentro de esa lógica, un significado que otras metas difícilmente pueden reproducir. Después de kilómetros en los que la carretera parece empeñada en destruir cualquier regularidad, aparece el óvalo: una superficie lisa, geométrica, cerrada sobre sí misma. Tras el accidente del pavé llega la forma. En 2024 Van der Poel entró solo, vestido con el maillot arcoíris, después de convertir los sesenta kilómetros anteriores en la mayor ventaja obtenida allí durante veinte ediciones. La imagen no necesitaba interpretación heroica; su exactitud visual bastaba.

La victoria poseía además una profundidad histórica concreta. Una semana después de ganar el Tour de Flandes, Van der Poel se convirtió en el décimo corredor capaz de conquistar consecutivamente, en una misma temporada, los dos grandes Monumentos del pavé y solamente en el segundo que lo lograba vestido de campeón mundial, después de Rik Van Looy en 1962. Su nombre empezaba a aproximarse inevitablemente a los de quienes habían definido antes que él una época de las clásicas, aunque cualquier comparación con Boonen, Cancellara o Sagan dijera menos sobre aquella tarde que lo sucedido sobre las propias piedras.

Los grandes campeones no modifican únicamente el palmarés. Durante algunos años alteran nuestra percepción de lo posible y obligan a mirar de otra manera lugares que creíamos conocer. Roubaix seguía siendo Roubaix aquella tarde: las mismas piedras, la misma exposición al azar, el mismo castigo que durante décadas había impedido confundir superioridad con garantía. Nada fue abolido para que Van der Poel dominara. Su victoria adquirió precisamente su dimensión porque, conservadas todas las condiciones que hacen de Roubaix una carrera refractaria al control, consiguió imponer durante sesenta kilómetros una forma que ni el pavé, ni la persecución, ni el azar lograron descomponer.

Rferdia

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